domingo, 8 de junio de 2014

Hongbin - Capitulo 16

Su mano se paseó suavemente por las blancas sabanas. La colcha, echada a un lado, caía como si la dueña de estas fuera a volver en cualquier momento. Pero él sabía perfectamente que no volvería. Los dedos llegaron hasta la almohada y se metieron debajo, sacando con un tintineo el brillante llamador de ángeles. Sus yemas acariciaron delicadamente el colgante, y seguidamente lo aprisionó en la palma, temblando de rabia.

-Maldito bastardo Nefilim… -masculló-. Sabía que no debíamos fiarnos de ti. ¿Dónde te la has llevado?

Hongbin no fue consciente de la desaparición de Alice hasta la mañana siguiente. Había pasado la noche como siempre, en vela delante de su casa, vigilándola por su seguridad. Y eso creía estar haciendo hasta que subió a la habitación por la ventana para despertarla. Las dos personas que se suponía que debían seguir durmiendo allí, se habían esfumado.

Leo, presintiendo que algo no iba bien, se volatilizó en un abrir y cerrar de ojos en el mismo lugar que el Djinn. Vio como el poder del genio del aire se desataba por la ira y no hizo nada para contenerlo. Tan solo se dedicó a recoger el estropicio montado cuando el otro chico se calmó. Todo en completo silencio. Ello no significaba que el Marid no estuviera furioso, por supuesto que no. Pero su ira crecía por dentro, como una semilla amarga que diera sus frutos como espinas.

-Hongbin –musitó en voz baja. Pese a que antes que su compañero hubiese destruido la habitación había instalado una capa insonorizada en ella. Los padres de Alice despertarían en cualquier momento, y debían estar preparados para… modificarles la memoria-. En vez de quedarte aquí desesperándote como un idiota, deberías empezar a buscarla.

-¿Cómo esperas que…?

-Piensa, Djinn –lo cortó-. ¿Cuantas prisiones hay en el centro? Una funciona perfectamente, pero hay tres más abandonadas que envuelven el corazón de la ciudad. Hay que buscar en ellas.

-No –negó-. Hay que arrasarlas.

-Estás pensando de forma impulsiva. Recuerda que los chicos están dentro de una de ellas.

Hongbin lo miró, sus ojos se habían tornado verdes como esmeraldas. Se colgó el llamador al cuello, metiéndolo bajo la vaporosa camisa a cuadros.

***

-Deberías descansar.

-Cierra el pico, Marid.

-Si te mueres, no pienso enterrar tu cadáver.

-Eres un exagerado –espetó el Djinn quitándose el sudor de la frente. Escaló por las ruinas de la segunda prisión abandonada. Hongbin lo había reducido todo a un montón de escombros cuando el sol ya se iba escondiendo de nuevo. Eso inquietaba a los dos genios, pues estaban un paso más lejos de encontrar a los chicos con… vida. El genio del aire alejó esos pensamientos de su mente. Solo quedaba una prisión y no cabía la menor duda de que allí se encontraban. Pero debía descansar un momento, aunque solo fueran unos minutos. Estar metamorfoseado en humano tanto tiempo había acabado por debilitarlo hasta límites insospechados. Aunque no podía arriesgarse a cambiar de forma porque podría arrasar la ciudad entera sin querer.

-Hongbin…

-Cállate de una vez –gruñó el otro, respirando pesadamente-. Descansaré, pero solo un momento.

Leo se cruzó de brazos.

-No la matarán.

Hongbin parpadeó.

-¿Qué?

-He dicho que no acabarán con su vida. Ella es la llave. La necesitan –explicó, leyendo los pensamientos de su compañero.

-Sí, pero a los demás no.

-¿Ahora te interesan los demás? Increíble –soltó Leo, burlón. Hongbin hizo una mueca.

-No soy de piedra, ¿sabes? Me importa lo que a Alice le importe. Nada más –se levantó rápidamente y empezó a flotar en el are-. Vamos. Estoy otra vez en forma.

El cielo se había cubierto por nubes negras que amenazaban con desatar una gran tormenta. Fueron deprisa hasta su destino y volvieron a poner los pies sobre la tierra cuando distinguieron el edificio. Los dos muchachos otearon el paisaje que se les presentaba, en busca de Nefilim que tuvieran la intención de detenerlos. Pero no había nadie. Ni un alma.

-Esto tiene muy mala pinta –comentó Leo. Hongbin no podía estar más de acuerdo. Levantó el brazo derecho para disparar un gran torrente de aire contra los muros pero desgraciadamente, una especie de barrera le devolvió el ataque, que no le afectó en absoluto.

-Quieren que entremos –anunció el Djinn, peinándose el pelo hacia atrás- Peor para ellos. Destruiremos desde dentro.

Abrió la puerta sin cuidado y se lanzó al interior seguido muy de cerca por el otro genio. Como con el anterior grupo de asustadizos chicos, la puerta se cerró. Ambos avanzaron por el estrecho pasadizo, atentos a cualquier movimiento en falso.

-Eh –lo llamó Hongbin-. Necesitamos luz aquí. No veo nada.

-¿Y a mí que me cuentas? Soy un genio del agua, no un poste de luz.

-No me encuentro bien –dijo el Djinn, sin hacer caso a la respuesta del otro. Se miró las manos-. Me siento extraño.

Leo también sentía que su cuerpo iba acumulando más calor. Intentó invocar un poco de agua, sin resultado alguno.

-Mierda –exclamó. Las palabras de Hyuna resonaron en sus mentes.

“Y os lo advierto: Vuestra magia no funcionará.”

-¡No puede ser…! –masculló Hongbin, haciendo acopio de todas sus fuerzas para que sus poderes funcionasen, sin éxito.

-Estamos al descubierto –declaró Leo, en tensión.

-Pues solo nos queda hacer una cosa, ¿verdad? Avanzar y arremeter contra todo –sonrieron peligrosamente y se pusieron en camino de nuevo.

***

Unos tacones familiares se oyeron sobre el cemento y la rubia cabeza de Hyuna junto a todo su despampanante cuerpo hizo acto de presencia. Lo peor es que no parecía sorprendida. Incluso era como si… ya se lo hubiera estado esperando. Tenía una pose relajada, la cadera ladeada y los brazos cruzados sobre el pecho. Una expresión desdeñosa le ensombrecía el espectacular y bello rostro de la Efreet, que parecía no ser afectado por la verdosa luz de la prisión.

-¿Por qué no me asombra vuestra estupidez? –Me miró, y seguidamente miró a Hyuk-. A ti, te reservo para el final. Mereces una muerte cruel y dolorosa, pequeño traidor.

Para mi sorpresa, Hyuk no había mudado su expresión. Ni siquiera temblaba.

-Vigila con lo que dices, Efreet –contestó, insolentemente-. La que muera dolorosamente podrías ser tú.

Hyuna entrecerró los ojos, con rabia y de pronto Hyuk empezó a gritar, sacudido por violentos espasmos de dolor que calaron en mí como miles de agujas.

-¡Quema! ¡Quema! ¡Apágalo! ¡PARA! –gritaba el pobre chico dando vueltas sobre sí mismo con las manos sobre el pecho.

-¡¿Qué le haces?! –Bramé, incapaz de seguir mirando cómo le hacían daño-. ¡Detente! ¡Déjalo!

La genio se giró, con una ceja levantada.

-Sólo estoy jugando con su mente… ¡Oh vamos, es divertido! Le he infundido calor… me daba la impresión de que tenía un poco de frío… ¿Quieres un poco también? ¿O prefieres que sea tu amigo mestizo el que lo experimente un rato? Seguro que la sensación le resulta familiar…

No. Jae Hwan no. Pero no pude hacer nada para evitarlo. Ken, pese a su mal estado, sacó fuerzas de su magullada garganta para gritar lastimosamente. Aún con toda esa cantidad de sangre, distinguí las lágrimas resbalar de las mejillas. Tenía que hacer algo para detener aquella tortura, así que le cubrí la cabeza -que descansaba sobre mis rodillas- con mi cuerpo en un intento por acallar sus lamentos.

Y entonces lo sentí.

Era tan intenso y tan agudo que al principio las palabras no eran capaces de salir de mi boca. Pero luego chillé, chillé con desesperación por que me estaba abrasando por dentro. Comenzó por el estómago y se extendió por cada rincón de mi ser como un veneno. El fuego recorría mis venas sin descanso y me inflamaba la carne. Por un momento, pensé que moriría allí mismo. Estaba convencidísima que de un momento a otro, acabaría por desmayarme y luego… nada. Pero no sucedía lo que esperaba, pese a que en ese momento era lo que más quería. Quería morir para no tener que sufrir de aquella manera tan inhumana. Y de golpe, cesó el dolor.

Tragué una gran cantidad de aire. Tenía la boca seca, y un gusto a metal en ella que me hizo darme cuenta de que me había mordido. La debilidad se hizo presa de mí. Me apoyé en la pared, tiritando.

-¿Qué quieres, bruja? –tartamudeé. La tensión había provocado que mis músculos se contrajeran y no podía controlarlos.

-Creo que eso ya lo sabes. Dame la llave del infierno y me pensaré si dejaros marchar o podriros aquí abajo. Cuando los demonios se hayan apoderado de este mundo tan lleno de seres inferiores, el Infierno habrá triunfado.

-¿Por qué haces esto? –pregunté. Era lo único que se me ocurría para ganar un poco de tiempo-. ¿Qué ganas si pasa lo que dices que tiene que pasar?

-Mi venganza cumplida. Eso es lo que realmente me importa. Venganza contra los ángeles y contra Dios, que tan injustamente nos desterraron por no querer adorar a los humanos. No sois dignos de nosotros, ni jamás lo seréis. Seres terrenales, vivís ignorantemente una vida corta y efímera con la que nunca estáis contentos. Malgastáis, derrocháis, maltratáis, matáis, destruís… todo por vuestro egoísmo de demostrar que sois la especie superior. Algo que, obviamente, no sois. Os odio a todos… no merecéis existir. ¡Tú la primera de vuestra estúpida raza!

Las llamas volvieron a abrasarme las entrañas, no dejándome otra opción que seguir gritando y gritando hasta perder la voz.

***

Alice estaba sufriendo. Sus alaridos eran perfectamente escuchados por los dos genios, a los que el corazón les dio un vuelco angustiado. Corrieron como alma que lleva el diablo hacia el sonido de los gritos, temerosos de que fuera demasiado tarde para socorrer a sus compañeros.

Vislumbraron un poco de claridad tras los oscuros pasillos y tan pronto como la luz los iluminó, ambos fueron proyectados contra los barrotes de las celdas, dejándolos sin aliento. Intentaron levantarse, mas la fuerza de la Efreet los superaba en aquellas condiciones. Arrastrándolos, la genio los condujo a las celdas de sus compañeros, Leo con Hyuk y Hongbin con los restantes.

-¡¿Tú?! –exclamó Leo, receloso. El Nefil, totalmente fuera de combate no tuvo fuerzas para contestarle. Simplemente lo miró largamente, pidiendo perdón en silencio.

-¡Alice!

Hongbin abrazó a la ahora frágil muchacha, y esta se dejó caer en su hombro.

-Ya tardabas en aparecer –le reprochó ella-. Sácanos de aquí…

-No puedo –gimió el Djinn-. Aquí hay algo que nos impide hacer cualquier cosa que queramos.

-Entonces… estamos acabados –suspiró Alice, triste. “Al menos… moriré con él”, se consoló.

-Bien, ya me he cansado de respirar el maloliente olor del amor –interrumpió Hyuna. Haciendo otro movimiento con las manos, separó a Hongbin de la chica. Unos grilletes lo ataron a la pared. En cuanto se percató de lo que rozaba su piel, un aullido salió de sus labios. Por mucho que se moviera, esos grilletes seguían tocándolo, provocando que el genio sufriera.

-¡¿Qué le has hecho?! –exigió saber Alice.

-Oh, lo siento –se disculpó la Efreet falsamente-. Olvidaba que los Djinn son vulnerables a la plata manchada de sangre de animal. Me he tomado la libertad de buscar la mejor sangre en tu honor.


Hongbin no contestó. Su cara no expresaba otra cosa que el sufrimiento que esas cadenas le provocaban. Alice estaba derrotada. ¿Qué sería de ellos a partir de ahora?

domingo, 18 de mayo de 2014

Hongbin - Capitulo 15

-¡Psss! –chistó Hyuk, en la oscuridad de la habitación-. ¡PSSS!

Exhalé una bocanada de aire, irritada. Me giré sobre el colchón y lo fulminé con la mirada.

-¿Qué quieres? –inquirí. El rubio bajó la cabeza, temeroso de que hablar en voz alta despertara a mi familia. Se llevó un dedo a los labios, indicándome que me callara.

-¿Cuándo nos vamos? –susurró. Puse los ojos en blanco y le lancé mi almohada. Él la esquivó sin dificultad, y eso que estaba tumbado.

-Llevas preguntándome lo mismo dos noches seguidas. Te dije que cuando Hongbin y Leo dejaran de sospechar.

Porque lo hacían. Cada día, Hongbin nos llevaba a la escuela y a la salida, Leo nos recogía. La matriculación de Hyuk era falsa –fruto de control mental genieril como yo lo llamaba-, pero necesitábamos que estuviese lo más cerca posible también. Solo él podía decirme dónde se encontraba mi amigo. Hyuk seguía contemplándome, expectante. El reloj mercaba las tres de la mañana, y calculé el tiempo que quedaba para amanecer.

-Arréglate. Nos vamos ahora. Solo comprobaremos dónde es la prisión, como está defendida y volveremos inmediatamente. Luego ya pensaremos en algo para entrar, más adelante.

-¿Estás segura? Quiero decir, que tu novio nos pille será… horrible –se estremeció. Sonreí, asintiendo. A mí no me haría nada, pero a él…

-No te preocupes, estará vigilando la puerta principal mientras Leo descansa. Hay una puerta trasera que lleva al patio, después una pendientes de tierra que acaba en el parque para niños y desde allí podremos coger la carretera.

Hyuk me observó largamente, algo que me incomodó un poco.

-¿Qué?

-Has estado pensando como escapar, ¿verdad? Y has controlado cada acción de los dos genios al detalle.

Hice una mueca.

-Que sean mi novio y mi amigo no significa que no sepa como burlarlos.

-Ouuuf… eso les dolería si lo escucharan –comentó.

-Sí, pero no lo harán –me quité el llamador de ángeles que resonó en la oscuridad y lo coloqué debajo de la almohada. Si quería que Hongbin no me detectara, tenía que dejarlo ahí para que pensara que seguía durmiendo. Aun así, sentí un vacío al quitármelo, como si me faltara algo…

Nos vestimos a oscuras, tardando el doble de lo previsto. No, la ausencia de luz no ayudaba. Una vez conseguido, quedaba la parte más difícil. Salir sin ser vistos.

-¿Cuál es el plan? –preguntó, detrás de mí mientras abría la puerta con cuidado.

-Primero, cerrar la boca. Tanto tú como yo. Sígueme y no hagas ruido –contesté, tajante. Me costó distinguir que asentía, conforme.

Bajamos las escaleras interiores poco a poco, peldaño a peldaño. ¿Para qué negarlo? Hyuk era mucho más silencioso que yo. Argos levantó las orejas desde el sofá pero no hizo ruido, salvo repiquetear con la cola el cuero de éste, contento. Con la puerta justo delante de nosotros, le indiqué que me adelantaba para abrirla. Tras unos cuantos forcejeos, me percaté de que estaba cerrada y busqué la llave en el sitio que suponía que mi madre la guardaba. ¡Bingo! La encontré en el cajón de la cubertería.

Cuando la abrí, el aire frío me azotó la cara y los brazos, haciéndome temblar. Con una señal, mi compañero se situó a mi lado. Le indiqué el recorrido en silencio y tras unos breves segundos nos lanzamos a la carrera. Bajamos la cuesta derrapando con los pies y cuando ésta se acabó subimos al tobogán de niños pequeños que se encontraba justo en medio de nuestro camino. La carretera estaba próxima y al llegar, seguimos corriendo hasta doblar unas cuantas manzanas. Me detuve para recuperar aire, con la mano apoyada en la pared. Hyuk no parecía cansado en absoluto y envidié su condición de Nefilim.

-Ya está, estamos a salvo –dijo. Si, a salvo… Habíamos salido de la zona segura hacía escasos segundos. Pese a que estaba contenta porque mis amigos no podrían decirme lo que debía hacer, me sentía completamente desprotegida. Tragué saliva y recobré la compostura.

-Vale, vamos. Ahora te sigo yo a ti.

-Es un poco lejos, espero que no te importe… Tu casa es bastante poco concéntrica.

Me encogí de hombros y empezamos a caminar. Perdí la cuenta de las horas que estuvimos dando vueltas, izquierda, derecha, ahora bajamos, ahora volvemos a subir… Hasta que las luces de la calle menguaron. Llegó un punto en que apenas se distinguían las paredes a tres metros.

-Qué oscuro está esto…

-Es la zona abandonada de la ciudad. Obviamente, si no está habitada, no vale la pena tener el lugar iluminado. Y es un sitio perfecto para esconder… esto –su dedo índice apuntó hacia adelante, donde un imponente edificio con ventanas rotas se alzaba en todo su esplendor. Había resquicios de luz que se colaban por la puerta trasera, y se apresuraron a acercarse sin precaución a la prisión abandonada.

-Bien, hay que buscar la dirección… -pero por más que mirábamos, ninguna indicación ni número marcaba las paredes de la calle.

-Creo que será mejor volver, Alice. No me gusta lo que estoy percibiendo… -gimió Hyuk, alejándose poco a poco. Un grito atronador y agónico rasgó la noche y caló en el interior de los dos. Ken. Ken estaba sufriendo. No había tiempo. Ambos nos miramos y Hyuk no reaccionó a tiempo para evitar que abriera la puerta y me colara en el interior. Me siguió pero para cuando logró atraparme ya era demasiado tarde. La salida estaba cerrada y no se abría. No teníamos ninguna posibilidad de salir de esta, todo por mi impulsividad.

-¿¡TE HAS VUELTO LOCA!? ¡Ahora estamos atrapados como alimañas! –me agarró de los hombros y comenzó a sacudirme frenéticamente, desquiciado de miedo.

-Cálmate, ¡cálmate! ¡Me haces daño! –chillé, intentando apartarme de él. Por fin me soltó, y me puse bien la ropa arrugada-. Hyuk, escucha, lo siento. Pero tengo que encontrar a Ken. Tú si quieres, puedes buscar una salida alternativa. No creo que todos los Nefilim sepan que desertaste, por lo que será un punto a nuestro favor. En cuanto salgas, corre a llamar a Hongbin y a Leo. Diles donde estamos.

-No puedo dejarte aquí, se lo prometí a…

-Sé que se lo dijiste a Ken, pero ahora estaré con él. Tienes que hacerlo, por favor… -supliqué. Hyuk vaciló, debatiéndose entre una opción u otra-. ¡VENGA! –lo empujé con todas mis fuerzas y reaccionó. Se alejó, de vez en cuando mirando hacia donde yo estaba hasta que desapareció. Cerré los ojos y respiré hondo. Solo tenía que recordar por donde había ido en el sueño, y daría con mi mejor amigo.

Una luz verde titilante era mi guía por los pasillos interminables. Reconocí diferentes puntos conforme avanzaba, hasta que todo se hizo nítido. Un tramo más, torcer a la derecha… y el gran pasillo de celdas se abrió ante mí. Por un lado recé para que estuviera allí, donde lo había dejado semanas antes. Y por el otro deseé que no estuviera, que se encontrara en otro lugar menos lúgubre. Pero el olor metálico de la sangre confirmó mis peores miedos. Me tapé la nariz, las náuseas me mareaban y mi cerebro me dijo que debería salir de ahí. Pero ya no pude pensarlo más. Sentí un fuerte golpe por la espalda que me tiró al suelo y me hizo ver las estrellas. Intenté arrastrarme fuera del alcance de la persona que me había atacado, mas fue en vano. Otro golpe en la boca del estómago me dejó sin respiración y mientras intentaba recuperarme, esa persona me cogió del cuello, obligándome a, sin descanso, caminar hacia la celda contigua. Forcejeé todo lo que pude, aunque era bastante indiscutible que la otra persona tenía más fuerza que yo.

Rodé sobre mi misma cuando me lanzó al interior, arañándome las rodillas y las palmas al querer frenar. Me giré para verle la cara a mi agresor. No era nadie que conociera, la verdad. Era calvo, con muchos pearcings, tatuajes y los ojos azul claro. Supuse que era un Nefilim. Sonreía lascivamente, como si me hubiese estado esperando.

-¡Cabrón…! –empecé. Luego preferí callarme y guardar todas las fuerzas para más adelante. Soltar berrinches como si fuera una niña pequeña no solucionaría nada-. Vale… a ver… pensemos.

Me presioné el puente de la nariz con los dedos. Una cosa viscosa se me había pegado en ellos, y cuando vi lo que era lancé una exclamación de horror. La sangre estaba por todo el suelo, y era reciente. Seguí con la mirada el reguero y al encontrarlo, me quedé blanca como el papel. Ken. Mi Ken. Mi pobre amigo estaba… bueno, no supe si estaba o…

-¡Jae Hwan! ¡Jae Hwan! –me lancé sobre él, los brazos por delante. No llevaba las cadenas que había visto en el sueño, pero advertí rozaduras profundas en sus muñecas. Apoyado como estaba en la pared, con la cabeza gacha, parecía más muerto que vivo. No sé cuándo había empezado a llorar, pero las lágrimas me empañaban la vista, exigiendo así un parpadeo continuo.

Tenía miedo de moverlo, así que coloqué la palma delante de su cara y me relajé solo un poco al sentir un aliento irregular manar de sus fosas nasales. Aun así, veía que estaba en las últimas y temí por su vida a cada minuto.

-Jae Hwan… despierta vamos… -supliqué. Ken se removió, como saliendo del sopor en el que estaba metido. Lentamente alzó la cabeza y reprimí un gemido aterrado cuando unos ojos fríos, vacíos y sin vida me devolvieron la mirada con indiferencia.

-Supongo que vuelve a ser un sueño… -murmuró. Sonrió (si a eso se le podía llamar sonrisa) y sacudió la cabeza-. Ya no lo repetiré más… siempre vuelves… no vale la pena decirte que te vayas…

-Aunque pudiera, no querría irme. No sin ti. Ken por favor, soy yo de verdad, he venido a buscarte…

-Eso es lo que dicen todas cuando vienen aquí.

Me enfadé. No sé por qué, pero me enfadé. El bofetón que le regalé resonó por todo el lugar. Por un momento, mi amigo se quedó paralizado y acto seguido, sus ojos me enfocaron al fin.

-¿A-A…h?

-¿Te parece esto suficientemente real? Porque puedo sacudirte una buena paliza para despertarte del todo, por si acaso. Espero no matarte demasiadas neuronas con ello.

-No… Alice… -gimoteó mi amigo-. ¿Qué has hecho? –era consciente de que no se refería a haberle pegado-. ¡No deberías estar aquí…! ¡Por Dios! ¡Me había sacrificado para que estuvieras a salvo!

-¿A salvo? ¿Crees que esa vida es estar “a salvo”? ¡Prisionera en casa de Hongbin, con vigilancia las veinticuatro horas del día, sin poder ir  a la escuela, ni ver a mis padres ni a mi perro, y temerosa de poder perderte por que tú te has ofrecido voluntario para ocupar un puesto que no te corresponde! ¡Eso NO es estar a salvo!

-Al menos estarías viva. Vosotros corréis peligro constante desde el primer momento en que nacéis. Sois tan débiles… ¿qué consideras tu que es estar a salvo?

-Estar a salvo es poder estar con mi familia y mis amigos sin necesidad de sobreprotección. No debiste dejar que te atraparan de esa manera. Había mejores formas.

-Si una cosa he aprendido de los humanos, aparte de que es efímera, es que los amigos de verdad están dispuestos incluso a dar su vida por los demás. ¿No es así como funciona vuestro mundo?

Me mordí el labio inferior con tanta fuerza que brotó sangre. Mi amigo resbaló hacia la derecha, sin energía, y yo lo sostuve en mi regazo. Era lo único que podía hacer. Tampoco dejaría que lo torturaran más.

-No debería ser así, Jae Hwan. Ahora saldremos de aquí. Hyuk va a llamar a Hongbin y a Leo y…

-¡NO! ¡SUELTAME BASTARDO! –se oyó gritar una voz conocida que me heló el alma. Lo habían pillado de pleno-. ¡Te he dicho que soy de los vuestros! ¡Solo quería dar un paseo! ¡SUELTAMEEEE PEDAZO DE…!

El mismo Nefilim que me había golpeado, ahora sostenía a SangHyuk en alto, mientras éste pataleaba furiosamente para deshacerse de su agarre, sin resultado. El chico rodó por el suelo de la celda que estaba delante de nosotros y al levantarse, siguió profiriendo una retahíla de insultos que no mencionaré. Golpeó y sacudió los barrotes con vehemencia hasta darse por vencido. Sus pupilas se encontraron con las mías, culpables.

-Lo siento Alice… lo siento… no he podido…

-No pasa nada. Sabía que no acabaría bien. Seguramente Hongbin y Leo nos estarán buscando. Nos van a encontrar.


Pero tenía mis dudas. El miedo amenazaba con apoderarse de mí. No sabía que fuerza sobrehumana evitaba que me derrumbara en ese mismo instante. ¿Qué iba a ser de nosotros?

domingo, 20 de abril de 2014

Ken - Capitulo 7 - Final

Kyung Hee no vino al día siguiente. Ni siquiera al otro. Así que la mañana del tercer día, cuando amaneció, como siempre se encendieron las luces automáticas verdes, revelando una escena bastante desoladora. Hye Rin yacía totalmente quieta contra la pared entre las celdas de Ravi y Ken. Los brazos caían a cada lado de su cuerpo como cuerdas flojas, y el pelo pelirrojo por delante de la cabeza agachada, sucio por el paso de las interminables horas.

Apenas tenía fuerzas para relamerse los deteriorados labios y sin embargo, apretaba con perseverancia la varilla de metal con la mano izquierda hasta el punto de clavarse las uñas en la palma. Mantenía los ojos cerrados para reservar energías, pese a que éstas menguaban a cada minuto. Los chicos seguían tan bien como siempre. No era la primera vez que los olvidaban y no les daban de comer, pero viendo como su amiga iba perdiendo la vida poco a poco, se sentían a punto de desfallecer.

Hyuk no lograba derramar más lágrimas y se había resignado a mirarla hasta que… bueno, hasta que pasara lo que tuviera que pasar con la muchacha. ¿Qué podían hacer ellos estando encerrados como viles ratas?

-Hye Rin… Rinnie… ¿estás consciente? Contéstame por favor… -suplicó Ken. La chica asintió casi imperceptiblemente y suspiró. ¿Es lo que buscaba Kyung Hee? ¿Extenuarla hasta la muerte? ¿Ese era su castigo? ¿O simplemente quería que llegara un punto en el que, cuando la rubia entrara, no supusiera ninguna amenaza? Pues… si ese era su plan, se equivocaba al subestimarla.

Finalmente, la puerta se abrió. Kyung Hee la contempló un instante, con una sonrisa maliciosa en la boca. Paseó lejos de ella tarareando una melodía que no era conocida para nadie. Entonces por fin habló.

-No te habías dado cuenta, ¿verdad? –levantó un dedo. En el lugar señalado, una cámara apenas visible era descubierta por primera vez. La luz roja que emitía daba a entender que estaba grabando lo sucedido. La rubia negó, chistando tres veces-. Muy mal, Rinnie, muy mal… Siento no haber venido antes, pero tenía que revisar las cintas grabadas. Ya sabes, la costumbre. Y no veas la sorpresa que me he llevado de que mi familiar me engañara con tanto descaro. Se puede decir que es la primera vez que alguien logra mentirme así. Mejor dicho, es la primera vez que alguien a quien he confiado mi casa lo logra. Pero… no volverá a pasar más.

“Me distraje, y ahora, debes pagar por ello. ¿Rinnie? ¿Estás viva aún? ¡HA HA HA! –su risa se elevó en el aire, escalofriante-. ¿De verdad te enamoraste de mi mascota? Qué ilusa, cariño… Bueeeno… creo que seré buena contigo, ya que después de todo, no pudiste liberarlos. En cuanto te mate a ti, los mataré a todos, empezando por tu enamorado, ¿qué me dices? ¿Te gusta la idea de congregaros toooodos de nuevo? ¡Dímelo! –estando cerca, le propinó una patada en las costillas que tambaleó a la pelirroja. Ésta tosió y se levantó.

Le temblaban las rodillas, pero se ayudó de la mano de Ravi, que gentilmente la había sacado por si necesitaba ayuda. No, ya no le gruñía. Ya no gritaba. Su mirada era del todo humana, e incluso las marcas oscuras de su cuerpo empezaban a desaparecer.

El gesto no pasó desapercibido para otra mujer, cuyo rostro devino rojo de la rabia.

-¿Por qué lo haces, Kyung Hee? –Susurró Hye Rin, débilmente acercándose a ella-. ¿Qué te he hecho yo? ¿Qué te han hecho estas personas? ¿Qué te ha hecho el mundo para que los odies tanto y guardes tanto rencor?

-¿Que qué me han hecho? –volvió a reírse. No fue agradable-. Todos me odian. Siempre me han odiado. Y por eso los odio. Solo quiero que el mundo pague por el crimen de odiarme. Yo solo quería ser aceptada pero... las brujas no están bien vistas en este mundo. Sucia escoria terrenal... ¡Los odio a todos! ¡Y tú, miserable embustera, tú morirás con la humanidad entera!

Entonces todo sucedió muy rápido. Con un grito, Hye Rin se abalanzó contra la rubia, la varilla afilada por delante. Kyung Hee reaccionó a tiempo, agarrándola de las muñecas y ambas forcejearon por la sala. La pelirroja había estado reservando fuerzas llegado el momento, y no obstante, no fue suficiente. Estaba demasiado endeble como para seguir la pelea.

Y entonces, se decidió ganadora.

La bruja asestó un cabezazo a la débil mujer, que se tambaleó hacia atrás. La varilla cambió de manos y Hye Rin soltó un gemido de dolor cuando el filo puntiagudo la atravesó de parte a parte por el estómago. El tiempo pareció congelarse. La pelirroja bajó la vista, incrédula a lo que veía. Ajena a los gritos desgarradores de sus amigos siguió viendo como la sangre escapaba de su cuerpo en goterones abundantes. Con la visión borrosa se dio cuenta por fin de lo que pasaba: se estaba muriendo.

Cayó de rodillas y se quedó ahí, impotente.

-Espero que hayas aprendido la lección, cariño –siseó la otra, fríamente-. Y espero que te reúnas con tu padre en el más allá. Si no te vas al infierno, por idiota. Ha sido divertido mientras ha durado, ¿sabes? Ojalá pudieras vivir un poco más, pero… creo que no será posible.

Miserable…, pensó Hye Rin. No supo de dónde sacó fuerzas, ni donde estaban alojadas ni por qué no habían salido antes, pero lo cierto es que pudo levantarse y empujar fieramente a su familiar contra la celda de Leo. Después, se desplomó en el suelo y no se volvió a mover.

-Estúpida cría… -espetó la mujer, mirándola con desprecio. Sin embargo, unos brazos la inmovilizaron y sintió la mano derecha de Leo sobre su rostro. Kyung Hee, se sacudió como pez fuera del agua, aterrorizada. La suave y peligrosa voz de Taekwoon fue lo último que escuchó.

-Vete al infierno tú, bruja –le partió el cuello sin miramientos y el cuerpo sin vida de Kyung Hee se dobló hacia un lado. Amortiguadas, las palabras de Hongbin flotaron tétricas:

Criaturita, criaturita, ¿a dónde vas?
A la tela de araña directa caerás,
Si tienes miedo, ojitos cerrarás.
Tu cuello pronto de un hilo penderá
¡Y la criaturita, sufrir ya no sufrirá!

Ocurrió lo que todos habían estado esperando. Volvieron a ser humanos en su totalidad. Los cristales desaparecieron como por arte de magia. Las cuerdas que mordían la piel se rompieron. Las verjas de metal reventaron. Y el muñeco Voodoo, que tanto mal les había causado se incendió junto a la varilla alojada en el cuerpo de Hye Rin, volatilizándose. En las paredes y el techo de la estancia empezaron a aparecer unas muescas que cada vez se iban haciendo más grandes y profundas.

El poder de Kyung Hee mantenía el lugar en perfecto estado pero, una vez muerta, estaba retornando a su forma original.

-¡¡HYE RIN!!

Ken se lanzó a por la mujer, que seguía inmóvil boca abajo. La giró con aflicción, el corazón roto. Quiso evitar mirar la herida, sabiendo con lo que se toparía. Por el contrario, le palmeó las mejillas hasta que parpadeó paulatinamente.

-¿Jae Hwan…?

-Estoy aquí, pequeña. Estoy aquí. No te duermas aún –intentó levantarla, pero no pudo-. ¡Hakyeon, hay que sacarla! ¡Esto se va a venir abajo!

-¡En mi espalda! ¡En mi espalda! –repetía el nombrado, agachándose. Una vez fue subida, las siete personas salieron por las escaleras que conducían al exterior, anhelantes de respirar libertad. Hasta que… la última puerta se abrió y les recibió la luz.

***

Nunca pensé que volver a ver el sol hiciera tanto daño como en ese momento. Cerré los ojos por inercia, y aún así podía distinguir los suaves destellos amarillos a través de los párpados. El cálido viento azotó mis mejillas, como dándome la bienvenida de nuevo. Qué agradable… casi había olvidado lo que era el viento… 

Entrecerré los ojos y observé los colores del campo delante nuestro, el vaivén de las hojas de los árboles por la brisa, y sobre todo, el sonido de los pájaros cantando. Quería gritar de júbilo. Me sentía vivo, capaz de nuevo. Era libre, nadie me retendría jamás. Busqué la mirada de mis compañeros, que al parecer, sentían lo mismo que yo.

Hyuk hizo lo que yo no había hecho. Chilló. Chilló de alegría desbordante. No pude más que corearle, y continuar observándolos a todos. Pero de pronto… la vi a ella. Me miró con una sonrisa cansada. Sus brazos dejaron de rodear el cuello de Hakyeon, abandonando definitivamente. Leo la sujetó por detrás de los hombros, estirándola en el césped marrón. Todos se reunieron entorno a Hye Rin. Su piel estaba pálida, casi cadavérica. Y todo lo que me había parecido gozoso, había perdido su color. Ya nada era bello, pues lo único que realmente me importaba, estaba a punto de extinguirse.

***

Ken se agachó al lado de su enamorada, sujetándole una de las extremidades. Estaba tan sumamente fría… Respiraba con pesadez, esforzándose en no perder el ritmo.

-Kyung… Hee…

-Está muerta. No hará daño a nadie nunca más –contestó. Taponó la herida con la mano, llenándose de sangre que no cesaba en derramarse. Se iba poco a poco formando un charco tiñendo la hierba-. Te vas a poner bien, Rinnie. Podemos llevarte a un hospital y…

-¿Jae Hwan…? –sollozó-. ¿Estás… aquí…? ¿Puedo tocarte… puedo hacerlo…?

Le acarició la mejilla, y él rozó la delicada palma con los labios mientras empezaba a llorar.

-Sí, pequeña… -se le quebró la voz-. Ahora ya podemos estar juntos. Compraremos la casa que nos prometimos, en medio del campo con chimenea y mantas, ¿recuerdas? Donde nadie nos molestará…

La pelirroja asintió, sonriente. Se inclinó para besarla e incluso en aquella situación, a ambos les pareció el mejor regalo de todos. No fue un beso pasional como tantos otros, sino que estaba cargado de amor puro e inocente, de dulzura sin precedentes. Daba igual quien los mirara, daba igual si a alguien le importaba. Solo existían ellos dos en ese momento. Cuando se separaron, la chica susurró:

-Jae Hwan, te quiero. Muchísimo.

Ken abrió la boca pero de ella solo salió un leve gimoteo angustiado.

-Hye Rin… yo también te quiero… te quiero demasiado…

Cuando buscó sus ojos, no le devolvieron la mirada. Éstos contemplaban un punto fijo en el horizonte, allí por donde el sol se alzaba en su máximo esplendor. Con las manos temblando le tocó la cara y la llamó una y otra vez, mas no obtuvo respuesta alguna. Hye Rin se había ido para siempre. Ken nunca supo si la muchacha había sido consciente de sus últimas palabras, pero quiso pensar que sí, porque de lo contrario, sería muy triste.

Duerme, pequeña… duerme hasta que nos volvamos a encontrar…

***

Las brumas se disiparon por fin, y Hye Rin se encontró frente a una casa demasiado familiar para ella. Cerca había un columpio que se mecía solo. ¿Qué hacía ella allí? Fue recordando y frunció el ceño, compungida. Estaba muerta. Si, lo estaba. ¿Y entonces? ¿Qué tenía que hacer? Echaba tanto de menos a Jae Hwan…

Una figura oscura fue solidificándose a cierta distancia. Otra cosa que le resultaba familiar. Se acercó, dando primero un paso, y luego otro. Cuanto más se acercaba, más lo reconocía. Su padre.

“Papá…”, habló, y le sorprendió su propia voz infantil. Era de nuevo una niña de exactamente la misma edad en la que su padre falleció. Corrió a sus brazos recibiendo el abrazo que había ansiado siempre de él. A pesar de estaba contenta, recordó a su amado y bajó la cabeza. Su padre la miró, preocupado.

“Papá”, repitió, “¿Crees que he hecho bien, marchándome?  Jae Hwan estará tan solo…”

Él negó y Hye Rin supo la respuesta a sus dudas.

“Estará bien. Tiene una vida que vivir. Será feliz, algún día no muy lejano con alguien a quien ame más que a mí”.

Y los dos, padre e hija fuero a jugar al columpio, riendo radiantes por toda la eternidad.


Hasta que nos volvamos a encontrar…

viernes, 18 de abril de 2014

Ken - Captulo 6

-Está aquí –siseó Hongbin, alzando la cabeza. Su cara tenía una horrible mueca macabra que hacía muchas semanas que nadie había visto. Hye Rin se levantó como movida por un resorte, paralizada. Dejó de pelar la manzana que tenía entre las manos y la dejó en la mesa. Hyuk se tragó un gajo de mandarina que le quedaba y se hizo un ovillo en el suelo, balanceándose de adelante hacia atrás.

-Estamos perdidos… estamos perdidos… estamos perdidos…  -decía una y otra vez. El corazón de la chica empezó a latir a un ritmo desenfrenado, temiéndose lo peor de aquella situación. Y en efecto, así era. Cuanto más se acercaba Kyung Hee, más rápido volvían a su estado inicial. Como un retroceso al pasado, como si nada de lo que había hecho la pelirroja hubiese servido para nada.

-¡Chicos…! ¡Chicos, no…!

-No te acerques –la advirtió N, el rostro crispado y un brazo estirado en su dirección. Un golpe la asustó de sobremanera y posó los ojos en el causante, en este caso, Ravi. Se lanzaba con fiereza contra el cristal, que emitía dolorosos crujidos como si se fuera a romper. Entonces la muchacha corrió hacia Ken y pegó la cara en el vidrio.

-¡Ken! ¡KEN! –gimió con desesperación a una persona que parecía no escucharla. Su expresión era de total desconcierto y afabilidad, pero era una afabilidad distante. Hye Rin supo entonces que se había cavado un largo y hondo abismo entre los dos.

Escuchó sus propios sollozos por encima de los miles de gruñidos que flotaban en el aire. Intentó retener las lágrimas que se formaban en sus ojos, sin éxito.

-¡Jae Hwan! –lo llamó por el nombre. El nombrado clavó sus orbes castaños en ella, abriéndolos desmesuradamente.

-¿Acabas de… llamarme por mi nombre real? –tras unos segundos exhaló el aire, recordando-. ¡AH! ¡Hye Rin! ¡He estado a punto de olvidarte…! Hye Rin… -tragó saliva-. Está demasiado cerca.

-Siéntate –ordenó Leo-. Actúa con normalidad. No todos estamos sumidos en el sopor de la magia negra.

-Taekwoon… -dijo la chica. Leo entreabrió los labios en un silencioso jadeo.

-Sienta bien escuchar tu nombre real sobre todo cuando estás a punto de olvidarlo y convertirte en una marioneta de nuevo. Ahora, haz lo que te he dicho, cierra la boca y límpiate las lágrimas de las mejillas.

***

La llave abrió la gran puerta de acero con el usual chirrido punzante que la caracterizaba. Lo hizo hacia dentro, dejando ver desde la celda de Hongbin hasta, una vez abierta, la de Ravi y todo lo que había. La rubia entrecerró los ojos para acostumbrarse a la penumbra verdosa que celaba el lugar ubicando en el centro a su pariente con el muñeco en las manos. Se quedó ahí, contemplándola con serenidad fingida, mientras veía como sacudía el muñeco de trapo grácilmente, sin prisa pero contundentemente. Acarició la idea de acercarse sigilosamente, apartar ese abundante pelo pelirrojo hacia un costado. Sabía que su pariente se estremecería. Nadie la soportaba. Ni siquiera sus queridas mascotitas. Entonces rodearía el blanco cuello como porcelana fina con las manos, casi del mismo tono que éstas y apretaría, primero suavemente y luego con fuerza. Quizás intentaría patear un poco, gritaría ahogadamente, pero no podría hacerlo del todo, porque estaría inmovilizada por la magia. Y el brillo del iris se le apagaría, muriendo poco a poco sin oxígeno.

Sería otra víctima más de su devastador poder. Sin embargo, Kyung Hee no hizo nada de lo que en menos de tres segundos había planeado.

-Hola Hye Rin –habló. Seis pares de ojos se volvieron hacia la persona que había hablado, y la pelirroja se enderezó. Ladeó la cabeza, dejando el muñeco sobre la mesa.

-Bienvenida de nuevo, Kyung Hee.

Una de las comisuras de la rubia se curvó, mientras pasaba los dedos por el cristal de Hongbin. Éste empezó a reírse descontroladamente.

-Hasssss vuelto…. –graznó-. Sssssucia bruja…

-Controla esa lengua, cariño –advirtió Kyung Hee-. Podría arrancártela sin querer.

Se mantuvo en silencio, pero el odio que le procesaba se hacía palpable. Casi podía escucharse el siseo de su voz diciendo “Tripas por doquier… cubrirán la habitación de rooooosaaa”.

-¿Has estado bien? –inquirió de pronto, sin mirarla.

-Perfectamente –y añadió-. He tenido bastantes problemas, en realidad. Me descuidé en algunas cosas.

-No importa. ¿Qué les has dado de comer?

Hye Rin no había pensado en esa pregunta. Ni siquiera tenía en mente qué podía contestarle. Pero reaccionó rápido tras el pequeño lapsus.

-Sobras. Restos. Y un poco de agua.

Kyung Hee fue asintiendo a cada palabra.

-Es curioso. Diría que incluso los veo más rellenitos… y con más color.

La otra se tensó.

-Más rellenitos dice… -gruñó N, con los ojos fijos en Hye Rin-. Esa repugnante furcia es exactamente como tú. ¿Os viene de familia quizás? Odio cada ración de asquerosa comida que me ha dado, cada bocado frio e insulso.

-Así… -murmuró la pelirroja, siguiéndole el juego-. ¿Así me pagas que os haya dado una porción de lo que yo comía? Tendrías que dar gracias a que al menos os he alimentado todos los días.

-¡Miserable…! -chilló el moreno.

-Vale, parad –intervino Kyung Hee, divertida-. Es muy entretenido veros discutir, e imagino que esto ha pasado a menudo durante las semanas, ¿me equivoco?

Su pariente negó con la cabeza.

-Prácticamente, todos los días. A veces me cansaba y los dejaba sin comer el día entero. Ya sabes –bajó la voz-. Como me dijiste.

La rubia aplaudió efusivamente, dando saltitos por la habitación.

-Muy bien. ¡Muy bien! –exclamó-. Me gusta esa actitud. Sí, me gusta mucho. ¿Has utilizado el muñeco?

Hye Rin intentó hacer un gesto despreocupado y a la vez, malvado. Pese a que la otra estaba de espaldas, Ken vio el gesto y se aguantó las ganas de reír. Al parecer no había salido como ella había querido desde el principio, por lo que dio gracias a que no se había girado.

-Por supuesto que lo he hecho.

Kyung Hee la observó dubitativamente, tamborileando el dedo índice con la uña negra sobre los pequeños labios rojos como fresas.

-Quiero verlo.

La pelirroja creyó no haberlo entendido bien.

-¿Pe-Perdón?

-Que quiero que cojas el muñeco y los hagas sufrir –se lo dio junto con la aguja-. ¿No lo has hecho muchas veces? Por una vez, quiero ser una mera espectadora. ¿Me harás ese favor?

Las manos de la muchacha temblaron cuando sostuvieron el juguete y la varilla puntiaguda. Su respiración se aceleró. Sentía la sangre bombear en las sienes, sin saber qué hacer. Buscó la mirada de Ken, y este sacudió la cabeza de un lado a otro, derrotado. Lo vio articular un “hazlo”. Se volvió hacia N y obtuvo la misma respuesta.

“Estaremos bien”

Con todo el dolor del mundo, alzó el objeto y lo clavó en el monigote. Se hizo silencio. Un silencio vacío que fue ocupado por los gritos agónicos de sus amigos. Volvió a clavarlo. Una. Dos. Tres. Cuatro. Hasta cinco veces mientras las lágrimas empañaban su visión.

No había querido hacer daño a nadie. Lo había prometido. Y esa promesa estaba hecha añicos junto a su corazón.

-Suficiente –la detuvo la bruja-. Creo que ya has tenido suficiente.

Su voz estaba cargada de una mezcla de emociones negativas que ponían los pelos de punta. Odio, rencor, frialdad glacial, crueldad, desprecio…

-Dime una cosa, Hye Rin. ¿De verdad piensas que soy tan estúpida como para creerme que has tocado ese muñeco para algo más que para limpiar el polvo? Eres bastante idiota –la agarró del pelo. La pelirroja reprimió un quejido-. Espero que hayas aprendido la lección. Conmigo no se juega, cariño.

La lanzó bruscamente y cuando intentó frenar la caída, Hye Rin se golpeó el codo en el frio suelo. Escuchó un crujido y se oprimió el brazo con la otra mano temiendo habérselo roto. Pero el dolor no era comparable al que sentía en el pecho, a la culpa que la corroía por dentro.

-Te quedarás aquí hasta que yo decida qué castigo imponerte por tus mentiras. Pásalo bien con tus amigos mientras puedas, que no será demasiado tiempo.

Kyung Hee cerró la pesada puerta tras ella, y el suave “clic” indicó que la estancia estaba cerrada bajo llave. La pobre muchacha no se levantó. Si siguiera quería moverse mientras lloraba. ¿Dónde se había metido? ¿Por qué sucedía todo esto? Y lo más importante: ¿Cómo podría ayudarlos, ahora que se había perdido toda esperanza? No podía mirarlos a la cara…

-Hye Rin –la llamó Ken-. ¡Hye Rin, arriba!

Ella negó, derrotada.

-Hye Rin –volvió a nombrarla, esta vez N-. Estamos bien. Ni siquiera nos has hecho daño.

Parpadeó. ¿Qué?

-¿Como que…? ¡Es imposible… yo…!

-Tampoco sabemos que ha pasado –continuó Hyuk-. Cuando clavaste la aguja y no percibimos nada, nos vimos en la obligación de fingir el dolor. Por tu propio bien, y por el nuestro.

-¿Cómo es posible? –hipó la chica. Pese a estar de pie, continuaba aguantándose el brazo-. Parecía tan real…

-Tantos años de dolor, es lógico que sepamos cómo se grita –rió Hongbin. No seseaba en absoluto, lo que hizo llegar a la conclusión que también estaba fingiendo.

Ken puso mala cara.

-No tiene gracia –murmuró.

-Pero apuesto a que es así, ¿o no? Ahhhh……. –el de los ojos en cruz golpeó el vidrio con la frente-. La explicación más lógica a lo que acaba de pasar es que el muñeco se nutre de las voluntades de quienes lo poseen. Si tu deseas torturar a alguien, el muñeco te obedecerá. Pero si haces algo en contra de tus propios sentimientos, es lógico que eso te haga caso a ti y no a lo que te obligan a hacer. Por eso, tenemos que pensar en algo para salir de aquí antes de que se de cuenta.

-Solo queda esperar a que baje y que Hye Rin acabe con ella –sentenció Ravi, reafirmando sus palabras, golpeando el puño en la palma abierta.

La mujer ya no se negó a ello. Había tomado una decisión, y era lo más correcto que jamás había deliberado. Asintió, perdida en sus cavilaciones.

-Rinnie… -dijo Ken-. Se fuerte. Pronto acabará todo.

Temblando, saltó dentro de la jaula de N para sentarse en el sofá. El chico la acompañó, contemplándola sin emitir ningún sonido.

-Tengo miedo –suspiró ella.

-Todos tenemos miedo –aclaró el moreno-. Miedo por ti. No queremos que te ocurra nada.

Hye Rin lo examinó por unos instantes.

-Has cambiado, Hakyeon.

Se encogió de hombros.

-Todos hemos cambiado, gracias a ti –se levantó-. Ahora descansa bien. Mañana será un día duro. Debes estar despejada y alerta.

sábado, 15 de marzo de 2014

Ken - Capitulo 5

-Esto es demasiado aburrido –gimió Hyuk, con la cabeza contra los barrotes. Se había cansado de dar vueltas por su celda y ahora estaba quieto, los brazos colgando por fuera. Una pelota volaba de una punta a otra, de las manos de N a las de Hye Rin. Ambos jugaban para matar el tiempo, que pasaba tan lentamente que exasperaba.

-Hakyeon –lo nombró, después de la revelación de su verdadero nombre unos días antes, la chica aprovechaba cualquier pretexto para hacer uso de él-. ¿Puedo preguntarte algo?

-Hmm… -asintió, con la vista fija en el juguete.

-¿Cómo era tu hermana? –preguntó. Lejos de ofenderse o sentirse herido, N sostuvo la bola entre las palmas y miró a la muchacha.

-Aún la tengo un poco borrosa pero… recuerdo que tenía una larga cabellera negra como el carbón. Sus ojos eran redondos y oscuros cuales pozos, mientras que sus labios, rojos como cerezas. Era preciosa, a mi parecer. No llegaría a los 15 años.

Luego lanzó de vuelta la pelota contra Hye Rin, de una manera tan torpe que ésta salió rodando hasta la celda de Leo. Antes de acercarse, la chica lo miró con recelo, pero desechando cualquier pensamiento negativo caminó hasta allí. Taekwoon recogió la pelota con una mano y se la entregó sin hacer ruido. Pero antes de que se fuera, habló.

-¿Tú no tienes familia?

Se detuvo a medio camino.

-Bueno… sí. Algo así –contestó ella.

-¿Cómo que “algo así”? –Inquirió N-. O la tienes o no la tienes. No hay término intermedio.

-Vale, vale. La tengo. Solo qué… la mitad no lo es –apretó la bola contra el estómago, para intentar deshacer el nudo que tenía-. Mi madre se volvió a casar cuando mi padre murió hace dos años. No quise aceptarlo. No. No quiero aceptarlo. Se casó tan felizmente, mientras yo seguía llorando la perdida de mi figura paterna. Lo peor fueron los niños que él trajo a nuestra casa –puso claro énfasis en las últimas palabras-. Rompían cosas, tiraban de la cola al perro, me insultaban constantemente… es bastante deprimente que chiquillos de 14 años estén tan poco formalizados, ¿verdad? –rio amargamente-. Quería tener cualquier pretexto para salir de aquella jauría de palomas que no hacían más que gritar y gritar y…

-Basta –ordenó Ken, de pronto. Todos se fijaron en él, como si hubiera hecho algo fuera de lo normal-. No quiero escucharte más.

Hye Rin tragó saliva, compungida.

-Siento ser tan desagradable, pero solo…

-¡He dicho que te calles! –exclamó él, y la muchacha dio un salto hacia atrás-. ¿Crees que tienes derecho a quejarte? ¿Crees que eres la que peor ha vivido? ¡Yo era huérfano! Sabes lo que es compartir la comida con otras personas, ¿no? Pues deberías saber cómo me sentía yo cuando solo tenía un mendrugo de pan y tenía que dar la mitad a otras diez personas que pasaban hambre igual que yo. Y cuando crecí, tuve que salir del Orfanato y vivir en las calles. Ahora… ahora creo que prefiero estar aquí.

Hye Rin contuvo las lágrimas que se formaban por inercia. Quería decirle que todo estaba bien, que cuando todo terminara, los dos vivirían juntos en una casa lejos de todo el mundo. No habría frío que calara en sus cuerpos delante de la chimenea envueltos en mantas, muy cerca el uno del otro. Querría añadir que, con el tiempo, ella misma borraría su pasado de la mente y crearían uno nuevo. Pero las palabras no le salían de la boca y alargó el brazo para introducirlo dentro de la jaula y quizás, darle un apretón de apoyo.

Notó que la trampilla que conectaba el exterior con Ken estaba bloqueada, y vio como éste era el causante, porque había colocado la mano de forma que era casi imposible abrirla. La chica lo miró, pero Ken desvió la vista, entristecido. Con la vergüenza sobre sus hombros, enterró la cara entre las manos y salió de la estancia hipando, sabiendo que el abismo que los separaba se iba agrandando por momentos.

***

Cuando se acercó la hora del almuerzo, Hye Rin no tuvo otro remedio que bajar a alimentar a los chicos. No quería mirarlos a la cara después de recapacitar seriamente y darse cuenta de que su estupidez no tenía límites. Ella que conservaba la familia… cuando muchos de ellos ni siquiera tenían todos los miembros de ésta completos. Tan necia…

Entró en la estancia con la bandeja en los brazos, abatida. Después de servir en algunas celdas, se percató de que tanto Ken como Hyuk estaban profundamente dormidos. No se lo reprochó, ya que los pobres chicos no tenían otra cosa que hacer en el reducido espacio. Pasó por la “habitación” de N para darle un plato de tarta, cuando inesperadamente se acercó a la muchacha y señaló su sofá. No sabía qué quería, pero tras evitar el vidrio que se situaba en el suelo, punzante, dando un saltito, llegó hasta el gran sofá y se sentó en un extremo. N llegó a hacer lo mismo, hundiendo el tenedor en el trozo de pastel, llevándoselo a la boca y saboreándolo con parsimonia.

-No te preocupes por mí. No voy a hacerte nada –dijo Hakyeon, en voz baja. Hye Rin se percató de que estaba tensa, y trató de relajarse-. Ya no puedo sentir ese deseo de saltar y matar a nadie.

-¿En serio? –la curiosidad hacía mella en su persona. Antes de contestar, volvió a llevarse un trozo de tarta a la boca.

-No solo yo –explicó-. Hyuk es cada vez menos pesimista, ahora utiliza el término “Y sí…”. Hongbin está menos loco que antes, aunque aún razona sobre cosas extrañas. Leo contesta cuando le hablan. Incluso Ravi ni siquiera se altera cuando le dejas la comida y metes el brazo en su celda. Y bueno, Ken… -miró al adormilado hombre cuya respiración seguía siendo regular-. Ken está de mal humor. Él nunca está de mal humor. Siempre lo he visto con la mirada perdida, y nada más que flores en la cabeza. Vivía, como comúnmente se dice, en el mundo de Yupi.

La mujer resiguió con los ojos la espalda del castaño y reprimió un suspiro. Le dolía el pecho de turbación e inclinó la cabeza.

-No quiero que me odie –confesó con la voz rota-. No soportaría que me mirara con resentimiento.

-¿Tanto lo quieres?

Hye Rin se encogió de hombros.

-Más de lo que crees. Y ni siquiera puedo tocarlo… quiero decir, puedo, pero no tanto como querría –se sonrojó hasta las orejas al decirlo y enterró el rostro en las rodillas. N soltó una carcajada entre dientes.

-Ya he entendido a qué te referías –dijo-. Fue bastante insensato decir aquello cuando Ken había recuperado retazos de su memoria. Aunque no lo sabías, claro.

-Me arrepiento profundamente, Hakyeon. He comprendido lo equivocada que estaba. Hace unas horas, llamé a mi familia para preguntar sobre su salud. Se alegraron de oírme, y tuve la sensación que todo el odio que les tenía se había evaporado. Pero no cambiará nada, no cuando he sido tan idiota de despotricar como una cría delante de él. Bueno, y de vosotros –agregó.

-¿Algo más que añadir en tu disculpa? Si no te disculpas con él, al menos, hazlo delante de mí.

Repentinamente, los ojos de la pelirroja se llenaron de lágrimas que caían por sus mejillas. Le temblaba el labio inferior al pronunciar lo siguiente:

-Nunca había sentido lo que siento por Ken. En lo único que pienso es en sacarlo de ahí y llevármelo lejos, donde no haya Kyung Hees que puedan separarnos. Quiero una casita junto a un arroyo en un pueblo pequeño dejado de la mano de Dios y vivir allí con él. Deseo ser su familia. No podré reemplazar a la que nunca existió, pero sí mitigar el dolor que siente por su ausencia. Quiero borrarle la soledad con una simple caricia o con un abrazo por las mañanas y ahuyentar sus pesadillas en un beso de buenas noches antes de dormir. Pero todo lo veo tan improbable con Kyung Hee… y duele… duele tanto ver que es posible que no se cumpla…

 N, en silencio, contemplaba su plato vacío con expresión inescrutable, dejando que Hye Rin desahogara su tristeza contra su hombro derecho. Cuando terminó, se enderezó en el sofá y los largos dedos desterraron los últimos rastros de lágrimas que le quedaban.

-Vale –murmuró al fin el bipolar chico-. Por mí, todo olvidado. ¡Eh, Ken! Lo has oído, ¿no? ¿La perdonas ya?

Hye Rin se puso rígida como un palo y casi que no quiso ver cómo lentamente, el nombrado se iba levantando del suelo hasta clavar los iris castaños en ella. Ruborizada violentamente, pensó en saltar detrás del sofá y esconderse. Lo oyó soltar el aire y alzó la cabeza.

La miraba, pero era un mirar dulce, lleno de amor, diferente a como normalmente lo hacía. Aun así, no dijo nada, y eso hacía dudar a la muchacha hasta que hizo una señal para que se acercara. Caminando como una autómata, llegó hasta él. Volvió a indicarle que metiera la mano por la trampilla de la celda. Hye Rin meditó unos segundos e hizo lo que le pedía. Las manos de Ken apresaron la de ella y se cerraron entorno. Sintió en el dorso de ésta unas gotas líquidas que iban escurriéndose a los lados, y supo que Ken estaba llorando. Le dio un beso húmedo por las lágrimas en la piel, tan delicado como una pluma.

-A mí también me hubiese gustado compartir mi vida contigo, Hye Rin. Cada día que pasa me doy más cuenta de lo enamorado que estoy de ti. Y comparto ese dolor… Diablos… haría cualquier cosa por un roce de tus labios… o por estrecharte entre mis brazos y no dejarte ir…

La chica no pudo retener su llanto por más tiempo. Desató toda su impotencia, todo su dolor y angustia de golpe. Se retiró, agarró la silla y la elevó por encima de su cabeza. Antes de que ninguno pudiera decir nada por la sorpresa, aporreó repetidamente la prisión de cristal de Ken, sin éxito en romperlo. En cierto momento, la silla rebotó y golpeó la frente de Hye Rin, que, por el aturdimiento, cayó al suelo. Hizo caso omiso a la llamada de los chicos para que no hiciera cosas estúpidas, y acertó tener unas tijeras en el vestido. Redujo la distancia con Leo y se dispuso a partir los cables que mordían su piel. Más de nuevo, las manos le fallaron y se cortó el dedo índice. Ignorando el dolor, siguió intentándolo hasta que la mano que tenía posada en los barrotes fue cubierta por la de Taekwoon.

-Hye Rin –pronunció él-. No. No hay nada que puedas hacer.


Entonces la pelirroja soltó las tijeras, que hicieron un ruido sordo al tocar el suelo y se derrumbó entre amargos sollozos desesperados. Nadie fue capaz de consolarla de su tristeza en todo lo que restaba de día, porque era la misma desolación que albergaban los demás y que exteriorizaban a través de la delicada muchacha.

******

Siento haber hecho éste capitulo tan triste y a la vez tan corto. Deseo que esperéis el próximo capitulo con ilusión, por que ya queda poco para terminar (uno o dos capítulos a los sumo más el epílogo). ¡Gracias por leer, hasta el próximo capítulo!

sábado, 1 de marzo de 2014

Han Sang Hyuk: El Nefilim


"Han Sang Hyuk es un chico nacido Nefilim. Su padre, un hombre coreano corriente que trabajaba en las industrias de carbón de la época de los setenta se enamoró de una joven de cabellos plata, que en ese momento residía como la "sobrina" del duque del país. Cual fue su sorpresa al descubrir, que la bella doncella de la que se había enamorado era nada mas y nada menos que uno de los tres arcángeles que se nombran en los textos bíblicos: Gabriel.

Gabriel tambien quedó hipnotizada por la naturaleza del humano. Había visto muchos a lo largo de los siglos, desde los primeros primates y sus vociferaciones como neandertales hasta ese momento. Descubrió una inteligencia casi semejante en él. Se prometieron, se casaron y tuvieron dos hijos. Cuando Gabriel los vio, recordó que su vida era finita, y la de ella, infinita. Con todo el dolor del mundo, un dia desapareció. Fueron vanas las busquedas de su marido que, compungido, crió a los niños como pudo.


Hyuk y su hermano crecieron, y el primero empezó a manifestar signos de Nefilim a la edad de 16, mientras que su hermano seguía siendo una persona normal. Asustado, también los abandonó. Después de 20 años por las calles, Jae Hwan, en medio-ángel lo encontró. Le explicó qué era, ayudándolo en papeleos, le encontró casa propia y un trabajo de medio tiempo. A cambio, Hyuk  y Ken mostraban una complicidad y compartian unos secretos que ni Leo, ni Hongbin, ni Alice podrían comprender jamás..."