martes, 29 de julio de 2014

Hongbin - Capitulo 18

Me pregunté seriamente si habría algo después de la muerte. Nunca había estado tan cerca de ella como ahora y quería pensarlo de verdad. La muerte sin nada después sonaba demasiado horrible. Pero si tenía que morir por proteger todo aquello que quería… ¿por qué no? El corazón se me encogió cuando recordé a mi madre y a mi padre. ¿Qué iban a hacer ellos a partir de ahora? ¿Ken… o quizás Leo, les borrarían la memoria? Me gustaría que así fuera. Todo sería menos doloroso para ellos. También tendrían que suprimirles los recuerdos a la escuela entera. Menudo problema les he dejado. Yo me moría como si nada y ellos cargaban con todo el marrón consecuente. Egoísta pero… necesario.

Aún tenía a Hongbin. Él estaba conmigo y aunque sabía que no podría protegerme más, todo estaba bien. Pero todos mis sueños, mis ilusiones de poder verlo sonreír otra vez con alegría, de compartir miles de experiencias… se habían acabado.

-          Apártala –ordenó Hyuna a Abel. Éste no se movió al principio por la sorpresa, pero después de un momento sentí que alguien tiraba del cuello de mi camisa con fuerza. Pese a todo, me aferré con más fuerza a mi genio. Los trozos de tela que envolvían sus muñecas y evitaban el roce de las cadenas, cayeron y Hongbin se estremeció de dolor pero no dijo nada.

-          Pequeña niña torpe –espetó el hombre, con un tono de voz molesto-. No tengo nada contra ti ni contra tu gente, solo obedezco órdenes. Y si esta mujer me lo ordena, te partiré en dos con el látigo a ti también.

Rodeé al Djinn tanto como pude.
-          Tendrás que matarme antes de tocarlo un pelo –dije.

“Si, porque soy egoísta y no puedo verte sufrir más. Prefiero esto, mi mente no aguantará tus gritos.”

-          Alice no lo hagas… -suplicó Hongbin contra mi cuello-. Por favor… prefiero sufrir hasta el final a verte morir por mi culpa.

-          No es tu culpa, ni nunca lo será.


-          Yo te he metido en todo esto. Si no te hubiese conocido, seguramente estarías a salvo.

-          Si yo no te hubiese conocido, haría tiempo esta gente me habría localizado y utilizado. Además… sin ti mi vida no tendría sentido.

Sollozó sonoramente, partiéndome el corazón en mil pedazos.

-          Lo tienes todo en esta vida…

-          Me faltas tú.

-          ¿Es que no piensas en mis sentimientos? ¿Cómo crees que podré vivir después de…?

-          Ya está bien –cortó Hyuna, con desdén-. Me ponéis enferma. No os preocupéis por saber quién va a morir y quién no, porque lo haréis los dos –miró al anciano, que estaba impasible-, acaba con esto ya.

-          ¿Por qué no lo hacéis vos? Tengo la sensación de que usted, señorita, desea más que cualquier otra persona acabar con sus vidas –sugirió Abel.

-          ¡No me repliques! ¿Qué pasa si es así? Hoy no estoy de humor. Y no quiero mancharme las manos.

El mayor Nefilim se encogió de hombros. Era aparente que no le importaba nada lo más mínimo.

-          Siento lo que voy a hacer, pequeña humana. Sabes que no te odio. Solo cumplo órdenes por un buen fondo monetario en el banco, y ella puede proporcionármelo. Te aconsejaría que te pusieras algo en la boca. Mis latigazos suelen doler bastante, pero intentaré no romperte los huesos en el primer golpe.

No me moví. Estaba aterrada, pero no dejé de abrazar a mi compañero. Antes de que el primer impacto llegara, la voz de Hongbin me taladró los oídos con mi nombre. Ni siquiera fui consciente en un primer momento de que sangraba abundantemente, con una herida monstruosa en las costillas. No encontraba la voz para gritar, estaba en shock.

El segundo latigazo sí me hizo aullar. Lloré de dolor y tuve la tentación de soltarme y acurrucarme en el suelo. La risa histérica de Hyuna llenaba el lugar. Disfrutaba horriblemente de lo que me estaba pasando, lo disfrutaba con ganas.

No recuerdo cuantos latigazos fueron. Tantos que pensé que me dividirían por la mitad, puesto que ya no sentía las piernas. Hongbin había dejado de chillar y me susurraba que todo estaría bien, que pronto acabaría todo. Entendía a qué se refería. Pronto dejaría de sufrir y moriría.

Que alguien… nos ayude…

Los latigazos cesaron. Una sombra a mi espalda delató la presencia de otra persona. La genio Efreet soltó una exclamación ahogada, que se vio interrumpida por alguien. Algo me dijo que no volverían a golpearme, así que, sin fuerzas me solté rápidamente. No me importaba caer al suelo, porque estaba al tanto de lo que me ocurría. Sin embargo quien fuera me cogió, con una fuerza sobrehumana, entre sus brazos, evitando la caída.

-          Creo que hemos llegado un poco tarde, ¿no crees? –dijo la persona más cercana. Un gruñido proveniente de otro lugar de la celda reveló que no eran uno, sino dos individuos. El ambiente estaba cargado, como si aquellos seres fueran extremadamente poderosos… y peligrosos.

-          Me conformo con haber llegado antes que tú, Ravi –el otro habló con desdén.

-          Eh, calma, Hakyeon. Esto es una tregua, ¿recuerdas?

-          Lo que tú digas –contestó el nombrado-. Deberías hacer algo con esos dos. No puedes encargarte de uno mientras la otra se te muere en las manos.

-          Me ofende que dudes del Gran Duque del Infierno. Pero lo dejaré pasar por hoy.

Las cadenas de Hongbin saltaron y tras dar un par de traspiés pudo mantenerse estable. Luego se acercó a mí y me tomó, alejándome del demonio. Me estaba constando cada vez más trabajo respirar.

-          Alice… hagas lo que hagas, mantente consciente.
-          No me responden… las piernas… -notaba la garganta seca y dolorida-. Lo siento, Hongbin… perdóname…

-          Shhh… no hables y guárdate las fuerzas –observó a los recién llegados.

El que me había sostenido, era un chico en apariencia joven, alto y esbelto, con el pelo blanco. Vestía ropa totalmente oscura, y un par de sombras extrañas, homogéneas y casi translúcidas le surgían de la espalda. ¿Estaba soñando?

El Duque del Infierno aguantaba con una sola mano en el aire a un despavorido Abel, que se revolvía como una anguila fuera del agua tratando de zafarse. Por otra parte, el segundo en llegar, Hakyeon, presentaba un aspecto puro en todos los sentidos posibles. Pese a tener el pelo rojo fuego, su atuendo elegante y níveo le otorgaba un aire profesional. La piel, ligeramente bronceada contrastaba con la ropa. Un aura divina estaba presente alrededor de todo su cuerpo, que brillaba con luz propia. Sería hermoso como una estatua griega, si no fuera por la expresión feroz ante la persona que “aplastaba” contra el suelo. Y esa persona era Hyuna, privada de movimiento.
Hongbin los observaba en silencio, receloso como un gato acorralado y abrazándome cálidamente en ademán protector.

-          ¡Lo sabía! –exclamó Hyuk, rompiendo el silencio-. ¡Sabía que Jae Hwan tramaba algo!

¿Ken? ¿Qué pintaba él en todo esto?

-          Os veo algo confundidos, ¿me equivoco? –el demonio se rió-. Supongo que, tal como están, merecen una explicación. Pero antes… Hakyeon, la chica está a punto de morir.

Mi genio se tensó. Sus ojos se desplazaron hacia los míos y su rostro se desfiguró. No sé qué pinta tenía ni qué estaba viendo en mí, pero por su cara, no era nada bueno.

-          Dejemos que muera –propuso el ángel-.Así la llave estará a salvo.

-          Sabes que ésta no es la manera –dijo Ravi, muy serio. Se me cerraban los ojos, estaba demasiado cansada-. Vamos, Miguel… luego podremos discutirlo y decidir su suerte.

Silencio absoluto. En mi opinión, era como si ya me hubiese muerto, pero aún podía distinguir respiraciones.

-          Odio profundamente que me llamen así. Y más aún que lo haga alguien como tú –gruñó Hakyeon.

En el momento en que inhalé una gran bocanada de aire, las fuerzas volvieron a entrar en mi cuerpo. Noté la piel y la carne de la espalda cicatrizar con suma rapidez y no supe si me resultaba desagradable o reconfortante. Fui capaz de abandonar los brazos de Hongbin y de ponerme en pie, casi recuperada. Las heridas más graves habían sanado, pese a que las más superficiales seguían abiertas. Como si el haberme curado tuviera contraindicaciones, fui presa de una gran debilidad y me apoyé en el Djinn, intentando que todo a mí alrededor dejara de dar vueltas.

-          Esto no es posible… -mascullé-. Yo estaba… yo estaba…

-          No te hagas muchas ilusiones –cortó Hakyeon-. Hay mucho de qué hablar, y poco tiempo.

-          ¿Cómo lograsteis venir? –inquirió Hongbin, sarcástico-. ¿No se os priva a ángeles y demonios superiores el pisar suelo terrenal? Que yo recuerde, ese fue el acuerdo cuando seres etéreos como nosotros fuimos divididos en tres grupos. Luzbel y el Todopoderoso se enfadarán mucho si os ven por aquí.

Ravi apretó los labios.

-          Mi señor Lucifer dejó atrás ese nombre hace mucho tiempo. Te agradecería que no lo nombraras de esa manera. Vamos a la cuestión que se nos presenta. Ángeles, serafines, querubines, diablos y demonios menores pueden viajar a la tierra siempre que quieran. Ambos bandos se encargan de la protección de los humanos, unos los corrompen, otros los salvan. Cuando Demonios y Genios fuimos desterrados, se nos dio la opción a los primeros, de poder llegar a la Tierra siempre y cuando se nos llamara mediante magia negra. Ello es igual para los ángeles, pero utilizando la magia contraria. Pero la peor parte fue para los Genios, que entraron en un bucle en el que tras ser convocados y solicitados tres deseos, debían volver al objeto al que estuvieran ligados. Pero en realidad –miró a Hongbin y a Hyuna-, vosotros no pintáis nada aquí.

-          De momento –interfirió Hakyeon.

-          De momento –repitió- solo sois meros instrumentos, títeres de la voluntad de Dios. Y en el momento en que apareció La Llave, no servisteis para nada más. Desde arriba, San Miguel el arcángel y desde abajo yo, Astaroth, Duque del infierno y máximo representante, hemos estado observándoos, buscando. Lo que nunca imaginábamos es que aquella llave tan importante estuviera escondida en una persona –me taladró con la vista-. En una estúpida humana.

Alguien farfulló algo. Hyuna estaba blanca como el papel.

-          Sí, querida –dijo el ángel-. Has estado a punto de matar al objeto necesario para tu venganza.

-          Hace muchísimos años, mataste a dos niñas inocentes porque percibías que la llave estaba cerca. En el momento en que las asesinaste, la llave desapareció y se reencarnó en ésta chica humana. La última vez que sucedería. Nosotros, los seres sobrenaturales somos eternos, pero la llave no. Una vez que mueras, se acabará ésta lucha.

Algo me decía que debía salir corriendo, pero me quedé petrificada. Quería llorar. Era demasiado para mí.

-          No obstante… -continuó el Duque-. No voy a matarte.

-          ¿Qué estás diciendo, Ravi? –bramó Hakyeon-. ¡Sabía que no podía fiarme de un demonio!

-          Nunca te he pedido que te fiaras de mí. Pero cuando lo explique, ni tú mismo querrás matarla. Pero antes… -apretó el cuello de Abel y el anciano se vio sumido en llamas infernales, gritando de dolor. Al momento, desapareció.

-          ¡Lo has matado! –exclamé, horripilada.

-          Error. He quemado su cuerpo físico. Su alma está pendiente de juicio en el purgatorio –hizo aparecer de la nada un sillón de piel negro y se sentó tranquilamente, como si estuviera en su propia casa. Se cruzó de piernas y colocó las manos en los respaldos-. Bueno, aquí va la verdad. La llave del infierno es en realidad La Llave Celestial. Guarda la puerta de ambos planos, tanto angelical como demoníaca y además, tiene voluntad de Juicio. Si se destruye, se privará la entrada y salida no sólo a nosotros, sino a las almas que deban ser juzgadas en uno u otro plano.

-          Si eso llegara a suceder… -pensó Hyuk.

-          Las almas quedarían flotando en la nada, sufriendo más horriblemente de lo que lo podrían hacer en el Infierno o el Limbo. Con el tiempo, serían almas en pena que se dedicarían a hacer daño a los humanos en forma de… fantasmas o poltergeist, como los llamáis vosotros. Y se desataría un caos total que poco a poco acabaría aniquilándoos a todos.

Hakyeon tragó sonoramente.

-          Estás… mintiendo –tartamudeó-. No puede ser posible…

-          ¿Te enfrentarás a un futuro que no sabes si puede cumplirse? ¿Te arriesgarás? Vaya, Hakyeon, ya no eres el ángel justo y bondadoso que eras antes.

-          Y tú te has vuelto más inteligente.

-          Algunos vamos por el buen camino.

-          ¿Por qué estáis aquí? –pregunté, era necesario recordárselo. Fácilmente se iban de tema.

Ravi me atravesó con la mirada, y cuando quiso contestar, el arcángel se le adelantó.

-          Para poder invocar a los de nuestras especies, hace falta mucha energía física y un sacrificio. Para ángeles y demonios menores, el sacrificio se reduce a cortarse la mano y ofrecer sangre. Pero si deseas invocar a un arcángel…

-          O a un Duque como yo…

-          Debes hacer un sacrificio aún mayor. Y sin contar la voluntad de invocar a ambos. El precio es altísimo, porque no vale con la de una persona normal. Tienes que ser alguien con poderes sobrenaturales o con una mezcla de sangre única. ¿Veis el pentáculo de sangre?

Ladeé la cabeza hacia donde señalaba y se me pusieron los pelos de punta al ver que en el lugar donde anteriormente yacía Ken, había aparecido un brillante pentáculo rojo.

-          ¿Jae Hwan ha hecho todo esto? –pregunté, atónita-. ¿Jae Hwan se dejó capturar para poder invocaros? ¿Sabía que íbamos a venir?

-          Alice, no lo sabía –comentó Hyuk-. Yo debía llevarle un relicario que tenía en su casa. Por eso estaba en ella en el momento en que Leo me descubrió. Me hice con él, os intenté engañar pero… no me habríais dejado marchar sin pruebas, y yo no podía deciros qué tramaba… ¡Por eso te traje! Tenía la intención de persuadirte para que nos fuéramos y yo dar media vuelta, o si me descubrías, noquearte, pero todo pasó tan rápido…

-          ¿Para qué necesitaba Ken un relicario? –creí estar haciendo demasiadas preguntas ya.

-          Ahí concentraba toda su fuerza divina. Fue almacenándola durante años hasta que llegara el momento de liberarla. Supongo que utilizó la fuerza que le quedaba en el cuerpo para crear un pentáculo sólido y lo selló con la energía del relicario –se lo sacó del bolsillo. Era un collar de cuerda negra con un portafotos en el centro. No sentía que despidiera nada especial, aunque no esperaba que, siendo una humana corriente, pudiera sentir cualquier cosa-. Extrajo lo que tuviese dentro a distancia, ya que no me era físicamente posible dárselo en mano. Alice, no pongas esa cara…

Un golpe en el exterior lo interrumpió. De la ventanilla embarrotada brotó una gran cantidad de agua que nos empapó a todos.

-          ¡Vaya! ¡Creí que tardarían menos en llegar! –se carcajeó Ravi-. Vuestros amigos os intentan ayudar sin pensar que así os enterrarán vivos.

-          Me llevaré a la Efreet al cielo. Allí juzgaremos si dejarla en el Limbo o enviarla al purgatorio –anunció Hakyeon, y desapareció en una explosión de luz. De nuevo, otra gran ola golpeó la pared, y los barrotes chirriaron doloridos.

-          También debería irme de aquí. No me hace gracia la idea de mojarme. Tengo una chimenea que atender –dijo el Duque, burlón, y antes de girarse añadió-. A partir de ahora vuestras vidas dará muchas vueltas. Hemos dado la alarma de que nadie en el infierno debe hacerte daño, “querida” Alice. Pero no todos los demonios son tan elegantes y comprensivos como yo. Habrá quien anhele saltarse las normas, y eso engloba también a los ángeles. Ellos buscarán tomarse la justicia por su mano. No te fíes de nadie con un par de alas o buenas palabras. Ésta quizás sea la última vez que nos veamos, pero si no es el caso, la próxima vez atentaré contra ti.


Dicho eso, se esfumó en la oscuridad. Un tercer torrente empujó las paredes y las venció. Me vi envuelta en un mar de agua dando vueltas sin parar. No sabía nadar. La corriente me había separado de Hongbin y atemorizada me dejé llevar hasta que mi cabeza colisionó contra algo muy duro, desmayándome en el acto.


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¡Espero que haya sido de vuestro gusto!

lunes, 14 de julio de 2014

Hongbin - Capitulo 17

Recosté a mi mejor amigo contra la pared, para poder moverme con soltura. Quise levantarme, fallando en el intento. Las piernas me temblaban como hojas por la tensión y maldije para mis adentros por mi debilidad. En el exterior, el sonido de los truenos embargó el silencioso lugar, sobresaltándome.

Alice –me nombró Leo. ¿Qué te han hecho?

Negué con la cabeza, incapaz de hablar aún. Era demasiado doloroso para recordar, y presentía que nada había acabado. Hyuna había dicho que volvería cuando el sol se pusiera de nuevo y que para entonces, me tendría una sorpresa preparada. No confiaba en que fuera una “buena” sorpresa.

Infligió… dolor dije al fin. Aquí me señalé el pecho. Luego fui con Hongbin, que aparentemente estaba desmayado por el continuo dolor sobre sus muñecas. Me quité la chaqueta fina y con toda la fuerza de la que fui capaz la partí en numerosos girones. Cuidadosamente, envolví las muñecas de mi genio con ellas. En el proceso, otras partes no dañadas entraron en contacto con los grilletes, y mi genio gimió con los labios cerrados. Una vez terminada mi tarea, pasé la palma de mi mano por sus mejillas, dándome cuenta de que su temperatura había aumentado. Casi como si… se hubiese vuelto más humano.

Alice…

Estoy aquí.

Si salimos de ésta… tú y yo tendremos una larga charla.

Asentí, conforme.

Si salimos de ésta recalqué. Pero no lo pagues con Hyuk. Yo le pedí que me llevara.

¡Lo siento, lo siento! irrumpió el más joven de todos, agachado. ¡No debí traerla conmigo, debería haber venido solo!

Ahora todas tus disculpas nos dan igual, es muy tarde para eso dijo Leo, levantándose. ¿Por qué somos los únicos que no estamos sujetos a la pared?

Supongo que Hyuna tendrá que saldar cuentas con Hongbin Hyuk se encogió de hombros.

En todo caso, yo soy el que tendría que saldar cuentas con ella, ¿no crees? señaló Hongbin. Estaba recuperando el color en el rostro de forma gradual, gracias a las tiras de tela que evitaban el contacto de las muñecas con los grilletes. Ken suspiró.

Hemos fallado en nuestro deber como guardianes…  dijo, con voz abatida. Nos merecemos todo el dolor que pueda causarnos…

Jae Hwan… -empecé, pero no me miraba.

Por nuestra culpa… no. Por culpa de nuestros superiores, Alice morirá de una forma más horrible de la que nos podamos imaginar. Claro está, antes de que eso ocurra Hyuna nos habrá aniquilado a los demás.

No reconocía a mi mejor amigo. Sencillamente, me era imposible. Mi Ken solía ser un chico alegre y despreocupado, siempre con esa sonrisa tan suya en la cara… Pero ahora… ahora no era él.

Sus palabras me atravesaron como flechas. ¿Qué quería decir con que yo moriría horriblemente? ¿Qué era lo que me depararía el futuro? Yo no quería morir… pero preferiría morir antes, y ahorrarme el sufrimiento de ver morir a los demás ante mis ojos.

Qué egoísta puedes llegar a ser…

No. Nadie moriría. No lo permitiría.

Un ruido me sacó de mis pensamientos y dirigí mi mirada a Leo, que intentaba forzar los barrotes de la celda sin tocarla. Y cuando lo hizo, contuvo un grito en los labios mientras se aferraba la mano.

Esto también está fabricado contra genios.

Leo, por favor, no intentes nada… Puedes hacerte daño pedí, aunque fuera algo obvio.

Unos tacones volvieron a hacerse notar en el silencio, sobresaltándolos a todos.

Eso mismo, Leo dijo la voz femenina de Hyuna, burlona. No te esfuerces demasiado… podrías romperte.

Taekwoon apretó los dientes, pero no dijo nada. La genio paseó la mirada de Ken a mí, entrecerrándolos, y luego miró a Hongbin. Abrió la boca como si quisiera decir algo y la cerró en seguida. Su cara había tomado un tono carmesí y temimos cualquier cosa.

Cuando te puse los grilletes… no esperaba que hubiese alguien tan necio como para privarme del sufrimiento que te provocaban… sus encendidos ojos se posaron en mí con toda su fuerza. Se acercó, rápida como el rayo y me tomó del cuello, levantándome como si mi peso fuera equivalente al de una pluma. No podía respirar.

Ah…h…a articulé a duras penas.

¿Cómo te has atrevido, pequeña insolente? Quiero que te quede claro. Hongbin es mío, y por ello morirá en mis manos. Tu solo podrás verlo morir. Y tú también morirás cuando me hayas entregado la llave.

Me quedé en silencio, en parte para intentar recobrar la consciencia que poco a poco se desvanecía y en parte porque no podía decirle “Nunca tendrás la llave”, cuando la estaba cogiendo con sus propias manos.

Vaya… ¿ya te has resignado? Pensaba que serías más entretenida… los humanos sois bastante aburridos.

¡Si convivieras con ellos…! empecé, pero me golpeó la cabeza contra la pared y vi las estrellas.

No tengo, ningún interés en convivir con vosotros siseó.

Suéltala, ¡bruja! soltó Hongbin y al momento, se retorció de dolor bajo la mirada de la Efreet. Gimoteé, impotente. Los gritos de mi genio se clavaban en mi como puñales.

Abel –llamó Hyuna. Tras unos segundos, un hombre mayor con gafas Nefilim apareció por la puerta de la cárcel. Era un tipo extraño, pues a pesar de su condición vestía una bata gris de piel y unos pantalones negros. Portaba, en su mano izquierda, un maletín del mismo color.

¡NO…! chilló Ken, visiblemente espantado por la llegada de aquel individuo.

Veo que me recuerdas… pensé que después de haber sido torturado por mis juguetes, habrías perdido el juicio. Qué valor… comentó el hombre. Era una voz rugosa, y arrastraba las palabras de una forma repugnante.

Ya sabes lo que debes hacer, Abel ordenó la rubia. El Djinn tiene que hablar.

¿Y qué pasa con la jovencita?

De eso me encargo yo dijo, soltándome. Tosí un par de veces y di gracias a no estar más tiempo en suspensión en el aire.

Abel titubeó.

¿Vas a intentar eso? El anciano se acomodó las gafas y miró a Hyuna con el ceño fruncido-. Si estás demasiado tiempo usando ese poder, puede que la cría no lo aguante. La mente es algo delicado para un humano…

Preocúpate sólo de hacer tu trabajo cortó la genio. Estaré el tiempo que sea necesario hasta que me diga dónde está la llave.

El anciano se encogió de hombros. Abrió su maletín y de él sacó un látigo de oro puro –o al menos lo parecía- que relucía como un sol. Me atrevería a decir que incluso de él salían pequeñas chispas. Entré en pánico.

¿Qué va a hacer…? musité con un hilo de voz. Sacudió el látigo contra el suelo. La piedra saltó como si fuera corcho, dejando una gran marca recta.

Pienso sacarle la verdad a tu amigo contestó. Oh, no pongas esa cara. Una piedra no es lo mismo que el cuerpo de un genio. Resistirá… más o menos.

Y dicho eso, sacudió el látigo contra Hongbin. Cuando la flexible vara azotó el pecho del Djinn, la sangre brotó como un grifo abierto y el chico aulló de dolor. Se me revolvió el estómago y estuve a punto de vomitar. ¡Basta, basta! Era demasiado para mí ver todo esto…

No, tú no te mueves de aquí dictaminó Hyuna, sujetándome del hombro. No me había percatado de que estaba semi-incorporada, posiblemente para ir en ayuda de mi genio. Tengo otros planes para ti.

La abofeteé. Si, la golpeé con todo lo que tenía. Pero no sirvió de nada. Me observó, enloquecida, como si hubiese cometido el peor error de mi vida, cosa que no se alejaba de la realidad.

Ahora sí que morirás tomándome de la cara, me obligó a mirarla y pronto me vi absorbida por aquellos ojos incandescentes que rezumaban un odio sin igual.

***

Un molesto sonido familiar me despertó. Tanteé el despertador con la mano y lo apagué en seguida. Al incorporarme, un agudo dolor de cabeza me atenazó e intenté calmarlo poniendo los dedos sobre las sienes. Cuando pasó, salí de la cama, me vestí y bajé a desayunar.

Dónde…

¡Alice! ¡Vas a llegar tarde a clase! ¡¿En qué estabas pensando?! mi madre se enfadó. No la culpé. El despertador seguramente llevaba sonando mucho tiempo. Me pregunté seriamente qué había hecho el día anterior para estar tan cansada… ¿Alcohol? No, nunca me ha gustado, pero eso explicaría el dolor de cabeza.

Estoy…

El camino a la escuela se me hizo eterno. No pensaba con claridad, no sé por qué. Mi taquilla, vacía, me decía que había recogido los libros y los tenía prácticamente todos en casa, salvo los de la mochila. No obstante, aún conservaba un libro y cuando lo tomé reconocí el tercer tomo de la novela de Agatha Christie.

Ah sí. Debo devolvérselo a…

¿A quién?

El dolor de cabeza se hizo más grande e automáticamente solté la novela, que se abrió por una página. Un papel pequeño se desprendió y en el momento en que todo dejó de dar vueltas, lo recogí. Era una cita de la autora: “La maldad no es algo sobrehumano, es algo menos que humano.”

Sobre…humano…

¿Qué extraño… qué me pasa? me pregunté, confusa. Una compañera de clase me anunció que el profesor estaba a punto de llegar, así que me apresuré a cerrar la taquilla y a entrar en mi clase.

Pero no podía concentrarme. Incluso estando aquí, con los ojos pegados a las cálculos de algebra, no distinguía número alguno.

Quizás me drogaron pensé, pero no estaba segura.

¿Me dejas la llave? preguntó un compañero. Parpadeé, aturdida.

¿La qué?

La goma de borrar, la necesito.

Ah. –Juraría que había dicho otra cosa-. Si, por supuesto, toma.

Se la di, y volví a –intentar- concentrarme en clase.

Las horas pasaron excesivamente rápido. No sé cómo, pero me encontraba saliendo de clase con la mochila colgada a la espalda y mirando el reloj que, con su timbretazo, anunciaba el final de nuestra jornada escolar.

¡No entiendo nada! exclamé, y luego me arrepentí en seguida. ¿Por qué estaba tan alterada? Todo era normal, todo estaba bien…

Demasiado normal…

Mi cabeza parecía querer estallar de un momento a otro. Me agaché sobre las rodillas, con la cabeza entre las piernas.

Me encuentro mal…

Hey, Alice me llamó una voz familiar. Era mi compañero de clase. ¡Casi se me olvida devolverte la llave!

¿Qué llave? ¿De qué hablas?

¡…!

No te hagas la tonta, la que siempre ocultas.

Yo no tengo ninguna llave –negué, aunque en mi fuero interno una voz me decía que era mentira.

¡…Alice…!

Alguien me estaba llamando mentalmente. La cara del chico se deformó horriblemente por el disgusto que le producía mi continua negación.

Eres una mentirosa…

¡No es verdad!

¡Alice corre!

Sin pensarlo ni un segundo más, me moví fuera del alcance de mi compañero tan rápido como mis piernas me permitían. No sé por qué le hacía caso a aquella voz, pero algo me decía que la conocía. Es más, cada vez que la escuchaba, el pecho se me llenaba de una mezcla de emoción y de angustia.

¡Seas quien seas, sigue hablando!

¡Despierta…!

¡¿Cómo?! sollocé. El camino se había vuelto perpetuo. Fuera donde fuese, siempre me encontraba los mismos árboles, las mismas casas, las mismas personas… Pero eran personas sin rostro, no podía identificarlas. ¡¡Tengo miedo!! ¡¡Ayúdame!!

¡Llámame!

¡No sé quién eres!

¡Claro que lo sabes! ¡No dejes que la Efreet te gane!

…Efreet…

Y de pronto, recobré el sentido.

¡HONGBIN! –chillé, levantándome del suelo. Hyuna dio un traspié hacia atrás y su cabeza fue a dar contra los barrotes. Ello no pareció afectarle, y se encogió como un gato arrinconado listo para saltar.

¿Cómo…? ¿Cómo has podido contrarrestar mi ilusión mental? ¡Estaba a punto de arrancarte la situación de la llave…!

No respondí. Aún veía círculos negros que me dificultaban la visión. Miré a Hongbin, y deseé no haberlo hecho. Estaba dejado caer hacia adelante, sin camisa y todo el cuerpo horriblemente ensangrentado. Me observó brevemente con una sonrisa arrogante y supe que había empleado su poder mental para ayudarme contra la Efreet. Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Deja que se vayan pedí. Hyuna enarcó una de sus perfectas cejas.

¿Perdón?

Por favor me arrodillé ante ella. Por favor repetí. Deja que se vayan. Si lo haces, te llevaré hasta la llave.

La genio abrió la boca pero la volvió a cerrar, pensativa. Se paseó por la celda, con los dedos tamborileándole la barbilla. Después de unos segundos de meditar, sonrió socarronamente.

Solo dos personas notificó. Y será a través de tu querido amante Djinn.

Tragué saliva y suspiré. Era más de lo que me imaginaba.

Ya he decidido.

Hyuna parpadeó, sorprendida por mi rapidez.

Quien lo diría que son tus amigos, pudiendo seleccionarlos antes incluso de que te diera margen de tiempo.

No me sentí peor por sus palabras. Aguantándome en la pared me agaché junto a Ken, que había empezado a llorar silenciosamente.

Después de haber intentado protegerte… sollozó él. No me puedes hacer esto… Sabes que no podré vivir en paz…

Siento ser tan egoísta, Jae Hwan me mordí el labio. Pero no voy a dejarte morir aquí.

Después de darle un cálido apretón de manos y un beso en la mejilla, atravesé la cárcel y me detuve delante de mi genio. Me abracé a él, de tal manera que su mentón descansó en el hueco de mi hombro.

¿Te duele mucho? pregunté.

Creo que es la primera vez que tomas la iniciativa en abrazarme suspiró, esquivando la pregunta. Lo contemplé, triste.

Quizás sea la última vez que lo haga. No tuve que mirarlo para saber que abría los ojos como platos. Voy a pedir los dos deseos que quedan.

Hongbin tembló.

Deseo… —empecé—. Que Ken y Leo salgan de aquí y aparezcan en tu casa.

Me giré, justo a tiempo de ver como mis dos mejores amigos se veían teletransportados al lugar que había indicado. Sonreí, pero la sonrisa se esfumó al ver a Hyuk.

Lo siento… —murmuré. El Nefil negó, comprensivo. Volví a centrarme en mi genio.

Y mi tercer y último deseo es éste: Sé libre. Libre de todos y todo. Libre de volver al llamador o no volver nunca jamás. Libre de deambular por el mundo sin depender de nada o de nadie. Ya has sufrido bastante como para seguir siendo esclavo de tu propia condición.

El pecho de Hongbin se infló con dificultad, y supe que el poder de pedir tres deseos había llegado a su fin. Y el período de esclavitud del Djinn, también. El chico me contempló, con el rostro surcado de lágrimas. Le había dado la libertad que tanto anhelaba en una situación poco adecuada. No obstante, se veía aliviado. Le quité un mechón de pelo de la frente y lo besé.

Te quiero —declaré—. Muchísimo.

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¡¡¡Siento haber tardado tanto!!! Como recompensa, este capitulo es el más largo de todos -y espero que no el último-, como siempre me encantaría poder disfrutar de vuestros largos comentarios *^*

Un beso, y muchas gracias por leer!

domingo, 8 de junio de 2014

Hongbin - Capitulo 16

Su mano se paseó suavemente por las blancas sabanas. La colcha, echada a un lado, caía como si la dueña de estas fuera a volver en cualquier momento. Pero él sabía perfectamente que no volvería. Los dedos llegaron hasta la almohada y se metieron debajo, sacando con un tintineo el brillante llamador de ángeles. Sus yemas acariciaron delicadamente el colgante, y seguidamente lo aprisionó en la palma, temblando de rabia.

-Maldito bastardo Nefilim… -masculló-. Sabía que no debíamos fiarnos de ti. ¿Dónde te la has llevado?

Hongbin no fue consciente de la desaparición de Alice hasta la mañana siguiente. Había pasado la noche como siempre, en vela delante de su casa, vigilándola por su seguridad. Y eso creía estar haciendo hasta que subió a la habitación por la ventana para despertarla. Las dos personas que se suponía que debían seguir durmiendo allí, se habían esfumado.

Leo, presintiendo que algo no iba bien, se volatilizó en un abrir y cerrar de ojos en el mismo lugar que el Djinn. Vio como el poder del genio del aire se desataba por la ira y no hizo nada para contenerlo. Tan solo se dedicó a recoger el estropicio montado cuando el otro chico se calmó. Todo en completo silencio. Ello no significaba que el Marid no estuviera furioso, por supuesto que no. Pero su ira crecía por dentro, como una semilla amarga que diera sus frutos como espinas.

-Hongbin –musitó en voz baja. Pese a que antes que su compañero hubiese destruido la habitación había instalado una capa insonorizada en ella. Los padres de Alice despertarían en cualquier momento, y debían estar preparados para… modificarles la memoria-. En vez de quedarte aquí desesperándote como un idiota, deberías empezar a buscarla.

-¿Cómo esperas que…?

-Piensa, Djinn –lo cortó-. ¿Cuantas prisiones hay en el centro? Una funciona perfectamente, pero hay tres más abandonadas que envuelven el corazón de la ciudad. Hay que buscar en ellas.

-No –negó-. Hay que arrasarlas.

-Estás pensando de forma impulsiva. Recuerda que los chicos están dentro de una de ellas.

Hongbin lo miró, sus ojos se habían tornado verdes como esmeraldas. Se colgó el llamador al cuello, metiéndolo bajo la vaporosa camisa a cuadros.

***

-Deberías descansar.

-Cierra el pico, Marid.

-Si te mueres, no pienso enterrar tu cadáver.

-Eres un exagerado –espetó el Djinn quitándose el sudor de la frente. Escaló por las ruinas de la segunda prisión abandonada. Hongbin lo había reducido todo a un montón de escombros cuando el sol ya se iba escondiendo de nuevo. Eso inquietaba a los dos genios, pues estaban un paso más lejos de encontrar a los chicos con… vida. El genio del aire alejó esos pensamientos de su mente. Solo quedaba una prisión y no cabía la menor duda de que allí se encontraban. Pero debía descansar un momento, aunque solo fueran unos minutos. Estar metamorfoseado en humano tanto tiempo había acabado por debilitarlo hasta límites insospechados. Aunque no podía arriesgarse a cambiar de forma porque podría arrasar la ciudad entera sin querer.

-Hongbin…

-Cállate de una vez –gruñó el otro, respirando pesadamente-. Descansaré, pero solo un momento.

Leo se cruzó de brazos.

-No la matarán.

Hongbin parpadeó.

-¿Qué?

-He dicho que no acabarán con su vida. Ella es la llave. La necesitan –explicó, leyendo los pensamientos de su compañero.

-Sí, pero a los demás no.

-¿Ahora te interesan los demás? Increíble –soltó Leo, burlón. Hongbin hizo una mueca.

-No soy de piedra, ¿sabes? Me importa lo que a Alice le importe. Nada más –se levantó rápidamente y empezó a flotar en el are-. Vamos. Estoy otra vez en forma.

El cielo se había cubierto por nubes negras que amenazaban con desatar una gran tormenta. Fueron deprisa hasta su destino y volvieron a poner los pies sobre la tierra cuando distinguieron el edificio. Los dos muchachos otearon el paisaje que se les presentaba, en busca de Nefilim que tuvieran la intención de detenerlos. Pero no había nadie. Ni un alma.

-Esto tiene muy mala pinta –comentó Leo. Hongbin no podía estar más de acuerdo. Levantó el brazo derecho para disparar un gran torrente de aire contra los muros pero desgraciadamente, una especie de barrera le devolvió el ataque, que no le afectó en absoluto.

-Quieren que entremos –anunció el Djinn, peinándose el pelo hacia atrás- Peor para ellos. Destruiremos desde dentro.

Abrió la puerta sin cuidado y se lanzó al interior seguido muy de cerca por el otro genio. Como con el anterior grupo de asustadizos chicos, la puerta se cerró. Ambos avanzaron por el estrecho pasadizo, atentos a cualquier movimiento en falso.

-Eh –lo llamó Hongbin-. Necesitamos luz aquí. No veo nada.

-¿Y a mí que me cuentas? Soy un genio del agua, no un poste de luz.

-No me encuentro bien –dijo el Djinn, sin hacer caso a la respuesta del otro. Se miró las manos-. Me siento extraño.

Leo también sentía que su cuerpo iba acumulando más calor. Intentó invocar un poco de agua, sin resultado alguno.

-Mierda –exclamó. Las palabras de Hyuna resonaron en sus mentes.

“Y os lo advierto: Vuestra magia no funcionará.”

-¡No puede ser…! –masculló Hongbin, haciendo acopio de todas sus fuerzas para que sus poderes funcionasen, sin éxito.

-Estamos al descubierto –declaró Leo, en tensión.

-Pues solo nos queda hacer una cosa, ¿verdad? Avanzar y arremeter contra todo –sonrieron peligrosamente y se pusieron en camino de nuevo.

***

Unos tacones familiares se oyeron sobre el cemento y la rubia cabeza de Hyuna junto a todo su despampanante cuerpo hizo acto de presencia. Lo peor es que no parecía sorprendida. Incluso era como si… ya se lo hubiera estado esperando. Tenía una pose relajada, la cadera ladeada y los brazos cruzados sobre el pecho. Una expresión desdeñosa le ensombrecía el espectacular y bello rostro de la Efreet, que parecía no ser afectado por la verdosa luz de la prisión.

-¿Por qué no me asombra vuestra estupidez? –Me miró, y seguidamente miró a Hyuk-. A ti, te reservo para el final. Mereces una muerte cruel y dolorosa, pequeño traidor.

Para mi sorpresa, Hyuk no había mudado su expresión. Ni siquiera temblaba.

-Vigila con lo que dices, Efreet –contestó, insolentemente-. La que muera dolorosamente podrías ser tú.

Hyuna entrecerró los ojos, con rabia y de pronto Hyuk empezó a gritar, sacudido por violentos espasmos de dolor que calaron en mí como miles de agujas.

-¡Quema! ¡Quema! ¡Apágalo! ¡PARA! –gritaba el pobre chico dando vueltas sobre sí mismo con las manos sobre el pecho.

-¡¿Qué le haces?! –Bramé, incapaz de seguir mirando cómo le hacían daño-. ¡Detente! ¡Déjalo!

La genio se giró, con una ceja levantada.

-Sólo estoy jugando con su mente… ¡Oh vamos, es divertido! Le he infundido calor… me daba la impresión de que tenía un poco de frío… ¿Quieres un poco también? ¿O prefieres que sea tu amigo mestizo el que lo experimente un rato? Seguro que la sensación le resulta familiar…

No. Jae Hwan no. Pero no pude hacer nada para evitarlo. Ken, pese a su mal estado, sacó fuerzas de su magullada garganta para gritar lastimosamente. Aún con toda esa cantidad de sangre, distinguí las lágrimas resbalar de las mejillas. Tenía que hacer algo para detener aquella tortura, así que le cubrí la cabeza -que descansaba sobre mis rodillas- con mi cuerpo en un intento por acallar sus lamentos.

Y entonces lo sentí.

Era tan intenso y tan agudo que al principio las palabras no eran capaces de salir de mi boca. Pero luego chillé, chillé con desesperación por que me estaba abrasando por dentro. Comenzó por el estómago y se extendió por cada rincón de mi ser como un veneno. El fuego recorría mis venas sin descanso y me inflamaba la carne. Por un momento, pensé que moriría allí mismo. Estaba convencidísima que de un momento a otro, acabaría por desmayarme y luego… nada. Pero no sucedía lo que esperaba, pese a que en ese momento era lo que más quería. Quería morir para no tener que sufrir de aquella manera tan inhumana. Y de golpe, cesó el dolor.

Tragué una gran cantidad de aire. Tenía la boca seca, y un gusto a metal en ella que me hizo darme cuenta de que me había mordido. La debilidad se hizo presa de mí. Me apoyé en la pared, tiritando.

-¿Qué quieres, bruja? –tartamudeé. La tensión había provocado que mis músculos se contrajeran y no podía controlarlos.

-Creo que eso ya lo sabes. Dame la llave del infierno y me pensaré si dejaros marchar o podriros aquí abajo. Cuando los demonios se hayan apoderado de este mundo tan lleno de seres inferiores, el Infierno habrá triunfado.

-¿Por qué haces esto? –pregunté. Era lo único que se me ocurría para ganar un poco de tiempo-. ¿Qué ganas si pasa lo que dices que tiene que pasar?

-Mi venganza cumplida. Eso es lo que realmente me importa. Venganza contra los ángeles y contra Dios, que tan injustamente nos desterraron por no querer adorar a los humanos. No sois dignos de nosotros, ni jamás lo seréis. Seres terrenales, vivís ignorantemente una vida corta y efímera con la que nunca estáis contentos. Malgastáis, derrocháis, maltratáis, matáis, destruís… todo por vuestro egoísmo de demostrar que sois la especie superior. Algo que, obviamente, no sois. Os odio a todos… no merecéis existir. ¡Tú la primera de vuestra estúpida raza!

Las llamas volvieron a abrasarme las entrañas, no dejándome otra opción que seguir gritando y gritando hasta perder la voz.

***

Alice estaba sufriendo. Sus alaridos eran perfectamente escuchados por los dos genios, a los que el corazón les dio un vuelco angustiado. Corrieron como alma que lleva el diablo hacia el sonido de los gritos, temerosos de que fuera demasiado tarde para socorrer a sus compañeros.

Vislumbraron un poco de claridad tras los oscuros pasillos y tan pronto como la luz los iluminó, ambos fueron proyectados contra los barrotes de las celdas, dejándolos sin aliento. Intentaron levantarse, mas la fuerza de la Efreet los superaba en aquellas condiciones. Arrastrándolos, la genio los condujo a las celdas de sus compañeros, Leo con Hyuk y Hongbin con los restantes.

-¡¿Tú?! –exclamó Leo, receloso. El Nefil, totalmente fuera de combate no tuvo fuerzas para contestarle. Simplemente lo miró largamente, pidiendo perdón en silencio.

-¡Alice!

Hongbin abrazó a la ahora frágil muchacha, y esta se dejó caer en su hombro.

-Ya tardabas en aparecer –le reprochó ella-. Sácanos de aquí…

-No puedo –gimió el Djinn-. Aquí hay algo que nos impide hacer cualquier cosa que queramos.

-Entonces… estamos acabados –suspiró Alice, triste. “Al menos… moriré con él”, se consoló.

-Bien, ya me he cansado de respirar el maloliente olor del amor –interrumpió Hyuna. Haciendo otro movimiento con las manos, separó a Hongbin de la chica. Unos grilletes lo ataron a la pared. En cuanto se percató de lo que rozaba su piel, un aullido salió de sus labios. Por mucho que se moviera, esos grilletes seguían tocándolo, provocando que el genio sufriera.

-¡¿Qué le has hecho?! –exigió saber Alice.

-Oh, lo siento –se disculpó la Efreet falsamente-. Olvidaba que los Djinn son vulnerables a la plata manchada de sangre de animal. Me he tomado la libertad de buscar la mejor sangre en tu honor.


Hongbin no contestó. Su cara no expresaba otra cosa que el sufrimiento que esas cadenas le provocaban. Alice estaba derrotada. ¿Qué sería de ellos a partir de ahora?

domingo, 18 de mayo de 2014

Hongbin - Capitulo 15

-¡Psss! –chistó Hyuk, en la oscuridad de la habitación-. ¡PSSS!

Exhalé una bocanada de aire, irritada. Me giré sobre el colchón y lo fulminé con la mirada.

-¿Qué quieres? –inquirí. El rubio bajó la cabeza, temeroso de que hablar en voz alta despertara a mi familia. Se llevó un dedo a los labios, indicándome que me callara.

-¿Cuándo nos vamos? –susurró. Puse los ojos en blanco y le lancé mi almohada. Él la esquivó sin dificultad, y eso que estaba tumbado.

-Llevas preguntándome lo mismo dos noches seguidas. Te dije que cuando Hongbin y Leo dejaran de sospechar.

Porque lo hacían. Cada día, Hongbin nos llevaba a la escuela y a la salida, Leo nos recogía. La matriculación de Hyuk era falsa –fruto de control mental genieril como yo lo llamaba-, pero necesitábamos que estuviese lo más cerca posible también. Solo él podía decirme dónde se encontraba mi amigo. Hyuk seguía contemplándome, expectante. El reloj mercaba las tres de la mañana, y calculé el tiempo que quedaba para amanecer.

-Arréglate. Nos vamos ahora. Solo comprobaremos dónde es la prisión, como está defendida y volveremos inmediatamente. Luego ya pensaremos en algo para entrar, más adelante.

-¿Estás segura? Quiero decir, que tu novio nos pille será… horrible –se estremeció. Sonreí, asintiendo. A mí no me haría nada, pero a él…

-No te preocupes, estará vigilando la puerta principal mientras Leo descansa. Hay una puerta trasera que lleva al patio, después una pendientes de tierra que acaba en el parque para niños y desde allí podremos coger la carretera.

Hyuk me observó largamente, algo que me incomodó un poco.

-¿Qué?

-Has estado pensando como escapar, ¿verdad? Y has controlado cada acción de los dos genios al detalle.

Hice una mueca.

-Que sean mi novio y mi amigo no significa que no sepa como burlarlos.

-Ouuuf… eso les dolería si lo escucharan –comentó.

-Sí, pero no lo harán –me quité el llamador de ángeles que resonó en la oscuridad y lo coloqué debajo de la almohada. Si quería que Hongbin no me detectara, tenía que dejarlo ahí para que pensara que seguía durmiendo. Aun así, sentí un vacío al quitármelo, como si me faltara algo…

Nos vestimos a oscuras, tardando el doble de lo previsto. No, la ausencia de luz no ayudaba. Una vez conseguido, quedaba la parte más difícil. Salir sin ser vistos.

-¿Cuál es el plan? –preguntó, detrás de mí mientras abría la puerta con cuidado.

-Primero, cerrar la boca. Tanto tú como yo. Sígueme y no hagas ruido –contesté, tajante. Me costó distinguir que asentía, conforme.

Bajamos las escaleras interiores poco a poco, peldaño a peldaño. ¿Para qué negarlo? Hyuk era mucho más silencioso que yo. Argos levantó las orejas desde el sofá pero no hizo ruido, salvo repiquetear con la cola el cuero de éste, contento. Con la puerta justo delante de nosotros, le indiqué que me adelantaba para abrirla. Tras unos cuantos forcejeos, me percaté de que estaba cerrada y busqué la llave en el sitio que suponía que mi madre la guardaba. ¡Bingo! La encontré en el cajón de la cubertería.

Cuando la abrí, el aire frío me azotó la cara y los brazos, haciéndome temblar. Con una señal, mi compañero se situó a mi lado. Le indiqué el recorrido en silencio y tras unos breves segundos nos lanzamos a la carrera. Bajamos la cuesta derrapando con los pies y cuando ésta se acabó subimos al tobogán de niños pequeños que se encontraba justo en medio de nuestro camino. La carretera estaba próxima y al llegar, seguimos corriendo hasta doblar unas cuantas manzanas. Me detuve para recuperar aire, con la mano apoyada en la pared. Hyuk no parecía cansado en absoluto y envidié su condición de Nefilim.

-Ya está, estamos a salvo –dijo. Si, a salvo… Habíamos salido de la zona segura hacía escasos segundos. Pese a que estaba contenta porque mis amigos no podrían decirme lo que debía hacer, me sentía completamente desprotegida. Tragué saliva y recobré la compostura.

-Vale, vamos. Ahora te sigo yo a ti.

-Es un poco lejos, espero que no te importe… Tu casa es bastante poco concéntrica.

Me encogí de hombros y empezamos a caminar. Perdí la cuenta de las horas que estuvimos dando vueltas, izquierda, derecha, ahora bajamos, ahora volvemos a subir… Hasta que las luces de la calle menguaron. Llegó un punto en que apenas se distinguían las paredes a tres metros.

-Qué oscuro está esto…

-Es la zona abandonada de la ciudad. Obviamente, si no está habitada, no vale la pena tener el lugar iluminado. Y es un sitio perfecto para esconder… esto –su dedo índice apuntó hacia adelante, donde un imponente edificio con ventanas rotas se alzaba en todo su esplendor. Había resquicios de luz que se colaban por la puerta trasera, y se apresuraron a acercarse sin precaución a la prisión abandonada.

-Bien, hay que buscar la dirección… -pero por más que mirábamos, ninguna indicación ni número marcaba las paredes de la calle.

-Creo que será mejor volver, Alice. No me gusta lo que estoy percibiendo… -gimió Hyuk, alejándose poco a poco. Un grito atronador y agónico rasgó la noche y caló en el interior de los dos. Ken. Ken estaba sufriendo. No había tiempo. Ambos nos miramos y Hyuk no reaccionó a tiempo para evitar que abriera la puerta y me colara en el interior. Me siguió pero para cuando logró atraparme ya era demasiado tarde. La salida estaba cerrada y no se abría. No teníamos ninguna posibilidad de salir de esta, todo por mi impulsividad.

-¿¡TE HAS VUELTO LOCA!? ¡Ahora estamos atrapados como alimañas! –me agarró de los hombros y comenzó a sacudirme frenéticamente, desquiciado de miedo.

-Cálmate, ¡cálmate! ¡Me haces daño! –chillé, intentando apartarme de él. Por fin me soltó, y me puse bien la ropa arrugada-. Hyuk, escucha, lo siento. Pero tengo que encontrar a Ken. Tú si quieres, puedes buscar una salida alternativa. No creo que todos los Nefilim sepan que desertaste, por lo que será un punto a nuestro favor. En cuanto salgas, corre a llamar a Hongbin y a Leo. Diles donde estamos.

-No puedo dejarte aquí, se lo prometí a…

-Sé que se lo dijiste a Ken, pero ahora estaré con él. Tienes que hacerlo, por favor… -supliqué. Hyuk vaciló, debatiéndose entre una opción u otra-. ¡VENGA! –lo empujé con todas mis fuerzas y reaccionó. Se alejó, de vez en cuando mirando hacia donde yo estaba hasta que desapareció. Cerré los ojos y respiré hondo. Solo tenía que recordar por donde había ido en el sueño, y daría con mi mejor amigo.

Una luz verde titilante era mi guía por los pasillos interminables. Reconocí diferentes puntos conforme avanzaba, hasta que todo se hizo nítido. Un tramo más, torcer a la derecha… y el gran pasillo de celdas se abrió ante mí. Por un lado recé para que estuviera allí, donde lo había dejado semanas antes. Y por el otro deseé que no estuviera, que se encontrara en otro lugar menos lúgubre. Pero el olor metálico de la sangre confirmó mis peores miedos. Me tapé la nariz, las náuseas me mareaban y mi cerebro me dijo que debería salir de ahí. Pero ya no pude pensarlo más. Sentí un fuerte golpe por la espalda que me tiró al suelo y me hizo ver las estrellas. Intenté arrastrarme fuera del alcance de la persona que me había atacado, mas fue en vano. Otro golpe en la boca del estómago me dejó sin respiración y mientras intentaba recuperarme, esa persona me cogió del cuello, obligándome a, sin descanso, caminar hacia la celda contigua. Forcejeé todo lo que pude, aunque era bastante indiscutible que la otra persona tenía más fuerza que yo.

Rodé sobre mi misma cuando me lanzó al interior, arañándome las rodillas y las palmas al querer frenar. Me giré para verle la cara a mi agresor. No era nadie que conociera, la verdad. Era calvo, con muchos pearcings, tatuajes y los ojos azul claro. Supuse que era un Nefilim. Sonreía lascivamente, como si me hubiese estado esperando.

-¡Cabrón…! –empecé. Luego preferí callarme y guardar todas las fuerzas para más adelante. Soltar berrinches como si fuera una niña pequeña no solucionaría nada-. Vale… a ver… pensemos.

Me presioné el puente de la nariz con los dedos. Una cosa viscosa se me había pegado en ellos, y cuando vi lo que era lancé una exclamación de horror. La sangre estaba por todo el suelo, y era reciente. Seguí con la mirada el reguero y al encontrarlo, me quedé blanca como el papel. Ken. Mi Ken. Mi pobre amigo estaba… bueno, no supe si estaba o…

-¡Jae Hwan! ¡Jae Hwan! –me lancé sobre él, los brazos por delante. No llevaba las cadenas que había visto en el sueño, pero advertí rozaduras profundas en sus muñecas. Apoyado como estaba en la pared, con la cabeza gacha, parecía más muerto que vivo. No sé cuándo había empezado a llorar, pero las lágrimas me empañaban la vista, exigiendo así un parpadeo continuo.

Tenía miedo de moverlo, así que coloqué la palma delante de su cara y me relajé solo un poco al sentir un aliento irregular manar de sus fosas nasales. Aun así, veía que estaba en las últimas y temí por su vida a cada minuto.

-Jae Hwan… despierta vamos… -supliqué. Ken se removió, como saliendo del sopor en el que estaba metido. Lentamente alzó la cabeza y reprimí un gemido aterrado cuando unos ojos fríos, vacíos y sin vida me devolvieron la mirada con indiferencia.

-Supongo que vuelve a ser un sueño… -murmuró. Sonrió (si a eso se le podía llamar sonrisa) y sacudió la cabeza-. Ya no lo repetiré más… siempre vuelves… no vale la pena decirte que te vayas…

-Aunque pudiera, no querría irme. No sin ti. Ken por favor, soy yo de verdad, he venido a buscarte…

-Eso es lo que dicen todas cuando vienen aquí.

Me enfadé. No sé por qué, pero me enfadé. El bofetón que le regalé resonó por todo el lugar. Por un momento, mi amigo se quedó paralizado y acto seguido, sus ojos me enfocaron al fin.

-¿A-A…h?

-¿Te parece esto suficientemente real? Porque puedo sacudirte una buena paliza para despertarte del todo, por si acaso. Espero no matarte demasiadas neuronas con ello.

-No… Alice… -gimoteó mi amigo-. ¿Qué has hecho? –era consciente de que no se refería a haberle pegado-. ¡No deberías estar aquí…! ¡Por Dios! ¡Me había sacrificado para que estuvieras a salvo!

-¿A salvo? ¿Crees que esa vida es estar “a salvo”? ¡Prisionera en casa de Hongbin, con vigilancia las veinticuatro horas del día, sin poder ir  a la escuela, ni ver a mis padres ni a mi perro, y temerosa de poder perderte por que tú te has ofrecido voluntario para ocupar un puesto que no te corresponde! ¡Eso NO es estar a salvo!

-Al menos estarías viva. Vosotros corréis peligro constante desde el primer momento en que nacéis. Sois tan débiles… ¿qué consideras tu que es estar a salvo?

-Estar a salvo es poder estar con mi familia y mis amigos sin necesidad de sobreprotección. No debiste dejar que te atraparan de esa manera. Había mejores formas.

-Si una cosa he aprendido de los humanos, aparte de que es efímera, es que los amigos de verdad están dispuestos incluso a dar su vida por los demás. ¿No es así como funciona vuestro mundo?

Me mordí el labio inferior con tanta fuerza que brotó sangre. Mi amigo resbaló hacia la derecha, sin energía, y yo lo sostuve en mi regazo. Era lo único que podía hacer. Tampoco dejaría que lo torturaran más.

-No debería ser así, Jae Hwan. Ahora saldremos de aquí. Hyuk va a llamar a Hongbin y a Leo y…

-¡NO! ¡SUELTAME BASTARDO! –se oyó gritar una voz conocida que me heló el alma. Lo habían pillado de pleno-. ¡Te he dicho que soy de los vuestros! ¡Solo quería dar un paseo! ¡SUELTAMEEEE PEDAZO DE…!

El mismo Nefilim que me había golpeado, ahora sostenía a SangHyuk en alto, mientras éste pataleaba furiosamente para deshacerse de su agarre, sin resultado. El chico rodó por el suelo de la celda que estaba delante de nosotros y al levantarse, siguió profiriendo una retahíla de insultos que no mencionaré. Golpeó y sacudió los barrotes con vehemencia hasta darse por vencido. Sus pupilas se encontraron con las mías, culpables.

-Lo siento Alice… lo siento… no he podido…

-No pasa nada. Sabía que no acabaría bien. Seguramente Hongbin y Leo nos estarán buscando. Nos van a encontrar.


Pero tenía mis dudas. El miedo amenazaba con apoderarse de mí. No sabía que fuerza sobrehumana evitaba que me derrumbara en ese mismo instante. ¿Qué iba a ser de nosotros?