domingo, 3 de noviembre de 2013

HongBin - Capítulo 4

La silla no era un buen lugar para dormir, lo había comprobado aquella misma noche. Al levantar la cabeza del escritorio, reprimí un gemido de dolor y me llevé una mano al cuello para masajeármelo.

-Ay… -susurré repetidamente. Me incorporé lentamente. Mi reloj de mesa marcaba las nueve de la mañana. Pese a que había dormido escasas siete horas, me sentía completamente despierta. Sin embargo, no me había cambiado de ropa desde ayer y decidí ponerme un pijama para estar por casa. En el momento en que empecé a levantarme el jersey noté como si unos ojos me atravesaran la nuca y por inercia giré.

Me había olvidado de HongBin, semi incorporado en la cama, y de su actual pelo revuelto. Tuve que reprimir un chillido de vergüenza por lo que había estado a punto de pasar.

-Por mí no te cortes. Siempre viene bien alegrarse la vista –se buró él, y mi cara tomó un color carmesí intenso. Decidí relajarme antes de decir cualquier cosa de lo que pudiera arrepentirme luego.

-Muy gracioso –ironicé y di varias palmadas-. En serio, te felicito. Deberías hacerte humorista.

HongBin resopló y se encogió de hombros.

-Eres aburrida –espetó directamente, algo que me sorprendió y me fastidió. Me acerqué, dispuesta a hacerle tragar las palabras a puñetazos si hacía falta, pero él simplemente me agarró de la muñeca y acabé estirada en la cama bajo su cuerpo. La sangre se agolpó en mis mejillas y me removí para salir.

-¡¿Qué haces?! –exclamé, nerviosa.

-Es divertido ver tus reacciones en estos casos… -Estaba tan alarmantemente cerca… sentía su respiración a menos de dos centímetros de mi, con esos labios carnosos entreabiertos y esa fragancia natural… me asaltó un gran deseo de besarlo. ¡No podía ser! ¡Estaba ansiando besar a aquél que me estaba acosando!

-¡Deja de controlar mis emociones! –le grité. Por un momento pareció desconcertado, como si no supiera de qué estaba hablando. Entonces cambié de táctica-. ¿Qué clase de genio eres? ¿Un Dao? ¿O un Marid?

HongBin entrecerró los ojos y me soltó. Bien, había conseguido mi propósito, alejarlo mientras mi pulso volvía a su velocidad normal. Me senté en el extremo mas alejado de la cama. Parecía pensativo y algo enfadado, y cuando volvió a hablar, su voz había adoptado un matiz oscuro.

-Dado que de alguna forma así lo entendéis los humanos, te diré que no soy ni una cosa ni otra. No me vuelvas a comparar con esos.

La forma en que dijo “esos”, dejó claro su profundo odio hacia las dos razas de genios. ¿Por qué? ¿Por qué tanto odio acumulado?
-¿Por qué guardas tanto rencor a los de tu especie… y a la mía? –pregunté-. ¿Ese odio te deja dormir con la consciencia tranquila?

-Como ya has visto, duermo muy bien –cortó él, sin contestarme. Suspiré. Era un caso perdido. Un silencio incómodo se instauró entre nosotros-. Soy un Djinn.

Lo volví a mirar. Djinn. Maestros del aire, por lo que había leído.

-¿Entonces eres capaz de crear comida? –inquirí, inocente. HongBin soltó una carcajada.

-No deberías creerte todo lo que dice Internet.

-Ahora lo sé –asentí. Mi móvil empezó a sonar a mi parecer, de un modo estridente-. ¿Sí?

-¡¡Alice!! –me aparté el teléfono de la oreja ante la gran potencia de voz de mi amigo.

-Hola Ken –dije.

-Sabía que estarías despierta –siguió-. Fin de semana. Fiesta de pijamas. En tu casa. El próximo sábado.

Lo que fue excusa ayer, se convirtió en realidad. Jae Hwan parecía leerme la mente a veces.

-¿Eso no es de chicas? Estoy empezando a dudar seriamente de tu condición humana.

Lejos de sentirse ofendido, se rió.

-En fin, ya sabes lo que quiero decir. ¿Te parece bien? Leo puede traer patatas fritas y yo un par de coca colas Light, así que solo tienes que poner la casa.

Miré de soslayo a HongBin, que me observaba interrogante.

-Ken, este fin de semana que viene no sé si…

-¡Genial! Allí estaremos el sábado a las ocho de la tarde. ¡Asegúrate de acordarte! ¡Bye!

Y colgó. Así, sin más.

Parpadeé, consciente de que tenía un grave problema.

-¿Tu novio? –curioseó el genio.

-Mi amigo –luego rectifiqué-. Mis amigos. Van a venir éste fin de semana a dormir y…

-No puedo alejarme demasiado de tu casa, por lo que es imposible que esté en otro lugar. Pero puedo hacerme invisible para ellos.

Tomé unos minutos de reflexión.

-Prométeme que no harás nada fuera de lugar.

HongBin alzó una mano y puso cara de ofendido.

-Por favor… sé comportarme. Y nuestro incidente de ayer no tuvo nada que ver. Me cabreaste bastante así que tenía motivos –explicó.

Bufé. Estaba cansada de su egoísmo. De pronto, una idea acudió a mi mente y me hizo proferir un jadeo ante mi brillantez. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

-HongBin. Ya tengo decidido mi primer deseo –me levanté-. Deseo que puedas ir y venir libremente sin depender de mí o de tu recipiente hasta que se hayan cumplido los otros dos deseos.

El Djinn, como un autómata, levantó un brazo y chasqueó los dedos. Al momento pareció sacarse un peso de encima.

-¿Por qué… por qué has hecho eso? –dijo con un hilo de voz. Estaba desconcertado.

No supe exactamente qué responder.

-Por que me apetecía –y añadí-. Y así el sábado podrás estar donde quieras estar.

Me aguantó la mirada casi sin parpadear. No sabía exactamente lo que me transmitían sus ojos; respeto, comprensión… ¿Quizá algo de fascinación? No lo tenía claro.

-Eres… una criatura extraña –expresó, sin ningún tipo de malicia. ¿Qué debía decir? ¿Gracias? ¿Debería ofenderme? ¿Contestarle alguna bordería?

-Me lo tomaré como un cumplido – comenté, al fin.

***

La semana transcurrió bastante tranquila, salvo por que HongBin, en vez de utilizar su “libertad condicional” para irse y hacer algo de provecho, me acompañaba al instituto todos los días, soltando comentarios sobre que los coches eran un arma de destrucción masiva y bestialidades similares. El problema siempre venía con mis mejores amigos. Después de clases, Leo y Ken me acompañaban un trecho, y HongBin sabía exactamente cuando éstos daban la vuelta.

El jueves, sin avisarme, llegado el trecho acordado me atrapó la mochila y se la echó al hombro. Pese a mis protestas, empezó a levitar y a alejarse sorprendentemente rápido hasta llegar a mi casa.

El último día de clase ocurrió algo extraño. Mientras conversaba con los chicos, llegamos al punto en que debían separarse de mí para ir a sus casas.

-Bueno, recuerda que mañana venimos a dormir. Y ésta vez yo duermo en la cama –anunció Ken-. La última vez me tocó el suelo, y paso de volver a sentirme contracturado.

-Ni lo sueñes, es mi casa y mi cama, así que se hace lo que yo diga –me crucé de brazos.

-Oh vamos… tu cama es lo suficientemente grande para los tres, y empieza a hacer frío…

-Sacaré la litera y subiré la colchoneta hinchable –interrumpí. La última vez que habíamos dormido los tres en la misma cama, ninguno pegó ojo. La cama no era tan grande.

-Como quieras… entonces, ¡Hasta mañana! –exclamó Jae Hwan, con su usual alegría. Leo, en vez de volverse, se acercó y me alborotó un poco el pelo. Rezongué, molesta y acto seguido me colocó un mechón detrás de la oreja.

-Ten cuidado –musitó, y miró por encima de mi espalda, repentinamente serio y tenso. Me giré, temerosa de que pudiera haber descubierto a HongBin, pero no había nadie. Los ojos de Taek Woon volvieron a centrarse en mí. Una breve sonrisa fugaz fue lo que me dedicó reemplazando la rigidez anterior y calmadamente llegó a la altura de su amigo, que lo esperaba una calle mas lejos.


Esa forma de mirarme… era diferente a como lo hacía normalmente. ¿En que pensaba Leo?

martes, 22 de octubre de 2013

HongBin - Capítulo 3

Parpadeé, sintiendo los ojos secos. Cogí la taza y me la llevé a los labios, contrayendo el rostro cuando el sabor amargo del café me arrasó la garganta. Nunca había sido muy partidaria de las bebidas psicoactivas alcaloides, pero con lo que estaba haciendo, debía estar despierta. Hacía unos veinte minutos había terminado con el último libro que contenía información para uno de mis trabajos. Después, cuando estaba a punto de cerrar el ordenador, el llamador tintineó sobre mi pecho y recordé que debía buscar cualquier cosa relacionada con aquél genio.

Y casi media hora más tarde, me encontraba en mi escritorio con una taza de café ya frío y los ojos pegados a la pantalla luminosa. Mis padres hacía un par de horas que dormían.
Todas las definiciones de genios eran las mismas: Seres mitológicos que viven en los planos elementales de aire, fuego, tierra y agua, creados junto a los ángeles, que se negaron a inclinarse ante los humanos...

“En realidad...”, pensé, “entiendo por qué me tiene tanto odio. Pero no. Si lo obligaron a rendir respeto a los hombres, yo no tengo ninguna culpa.”

Nada de lo que buscaba servía para nada. Entonces me asaltó un pensamiento diferente. ¿Y si no debía buscar lo que era un genio?

-Clases de genios –susurré mientras tecleaba en Google. Me salieron mas referencias a ello de lo que esperaba. Tras algunas páginas en las que solo daban una serie de nombres, encontré las definiciones.

“Djinn, el genio del plano elemental del aire.

Su agilidad en el vuelo les hace ser casi incapturables. Son de carácter amigable, aunque pueden llegar a ser bastante despectivos con los seres que, a diferencia de ellos, necesitan alas para volar.
Los Djinn nobles son un tipo de genios que conceden 3 deseos y, una vez concedidos, quedan libres de servir a su invocador.”

-Podría ser él... –dije y seguí mirando definiciones.

“Efreet, los genios del plano elemental de fuego y están hechos de basalto, bronce y llamas...”

No había demostrado signos de poseer ninguna habilidad pirotécnica por el momento. El tercer genio no tenía nada en común con HongBin, por lo que pasé de los Dao a los últimos. Y cuando leí me quedé bastante convencida.

Marid, son los genios del plano elemental del agua, y son también los genios más poderosos que existen. Son seres muy soberbios, egoístas e individualistas. Es muy difícil que un Marid acate órdenes, por lo que estos genios no suelen ser invocados para servir. Pueden comunicarse con cualquier ente o criatura de cualquier plano mediante telepatía.
Su control sobre el elemento agua...”

Lo de la telepatía y su exceso de egocentrismo me hacía cuestionarme la primera teoría. Además, había demostrado ser más poderoso de lo que había creído en un primer momento.

-Curiosas definiciones –dijo una voz a mi oído. Tragué el aire de golpe y salté sobre mi silla. Se me hizo un nudo en la garganta por el miedo momentáneo y me calmé al ver que era HongBin.

-¡¿Tú no te habías ido?! –le grité, sin saber que otra cosa decirle. Me costó volver a mi ritmo cardíaco inicial, pero mientras el genio explotaba a carcajadas lo conseguí. Lo miré mal y sacudió las manos en el aire.

-Oh vamos, ha sido una broma...

-Pues no ha tenido ninguna gracia. Y no has contestado a mi pregunta.

HongBin resopló, volviendo a su seriedad inicial. Se cruzó de brazos y se estiró en mi cama. Reprimí el impulso de golpearlo por ser tan atrevido.

-¡Oye…!

-Tienes mi colgante –me cortó, con la vista pegada en el techo-. Por mucho que quiera, no puedo alejarme a más de una distancia. Y para quedarme en la calle prefiero estar aquí.

-Eres como un vagabundo –no fue una pregunta. HongBin dio un breve asentimiento con la cabeza y se puso de lado mirando hacia mí.

-Ahora supongo que no.

Parecía aliviado, como si hubiera estado solo por mucho tiempo. No lo juzgué por ello, incluso lo compadecí un poco. La soledad era un sentimiento muy cruel.

Me levanté, dirigiéndome a la puerta. El chico se incorporó.

-¿A dónde vas? –su voz reflejaba ansiedad. ¿Por qué?

-Tengo hambre –le dije-. Voy a por algo de comer en la cocina.

HongBin soltó el aire y se tendió de nuevo.

Cerré tras de mí y de puntillas atravesé el corredor. A media escalera, una puerta se abrió y mi madre, con el pelo despeinado y los ojos entrecerrados salió.

-¿Se puede saber qué es todo ese ruido? ¿Quién hay en tu habitación? –inquirió y yo tragué saliva. Tras unos segundos en responder, pensando en alguna excusa lógica.

-E-es Ken –tartamudeé-. Pregunta si se puede venir a dormir la semana que viene, y yo le he dicho que ahora no podía proponérselo a mis padres. Luego ha empezado a chillar cosas de que ha aprobado el examen de mates y yo también y…

-De acuerdo, de acuerdo –interrumpió ella-. Pero baja el tono, que se te oye mucho. Vete a dormir que son las dos de la mañana. ¡Y no me importa que sea sábado!

-Por supuesto. Ya he acabado de hablar con él. Voy a comer algo y me voy a la cama. Buenas noches mamá.

-Que descanses, pequeña –una vez mi madre hubo desaparecido, seguí bajando y jadeé. Encendí la luz de la cocina, rebusqué una magdalena del armario y me serví un baso de zumo de naranja. Masqué lentamente, con la vista desenfocada en algún punto de la estancia. ¿Cómo había llegado a esto? Estaba escondiendo una persona -bueno, algo que se le parecía- en mi habitación, como si fuera un criminal y un fugitivo. Y todo eso en menos de 24 horas.

Cuanto más lo pensaba, mis pensamientos iban siendo más extraños. ¿Y si todo es mi imaginación? ¿Y si había sido drogada por ese tipo, y creía que lo que veía era real? Descarté eso último. Alguien que hubiera sido drogado no estaría en la cocina bebiendo zumo de naranja con un trozo de pan del día anterior y razonando seriamente.

Apuré los últimos sorbos y deshice el camino hasta arriba con firmeza. Debía obtener más respuestas de su boca. Abrí la puerta, pero callé cualquier cosa que fuera a decir.

-HongBin… -murmuré, dirigiéndome al chico de los ojos cerrados. Tenía el cuerpo encogido en posición fetal, con las manos cerca de la cabeza. Los labios de este se abrían y cerraban en soplos relajados. Se había quitado los zapatos, pero no los veía por ningún lado.

Estaba completamente dormido.

Me acerqué unos pasos más, procurando no hacer ruido y me incliné. ¿Así que los genios podían dormir? Pensaba que con ese aire sobrenatural que destilaba, dormir era la menor de sus preocupaciones. Pero viéndolo ahora tan indefenso, tan… humano… Se me hacía difícil pensar que tenía delante a un “semi-dios”.

Lentamente se fue girando hasta quedar boca arriba y soltó un hondo suspiro de relajación. Sin pensarlo, fui a buscar una manta al armario y la estiré encima de él. Mientras escuchaba el tic-tac amortiguado de mi reloj de muñeca, una punzada de cariño me invadió el pecho y sacudí la cabeza abrumada por el sentimiento.


-Y ahora… -susurré, en voz baja-. ¿Dónde duermo yo?

martes, 8 de octubre de 2013

Capítulo 5

-Taek Woon está raro.

El pequeño Hyuk llevaba dándole vueltas a eso mientras se secaba las manos en la cocina de la compañía. Era más de media tarde y algunos de los chicos habían aprovechado para merendar algo entre prácticas. Los otros, tenían asuntos que atender con sus familias.

- ¿Más de lo habitual, quieres decir? –se burló Ravi. Hong Bin puso los ojos en blanco y cerró la revista que leía, dejándola en la mesa del comedor. Colocó una pierna encima de la otra y se cruzó de brazos, serio.

- Yo también lo he notado –musitó el visual, haciendo que la mala cara que procesaba el maknae al rapero se disipara y se centrara en él-. Leo se pasa horas encerrado en el estudio de música sin decir ni “mu”.

- Eso no es novedad –Ken se encogió de hombros. No lo dijo con una mala intención. Simplemente, su naturaleza optimista se imponía a su posibilidad de observar las cosas ajenas.

Se instauró un silencio incómodo. Hyuk se sentó en la mesa con un yogur desnatado en una mano y una cucharita en al otra.

- ¿Vas a comer solo eso? –preguntó Ravi.

- Tengo una ligera idea de por qué se comporta así –habló Hyuk, haciendo caso omiso del mayor. Destapó el yogur bruscamente y metió la cucharita. Hong Bin lo miró con una advertencia antes de hablar.

- Ni se te ocurra decir una tontería.

- ¿Tontería? Que Leo muestre especial interés en…

- ¡Que te calles! –gritó el visual, levantándose y haciendo que los demás saltaran hacia atrás, confusos.

- ¡¿Pe-pero qué…?! –tartamudeó Ravi.

- ¿Qué mosca te ha picado, tío? –inquirió Ken. El vocal había tropezado con sus pies y se encontraba en el suelo semiestirado.

- Nadie, repito nadie muestra interés por nadie. Ni siquiera lo insinuéis –la voz de Hong Bin era mas fría de lo usual y se volvió a sentar. Nadie dijo nada. Sabían exactamente por qué su amigo había reaccionado de aquella manera. Un “interés”, aunque fuera inocente, por alguien podría transformarse en escándalo. Y un escándalo en un grupo semi-rockie que empezaba a ganar fama sería la perdición.

- Finjamos que ésta conversación no ha tenido lugar –decidió Ravi, momentos después. Ninguno se opuso, ni siquiera Hyuk, que comía su yogur con desgana, resignado. No hubo momento para más incomodidades, pues en ese instante N apareció con una inusual sonrisa y bolsas cerradas en las manos. La puerta cerró tras él con un sonido seco.

-¿A qué vienen esas caras tan largas? Y yo que os traía cosas buenas…

-¿En serio? ¿A veces te da por hacer buenas acciones para con nosotros o qué? –dijo Ken, acercándose. N entrecerró los ojos y le sacudió un bolsazo en la cadera. El vocal gimió y se apartó a un lado, maldiciendo. El líder volvió a su actitud inicial.

-Como iba diciendo… -colocó las bolsas en la mesa y las abrió-. Helados de chocolate, brownies, madalenas… nos irá bien para reponer azucares.

-¡Adiós a mi dieta…! –exclamó Ken, de improviso. Todos lo miraron, con extrañeza.

-¿Estabas haciendo una? –se extrañó Ravi. El otro se encogió de hombros y sacudió la cabeza.

-No, pero sonaba bien. Las mujeres lo dicen mucho por la tele en éstas situaciones…

-Jae Hwan, no eres mas tonto por que no te entrenas –le espetó el rapero.

Rompieron a reír escandalosamente, suavizando el ambiente.

-A propósito –habló Hong Bin cuando cesaron las carcajadas-. ¿Y Leo?

N se giró y puso cara de sorpresa.

-Te prometo que estaba detrás de mí. Solo llevaba una bolsa… A lo mejor va a comerse el interior en otro sitio, no es la primera vez –el líder le restó importancia y se alarmó-. ¡Hey no! ¡El regaliz rosa es mío! Quita tus zarpas de él, Hyuk.

-Que poca consideración con tu maknae… -dramatizó el menor.

***

-¿Te encuentras bien? –preguntó Leo. Su cara seguía inmutable, pero en sus ojos había un destello de preocupación que la voz transmitía con una suavidad embriagadora. Me rodeé el tobillo con las manos, avergonzada. Me odiaba a mi misma por haberme fallado el pie derecho en las prácticas. Siempre me pasaba en el mismo punto de la canción. Pero siempre que caía lo hacía sola y sin público delante del gran espejo, que me recordaba lo patética que era.

En aquel momento, cuando mi cuerpo me la jugó otra vez, había notado con horror, como unos brazos fuertes pasaban por debajo de mis hombros, alzándome casi en suspensión en el aire y me habían transportado hasta una silla. Leo había pasado los últimos cinco minutos observándome con atención, como si me pudiera haber roto algo y estuviera esperando a que estallara en llanto.

-Estoy bien –intenté sonar convincente, por que era la verdad. Pese a sentir una ligera molestia, lo atribuí a haberlo forzado demasiado-. ¿Qué haces aquí? Digo… no es que me importe que estés, solo es que me sorprende –añadí, para justificar mi pregunta anterior.

Leo se giró en la silla y recogió una bolsa del suelo. La abrió y me tendió un envoltorio de un bollito relleno de chocolate.

-¿Para mí? –la pregunta sonaba algo tonta, pero no podía caber en mi asombro. Mi estómago resonó, recordándome que no había comido desde la mañana.

-Hmm… -Leo asintió apenas murmurando algo con los ojos bajos y me acercó mas el bollito. Lo abrí, dándole una dentellada como si fuera la primera vez que probaba bocado en varios días. Me arrepentí de mi glotonería y cuando logré que la mitad pasara por mi garganta le dije:

-Gracias.

El chico volvió a asentir sacando dos bollitos más, dejándome uno en el regazo e ingiriendo el otro. Ambos masticamos en silencio, sin hablar. Cuando terminamos tendió la mano en horizontal para que le diera los envoltorios y los metió en la bolsa.

-Gracias… de nuevo –dije, y mi propia voz me sonó mas alta de lo que pretendía. Por tercera vez, el vocalista agitó la cabeza a modo de contestación. De pronto se centró en algo debajo de mí y entrecerró los ojos.

-¿Qué es eso? –inquirió. Seguí su mirada hasta mi tobillo descubierto y reprimí un suspiro triste. En vez de ocultarlo, encogí la pierna y remangué el borde del chándal hasta la mitad de la pantorrilla. Una fina línea blanquecina atravesaba mi piel desde el tobillo hasta el lugar exacto donde había levantado el pantalón.

-Fractura abierta –expliqué. Me pareció ver como Leo se estremecía por completo y apartaba la vista rápidamente. Sonreí sin saber qué decir o hacer.

  "Jugaba en la escuela con una pelota. Una chica colocó el pie en el lugar equivocado y en el momento justo en que dirigía el balón" –en realidad, había sigo mucho mas que eso, pero no estaba dispuesta a decírselo.

Leo me aguantó la mirada, impasible y yo luché contra la tentación de enfocarme en alguna otra cosa de la sala.

-Quizás por eso no puedes hacer el paso de baile –señaló él. Aquello me sentó como una jarra de agua fría. Tragué saliva y apreté los dientes.

-No. No puede ser por eso –me negué siquiera a pensarlo. Me levanté-. Si me disculpas, tengo una coreografía que pulir.

Una mano cálida me sujetó de la muñeca y casi doy un respingo.

-Deberías descansar –recomendó el moreno. Tuve que controlar mi respiración para no híper ventilar. ¡Me estaba tocando! Y yo, tonta, no hacía ningún esfuerzo por deshacer el contacto.

-¡Leo! ¿Qué estás haciendo? –preguntó una voz atónita cerca de la entrada. Descubrí a los miembros de VIXX apostados a nuestro lado. La voz que había hablado pertenecía a Hong Bin, que estaba estupefacto al igual que los demás. Me sacudí la mano de Leo y me aislé.

-Él solo… -empecé.

-Ahórratelo –cortó Ravi, su mirada asqueada me provocó un nudo en el estómago.

-Ravi… calma –dijo N, intentando poner orden-. Habrá una explicación para esto.

-La explicación es simple. Una que desea ganar popularidad a solo un mes de estar en la compañía. ¿Así es como funcionan las trainees de ahora? –le espetó el rapero. Fue como un martillazo en mi cabeza, y sentí las lágrimas en mis ojos, ansiosas por escapar al exterior. ¿Por qué me decía cosas tan crueles? ¿Era ese el Ravi que yo admiraba desde la pantalla de la televisión?

-¡HYUNG! –le gritó Hyuk, haciéndose notar. Avanzó un paso hasta situarse en frente de su amigo-. ¿¡Pero a ti que te pasa!?

Entonces todo sucedió muy rápido. Leo cortó la distancia que lo separaba de los demás y se abalanzó contra Ravi, aunque fue reducido inmediatamente por el maknae y el líder. Los ojos del vocal destilaban un odio profundo de los cuales nadie supo interpretar la razón y por los que el rapero se intimidó.


-¡Para, Leo! –chillé, asustada. ¿Por qué se comportaba así?

martes, 24 de septiembre de 2013

HongBin - Capitulo 2

Una gota de sudor se deslizó por mi sien, resbalando silenciosamente mientras yo intentaba asimilar lo que aquél hombre decía. Estaba loco, completamente loco. Había irrumpido en mi habitación sin saber como, había cogido uno de mis libros favoritos como quien no quiere la cosa y ahora inventaba burdas mentiras convencido de que podría engañarme. Iluso si lo creía. Si el pavor no me paralizara, gritaría hasta que mis pulmones explotaran. Observé como mi carcelero arrastraba la silla de la mesa de estudio colocándola frente a mí y sentándose a horcajadas. Se cruzó de brazos y se llevó un pulgar a la boca, indudablemente nervioso.

- Sé que no me crees -¡Aleluya! ¿Por fin se daba cuenta?- Y no te juzgo por ello. Tu solo eres un ser humano absento de cualquier magia que haya en el mundo, ignorante de lo que te rodea. Nunca lo entenderías. –si antes había intentado parecer comprensivo, ahora su voz había tomado un giro total. El desdén y la crueldad bañaban el dormitorio. Los ojos castaño oscuro de aquel chico destellearon en verde y algo me dijo que no debía tentar mi suerte. Tragué saliva antes de hablar.

- Supongamos por un momento… que te creo –tenía que medir mis palabras con cuidado-. Si eres un genio, ¿por qué estás aquí? No tengo ninguna lámpara mágica de esas.

Hong Bin me miró a los ojos seriamente. En un primer momento pensé que lo había ofendido, pero acto seguido explotó en sonoras carcajadas y temí que mi madre lo escuchara. Fue tal su risa, que cuando se tiró hacia atrás creí que se daría contra el suelo. Sin embargo hizo algo que me dejó helada. Empezó a flotar en el aire. Cuando paró, cruzó las piernas en suspensión con las palmas en la nuca.

- Debo reconocerlo. Los humanos sois extraños en cuanto a información sobre seres como nosotros. Tenéis las piezas a medias y ni siquiera intentáis reunirlas todas. Solo os quedáis con lo que os resulta útil y el resto lo desecháis sin miramientos. Curiosa forma de avanzar en la historia –comentó. Iba a protestar que los humanos habíamos descubierto la cura del cáncer y las vacunas contra la hepatitis cuando descendió y se acercó a mi. Me tensé al no saber qué se proponía hasta que sus largos dedos sostuvieron el llamador con elegancia.

“Esto es mi razón de estar aquí”

La voz en mi cabeza me sobresaltó como hacía unas horas y vi que el castaño asentía. ¡Me estaba hablando él!

- Como has… -farfullé, atónita. Pero ya sabía la respuesta.

- Te lo he dicho antes. No soy de este mundo.

Si todo fuera un sueño, no lo viviría con tanta claridad. Respiré hondo y le aparté la mano del llamador.

- De acuerdo… si me das un minuto… necesito asimilarlo –musité. Me levanté. Sentía las articulaciones entumecidas, y me obligué a caminar hasta la ventana. Eché las cortinas por precaución.

- Lo sé. Como ya te he dicho, los humanos…

- Si, si. No sabemos de magia, ni de genios ni de bla bla bla –lo corté, tajantemente. Sus aires de suficiencia eran demasiado para mí-. No hace falta que lo repitas como si no fuéramos nada. Entendemos muchas cosas si nos lo dicen de buenas y no nos rebajan a la altura de una zapatilla de andar por casa.

Hong Bin se encogió de hombros, sin darle mucha importancia a eso. Se volvió a pasear por mi habitación y agarró una pelota de tenis. Entonces caí.

- Tú fuiste el que me llamó. El que me dijo donde encontrarte –bajé mas la voz, conteniendo mi irritación-. Me obligaste.

Otra vez sentí el peso de su mirada. Por primera vez tomé consciencia de que me la estaba jugando con algo muy por encima de mí. Cerré los puños para evitar que me temblaran. El genio resopló. Parecía divertido.

- Algo así. –contestó-. En realidad, solo estimulé una zona de tu cerebro, la que contiene tu curiosidad. Te lo explicaré de forma que lo entiendas –dijo al ver mi cara de completa ignorancia-. Tu mente funciona como si tuviera botones. Cuando hay algo que te gusta, uno de los varios botones se acciona y tus ganas incrementan. Luego tu parte racional es que la que acaba de juzgar si es conveniente o no. En tu caso, ni tu parte racional se opuso a nada cuando entré. Accioné el botón de la curiosidad, y tú hiciste el resto. Eres bastante simple, ¿sabes?

Fue la gota que colmó el baso. Cogí mi mochila y se la lancé directamente a la cabeza. Ésta le atravesó limpiamente, como si nada. Las libretas y el estuche se desparramaron en el suelo con un crujido desagradable. Hong Bin mantenía una ceja alzada y, como anteriormente, los brazos cruzados.

- Buen intento. Te alegrará saber que no me lo esperaba en absoluto.

- Pues verás. No me alegra. Lo que sí me alegraría sería que te largaras por donde hubieras venido y me dejaras en paz para siempre. No pienso aguantar mas estupideces de un monstruo mitológico que no sabe donde caerse muerto –siseé, y me arrepentí al momento. La cara del genio se tornó de un carmesí intenso. Sus brazos, en tensión, estaban a cada costado. Las manos convertidas en puños, cuyos nudillos tenían un fuerte color blanco.

La ventana se abrió de par en par, y un violento aire frío se coló, revolviendo mis estanterías y poniéndolo todo patas arriba. Con la cara pálida, tragué saliva.

- Retira lo que has dicho –gruñó el chico con los ojos, que se había vuelto verdes, fruncidos y la mandíbula desencajada-. Di que te arrepientes de haberme dicho eso. ¡DILO! –gritó, y la silla voló por los aires. Chillé, aterrada y me cubrí la cabeza con los brazos. Esto no acabaría bien.

- ¡Por favor! ¡No me mates! –imploré, al borde del llanto. Me sentía pequeña, diminuta. Me arrastré hasta una esquina, esperando que todo pasara tan rápido como había venido. Cuando cerré los ojos, dejando que las lágrimas bañaran mi rostro, todo cesó. El aire no se movió. Nada me golpeó. Todo estaba en silencio.

Me atreví a levantar los parpados y lo que vi… no, lo que no vi me dejó sin habla. Todo estaba otra vez en su sitio. La ventana seguía cerrada, la silla en el mismo lugar. Hong Bin en el centro, con la mirada perdida, respirando enérgicamente. Su pecho subía y bajaba con brusquedad, como si acabara de hacer un gran esfuerzo. Levantó un dedo hacia mí.

- Nunca… nunca vuelvas a llamarme monstruo. Los genios fuimos creados al mismo tiempo que los ángeles, pero a diferencia de ellos, no nos inclinamos a los humanos cuando empezaron a existir. Por una razón muy obvia. Solo sois pedazos de carne con una mente limitada y unas acciones demasiado previsibles. No sois nada, ¿me oyes? Nada, salvo polvo y barro.

Encajé cada golpe con la máxima dignidad que pude. Por mucho que estuviera hirviendo de rabia por dentro, no valía la pena meterse en más problemas. Aguanté su mirada como pude. Sentía la boca seca y las extremidades agarrotadas. Me levanté a duras penas e hice algo diferente. Me estiré en la cama y empecé a leer el tomo de Drácula de Bram Stoker por tercera vez en los últimos meses.

- ¿Qué haces? –inquirió HongBin, interrogante. Su furia había cesado. Apenas le dirigí una mirada y volví a mi libro.

- ¿No lo ves? Se supone que tú eres el genio. Interpreta –dije. Tras unos segundos de silencio que se me hicieron interminables volvió a contestarme.

- Estás pasando de mí –concluyó. No era una pregunta. Yo asentí.

- Completamente. Si, esa es la idea.

- No puedes pasar de mí eternamente. Yo tengo tiempo infinito. Tú no.

- Pero al contrario que tú, yo tengo algo que se llama paciencia –dejé mi libro a un lado-. Seamos sinceros. No eres un monstruo. Solo eres un estúpido ególatra que se cree más de lo que es solo por poder hacer cuatro cosas en el aire. Sin “amo”, vives en el llamador hasta que alguien decide liberarte. Entonces, ¡ah! Cumples sus deseos y vuelves al lugar al que estás ligado. La misma rutina una y otra vez, por los siglos de los siglos. Debe ser aburrido, ¿no? Bien, pues los humanos gracias a nuestra finita vida disfrutamos de las pequeñas cosas. Nacemos para morir, pero lo hacemos con gusto, por que ya hemos vivido lo suficiente durante unos ochenta o noventa años para sentirnos llenos.

   >>Te sientes completo, ¿Hong Bin? Los humanos no somos mejores que vosotros, pero tenemos una vida mucho mas placentera. Así que, tú tendrás todo el tiempo del mundo. Pero a mi me da igual. ¿Debería gastar ya mis tres deseos? Así podré devolverte al dependiente de antigüedades y olvidar que hemos tenido ésta conversación.

Esperé su reacción, sin añadir nada más. Me observaba casi sin verme. Parecía ensimismado, como si lo hubieran abofeteado. Le tembló el labio inferior y su respiración se aligeró. Estaba asustado. O al menos, es lo que parecía. Sus bellos ojos orientales me suplicaban silenciosamente que no lo abandonara. No parecía el mismo que casi voló en pedazos la habitación.

- No habías previsto esto, ¿verdad? –negó con la cabeza casi por inercia y me sentí poderosa. Mi orgullo se infló e intenté disimular una sonrisa que se formaba en mis labios. Suspiré-. No voy a pedir los tres deseos. Al menos, no ahora.

- Deberías –comentó él, caminando de nuevo-. Tres deseos no se conceden a cualquiera. Puedes cubrir tus necesidades económicas, físicas o anímicas. Y gracias a mi, puedes ser una reina, fundar un club de golf o tener un trabajo con un sueldo extremadamente elevado. Solo un chasquido y… -alzó los dedos acompañando sus palabras con ellos-. No entiendes lo que tienes entre manos.

- No, no entiendes tú. Yo no necesito nada de eso. Tengo una buena familia, un perro encantador y unos amigos irremplazables. Mis estudios van bien, más que bien. No necesito ningún deseo para ser feliz. Ya lo soy.

Otro silencio incómodo se instauró en la estancia mientras el genio intentaba ver a través de mí. Aguanté su inspección tranquilamente. Metió los brazos en jarras y bajó la cabeza. Ahora parecía solo un humano normal y corriente. Lo cierto es que era guapo, con el pelo castaño, liso por encima de unas cejas finas. Sus ojos oblicuos, orientales, acompañaban un rostro aniñado y delicado. Los labios, sutilmente rosados se entreabrían mostrando unos perfecto dientes blancos.

Sacudí la cabeza, totalmente apabullada. ¿En qué estaba pensando?

- Entonces –dijo Hong Bin, sacándome de mis pensamientos-. ¿Qué sentido tuvo llamarte?

- Eso lo sabrás tú. A mi me dieron el colgante gratis.

Pero el genio no me hacía caso. Decía cosas extrañas como que “Esto no debía ser así” o “¿Y ahora qué?”. Consciente de que tendría que aguantarlo hasta que gastara todos los deseos, se me ocurrió algo morbosamente genial. Quizás no resultaría, y dado que no podía deshacerme de él de otras maneras… ¿Por qué no unir al enemigo a tu causa? ¿Por qué no intentar convencer a ese chico de delante de que el ser humano había hecho más cosas que cagarla en las elecciones?

- Con el tiempo, a lo mejor pido mis deseos. Es lo que quieres, ¿no?

- Es complicado –señaló. No quería hablar de ello, lo notaba. Volvió a sentarse en la silla giratoria y con una sonrisa de oreja se desplazó hacia mí-. ¿Eso significa que vamos a vivir juntos hasta que decidas gastar tu suerte?

Abrí los ojos. No había pensado en el inconveniente.

- Dadas las circunstancias, si. Pero acatarás una serie de reglas: No se toca nada sin mi permiso. No bajarás al comedor sin mi permiso. Y, por último y no por ello menos importante, no te dejarás ver ante mi familia y amigos y no harás ruido. Y si te descubren, no podrás estar aquí.

- ¿Deseas que me someta a tus reglas? –dijo. Me estaba animando a decir que si, a que fuera una orden.

- No, solo pongo las cartas sobre la mesa. Si no obedeces esas reglas, pediré los tres deseos y, adiós.

Hong Bin cerró la boca de golpe y frunció el ceño, contrariado. Sus pupilas destilaban odio hacia mí. Se levantó, abrió la ventana y saltó. Ahogué un grito de alarma y corrí hacia el marco.

Se había ido.


- ¡Alice! –me nombró mi madre desde abajo-. ¡La cena está lista, cariño!

Capítulo 4

Las prácticas trainee fueron mas duras de lo que había creído. Uno de los coreógrafos nos enseñó pasos de baile que él mismo había creado para ésa ocasión. Y no habíamos parado hasta que no dieron las cuatro de la tarde. Habíamos estado practicando desde las seis y media de la mañana... cada día. Ya llevaba prácticamente tres semanas en la compañía. No estaba acostumbrada a tantos trotes, y las agujetas me sacudieron el cuerpo en calambres muy dolorosos. 

Una de las chicas se acercó a mí y me tendió una botella de un líquido extraño. La miré, agradecida y bebí sin que mis labios tocaran el recipiente. La bebida, dulce, me atravesó la seca garganta reparándola poco a poco. Cuando hacía ejercicio, no “sabía” respirar.

- Gracias –dije ahogadamente. Tragué saliva. La chica recogió la botella de mis manos y la cerró.

- No hay de qué –contestó. Reconocí la voz casi de inmediato. Era la chica a la que habían mandado buscar a mi manager… a nuestro manager-. Soy Kim So Ra –se presentó, pero yo ya lo sabía.

- Park Hana.

- Lo sé –sonrió y se sentó junto a mí-. Te vi el primer día que llegaste, y a principios del entrenamiento. Siento no haberte hablado antes. Tenía la cabeza en otra parte.

“Ni que estuvieras obligada, chica”…

- No te preocupes, no pasa nada –farfullé y tosí. Ya me estaba cansando de toser. So Ra me miró, preocupada.

- ¿Estás bien? Esa tos no es buena. Acabarás con una irritación bastante grande si no te tomas algo.

Asentí. Pero el problema era… que no podía pagarme las medicinas. Tragué saliva entrecerrando los ojos por la molestia que sentía. Recogí la poca dignidad interior que conservaba y me levanté. Me puse bien el pantalón que se había arrugado de la posición con las manos. Luego me volví a la chica.

- Gracias por lo de antes –dije, refiriéndome a la dulce bebida. Recogí mi toalla del suelo y me la enrosqué alrededor del cuello-. Me voy a duchar. ¿Nos vemos a la hora de cenar?

- Claro. Cuenta con ello –respondió, con una leve inclinación de cabeza. Salí al exterior y el sol abrasador me cegó momentáneamente. Pese a que el crepúsculo estaba próximo, la luz era fuerte aún. Estuve tentada de echarme la toalla en la cara y jugármela buscando las escaleras hacia mi improvisada habitación. Sin embargo, dos figuras a lo lejos llamaron mi atención. Una de ellas gritó mi nombre y sacudió algo que colgaba de su mano. Cuando Hyuk y Leo llegaron a mi altura, vi que el primero tenía en las palmas un regimiento de helados, no solo uno.

- ¿Qué, Hyuk, asaltando el supermercado a estas horas de la tarde? –bromeé. El maknae me devolvió la sonrisa sincera y bajó los ojos. A raíz de nuestra charla en el tejado el primer día, nos habíamos vuelto muy apegados el uno con el otro. Se podría decir que poseíamos una “causa común”, algo que a ambos nos preocupaba y que solo encontrábamos respuestas entre nosotros. Era lo más cercano a un amigo que había tenido nunca. Y no exageraba.

-La comida ha sido ligera, así que tenía un poco de hambre. Como aún no he cumplido los dieciocho, Leo se ha ofrecido a acompañarme por si me pasaba algo –explicó, secamente. Se sentía frustrado por tener una niñera encima, y no lo culpaba.

Miré al nombrado, con cierto aire de incredulidad. Leo llevaba una sencilla camisa blanca medio abierta remetida en unos pantalones vaqueros azul oscuro. Las zapatillas de deporte blancas hacían juego con la parte de arriba, y el pelo revuelto y el rostro sin una gota de maquillaje le daban un aspecto arrebatador. 

En ese momento, quitó el papel a un polo de limón, chupando de golpe más de la mitad del helado. Desvié la mirada hacia mi amigo para no entrar en combustión espontánea. Era una malpensada por tener una visión del cantante de esa manera. Recé para que pensaran que mi rostro enrojecido había sido producto de mis horas de entrenamiento. Carraspeé y me crucé de brazos.

- Veamos si lo he entendido bien. Leo te ha acompañado por que alguien le ha dicho que conseguiría algo a cambio, ¿verdad? ¿Quién ha sido? –inquirí.

- En realidad… N quería convencerlo de que si me acompañaba, podría disponer de sala de canto todo el día para él solo. Pero no le interesó demasiado. Entonces Ken saltó y dijo que iría él porque quería comprarte algo a ti para que descansases un rato. Y bueno, en ese momento Taek Woon se levantó y… -no logró terminar la frase. Un brazo le rodeó el cuello y lo tiró hacia atrás, evitando que hablara más de la cuenta. El brazo pertenecía a Leo, quien no miraba a nadie en especial y seguía devorando lenta y silenciosamente el trozo de polo que le quedaba sin soltar al maknae.

- ¡Suelta…!  ¡Suelt…argggh! –rogaba Hyuk, riendo, tosiendo y gruñendo al mismo tiempo. Clavó las uñas en el codo de su “agresor”, sin éxito en la liberación. Pese a que me parecía una escena peculiar y entretenida, decidí intervenir.

- Vamos, Leo. El pobre no ha dicho nada malo… creo –ahora no estaba segura. En presencia del hombre, todo pensamiento se iba al garete en un período de dos minutos-. Merece vivir. No creo que quieras tener que buscar otro maknae para VIXX, ¿no?

Intenté que no me temblara la voz, que salió extrañamente ronca. Coloqué una mano en el hombro del vocal, en parte para hacer más firmes mis palabras y en parte porque no me sentía segura en absoluto. Y menos cuando sus ojos castaños se cruzaron con los míos, curiosos y escrutadores. Dos finas rendijas entrecerradas por el sol que parecían ver a través de mí. Me estremecí entera y parpadeé buscando otro lugar donde dirigir mis ojos. 

Pero no duró mucho esa situación. Después de que él se quedara mirando mi mano en su hombro y de dar un rápido vistazo a Hyuk, lo soltó. Con rapidez me alejé de su cuerpo, aturdida. Estaba segura que se debía al sol. El pobre SangHyuk se pasó una de las manos por la garganta y oí que murmuraba algo sobre “Por poco no lo cuento…”.

- En fin –hablé, para romper el silencio estridente producto de las chicharras de los árboles-. Ya he acabado por hoy, y creo que el resto también. Si necesitáis la sala de baile, es toda vuestra. Yo voy a darme una ducha –y tomé consciencia de lo que había dicho. Estaba delante de ellos dos, con el pelo alborotado, la camisa beis larga húmeda y arrugada y el cuerpo sudoroso. Ahora mismo mi imagen les debía resultar algo desagradable. Ante esa posibilidad, mi estómago se hizo un nudo y me alejé a pasos cortos pero rápidos, hasta que sentí una mano en mi antebrazo.

Al ladear la cabeza y descubrir a Leo a pocos centímetros de mí, la sangre se acumuló en mi cara y los latidos bajo mis costillas se hicieron dolorosamente sonoros. Tanto que temí que pudieran oírse. Algo frío me rozó los dedos, que se cerraron entorno al objeto. Me había pasado un helado. 

Y por lo visto, yo no era la única sorprendida por la actitud de Tae Woon. Unos metros detrás, Hyuk se encontraba con la boca abierta y los ojos como platos, evidentemente estupefacto. El vocal se retiró y sin saber cómo reaccionar, hice lo primero que pensé. Me incliné en una reverencia de noventa grados.

- ¡Gracias! –tartamudeé y me deslicé hasta mi habitación tan velozmente como pude.

¿Qué había sido eso?