sábado, 15 de marzo de 2014

Ken - Capitulo 5

-Esto es demasiado aburrido –gimió Hyuk, con la cabeza contra los barrotes. Se había cansado de dar vueltas por su celda y ahora estaba quieto, los brazos colgando por fuera. Una pelota volaba de una punta a otra, de las manos de N a las de Hye Rin. Ambos jugaban para matar el tiempo, que pasaba tan lentamente que exasperaba.

-Hakyeon –lo nombró, después de la revelación de su verdadero nombre unos días antes, la chica aprovechaba cualquier pretexto para hacer uso de él-. ¿Puedo preguntarte algo?

-Hmm… -asintió, con la vista fija en el juguete.

-¿Cómo era tu hermana? –preguntó. Lejos de ofenderse o sentirse herido, N sostuvo la bola entre las palmas y miró a la muchacha.

-Aún la tengo un poco borrosa pero… recuerdo que tenía una larga cabellera negra como el carbón. Sus ojos eran redondos y oscuros cuales pozos, mientras que sus labios, rojos como cerezas. Era preciosa, a mi parecer. No llegaría a los 15 años.

Luego lanzó de vuelta la pelota contra Hye Rin, de una manera tan torpe que ésta salió rodando hasta la celda de Leo. Antes de acercarse, la chica lo miró con recelo, pero desechando cualquier pensamiento negativo caminó hasta allí. Taekwoon recogió la pelota con una mano y se la entregó sin hacer ruido. Pero antes de que se fuera, habló.

-¿Tú no tienes familia?

Se detuvo a medio camino.

-Bueno… sí. Algo así –contestó ella.

-¿Cómo que “algo así”? –Inquirió N-. O la tienes o no la tienes. No hay término intermedio.

-Vale, vale. La tengo. Solo qué… la mitad no lo es –apretó la bola contra el estómago, para intentar deshacer el nudo que tenía-. Mi madre se volvió a casar cuando mi padre murió hace dos años. No quise aceptarlo. No. No quiero aceptarlo. Se casó tan felizmente, mientras yo seguía llorando la perdida de mi figura paterna. Lo peor fueron los niños que él trajo a nuestra casa –puso claro énfasis en las últimas palabras-. Rompían cosas, tiraban de la cola al perro, me insultaban constantemente… es bastante deprimente que chiquillos de 14 años estén tan poco formalizados, ¿verdad? –rio amargamente-. Quería tener cualquier pretexto para salir de aquella jauría de palomas que no hacían más que gritar y gritar y…

-Basta –ordenó Ken, de pronto. Todos se fijaron en él, como si hubiera hecho algo fuera de lo normal-. No quiero escucharte más.

Hye Rin tragó saliva, compungida.

-Siento ser tan desagradable, pero solo…

-¡He dicho que te calles! –exclamó él, y la muchacha dio un salto hacia atrás-. ¿Crees que tienes derecho a quejarte? ¿Crees que eres la que peor ha vivido? ¡Yo era huérfano! Sabes lo que es compartir la comida con otras personas, ¿no? Pues deberías saber cómo me sentía yo cuando solo tenía un mendrugo de pan y tenía que dar la mitad a otras diez personas que pasaban hambre igual que yo. Y cuando crecí, tuve que salir del Orfanato y vivir en las calles. Ahora… ahora creo que prefiero estar aquí.

Hye Rin contuvo las lágrimas que se formaban por inercia. Quería decirle que todo estaba bien, que cuando todo terminara, los dos vivirían juntos en una casa lejos de todo el mundo. No habría frío que calara en sus cuerpos delante de la chimenea envueltos en mantas, muy cerca el uno del otro. Querría añadir que, con el tiempo, ella misma borraría su pasado de la mente y crearían uno nuevo. Pero las palabras no le salían de la boca y alargó el brazo para introducirlo dentro de la jaula y quizás, darle un apretón de apoyo.

Notó que la trampilla que conectaba el exterior con Ken estaba bloqueada, y vio como éste era el causante, porque había colocado la mano de forma que era casi imposible abrirla. La chica lo miró, pero Ken desvió la vista, entristecido. Con la vergüenza sobre sus hombros, enterró la cara entre las manos y salió de la estancia hipando, sabiendo que el abismo que los separaba se iba agrandando por momentos.

***

Cuando se acercó la hora del almuerzo, Hye Rin no tuvo otro remedio que bajar a alimentar a los chicos. No quería mirarlos a la cara después de recapacitar seriamente y darse cuenta de que su estupidez no tenía límites. Ella que conservaba la familia… cuando muchos de ellos ni siquiera tenían todos los miembros de ésta completos. Tan necia…

Entró en la estancia con la bandeja en los brazos, abatida. Después de servir en algunas celdas, se percató de que tanto Ken como Hyuk estaban profundamente dormidos. No se lo reprochó, ya que los pobres chicos no tenían otra cosa que hacer en el reducido espacio. Pasó por la “habitación” de N para darle un plato de tarta, cuando inesperadamente se acercó a la muchacha y señaló su sofá. No sabía qué quería, pero tras evitar el vidrio que se situaba en el suelo, punzante, dando un saltito, llegó hasta el gran sofá y se sentó en un extremo. N llegó a hacer lo mismo, hundiendo el tenedor en el trozo de pastel, llevándoselo a la boca y saboreándolo con parsimonia.

-No te preocupes por mí. No voy a hacerte nada –dijo Hakyeon, en voz baja. Hye Rin se percató de que estaba tensa, y trató de relajarse-. Ya no puedo sentir ese deseo de saltar y matar a nadie.

-¿En serio? –la curiosidad hacía mella en su persona. Antes de contestar, volvió a llevarse un trozo de tarta a la boca.

-No solo yo –explicó-. Hyuk es cada vez menos pesimista, ahora utiliza el término “Y sí…”. Hongbin está menos loco que antes, aunque aún razona sobre cosas extrañas. Leo contesta cuando le hablan. Incluso Ravi ni siquiera se altera cuando le dejas la comida y metes el brazo en su celda. Y bueno, Ken… -miró al adormilado hombre cuya respiración seguía siendo regular-. Ken está de mal humor. Él nunca está de mal humor. Siempre lo he visto con la mirada perdida, y nada más que flores en la cabeza. Vivía, como comúnmente se dice, en el mundo de Yupi.

La mujer resiguió con los ojos la espalda del castaño y reprimió un suspiro. Le dolía el pecho de turbación e inclinó la cabeza.

-No quiero que me odie –confesó con la voz rota-. No soportaría que me mirara con resentimiento.

-¿Tanto lo quieres?

Hye Rin se encogió de hombros.

-Más de lo que crees. Y ni siquiera puedo tocarlo… quiero decir, puedo, pero no tanto como querría –se sonrojó hasta las orejas al decirlo y enterró el rostro en las rodillas. N soltó una carcajada entre dientes.

-Ya he entendido a qué te referías –dijo-. Fue bastante insensato decir aquello cuando Ken había recuperado retazos de su memoria. Aunque no lo sabías, claro.

-Me arrepiento profundamente, Hakyeon. He comprendido lo equivocada que estaba. Hace unas horas, llamé a mi familia para preguntar sobre su salud. Se alegraron de oírme, y tuve la sensación que todo el odio que les tenía se había evaporado. Pero no cambiará nada, no cuando he sido tan idiota de despotricar como una cría delante de él. Bueno, y de vosotros –agregó.

-¿Algo más que añadir en tu disculpa? Si no te disculpas con él, al menos, hazlo delante de mí.

Repentinamente, los ojos de la pelirroja se llenaron de lágrimas que caían por sus mejillas. Le temblaba el labio inferior al pronunciar lo siguiente:

-Nunca había sentido lo que siento por Ken. En lo único que pienso es en sacarlo de ahí y llevármelo lejos, donde no haya Kyung Hees que puedan separarnos. Quiero una casita junto a un arroyo en un pueblo pequeño dejado de la mano de Dios y vivir allí con él. Deseo ser su familia. No podré reemplazar a la que nunca existió, pero sí mitigar el dolor que siente por su ausencia. Quiero borrarle la soledad con una simple caricia o con un abrazo por las mañanas y ahuyentar sus pesadillas en un beso de buenas noches antes de dormir. Pero todo lo veo tan improbable con Kyung Hee… y duele… duele tanto ver que es posible que no se cumpla…

 N, en silencio, contemplaba su plato vacío con expresión inescrutable, dejando que Hye Rin desahogara su tristeza contra su hombro derecho. Cuando terminó, se enderezó en el sofá y los largos dedos desterraron los últimos rastros de lágrimas que le quedaban.

-Vale –murmuró al fin el bipolar chico-. Por mí, todo olvidado. ¡Eh, Ken! Lo has oído, ¿no? ¿La perdonas ya?

Hye Rin se puso rígida como un palo y casi que no quiso ver cómo lentamente, el nombrado se iba levantando del suelo hasta clavar los iris castaños en ella. Ruborizada violentamente, pensó en saltar detrás del sofá y esconderse. Lo oyó soltar el aire y alzó la cabeza.

La miraba, pero era un mirar dulce, lleno de amor, diferente a como normalmente lo hacía. Aun así, no dijo nada, y eso hacía dudar a la muchacha hasta que hizo una señal para que se acercara. Caminando como una autómata, llegó hasta él. Volvió a indicarle que metiera la mano por la trampilla de la celda. Hye Rin meditó unos segundos e hizo lo que le pedía. Las manos de Ken apresaron la de ella y se cerraron entorno. Sintió en el dorso de ésta unas gotas líquidas que iban escurriéndose a los lados, y supo que Ken estaba llorando. Le dio un beso húmedo por las lágrimas en la piel, tan delicado como una pluma.

-A mí también me hubiese gustado compartir mi vida contigo, Hye Rin. Cada día que pasa me doy más cuenta de lo enamorado que estoy de ti. Y comparto ese dolor… Diablos… haría cualquier cosa por un roce de tus labios… o por estrecharte entre mis brazos y no dejarte ir…

La chica no pudo retener su llanto por más tiempo. Desató toda su impotencia, todo su dolor y angustia de golpe. Se retiró, agarró la silla y la elevó por encima de su cabeza. Antes de que ninguno pudiera decir nada por la sorpresa, aporreó repetidamente la prisión de cristal de Ken, sin éxito en romperlo. En cierto momento, la silla rebotó y golpeó la frente de Hye Rin, que, por el aturdimiento, cayó al suelo. Hizo caso omiso a la llamada de los chicos para que no hiciera cosas estúpidas, y acertó tener unas tijeras en el vestido. Redujo la distancia con Leo y se dispuso a partir los cables que mordían su piel. Más de nuevo, las manos le fallaron y se cortó el dedo índice. Ignorando el dolor, siguió intentándolo hasta que la mano que tenía posada en los barrotes fue cubierta por la de Taekwoon.

-Hye Rin –pronunció él-. No. No hay nada que puedas hacer.


Entonces la pelirroja soltó las tijeras, que hicieron un ruido sordo al tocar el suelo y se derrumbó entre amargos sollozos desesperados. Nadie fue capaz de consolarla de su tristeza en todo lo que restaba de día, porque era la misma desolación que albergaban los demás y que exteriorizaban a través de la delicada muchacha.

******

Siento haber hecho éste capitulo tan triste y a la vez tan corto. Deseo que esperéis el próximo capitulo con ilusión, por que ya queda poco para terminar (uno o dos capítulos a los sumo más el epílogo). ¡Gracias por leer, hasta el próximo capítulo!

sábado, 1 de marzo de 2014

Han Sang Hyuk: El Nefilim


"Han Sang Hyuk es un chico nacido Nefilim. Su padre, un hombre coreano corriente que trabajaba en las industrias de carbón de la época de los setenta se enamoró de una joven de cabellos plata, que en ese momento residía como la "sobrina" del duque del país. Cual fue su sorpresa al descubrir, que la bella doncella de la que se había enamorado era nada mas y nada menos que uno de los tres arcángeles que se nombran en los textos bíblicos: Gabriel.

Gabriel tambien quedó hipnotizada por la naturaleza del humano. Había visto muchos a lo largo de los siglos, desde los primeros primates y sus vociferaciones como neandertales hasta ese momento. Descubrió una inteligencia casi semejante en él. Se prometieron, se casaron y tuvieron dos hijos. Cuando Gabriel los vio, recordó que su vida era finita, y la de ella, infinita. Con todo el dolor del mundo, un dia desapareció. Fueron vanas las busquedas de su marido que, compungido, crió a los niños como pudo.


Hyuk y su hermano crecieron, y el primero empezó a manifestar signos de Nefilim a la edad de 16, mientras que su hermano seguía siendo una persona normal. Asustado, también los abandonó. Después de 20 años por las calles, Jae Hwan, en medio-ángel lo encontró. Le explicó qué era, ayudándolo en papeleos, le encontró casa propia y un trabajo de medio tiempo. A cambio, Hyuk  y Ken mostraban una complicidad y compartian unos secretos que ni Leo, ni Hongbin, ni Alice podrían comprender jamás..."

domingo, 23 de febrero de 2014

Hongbin - Capitulo 14

Cerré los ojos un segundo y por décima vez, me dejé embargar por el silencio que me invade. Estaba en un viejo y gigantesco garaje de paredes de chapa, como esos que salen en las pelis de policías, sentada en un desgastado tractor que, por su aspecto, parecía olvidado para siempre por su dueño.

Miré los faros delanteros, creyendo ver en ellos un atisbo de tristeza y soledad y en consecuencia se me revolvió el estómago. ¿Pensará Ken que lo hemos abandonado? ¿O por el contrario, sabrá que estamos haciendo todo lo posible por rescatarlo? Aunque el peor de mis miedos es que lo sepa, pero le dé igual.

Fruncí el ceño, preocupada. Me da la impresión de que cada vez nos alejamos más de nuestro objetivo y eso es algo que me incomoda y me pone nerviosa. Observé sin interés el amplio recinto oscurecido por la noche pero tenuemente iluminado por unas lámparas colgantes de luces amarillentas. Me habían dicho que los esperara allí ante mi negativa de quedarme sin hacer nada en casa. Ahora que lo pensaba, ¿qué podía hacer yo en un juego de titanes siendo solo un minúsculo insecto ante sus ojos?

Desplacé la vista hasta la silla posicionada en el radio luminoso de una de las lámparas. Una silla que, muy pronto, ocuparía alguien a quien habían ido a buscar los dos genios. Nunca preguntaré de cual fuente sacan su información porque tengo el presentimiento de que la respuesta no me gustará.

Hacía fresco, y di gracias al haber pensado en traer una chaqueta de más. Estaba a punto de abrochármela, cuando la puerta del garaje se abrió sonoramente y una figura se lanzó a gran velocidad contra el suelo hasta quedar casi bajo mis pies. Al momento entraron Hongbin y Leo. Adiviné que éste último había sido el que había lanzado al individuo con vehemencia y sin cuidado. Ambos parecían serenos, pero solo en apariencia.

Cuando la persona delante de mí se levantó, reprimí una exclamación de sorpresa. Era joven, no debía tener más de dieciocho años. Facciones angulosas, pómulos salidos y una fea herida en la ceja. Como respondiendo a mi pregunta silenciosa, Hongbin me contestó:

-No se estaba quieto, y he tenido que utilizar mis habilidades.

Con habilidades, se refería precisamente a sus puños. Puse los ojos en blanco a modo de contestación. El muchacho miró el lugar, perturbado, hasta clavar los ojos en mí. Se dio cuenta de que había otra persona más en la sala. Por eso, se escabulló hasta quedar escondido detrás. Pensé que me pillaría de rehén o algo por el estilo, pero simplemente se agarró de mi chaqueta, temblando violentamente.

Es solo un niño.

-Hongbin. Leo. ¿Qué habéis hecho? Es solo…

-Apártate de él –ordenó Taekwoon, tenso. Estaba esperando alguna reacción malintencionada por parte del chico que escondía, sobretodo, la cabeza en mis omóplatos.

-No es humano, Alice –le apoyó mi genio por vez primera, cosa que me sorprendió-. Es un Nefilim.

Pese a lo colegas que parecían ser, sabía que por dentro están deseando patear algún trasero. Y no solo el del Nefil. Me giré lentamente a la cabeza rubia, lo único que llegué a ver. Siendo un ser tan fuerte como él, ¿por qué se ocultaba de esa manera?

-¿Cómo te llamas? –pregunté. No esperé que me contestara, pero lo hizo igualmente.

-SangHyuk –y luego corrigió-. Hyuk.

Unos nudillos crujieron dolorosamente, notando la impaciencia de los dos seres sobrenaturales. Lo conduje a la silla, diciéndole que no pasaría nada, pero en mi voz advertí un timbre de indecisión. Ni siquiera yo sabía lo que tenían planeado para él.

-Empecemos, pues –habló el Djinn, acercándose. Colocó las manos en el reposabrazos de la silla, mirando directamente al Nefil-. ¿Qué sabes de Hyuna, Jessica y un medio ángel llamado Ken?

-Nada –contestó, temeroso. Hongbin se levantó, medio caminando medio flotando y se dio la vuelta.

-Dicen que si le arrancas las uñas a un Nefil, no le vuelven a crecer nunca jamás. Es la única parte de los de tu especie que no se regenera sola. ¿Deberíamos comprobarlo? Ya veo que no tienes curiosidad. Voy a reformularte la pregunta. ¿Qué sabes de Hyuna, Jessica, Ken y la llave del infierno?

Hyuk se mordió el labio, vacilante. Sabe algo, pero no quiere soltar prenda. Tras unos segundos de calma, el Nefil alzó los ojos con más decisión que antes.

-Yo no sé nada.

¡Plas! Un sonoro bofetón marcó la blanca cara de SangHyuk, que se quedó atónito. No fue Hongbin, si no Leo el que le golpeó el rostro con la palma abierta. El Marid lo aferró de la camisa y tiró hasta casi ponerlo en pie. Un crujido por parte de la tela me dijo que el Nefil no podía sostenerse sobre nada y la camiseta se iba rajando poco a poco.

-Escúchame, idiota –siseó Taekwoon, con una voz tan cargada de odio que se me heló la sangre-. Dinos donde está Jae Hwan en estos momentos. La Efreet nos dijo que se encontraba en una cárcel, pero en el centro de la ciudad hay aproximadamente cuatro diferentes. No podemos darnos el lujo de ser descubiertos a la primera, porque sabemos perfectamente que la Genio no es tonta.

-Habrá apostado centinelas Nefilim en cada rincón. No suponen un peligro para nosotros, pero si dan la alarma, se pueden cargar al mestizo sin miramientos –señaló Hongbin. Aquello me sentó como una jarra de agua fría. Si los Nefil los presienten, game over. Si tardamos, el resultado será el mismo. Hagamos lo que hagamos, perdemos. A menos que…

-Cambiemos de pregunta –dijo el Djinn-. ¿Por qué le preparasteis una emboscada al Marid?

Hyuk miró a Leo largamente, tragando saliva. Éste lo soltó pero no se apartó demasiado.

-Ya os dije antes que yo no estaba allí para hacer eso. Mis motivos eran otros.

-¿Como cuáles? –pregunté yo, curiosa. No había hablado en todo el rato, pero necesitaba despegar los labios. El Nefil ladeó la cabeza en mi dirección.

-Buscaba algo. Un mensaje –concluyó.

-¿Mensaje? –inquirimos los tres a la vez. Hyuk asintió.

-Me he infiltrado en territorio enemigo para sacar información, ganándome la confianza de la Efreet. Lee Jae Hwan y yo nos hemos visto varias veces y nos conocemos de muchas más. La última, me dijo que recogiera un mensaje que debía entregarle la próxima vez que lo viera, fuera la situación que fuera. Dijo que era una llamada a… -se calló-. No importa.

-Oh, sí que importa –aseguró Hongbin, amenazante-. ¿Qué mensaje? ¿Qué llamada?

-Jae Hwan me hizo jurar que no se lo diría a nadie. Ni siquiera al Marid. Pero por el contrario me pidió que si le pasaba algo, dijera a sus amigos –pronunció “amigos” de forma despectiva- que protegierais a la chica. Si ella abre la puerta del Infierno, estamos perdidos.

No me lo podía creer. ¿Ken sabía que lo cazarían? ¿Cómo?

-Es absurdo –dije, sacudiendo la cabeza-. ¿Cómo voy a abrir la puerta de infierno si no tengo una llave? No puedo meter el dedo en una cerradura y…

Me detuve, porque de pronto lo entendía todo. Y por las caras de mis compañeros, ellos también. No había llave física. La llave era yo misma. Y tenían a Ken para chantajearme llegado el momento.

-SangHyuk… Hyuk –dije, poniéndome de cuclillas a su lado-. Por favor, cuéntanos dónde tienen a nuestro amigo.

El muchacho clavó la vista en mí. Algo en mi cerebro, un pensamiento, se alzó imponiéndose por encima del resto. Un número de calle, una puerta trasera. Un pasillo solitario la seguían y finalmente, un corredizo de celdas con barrotes de metal. Idéntico a mí sueño.

-Alice –me nombró Hongbin-. Eh. Te has quedado embobada.

Volví a la realidad, como si me hubieran velado los ojos momentáneamente. Me levanté demasiado deprisa, pero ya era consciente de lo que debía saber. Hyuk y yo nos intercambiamos una mirada de complicidad, dándole a entender que lo había captado. Aun así, en mi mente resonaron unas frases claras y concisas “No vayas, pese a que te lo he enseñado. Es un gran laberinto de muerte. Jae Hwan quería, por encima de todo, que estuvieras a salvo. Si vas, significará que su sacrificio no ha servido para nada. Le habrás defraudado”.

-“Entonces, ¿para qué me lo has enseñado?” –Pienso, confusa y con el corazón en un puño. No estaba al corriente de que los Nefilim tuvieran la capacidad de comunicarse telepáticamente-. “Puedes notar que su vida se apaga, ¿verdad? Es mi amigo, y tú sabes que nadie más puede entrar en ese lugar salvo yo. Porque no soy un ser sobrenatural y nadie repararía en mi presencia. Él te importa, no puedes negarlo.”

Vi que se encogía de hombros, un gesto que todos advertimos pero solo yo sabía a quién iba dirigido.

-“Ha sido mi amigo durante bastantes décadas. Me ayudó cuando estaba perdido, haciéndome ver que no era un monstruo. Los que son como yo, suelen acabar de delincuentes y la policía con expediente abierto por que no pueden encontrar una explicación lógica a lo que sucede. Solo yo tengo dos dedos de frente. Y se lo debo a Jae Hwan.”

Saber que Ken ha tendido su mano a alguien como Hyuk, me produjo un sentimiento de orgullo por mi mejor amigo. Es un alocado, a veces se comporta como un imbécil de campeonato, pero en el fondo es un trozo de pan. Igual que el Nefil.

-“Sé dónde me envías. Pero necesito a alguien lo bastante fuerte para echarme un cable si no puedo sacar sola a Ken.”

-Quieres que te acompañe porque mi presencia es igual que la de los demás Nefilim”, no es una pregunta, y espero a que prosiga, “De acuerdo. Pero tienes que sacarme de aquí. Tus amigos me dan miedo.”

Si tenía alguna duda de su temor por los genios, después de la conversación telepática me quedó bastante claro. Prefería adentrarse en las entrañas del peligro antes que seguir viéndoles la cara de cabreados.

***

-No puede quedarse en mi casa –negó Hongbin, de brazos cruzados. Estábamos fuera del garaje que hacía las veces de almacén, y Leo sujetaba a Hyuk por la nuca para evitar que escapara. Yo, por el contrario, tomaba sin demasiada presión el brazo del Nefil y de vez en cuando le daba un apretón en el hombro para infundirle valor, contrarrestando la presencia del Marid. Este cambió de peso, aburrido.

-Hasta que averigüemos donde esconden a Jae Hwan –dijo. Su tono no admitía réplica.

-Puede alojarse en mi casa –intervine. Los tres me miraron como si me hubiera vuelto loca.

-Fingiré que no te he oído –comentó Leo. Le di un golpe en el pecho que no tuvo ningún efecto, ni varió su inescrutable expresión. Me giré hacia Hongbin.

-Solamente debéis hacerles algunos trucos mentales a mis padres y creerán que Hyuk es un miembro más de la familia. No serán demasiados días, lo prometo. Hasta que sepamos…

-No es de ti de quien desconfiamos –explicó el Djinn, acercándose a mí-. Si no de él. ¿Estás segura de que podemos fiarnos?

Asentí efusivamente. Nunca he estado más segura de algo.

-¡Qué se le va a hacer! –Exclamó mi genio-. Haremos turnos y os mantendremos vigilados. Si haces cualquier movimiento sospechoso –se dirigió al chico- morir no será la mayor de tus preocupaciones.

El ultimátum caló en el Nefil, cuya rigidez era patente. Nos encaminamos hacia mi casa. Mi mejor amigo hizo que dejara el brazo del muchacho y ambos se adelantaron por el camino hacia la casa, que se veía ya cercana.

-Alice –me llamó Hongbin-. Necesito hablar contigo.

Di la vuelta sobre mis talones para mirarlo a la cara. Me dio la impresión que había crecido, o yo me había vuelto más pequeña en comparación. Lo cierto es que intimidaba bastante, pero a la vez era reconfortante que estuviese conmigo. Sin embargo, sus ojos tenían un aire cansado. O quizás era ansiedad. No podía saberlo del cierto.

-Te diría que tuvieras cuidado con el Nefilim, pero supongo que eres suficientemente inteligente para que nadie te diga nada –dijo.

-Supones bien –respondí. Una de mis manos se desplazó hasta su mejilla, en busca de algo que solo podría darme inclinándose. El Djinn no se quedó atrás y pronto volví a disfrutar de sus suaves labios contra los míos. El beso se profundizó, y mi labio inferior fue atrapado por su boca. Ese gesto era simplemente sensual. Me costó horrores no deshacerme en aquel momento, y por si fuera poco, Hongbin me sujetó de la cintura contra su figura. No fui yo quien detuvo el arrebato pasional que nos absorbía, si no él mismo. Cuando se separó, solté un gemido de contrariedad. Mi genio sonrió, travieso.

-Ya habrá tiempo para nosotros –reveló. Me ardía la cara, y mi corazón latía desenfrenado. Sus brillantes pupilas emitían un brillo especial, reflejando el sentimiento de deseo febril que difícilmente contenía-. Espero que cuando te vayas a dormir, pienses en mí tanto como yo en ti.

No podría evitar hacerlo ni queriendo. Una punzada de culpa me recorrió y apreté los dientes. Me decía esas cosas cuando yo estaba a punto de traicionar su cariño y confianza. No era merecedora de su afecto.


-Ya lo hago, Hongbin –confesé-. Todos los días.

***

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The Caller Of Angels - Antagonistas

Hyuna, la genio Efreet del Fuego


"Hyuna pertenece a los Efreet, los genios del plano elemental de fuego, hechos de basalto, bronce y llamas. En general suelen ser de carácter neutro, pero una serie de situaciones provocaron que Hyuna recorriera a la violencia y el rencor. Los Efreet se llevan bastante mal con los Djinn. Un Efreet capturado debe servir durante 1001 días o hasta conceder 3 deseos.

Su magia le permite transformarse en forma gaseosa, polimorfizarse, crear muros de fuego, producir llamas y otros efectos pirotécnicos. Odia a los ángeles y aunque prefiere estar lejos de los demonios, los soporta ya que ambas razas se crearon a partir del mismo elemento."


Jessica, la genio Dao de la Tierra


"Jessica es la genio del plano elemental de la tierra, los Dao. Éstos genios son malvados y de una inteligencia media. Les gusta presentarse en el plano material primario -el mundo humano- para hacer el mal. Su magia les permite hacerse invisibles, adoptar forma gaseosa, crear una fuerza espectral, crear muros de piedra y causar errores en la orientación de sus víctimas. 

Los Dao, y en especial, Jessica, tienen un profundo odio por los genios Marid y por los humanos. Se alía con Hyuna para ayudarla en su venganza, aunque parece ser que tiene otro propósito menos noble aún..." 


Ravi, el Duque del Infierno




"Ravi ha poseído muchos nombres a lo largo de su vida, pero el mas significativo y por el cual se conoce en todo el mundo, es Astaroth. Éste demonio pertenece a la primera jerarquía demoníaca, junto a Belcebú y Lucifer, siendo el tesorero del Infierno, por lo que seduce a los humanos por medio de la vanidad y la pereza. También es capaz de poseer a cualquier mortal y manejarlo a voluntad.

Se cree que su nombre antes de caer era Asrael. Fue desterrado por Rafael, padre del medio-ángel Jae Hwan. Ravi guarda un rencor hacia los ángeles inigualable, y por tanto, a Ken, pues la madre de éste era la que una vez fue la esposa del Gran Duque, Astartea."

Hak Yeon, Arcángel príncipe de los Espíritus Celestiales




"Como Ravi, Hak Yeon ha recibido muchos nombres a lo largo de su existencia. El mas común era N, aunque la iglesia católica lo nombra como "Arcángel Miguel". Es uno de los siete arcángeles, y está entre los tres cuyos nombres aparecen en la bíblia: Gabriel y Rafael. La Santa Iglesia le da a San Miguel el más alto lugar entre los arcángeles y le llama "Príncipe de los Espíritus Celestiales". Se supone que éste arcángel derrotó a Satanás y echó a los rebeldes del cielo con su espada de fuego.

Es el ángel custodio de la paz, y es muy fiel a las reglas del cielo. Intransigente, cruel y algo egoísta a veces, quiere que todo vuelva a la normalidad cuanto antes en el mundo humano. Desprecia a los demonios y a los genios casi por igual, por que ambos traicionaron las leyes. No siente simpatía por los humanos, por que ese es el trabajo de Gabriel. Hará lo que sea para suprimir la llave del infierno, por que sabe que si se desata el apocalipsis demoníaco, la paz nunca será posible. Ello no quiere decir, que no desee la extinción humana."

miércoles, 19 de febrero de 2014

Hongbin - Capitulo 13

Hongbin abrió los ojos lentamente. Me miró, pero no hizo ningún movimiento, salvo grabarse mi cara durante un rato tan largo que me pareció una eternidad. Abrió la boca, únicamente para soltar aire que retenía. En el enfrentamiento con Hyuna y tras la huida de ésta, Hongbin colapsó. No solo por la impresión que el fuego parecía ejercer sobre él, sino que atribuí su desfallecimiento al cansancio de haber estado recaudando información por todos lados para saber sobre el paradero de uno de mis mejores amigos. Sin, quizás, apenas dormir más de unas pocas horas, y sin comer otras tantas. Todo lo hacía por mí.

Apreté la sabana que cubría mi cuerpo con la mano. No me había cambiado de ropa desde que Leo se había cargado al Djinn en el hombro a regañadientes y se lo había llevado al apartamento. Me convenció, no obstante, de quitarme los zapatos y velarle el sueño. Justo como días atrás, Hongbin había sugerido con Taekwoon.

¿Tan mala persona era que no había notado las profundas ojeras que marcaban los hermosos ojos castaños de mi genio? ¿Tan estúpida… que ni podía percatarme de que, inmortal o no, se iba consumiendo poco a poco como una varilla de incienso encendida? Esfumándose como el humo… No. Había dejado que tanto Leo como Hongbin hicieran todo el trabajo, rezagándome como una vil cobarde, poniéndolos en peligro constante, saliendo no muy bien parados en consecuencia. Y eso era algo que no volvería a pasar jamás.

No podía permitir perderlo también a él.

-Hongbin… -empecé, y lo vi entornar los ojos. Su mano buscó la mía, que seguía aferrada a la tela como si de un salvavidas se tratase. Obligó a mis dedos a desasirse del agarre, mientras se entrecruzaban con los suyos. Solo entonces vi que tenía el dorso magullado. Reprimí una mueca que no pasó desapercibida.

-¿Cómo te has hecho eso? –preguntó monótonamente, repasando las heridas con las yemas.

-Cuando te… desmayaste, solo me dio tiempo a poner la mano para evitar que golpearas el cemento con la cabeza.

Suspiró, hundiendo más la cara en el cojín y cerrando los ojos. Acto seguido los volvió a abrir, clavándolos en mí. Sentí una oleada de calor por la presión de su mirada, que me atravesaba de parte a parte cual hierro candente y pensé en destaparme. Aunque posiblemente no iba a servir de mucho.

-Es patético –dijo, devolviéndome a la realidad.

-¿Qué?

-Es realmente patética la manera en que el concepto “fuego” y todo lo que tiene que ver con él hace mella en mí. Debería tenerlo superado, y sin embargo…

-Hongbin –lo nombré, seria-. Cuando tenía siete años, la escuela organizó una excursión a la playa. Era la primera vez que iba a un espacio acuático, y creí poder hacer lo mismo que los demás niños. Correr por la arena, hacer castillos, nadar en el mar… Pero esto último, era lo único que no sabía hacer. Confiada, me metí en el océano hasta que el agua me cubrió por completo. Cuando me quise dar cuenta, me había alejado muchísimo. Entré en pánico, sintiendo como las fuerzas me abandonaban mientras braceaba desesperada. Lo poco que sabía de nadar, se evaporó y me hundí. Jae Hwan me sacó y supongo que utilizó su magia para evitar una desgracia porque según mis profesores, estuve oficialmente muerta durante cinco minutos y medio. -Hongbin se estremeció-. Desde entonces, no he vuelto a pisar ni lagos, ni ríos ni ningún lugar que contuviera agua. Lo que quiero decirte con todo esto, es que hay traumas que nunca podrás superar, por mucho tiempo que pase. Siempre quedará alguna parte de ti a la que le horrorice el ver o pensar en una determinada cosa. No puedes evitarlo, pero sí convivir con ello y hacerle frente si se presenta la ocasión. No debes pararte a pensar en lo que eso significa para tu estabilidad emocional, porque entonces te perseguirá el resto de tu vida.

-¿Y si te perdiera a ti? ¿También debería asumirlo y pasar página?

No supe qué responderle. Parecía obsesionado con esa posibilidad. Él continuó hablando.

-Llevo la muerte encima, Alice. A cada paso que doy se acerca más y me arrebata seres queridos. Lo siento como si fuera una maldición de la que no puedo escapar.

-No estás maldito –dije. Mi mano libre se desplazó hacia su mejilla, y lo vi temblar ante el contacto. Me besó la palma delicadamente, haciéndome cosquillas en la piel-. Las maldiciones no existen.

-Dirías lo contrario si hubieses visto lo que yo he visto. No todas las brujas están en Hogwarts y no todas son buenas.

Sonrió. Creí entonces, que nada de la noche anterior había pasado. Que todo había sido un sueño, un mal sueño, y que delante de mí seguía existiendo parte de aquel genio arrogante y vivaz que yo conocía. Pero cuando dejó de sonreír, supe lo equivocada que estaba. Estirando de mi brazo me acercó hasta él y, abrazándome, descansó el mentón sobre mi clavícula. El vello del cuello se me erizaba con cada exhalación por su parte mientras mi pulso se aceleraba considerablemente.

-No debería haber salido de la discoteca sola. Lo siento mucho –dije. Hongbin se tensó a mi lado y levantó la cabeza.

-No, no debiste hacerlo.

-Pero no podía dejar que supiera nuestras verdaderas intenciones… Si Hyuna lo supusiera desde un principio, no podríamos ni haber entrado y quizás lo habría reducido todo a cenizas. ¡Tenía que seguirle la corriente como fuera! Pero al final… no era tan tonta como creía.

-Creíamos –rectificó-. Y eso es lo que evita que me enfade por tu insensatez. Pensaste en evitar una tragedia, muertes innecesarias. Porque, como sabes, no es la primera vez que Hyuna hace arder algo sin parpadear.

Asentí, dándole a entender que era consciente de ello.

-Lo siento… -repetí, sincera. Mi genio emitió un gemido que interpreté como una risa contenida.

-No hace falta que te disculpes a cada momento.

-No, no es por eso.

-¿Ah no? –sus cejas se curvaron y su rostro cambió a la incredulidad más pura.

-Os estoy poniendo en peligro a vosotros por mi egoísmo. Mira como acabó Leo. ¡Mira cómo estás tú! –lo señalé-. Casi te doy un infarto. Si solo fuera más fuerte… si no fuera un saco de carne innecesaria y blanda… ¡Diablos! ¡No sirvo para nada! Solo soy una enclenque que no…

Me detuve bruscamente al sentir sus labios sobre los míos llenos de urgencia, anhelantes. Fue tal su impulso que mi cabeza rebotó contra la almohada y apenas tuve tiempo de corresponderlo. Mis manos se movieron solas hasta los costados, cerrándose en la camisa. Los labios de él se desviaron y bajaron por el cuello hasta la clavícula. Hizo descender uno de los tirantes del vestido, siendo reemplazado por la boca de Hongbin.

-Quiero que olvides la palabra “inútil” que tienes grabada en tu atolondrada cabeza. No eres una floja. Eres una de las personas más valientes que he conocido, sin exagerar. Cualquier otra se tomaría todo lo que está pasando como un sueño o una locura…

-“Es” una locura –puntualicé, logrando encontrar la voz. En la semi oscuridad y contra mi hombro izquierdo, pude notar que las comisuras del Djinn se curvaban hacia arriba.

-Lo que quiero decir es que, o eres muy valerosa o te falta un tornillo.

Le di un golpe en el pecho a modo de advertencia.

-Pensaba que la mejor manera de llevar a una chica a la cama era enviándole rosas e invitándola a cenar.

-Esas son tus costumbres, no las mías. ¿Crees que lo estoy consiguiendo? –dijo, pícaramente. Respiré hondo mientras reflexionaba seriamente sobre ello.

-Hoy no, Hongbin. Hay que ponerse en marcha.

***

El muchacho paseó los ojos por el descampado, nervioso a más no poder. No aparentaba más de diecinueve años, aunque la verdad es que poseía más de cuarenta. Sin embargo, en su fuero interno, aún creía ser un adolescente que no había traspasado las fronteras de la mocedad. Por ello, se sentía como un peón de ajedrez sobre el tablero, a punto de ser devorado por la reina. El frío arreciaba, pero no lo sentía. Ya no.

Porque era un Nefilim.

Su condición despertó a la edad de dieciséis años, volviéndose extremadamente rápido en educación física, desarrollando grandes reflejos y agudizando sus sentidos. En ese entonces, imaginó tener algo mal en su interior por lo que se alejó de los seres humanos que lo habían visto crecer. No obstante, nada oscuro ocurrió, salvo que solo había envejecido tres años en cuatro décadas. Y entonces, llegó a la conclusión de que era inmortal.

Acarició la posibilidad de hacer cosas prohibidas socialmente. Robar, matar, beber… pero la parte humana lloraba ante esas ideas descabelladas. Sacudió la cabeza. Ya volvía a pensar en su pasado. Su inquietud iba incrementando por momentos, así que abrió el bolsillo de su chaqueta morada y sacó una cajetilla de chicles de menta. Al menos estaría entretenido durante un buen rato.

Un perro aulló a lo lejos, sobresaltándolo. ¿Dónde estaría? El punto de encuentro había sido aquél, y la misteriosa Genio de la Tierra seguía sin aparecer. ¿Qué tramaba?

“Dame la información que necesito, y te concederé lo que siempre has anhelado…”, había dicho. Él no tenía esa información. No había sido capaz de conseguirla, con esos dos genios de por medio.

Se desató una tormenta, bastante fuera de lo normal. Anunciaba la llegada de alguien y el muchacho sospechaba que no era quien creía ser. Dio un paso atrás, tragando saliva para empezar a correr. El cielo oscuro parecía a punto de tragárselo, un remolino de maldad tenebrosa. La lluvia lo alcanzó antes de llegar a un lugar cubierto y una figura de ojos verdes y relucientes le cerró el paso.

-¿Estás seguro de que es él? –dijo el ser sobrenatural. Sintió una presencia detrás suyo, una mano cerrándose sobre su hombro y las náuseas del chiquillo incrementaron por el miedo. Cuando se giró, al principio solo distinguió dos destellos azul marinos, pertenecientes a un hombre de complexión atlética de una altura superior al que segundos antes se había topado.

-Desde luego que es él –el Marid centró la mirada en el Nefil-. Es uno de los que salió corriendo de casa de Ken, preparándome una emboscada con sus secuaces.

El chico, sobrecogido, negó con la cabeza frenéticamente.

-¡Os equivocáis…! ¡Aquello no fue…! ¡Yo no estaba allí para eso! –Tenía las ropas empapadas, y el sudor se mezclaba con las gotas de lluvia que resbalaban por su rostro-. ¡Por favor, dejadme marchar…!

-Me temo que eso no va a ser posible –comentó Hongbin-. Tienes que responder a algunas preguntas. Y más te vale ser sincero, porque si no lo vas a lamentar el resto de tu perpetua existencia.

El joven se echó a temblar, el pánico reflejado en sus orbes.

-Po-por favor, no me hagáis daño.

-Eso depende solo de ti y de lo colaborador que estés dispuesto a ser –el Djinn lo observó, y le pareció que solo era un niño asustado. No se dejó engañar-. ¿Cómo te llamas?

El interrogado tardó un poco en responder. Le temblaba la mandíbula.


-Hyuk. Han Sang Hyuk.

domingo, 9 de febrero de 2014

Ken - Capitulo 4

-Todo bien por ahí, ¿cariño? –Dijo la aniñada voz de Kyung Hee a través del teléfono-. ¿Te han dado problemas mis mascotas?

Aunque no la veía, negó con la cabeza.

-No. Bueno, sí. Al principio. N intentó matarme en cuanto me acerqué, pero como castigo lancé el muñeco contra las paredes. En el fondo, es divertido –mintió. Hongbin se tapó la boca para contener la risa, sabiendo lo que tramaba Hye Rin.

-¿Y qué me dices de mi fierecilla enloquecida, Ravi? Me dio muchos problemas, y aún sigue arrojándose contra el cristal.

Se desplazó hasta la jaula del nombrado, que atento a cualquier movimiento, la observaba extrañamente sereno. Sus ojos en cruz se quedaron mirando los dedos que había apoyado en el cristal.

-Oh, él continua tan indomable como siempre –Hye Rin le hizo una señal a Ravi y éste se estampó dos veces contra el vidrio, que crujió quejosamente. La chica asintió y esperó.

-¿Eso ha sido mi mascotilla? –inquirió la rubia, entusiasmada.

-Sí. Acabo de pasar por delante de él. ¿Estás segura de que el cristal detendrá los golpes? Tengo miedo de que se rompa.

Kyung Hee rio de forma espeluznante.

-No, no hay ningún riesgo. Mientras mi magia actúe, es imposible siquiera hacer un rasguño en la superficie.

-Entiendo…

A cada palabra, la chica estaba más segura de que debía acabar con su pariente. Tragó saliva y fue a ver a Ken.

-Hye Rin. ¿Puedo pedirte un favor? –le dijo la otra.

-¿Qué clase de favor?

-Apuñala el muñeco. Necesito oírlos chillar… Hace más de tres semanas que sigo aquí, así que es lo mínimo que puedo pedir. ¿Lo harás por mí, verdad? –pidió, con su voz de falsa inocente. A la pelirroja no le podía disgustar más esa mujer.

-Por supuesto –dio un rápido vistazo a su alrededor, advirtiéndolos con los ojos. Sujetó el muñeco y le hizo cosquillas. Los chicos, comenzaron a gritar tan alto como podían, como si realmente el dolor calara en su interior. Volvió a dejar el juguete sobre la mesa, despacio para que nada repercutiera en ellos. La mujer sonrió.

-¿Te he dicho alguna vez lo que adoro los gritos de mis pequeñines? –Opinó Kyung Hee-. Tanto dolor… tanto sufrimiento… es exageradamente excitante.

A Hye Rin se le revolvió el estómago.

-Soy consciente de ello. Pero, ¿por qué los tienes aquí? ¿Qué propósito hay para conservar estos… -tragó saliva-…monstruos?

Silencio al otro lado de la línea.

-No hay un por qué –contestó, cuando pensaba que no lo haría-. Querida, tengo que dejarte. La abuela ha fallecido y tengo que atender a la familia. De todas formas, soy la última persona que la vio viva.

Já.

-Vale. ¿Estás bien?

Menuda pregunta le hacía.

-Sí. Quería mucho a la abuelita, pero ya era muy mayor –dijo, teatralmente.

Otra vez: JÁ.

-Tengo que dejarte –repitió-. Se ha derramado mermelada de frambuesa en el suelo, y el perro se la está comiendo. No es agradable. ¡En una semana vuelvo! ¡Espero que me esperen con ilusión! Dale recuerdos a mis monstruitos. ¡Adiós!

Colgó sin que la pelirroja pudiera contestar. ¿Qué sería de ellos cuando Kyung Hee estuviera allí?

***

La rubia lanzó el teléfono lejos, yendo a parar al sofá. Unas gotas de un pringoso líquido rojo salpicaron la pantalla del móvil, pero no hizo ruido. Kyung Hee retiró una silla y se sentó, observando sin demasiado interés el frío palo de acero que portaba en la mano izquierda. Paseó la vista por el oscurecido salón, donde varias figuras inertes yacían en el suelo como figurillas de trapo.

-Qué aburrimiento… -dejó escapar, sin contenerse-. Y pensar que aún debo enterrarlos a todos…

Se levantó caminando hasta la silueta vacía de una persona mayor. Recorrió con los dedos las arrugas de la anciana, empapándose de sangre. Los ojos desorbitados de ésta miraban la nada, aparentemente sin vida.

-Siento haber tenido que romperte la cabeza, abuelita –dijo, la voz carente de emoción o calidez-. Queríais conseguir mi casa al precio que fuera. Y no podía dejar que me arrebatarais mis mascotas. Ni tú, ni nadie.

Se volvió, al tiempo que los primeros rayos de la luna delataban, a través del inmenso ventanal, una gran pila de cuerpos dispersos por toda la estancia. Kyung Hee sonrió macabramente y su risa se elevó junto al sonido de la tormenta que lenta pero inexorable, se acercaba como una plaga.

***

-Qué asco de mujer –dijo finalmente N, tras escuchar lo que había dicho la bajita. Hye Rin no pudo estar más de acuerdo.

-Tengo la sensación de que si le rompiéramos el cuello y se lo enrolláramos, la maldad que lleva dentro lo alargaría como una jirafa y no moriría –comentó Hongbin.

-Oye. Lo que acabas de decir no tiene ningún sentido – manifestó Hyuk, divertido. El otro se encogió de hombros.

-Para mí lo tiene –protestó.

-Si supierais sobre vuestro pasado… si lográramos entender como acabasteis aquí… -dijo Hye Rin, más para sí misma que para los demás.

-¿Quién dice que nadie recuerda? –habló Leo, de espaldas. Parecía sereno, aunque lo delataba su agarre férreo a las cuerdas que le mordían la piel. Como tantas otras veces, la muchacha tuvo que apartar la vista y concentrarse en lo que había dicho.

-¿Qué?

-Yo recuerdo –confesó, en voz baja-. Siempre lo he recordado.

-¿Cómo puede ser? ¿Por qué no lo habías dicho antes, Leo? –ella se acercó a la celda, rodeando los barrotes con las manos y reprimiendo un estremecimiento al sentir el gélido tacto del acero. Él se aproximó con los ojos brillantes.

-No eras digna de confianza.

-¿Y ahora sí lo soy?

-Puede.

Leo la examinó detenidamente, en silencio. Si Hye Rin se sintió inquieta, no lo demostró. Aguantó la evaluación sin parpadear, desafiándolo.

-Es una suerte que no haya pensado en matarte antes. No nos hubiera sido posible irnos de aquí sin tu ayuda –comentó él-. Ahora no tengo dudas de tus buenas intenciones.

-¿Cómo estás tan seguro de que realmente voy a ayudaros? ¿Qué certeza hay de que pueda conseguirlo? –dijo la pelirroja, desalentada-. Tengo miedo.

-Serías una insensata si no lo tuvieras. Pero –miró a Ken- lo quieres más de lo que piensas.

Hye Rin enrojeció. Lanzó una ojeada fugaz al chico y ambos bajaron la cabeza, avergonzados.

-¿Entonces crees que lo hago por él?

-Lo que yo crea o deje de creer es irrelevante. Sin embargo, sé del cierto que quisiste liberarnos en cuanto vistes la débil amenaza que somos, y amar a Ken te hizo más fuerte para decidir lo que era moralmente correcto. No te avergüences por lo que sientes, lo comprendo pero no lo comparto. Al menos ya no.

-Tú… ¿estabas enamorado de alguien?

Las pupilas del hombre despidieron un suave destello de dolor que hicieron dudar a la chica. Puede que no hubiera sido la pregunta adecuada.

-Lo siento Leo, yo…

-Taekwoon. Mi nombre real es Taekwoon. Y sí, estuve enamorado hace mucho tiempo. Pero ella se esfumó como el humo antes de encontrarme prisionero en éste lugar. Ni siquiera pude decirle adiós, ni visitar su tumba.

Hye Rin se llevó las manos a la boca, sorprendida y compungida.

-Lo siento mucho… ¿Cómo… cómo murió?

Las comisuras del hombre se curvaron hacia arriba, algo tan inusual que un escalofrío recorrió la espalda de la muchacha.

-Kyung Hee me encontró. No la conocía de nada, y sin embargo exigió que la acompañara y olvidara a mi pareja actual. Obviamente, me negué en rotundo. Es lo único que lamento en ésta vida. Por mi culpa, ella murió en manos de la chiflada teñida.

-No, no fue culpa tuya. Kyung Hee apareció sin más y te obligó a decidir. No fue algo de lo que pudieras huir. Era o tu libertad o tu razón de ser.

-Y me quitó las dos cosas, al final –apuntó él. Hye Rin no supo qué contestarle. Se giró hacia los demás, pensativa.

-¿Quién más recuerda? ¿Todos habéis perdido a alguien por culpa de mi familiar?

-Mi novia –dijo Hongbin. Sus ojos estaban tan abiertos que parecía rozar la locura-. Mi pobre chica… justo delante de mí, le clavó un puñal en el pecho. Sangre por todas partes. Sangre roja y viscosa…

-Mi hermana pequeña –explicó N-. Solo tenía siete años, entonces. La quemó viva mientras dormía.

-Mi madre… -murmuró Hyuk, al borde de las lágrimas-. Volvía del instituto… la encontré asfixiada por una bolsa de plástico. Estaba haciendo galletas, pero se quemaron en el horno.

Horrorizada, Hye Rin paseó la vista por las celdas de Ken y Ravi.

-¿Y vosotros?

-Sigo sin recuerdos –aseguró el primero, forzando su mente a trabajar. Ravi negó, de igual forma. Hacía días que no mostraba hostilidad por las acciones de Hye Rin. Comía con normalidad y de vez en cuando soltaba alguna palabra que revelaba lo que pensaba. Pero lo que dijo a continuación los dejó a todos confundidos.

-No debes dejar que sepa que vas en contra de ella.

-¿Q-qué? ¿Por qué dices…? –tartamudeó la chica.

-Sencillo. Si lo nota, estás muerta. No debe saber lo que planeas bajo ningún concepto. Así que lo de pedirle que nos libere, queda terminantemente prohibido –explicó N.

-Todos… ¿sabíais vuestro pasado desde el principio?

-No. Conforme los días pasan, recobramos recuerdos –Hongbin sonrió-. Estoy recuperando incluso la lucidez. Los poderes de la bruja se debilitan por momentos.

-¡Es estupendo! –Hye Rin aplaudió, soltando un gritito de júbilo-. ¡Estamos más cerca de nuestro objetivo!

-Pero si Kyung Hee vuelve… su poder retornará al estado habitual. Y sin ella aquí, no podremos prepararle una emboscada. Es la serpiente que se muerde la cola. Hagamos lo que hagamos, estamos perdidos –expuso el menor.


¿Qué debían hacer, entonces?

sábado, 25 de enero de 2014

Ken - Capitulo 3

-¿Qué haces? –inquirió N ladeando ligeramente la cabeza. Se había posicionado de pie al borde de la celda, apoyado en el marco con los brazos cruzados. Seguía, sin embargo, con una usual expresión serena que no era más que una máscara que contenía toda su ira. Hye Rin lo ignoró. Tendió el futón a los pies de la celda de Ken y colocó las cálidas mantas encima. Los presentes ahí estaban inusualmente tranquilos.

-Estoy preparándome para dormir. ¿No lo ves? –contestó ella. N arqueó una ceja.

-¿Aquí? –Dijo Hyuk-. ¿Con nosotros? ¿No tienes una cama mullida arriba?

Hye Rin torció la boca en una mueca.

-No me gusta. Todo está frío y solitario…

-No creo que más que aquí –murmuró Ken.

-Sí, te lo aseguro. Necesito estar con otras personas para sentirme cómoda.

Otro silencio. N tragó saliva y se agarró de un vidrio sobresaliente.

-¿Qué te hace pensar… -empezó-… que nosotros somos personas?

La pelirroja se incorporo y se acercó al inestable chico. De pronto, todos se tensaron y esperaron lo peor, pero cuando Hye Rin agarró la mano de N éste solo permaneció inmóvil de la sorpresa. Hizo sobresalir uno de sus dedos y le señaló los ojos.

-Tienes dos –ahora posó el dedo en su propia cara-. Yo también tengo dos. Una nariz… -repasó la cara de N y volvió a la suya-. Y yo también tengo. Poseemos lo mismo físicamente. ¿Qué encuentras de diferente? Que estés hechizado es lo único que nos diferencia.

El hombre apartó la mano con rapidez y trastabilló hacia atrás.

-Me acabas de tocar –dijo con un hilo de voz-. Ella nunca nos toca.

-Por que Kyung Hee sabe que la mataríais. Yo sé que no lo haréis.

-Estás tentando tu suerte, humana –espetó N-. Eres rara.

Las comisuras de la chica se curvaron.

-Al contrario que mi familiar, no os quiero hacer ningún daño ni os lo voy a hacer si puedo evitarlo –dijo, orgullosa.

-¿No te gusta el dolor? –Preguntó Hongbin girando la cabeza en posiciones casi imposibles-. ¿Por qué no te gusta?

-¡Y yo que sé! –Se encogió de hombros-. Me considero buena persona.

Hye Rin cruzó nuevamente la estancia hasta su futón, pero se detuvo al reparar en el muñeco que, tétrico y proveedor de tantos males yacía en la mesa. Lo agarró con ambas extremidades y lo alzó para verlo. Era viejo, deslucido y rugoso, los botones de los ojos estaban medio descolgados y la tela que lo recubría se encontraba flácida por el uso.

-Has dicho que no nos torturarías –gimió Hyuk, temeroso. La mujer se lo quedó mirando, horripilada.

-No lo pienso hacer, es una promesa. Solo estoy contemplándolo –se sentó en la cama improvisada. Le elevó un brazo, y todos lo imitaron. Dejó lo dejó caer y al unísono los de los demás hicieron lo mismo. ¿Qué macabra magia envolvía aquel muñeco Voodoo?

-Sentís todo lo que le pasa a éste juguete, ¿verdad?

-Todo –afirmó Ken-. Absolutamente todo.

Entonces tuvo una idea.

-En vez de sufrir con dolor, puedo hacéroslo pasar bien –con el monigote en las rodillas, llevó los dedos a los costados y los sacudió rápidamente. Miles de sonidos se alzaron en el aire, como el ruidoso cacareo de Hongbin, las escandalosas carcajadas de Ken, N y Hyuk e incluso las medias sonrisas de Leo y el irascible Ravi, que se doblaba sobre sí mismo ocultando la cara.

-¡Basta! ¡BASTA! –Reía el de la piel de cuarzo-. ¡Esto es peor que la tortura!

Los que no estaban atados, se contorsionaban en el suelo intentando recuperar el aliento.

-¿Qué ha sido eso…? –musitó N, arrastrándose hasta el sofá y estirándose. El pecho le subía y le bajaba con rapidez.

-Que yo sepa, es lo que se conoce como “Cosquillas” –explicó la muchacha. Hyuk sentía las piernas de mantequilla, y le costó incorporarse de nuevo, por lo que se sujetó a los barrotes.

-Ha sido… genial –dijo, enjuagándose las lágrimas de los ojos-. Menuda risa.

-Lo mejor que nos ha pasado –añadió Ken. Hye Rin sonrió.

-¿Por qué lo has hecho? –habló Leo, acallándolos a todos. No era usual, y desde que la mujer había llegado, Leo no hacía más que hablar. Ella tardó un poco en contestar.

-Quiero que veáis que no soy ningún peligro y confiéis en mí.

-Danos una razón para hacerlo –pidió N, de nuevo serio. La chica suspiró.

-Si lo hacéis, podré tener el valor de exigir a Kyung Hee que os libere –confesó-. No puedo hacerlo sola.

-No podrás convencerla –dijo Ken, con ojos tristes-. Ella es cruel, sádica y fría como un témpano. Tienes que acabar con su vida para liberarnos.

Hye Rin se estremeció.

-N-no puedo hacer eso – reveló, afligida-. No soy capaz…

-Entonces seguiremos condenados a estar aquí abajo para siempre –dijo el menor de todos ellos.

La desolación los envolvió.

-No -se opuso Hye Rin-. No lo permitiré. Todo se arreglará. Os lo prometo.

-Demasiadas promesas para alguien tan joven –canturreó Hongbin-. Haciendo frente a la rubia, no sobrevivirás.

La mujer puso los ojos en blanco y se metió bajo las sábanas con el muñeco al lado.

-Hye Rin –la llamó Ken-. ¿Qué razón hay para dormir cerca de mí?

-Me siento más segura contigo –enrojeció violentamente ante la tímida mirada del otro, dándose cuenta de sus palabras-. Quiero decir… tú no intentas matarme, ¿verdad?

Ken le dirigió una sonrisa cálida, negando.

-No. No podría hacerlo.

Ésta vez fue ella la que introdujo la mano en la celda de cristal, buscando la de Ken y así entrelazar los dedos. La mujer reparó en una herida justo encima de la muñeca, rosada pero con aspecto profundo. Lo extraño es que dada su gravedad, no sangrara.

-¿Cómo te hiciste eso? –le preguntó. Ken bajó la vista hacia la herida y se encogió de hombros.

-Supongo que fue en uno de los juegos de Kyung Hee, pero hace tiempo que no me produce daño. Nos suele sacar de las jaulas, hechizados como ratas sedadas. Luego nos sienta en la silla –la de la mesa central- y nos tortura físicamente con múltiples artilugios que saca de quien sabe dónde. No podemos gritar, y aún así el dolor por dentro es… tan desgarrador… –se estremeció solo de recordarlo. La pelirroja se compadeció-. Por suerte, soy al que menos veces escoge. Suelen divertirle Hongbin, N y Ravi. A veces solo los paraliza de cuello para abajo para poder oír como chillan.

-¡Es espantoso! –Exclamó, abrumada por un sentimiento de misericordia y culpabilidad-. ¡No debe continuar, no debe! Haré lo que sea para sacaros de aquí. ¡Es una pesadilla!

Ken le dio un apretón en la mano.

-Si lo haces, te estaremos agradecidos. Pero no seremos felices a costa de ponerte en peligro.

-Habla por ti. A mi me da igual –espetó N. Hyuk chistó.

-Silencio –lo mandó a callar, sorprendiéndolos a todos-. Si hay una posibilidad… Si la hubiera…

A Hye Rin se le desencajó la mandíbula. ¿Dónde estaba el pesimismo irracional del pequeño?

-Me puse en peligro en el preciso instante en que decidí no torturaros. No creo que cambie demasiado mi futuro.

-Prométeme que tendrás cuidado, Rinnie.

Los ojos de la chica se abrieron de par en par hacia Ken.

-¿Ahora tengo mote?

El muchacho se rascó la cabeza, azorado.

-Es la forma cariñosa de llamarte. Así sabrás que no te odio. No, es absurdo. No podré odiarte nunca.

El pecho de Hye Rin se llenó de una inexplicable felicidad, y su ritmo cardíaco incrementó de forma considerable. Se fijó en que su mano seguía entre las del chico y tragó saliva, nerviosa. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué se sentía de esa manera? Se pendió en sus ojos, esos orbes castaños que la observaban con tibieza y ternura y parecían querer transmitirle todo lo que sentía. Ken acarició con los dedos, despacio, la piel de los nudillos y los largos dedos de ella.

-Hoy tienes las manos frías –comentó. Hye Rin se encogió de hombros.

-Ésta casa está helada. Es normal.

-Si pudiera salir de aquí, yo…

-¡Blah! –Irrumpió Hongbin-. Si seguís hablando en ese tono tan empalagosamente dulce, acabaré vomitando arcoíris y unicornios rosas.

Ken lo fulminó con la mirada, pero a Hye Rin se le escapó la risa. Hongbin cacareó, juguetón. Le hacía gracia la reacción de su compañero de celda.

-Es tarde –dijo entonces-. Deberías dormir ya. Velaré tu sueño ésta noche.

Sin embargo, Hye Rin vaciló al apartarse. Quería seguir en contacto con él, y ese pensamiento la asustó. Sacó lentamente la mano de la jaula y se metió bajo las sabanas, el muñeco a su lado. Acercándolo, lo abrazó con delicadeza y enterró la cara en él. Si bien tenía un olor a polvo y a suciedad bastante notorias, no le importó.

Son ellos. Si esta marioneta contiene sus voluntades, la protegeré pase lo que pase. Aunque me esté jugando la vida

Se sumió en las brumas del sueño, que no duraron demasiado. Unos gemidos la desvelaron y en cuanto se acostumbró a la penumbra que la rodeaban, enfocó torpemente la fuente de quejidos. Más bien, las fuentes.

-¿Ken…? –el sonido ronco de su propia voz le parecía extraño. Por ello, carraspeó-. ¿Qué…?

Señaló el muñeco con un dedo tembloroso.

-¡Oh! ¿He hecho algo mal mientras dormía? ¿Os he hecho daño? –empezó a preguntar la muchacha, temerosa de que algo malo hubiera sucedido. Sentía un nudo en el estómago y acunó el “juguete” entre sus brazos-. No lloréis, por favor. Oh, madre mía. ¿Qué he hecho?

-Es tan… nostálgico… -empezó el de la ropa a jirones-. Me siento tan apenado…

Incluso N, que parecía empeñado en negarse a llorar, finalmente varios regueros cubrieron sus oscuras mejillas.

-Dime, Hye Rin –dijo-. ¿Alguna vez te han abrazado? -La chica, perpleja, asintió sin saber a qué venía la pregunta-. Lo que estás haciendo en este momento es como si lo fuera. Lo sentimos. Sentimos tu calor a través del muñeco.

-Tan cálido como el sol –susurró Hyuk-. Y a la vez tan doloroso como una quemadura… Eso es lo que es.

Hongbin permanecía encogido sobre sí mismo, las piernas en alto y los brazos en cruz rodeándose los hombros. Se mecía de adelante hacia atrás gimoteando y riendo al mismo tiempo. Ravi no emitía ningún sonido, y Leo… Leo evitaba girarse. Ante esa visión, Hye Rin no pudo evitar sentirse compungida. No sabía cómo expresar lo triste que estaba, por lo que se aferró al monigote como si de su propia vida se tratase.

-Lo siento –sollozó-. Lo siento tanto… perdonadme… perdonadme por ser débil… Por favor, perdonadme…

Lloraron, largo y tendido hasta que sus ojos se secaron y el sueño, de nuevo los venció a todos.


Aquella noche soñó con criaturas sobrenaturales, junto con Kyung Hee. Pero a la mañana siguiente, Hye Rin no fue capaz de recordarlo.

***

Sé que es corto, pero ésta historia no será larga como las demás, e intento racionar las ideas por capítulos, y intentar alargarlo un poco más... >< Gracias!!