domingo, 20 de abril de 2014

Ken - Capitulo 7 - Final

Kyung Hee no vino al día siguiente. Ni siquiera al otro. Así que la mañana del tercer día, cuando amaneció, como siempre se encendieron las luces automáticas verdes, revelando una escena bastante desoladora. Hye Rin yacía totalmente quieta contra la pared entre las celdas de Ravi y Ken. Los brazos caían a cada lado de su cuerpo como cuerdas flojas, y el pelo pelirrojo por delante de la cabeza agachada, sucio por el paso de las interminables horas.

Apenas tenía fuerzas para relamerse los deteriorados labios y sin embargo, apretaba con perseverancia la varilla de metal con la mano izquierda hasta el punto de clavarse las uñas en la palma. Mantenía los ojos cerrados para reservar energías, pese a que éstas menguaban a cada minuto. Los chicos seguían tan bien como siempre. No era la primera vez que los olvidaban y no les daban de comer, pero viendo como su amiga iba perdiendo la vida poco a poco, se sentían a punto de desfallecer.

Hyuk no lograba derramar más lágrimas y se había resignado a mirarla hasta que… bueno, hasta que pasara lo que tuviera que pasar con la muchacha. ¿Qué podían hacer ellos estando encerrados como viles ratas?

-Hye Rin… Rinnie… ¿estás consciente? Contéstame por favor… -suplicó Ken. La chica asintió casi imperceptiblemente y suspiró. ¿Es lo que buscaba Kyung Hee? ¿Extenuarla hasta la muerte? ¿Ese era su castigo? ¿O simplemente quería que llegara un punto en el que, cuando la rubia entrara, no supusiera ninguna amenaza? Pues… si ese era su plan, se equivocaba al subestimarla.

Finalmente, la puerta se abrió. Kyung Hee la contempló un instante, con una sonrisa maliciosa en la boca. Paseó lejos de ella tarareando una melodía que no era conocida para nadie. Entonces por fin habló.

-No te habías dado cuenta, ¿verdad? –levantó un dedo. En el lugar señalado, una cámara apenas visible era descubierta por primera vez. La luz roja que emitía daba a entender que estaba grabando lo sucedido. La rubia negó, chistando tres veces-. Muy mal, Rinnie, muy mal… Siento no haber venido antes, pero tenía que revisar las cintas grabadas. Ya sabes, la costumbre. Y no veas la sorpresa que me he llevado de que mi familiar me engañara con tanto descaro. Se puede decir que es la primera vez que alguien logra mentirme así. Mejor dicho, es la primera vez que alguien a quien he confiado mi casa lo logra. Pero… no volverá a pasar más.

“Me distraje, y ahora, debes pagar por ello. ¿Rinnie? ¿Estás viva aún? ¡HA HA HA! –su risa se elevó en el aire, escalofriante-. ¿De verdad te enamoraste de mi mascota? Qué ilusa, cariño… Bueeeno… creo que seré buena contigo, ya que después de todo, no pudiste liberarlos. En cuanto te mate a ti, los mataré a todos, empezando por tu enamorado, ¿qué me dices? ¿Te gusta la idea de congregaros toooodos de nuevo? ¡Dímelo! –estando cerca, le propinó una patada en las costillas que tambaleó a la pelirroja. Ésta tosió y se levantó.

Le temblaban las rodillas, pero se ayudó de la mano de Ravi, que gentilmente la había sacado por si necesitaba ayuda. No, ya no le gruñía. Ya no gritaba. Su mirada era del todo humana, e incluso las marcas oscuras de su cuerpo empezaban a desaparecer.

El gesto no pasó desapercibido para otra mujer, cuyo rostro devino rojo de la rabia.

-¿Por qué lo haces, Kyung Hee? –Susurró Hye Rin, débilmente acercándose a ella-. ¿Qué te he hecho yo? ¿Qué te han hecho estas personas? ¿Qué te ha hecho el mundo para que los odies tanto y guardes tanto rencor?

-¿Que qué me han hecho? –volvió a reírse. No fue agradable-. Todos me odian. Siempre me han odiado. Y por eso los odio. Solo quiero que el mundo pague por el crimen de odiarme. Yo solo quería ser aceptada pero... las brujas no están bien vistas en este mundo. Sucia escoria terrenal... ¡Los odio a todos! ¡Y tú, miserable embustera, tú morirás con la humanidad entera!

Entonces todo sucedió muy rápido. Con un grito, Hye Rin se abalanzó contra la rubia, la varilla afilada por delante. Kyung Hee reaccionó a tiempo, agarrándola de las muñecas y ambas forcejearon por la sala. La pelirroja había estado reservando fuerzas llegado el momento, y no obstante, no fue suficiente. Estaba demasiado endeble como para seguir la pelea.

Y entonces, se decidió ganadora.

La bruja asestó un cabezazo a la débil mujer, que se tambaleó hacia atrás. La varilla cambió de manos y Hye Rin soltó un gemido de dolor cuando el filo puntiagudo la atravesó de parte a parte por el estómago. El tiempo pareció congelarse. La pelirroja bajó la vista, incrédula a lo que veía. Ajena a los gritos desgarradores de sus amigos siguió viendo como la sangre escapaba de su cuerpo en goterones abundantes. Con la visión borrosa se dio cuenta por fin de lo que pasaba: se estaba muriendo.

Cayó de rodillas y se quedó ahí, impotente.

-Espero que hayas aprendido la lección, cariño –siseó la otra, fríamente-. Y espero que te reúnas con tu padre en el más allá. Si no te vas al infierno, por idiota. Ha sido divertido mientras ha durado, ¿sabes? Ojalá pudieras vivir un poco más, pero… creo que no será posible.

Miserable…, pensó Hye Rin. No supo de dónde sacó fuerzas, ni donde estaban alojadas ni por qué no habían salido antes, pero lo cierto es que pudo levantarse y empujar fieramente a su familiar contra la celda de Leo. Después, se desplomó en el suelo y no se volvió a mover.

-Estúpida cría… -espetó la mujer, mirándola con desprecio. Sin embargo, unos brazos la inmovilizaron y sintió la mano derecha de Leo sobre su rostro. Kyung Hee, se sacudió como pez fuera del agua, aterrorizada. La suave y peligrosa voz de Taekwoon fue lo último que escuchó.

-Vete al infierno tú, bruja –le partió el cuello sin miramientos y el cuerpo sin vida de Kyung Hee se dobló hacia un lado. Amortiguadas, las palabras de Hongbin flotaron tétricas:

Criaturita, criaturita, ¿a dónde vas?
A la tela de araña directa caerás,
Si tienes miedo, ojitos cerrarás.
Tu cuello pronto de un hilo penderá
¡Y la criaturita, sufrir ya no sufrirá!

Ocurrió lo que todos habían estado esperando. Volvieron a ser humanos en su totalidad. Los cristales desaparecieron como por arte de magia. Las cuerdas que mordían la piel se rompieron. Las verjas de metal reventaron. Y el muñeco Voodoo, que tanto mal les había causado se incendió junto a la varilla alojada en el cuerpo de Hye Rin, volatilizándose. En las paredes y el techo de la estancia empezaron a aparecer unas muescas que cada vez se iban haciendo más grandes y profundas.

El poder de Kyung Hee mantenía el lugar en perfecto estado pero, una vez muerta, estaba retornando a su forma original.

-¡¡HYE RIN!!

Ken se lanzó a por la mujer, que seguía inmóvil boca abajo. La giró con aflicción, el corazón roto. Quiso evitar mirar la herida, sabiendo con lo que se toparía. Por el contrario, le palmeó las mejillas hasta que parpadeó paulatinamente.

-¿Jae Hwan…?

-Estoy aquí, pequeña. Estoy aquí. No te duermas aún –intentó levantarla, pero no pudo-. ¡Hakyeon, hay que sacarla! ¡Esto se va a venir abajo!

-¡En mi espalda! ¡En mi espalda! –repetía el nombrado, agachándose. Una vez fue subida, las siete personas salieron por las escaleras que conducían al exterior, anhelantes de respirar libertad. Hasta que… la última puerta se abrió y les recibió la luz.

***

Nunca pensé que volver a ver el sol hiciera tanto daño como en ese momento. Cerré los ojos por inercia, y aún así podía distinguir los suaves destellos amarillos a través de los párpados. El cálido viento azotó mis mejillas, como dándome la bienvenida de nuevo. Qué agradable… casi había olvidado lo que era el viento… 

Entrecerré los ojos y observé los colores del campo delante nuestro, el vaivén de las hojas de los árboles por la brisa, y sobre todo, el sonido de los pájaros cantando. Quería gritar de júbilo. Me sentía vivo, capaz de nuevo. Era libre, nadie me retendría jamás. Busqué la mirada de mis compañeros, que al parecer, sentían lo mismo que yo.

Hyuk hizo lo que yo no había hecho. Chilló. Chilló de alegría desbordante. No pude más que corearle, y continuar observándolos a todos. Pero de pronto… la vi a ella. Me miró con una sonrisa cansada. Sus brazos dejaron de rodear el cuello de Hakyeon, abandonando definitivamente. Leo la sujetó por detrás de los hombros, estirándola en el césped marrón. Todos se reunieron entorno a Hye Rin. Su piel estaba pálida, casi cadavérica. Y todo lo que me había parecido gozoso, había perdido su color. Ya nada era bello, pues lo único que realmente me importaba, estaba a punto de extinguirse.

***

Ken se agachó al lado de su enamorada, sujetándole una de las extremidades. Estaba tan sumamente fría… Respiraba con pesadez, esforzándose en no perder el ritmo.

-Kyung… Hee…

-Está muerta. No hará daño a nadie nunca más –contestó. Taponó la herida con la mano, llenándose de sangre que no cesaba en derramarse. Se iba poco a poco formando un charco tiñendo la hierba-. Te vas a poner bien, Rinnie. Podemos llevarte a un hospital y…

-¿Jae Hwan…? –sollozó-. ¿Estás… aquí…? ¿Puedo tocarte… puedo hacerlo…?

Le acarició la mejilla, y él rozó la delicada palma con los labios mientras empezaba a llorar.

-Sí, pequeña… -se le quebró la voz-. Ahora ya podemos estar juntos. Compraremos la casa que nos prometimos, en medio del campo con chimenea y mantas, ¿recuerdas? Donde nadie nos molestará…

La pelirroja asintió, sonriente. Se inclinó para besarla e incluso en aquella situación, a ambos les pareció el mejor regalo de todos. No fue un beso pasional como tantos otros, sino que estaba cargado de amor puro e inocente, de dulzura sin precedentes. Daba igual quien los mirara, daba igual si a alguien le importaba. Solo existían ellos dos en ese momento. Cuando se separaron, la chica susurró:

-Jae Hwan, te quiero. Muchísimo.

Ken abrió la boca pero de ella solo salió un leve gimoteo angustiado.

-Hye Rin… yo también te quiero… te quiero demasiado…

Cuando buscó sus ojos, no le devolvieron la mirada. Éstos contemplaban un punto fijo en el horizonte, allí por donde el sol se alzaba en su máximo esplendor. Con las manos temblando le tocó la cara y la llamó una y otra vez, mas no obtuvo respuesta alguna. Hye Rin se había ido para siempre. Ken nunca supo si la muchacha había sido consciente de sus últimas palabras, pero quiso pensar que sí, porque de lo contrario, sería muy triste.

Duerme, pequeña… duerme hasta que nos volvamos a encontrar…

***

Las brumas se disiparon por fin, y Hye Rin se encontró frente a una casa demasiado familiar para ella. Cerca había un columpio que se mecía solo. ¿Qué hacía ella allí? Fue recordando y frunció el ceño, compungida. Estaba muerta. Si, lo estaba. ¿Y entonces? ¿Qué tenía que hacer? Echaba tanto de menos a Jae Hwan…

Una figura oscura fue solidificándose a cierta distancia. Otra cosa que le resultaba familiar. Se acercó, dando primero un paso, y luego otro. Cuanto más se acercaba, más lo reconocía. Su padre.

“Papá…”, habló, y le sorprendió su propia voz infantil. Era de nuevo una niña de exactamente la misma edad en la que su padre falleció. Corrió a sus brazos recibiendo el abrazo que había ansiado siempre de él. A pesar de estaba contenta, recordó a su amado y bajó la cabeza. Su padre la miró, preocupado.

“Papá”, repitió, “¿Crees que he hecho bien, marchándome?  Jae Hwan estará tan solo…”

Él negó y Hye Rin supo la respuesta a sus dudas.

“Estará bien. Tiene una vida que vivir. Será feliz, algún día no muy lejano con alguien a quien ame más que a mí”.

Y los dos, padre e hija fuero a jugar al columpio, riendo radiantes por toda la eternidad.


Hasta que nos volvamos a encontrar…

viernes, 18 de abril de 2014

Ken - Captulo 6

-Está aquí –siseó Hongbin, alzando la cabeza. Su cara tenía una horrible mueca macabra que hacía muchas semanas que nadie había visto. Hye Rin se levantó como movida por un resorte, paralizada. Dejó de pelar la manzana que tenía entre las manos y la dejó en la mesa. Hyuk se tragó un gajo de mandarina que le quedaba y se hizo un ovillo en el suelo, balanceándose de adelante hacia atrás.

-Estamos perdidos… estamos perdidos… estamos perdidos…  -decía una y otra vez. El corazón de la chica empezó a latir a un ritmo desenfrenado, temiéndose lo peor de aquella situación. Y en efecto, así era. Cuanto más se acercaba Kyung Hee, más rápido volvían a su estado inicial. Como un retroceso al pasado, como si nada de lo que había hecho la pelirroja hubiese servido para nada.

-¡Chicos…! ¡Chicos, no…!

-No te acerques –la advirtió N, el rostro crispado y un brazo estirado en su dirección. Un golpe la asustó de sobremanera y posó los ojos en el causante, en este caso, Ravi. Se lanzaba con fiereza contra el cristal, que emitía dolorosos crujidos como si se fuera a romper. Entonces la muchacha corrió hacia Ken y pegó la cara en el vidrio.

-¡Ken! ¡KEN! –gimió con desesperación a una persona que parecía no escucharla. Su expresión era de total desconcierto y afabilidad, pero era una afabilidad distante. Hye Rin supo entonces que se había cavado un largo y hondo abismo entre los dos.

Escuchó sus propios sollozos por encima de los miles de gruñidos que flotaban en el aire. Intentó retener las lágrimas que se formaban en sus ojos, sin éxito.

-¡Jae Hwan! –lo llamó por el nombre. El nombrado clavó sus orbes castaños en ella, abriéndolos desmesuradamente.

-¿Acabas de… llamarme por mi nombre real? –tras unos segundos exhaló el aire, recordando-. ¡AH! ¡Hye Rin! ¡He estado a punto de olvidarte…! Hye Rin… -tragó saliva-. Está demasiado cerca.

-Siéntate –ordenó Leo-. Actúa con normalidad. No todos estamos sumidos en el sopor de la magia negra.

-Taekwoon… -dijo la chica. Leo entreabrió los labios en un silencioso jadeo.

-Sienta bien escuchar tu nombre real sobre todo cuando estás a punto de olvidarlo y convertirte en una marioneta de nuevo. Ahora, haz lo que te he dicho, cierra la boca y límpiate las lágrimas de las mejillas.

***

La llave abrió la gran puerta de acero con el usual chirrido punzante que la caracterizaba. Lo hizo hacia dentro, dejando ver desde la celda de Hongbin hasta, una vez abierta, la de Ravi y todo lo que había. La rubia entrecerró los ojos para acostumbrarse a la penumbra verdosa que celaba el lugar ubicando en el centro a su pariente con el muñeco en las manos. Se quedó ahí, contemplándola con serenidad fingida, mientras veía como sacudía el muñeco de trapo grácilmente, sin prisa pero contundentemente. Acarició la idea de acercarse sigilosamente, apartar ese abundante pelo pelirrojo hacia un costado. Sabía que su pariente se estremecería. Nadie la soportaba. Ni siquiera sus queridas mascotitas. Entonces rodearía el blanco cuello como porcelana fina con las manos, casi del mismo tono que éstas y apretaría, primero suavemente y luego con fuerza. Quizás intentaría patear un poco, gritaría ahogadamente, pero no podría hacerlo del todo, porque estaría inmovilizada por la magia. Y el brillo del iris se le apagaría, muriendo poco a poco sin oxígeno.

Sería otra víctima más de su devastador poder. Sin embargo, Kyung Hee no hizo nada de lo que en menos de tres segundos había planeado.

-Hola Hye Rin –habló. Seis pares de ojos se volvieron hacia la persona que había hablado, y la pelirroja se enderezó. Ladeó la cabeza, dejando el muñeco sobre la mesa.

-Bienvenida de nuevo, Kyung Hee.

Una de las comisuras de la rubia se curvó, mientras pasaba los dedos por el cristal de Hongbin. Éste empezó a reírse descontroladamente.

-Hasssss vuelto…. –graznó-. Sssssucia bruja…

-Controla esa lengua, cariño –advirtió Kyung Hee-. Podría arrancártela sin querer.

Se mantuvo en silencio, pero el odio que le procesaba se hacía palpable. Casi podía escucharse el siseo de su voz diciendo “Tripas por doquier… cubrirán la habitación de rooooosaaa”.

-¿Has estado bien? –inquirió de pronto, sin mirarla.

-Perfectamente –y añadió-. He tenido bastantes problemas, en realidad. Me descuidé en algunas cosas.

-No importa. ¿Qué les has dado de comer?

Hye Rin no había pensado en esa pregunta. Ni siquiera tenía en mente qué podía contestarle. Pero reaccionó rápido tras el pequeño lapsus.

-Sobras. Restos. Y un poco de agua.

Kyung Hee fue asintiendo a cada palabra.

-Es curioso. Diría que incluso los veo más rellenitos… y con más color.

La otra se tensó.

-Más rellenitos dice… -gruñó N, con los ojos fijos en Hye Rin-. Esa repugnante furcia es exactamente como tú. ¿Os viene de familia quizás? Odio cada ración de asquerosa comida que me ha dado, cada bocado frio e insulso.

-Así… -murmuró la pelirroja, siguiéndole el juego-. ¿Así me pagas que os haya dado una porción de lo que yo comía? Tendrías que dar gracias a que al menos os he alimentado todos los días.

-¡Miserable…! -chilló el moreno.

-Vale, parad –intervino Kyung Hee, divertida-. Es muy entretenido veros discutir, e imagino que esto ha pasado a menudo durante las semanas, ¿me equivoco?

Su pariente negó con la cabeza.

-Prácticamente, todos los días. A veces me cansaba y los dejaba sin comer el día entero. Ya sabes –bajó la voz-. Como me dijiste.

La rubia aplaudió efusivamente, dando saltitos por la habitación.

-Muy bien. ¡Muy bien! –exclamó-. Me gusta esa actitud. Sí, me gusta mucho. ¿Has utilizado el muñeco?

Hye Rin intentó hacer un gesto despreocupado y a la vez, malvado. Pese a que la otra estaba de espaldas, Ken vio el gesto y se aguantó las ganas de reír. Al parecer no había salido como ella había querido desde el principio, por lo que dio gracias a que no se había girado.

-Por supuesto que lo he hecho.

Kyung Hee la observó dubitativamente, tamborileando el dedo índice con la uña negra sobre los pequeños labios rojos como fresas.

-Quiero verlo.

La pelirroja creyó no haberlo entendido bien.

-¿Pe-Perdón?

-Que quiero que cojas el muñeco y los hagas sufrir –se lo dio junto con la aguja-. ¿No lo has hecho muchas veces? Por una vez, quiero ser una mera espectadora. ¿Me harás ese favor?

Las manos de la muchacha temblaron cuando sostuvieron el juguete y la varilla puntiaguda. Su respiración se aceleró. Sentía la sangre bombear en las sienes, sin saber qué hacer. Buscó la mirada de Ken, y este sacudió la cabeza de un lado a otro, derrotado. Lo vio articular un “hazlo”. Se volvió hacia N y obtuvo la misma respuesta.

“Estaremos bien”

Con todo el dolor del mundo, alzó el objeto y lo clavó en el monigote. Se hizo silencio. Un silencio vacío que fue ocupado por los gritos agónicos de sus amigos. Volvió a clavarlo. Una. Dos. Tres. Cuatro. Hasta cinco veces mientras las lágrimas empañaban su visión.

No había querido hacer daño a nadie. Lo había prometido. Y esa promesa estaba hecha añicos junto a su corazón.

-Suficiente –la detuvo la bruja-. Creo que ya has tenido suficiente.

Su voz estaba cargada de una mezcla de emociones negativas que ponían los pelos de punta. Odio, rencor, frialdad glacial, crueldad, desprecio…

-Dime una cosa, Hye Rin. ¿De verdad piensas que soy tan estúpida como para creerme que has tocado ese muñeco para algo más que para limpiar el polvo? Eres bastante idiota –la agarró del pelo. La pelirroja reprimió un quejido-. Espero que hayas aprendido la lección. Conmigo no se juega, cariño.

La lanzó bruscamente y cuando intentó frenar la caída, Hye Rin se golpeó el codo en el frio suelo. Escuchó un crujido y se oprimió el brazo con la otra mano temiendo habérselo roto. Pero el dolor no era comparable al que sentía en el pecho, a la culpa que la corroía por dentro.

-Te quedarás aquí hasta que yo decida qué castigo imponerte por tus mentiras. Pásalo bien con tus amigos mientras puedas, que no será demasiado tiempo.

Kyung Hee cerró la pesada puerta tras ella, y el suave “clic” indicó que la estancia estaba cerrada bajo llave. La pobre muchacha no se levantó. Si siguiera quería moverse mientras lloraba. ¿Dónde se había metido? ¿Por qué sucedía todo esto? Y lo más importante: ¿Cómo podría ayudarlos, ahora que se había perdido toda esperanza? No podía mirarlos a la cara…

-Hye Rin –la llamó Ken-. ¡Hye Rin, arriba!

Ella negó, derrotada.

-Hye Rin –volvió a nombrarla, esta vez N-. Estamos bien. Ni siquiera nos has hecho daño.

Parpadeó. ¿Qué?

-¿Como que…? ¡Es imposible… yo…!

-Tampoco sabemos que ha pasado –continuó Hyuk-. Cuando clavaste la aguja y no percibimos nada, nos vimos en la obligación de fingir el dolor. Por tu propio bien, y por el nuestro.

-¿Cómo es posible? –hipó la chica. Pese a estar de pie, continuaba aguantándose el brazo-. Parecía tan real…

-Tantos años de dolor, es lógico que sepamos cómo se grita –rió Hongbin. No seseaba en absoluto, lo que hizo llegar a la conclusión que también estaba fingiendo.

Ken puso mala cara.

-No tiene gracia –murmuró.

-Pero apuesto a que es así, ¿o no? Ahhhh……. –el de los ojos en cruz golpeó el vidrio con la frente-. La explicación más lógica a lo que acaba de pasar es que el muñeco se nutre de las voluntades de quienes lo poseen. Si tu deseas torturar a alguien, el muñeco te obedecerá. Pero si haces algo en contra de tus propios sentimientos, es lógico que eso te haga caso a ti y no a lo que te obligan a hacer. Por eso, tenemos que pensar en algo para salir de aquí antes de que se de cuenta.

-Solo queda esperar a que baje y que Hye Rin acabe con ella –sentenció Ravi, reafirmando sus palabras, golpeando el puño en la palma abierta.

La mujer ya no se negó a ello. Había tomado una decisión, y era lo más correcto que jamás había deliberado. Asintió, perdida en sus cavilaciones.

-Rinnie… -dijo Ken-. Se fuerte. Pronto acabará todo.

Temblando, saltó dentro de la jaula de N para sentarse en el sofá. El chico la acompañó, contemplándola sin emitir ningún sonido.

-Tengo miedo –suspiró ella.

-Todos tenemos miedo –aclaró el moreno-. Miedo por ti. No queremos que te ocurra nada.

Hye Rin lo examinó por unos instantes.

-Has cambiado, Hakyeon.

Se encogió de hombros.

-Todos hemos cambiado, gracias a ti –se levantó-. Ahora descansa bien. Mañana será un día duro. Debes estar despejada y alerta.

sábado, 15 de marzo de 2014

Ken - Capitulo 5

-Esto es demasiado aburrido –gimió Hyuk, con la cabeza contra los barrotes. Se había cansado de dar vueltas por su celda y ahora estaba quieto, los brazos colgando por fuera. Una pelota volaba de una punta a otra, de las manos de N a las de Hye Rin. Ambos jugaban para matar el tiempo, que pasaba tan lentamente que exasperaba.

-Hakyeon –lo nombró, después de la revelación de su verdadero nombre unos días antes, la chica aprovechaba cualquier pretexto para hacer uso de él-. ¿Puedo preguntarte algo?

-Hmm… -asintió, con la vista fija en el juguete.

-¿Cómo era tu hermana? –preguntó. Lejos de ofenderse o sentirse herido, N sostuvo la bola entre las palmas y miró a la muchacha.

-Aún la tengo un poco borrosa pero… recuerdo que tenía una larga cabellera negra como el carbón. Sus ojos eran redondos y oscuros cuales pozos, mientras que sus labios, rojos como cerezas. Era preciosa, a mi parecer. No llegaría a los 15 años.

Luego lanzó de vuelta la pelota contra Hye Rin, de una manera tan torpe que ésta salió rodando hasta la celda de Leo. Antes de acercarse, la chica lo miró con recelo, pero desechando cualquier pensamiento negativo caminó hasta allí. Taekwoon recogió la pelota con una mano y se la entregó sin hacer ruido. Pero antes de que se fuera, habló.

-¿Tú no tienes familia?

Se detuvo a medio camino.

-Bueno… sí. Algo así –contestó ella.

-¿Cómo que “algo así”? –Inquirió N-. O la tienes o no la tienes. No hay término intermedio.

-Vale, vale. La tengo. Solo qué… la mitad no lo es –apretó la bola contra el estómago, para intentar deshacer el nudo que tenía-. Mi madre se volvió a casar cuando mi padre murió hace dos años. No quise aceptarlo. No. No quiero aceptarlo. Se casó tan felizmente, mientras yo seguía llorando la perdida de mi figura paterna. Lo peor fueron los niños que él trajo a nuestra casa –puso claro énfasis en las últimas palabras-. Rompían cosas, tiraban de la cola al perro, me insultaban constantemente… es bastante deprimente que chiquillos de 14 años estén tan poco formalizados, ¿verdad? –rio amargamente-. Quería tener cualquier pretexto para salir de aquella jauría de palomas que no hacían más que gritar y gritar y…

-Basta –ordenó Ken, de pronto. Todos se fijaron en él, como si hubiera hecho algo fuera de lo normal-. No quiero escucharte más.

Hye Rin tragó saliva, compungida.

-Siento ser tan desagradable, pero solo…

-¡He dicho que te calles! –exclamó él, y la muchacha dio un salto hacia atrás-. ¿Crees que tienes derecho a quejarte? ¿Crees que eres la que peor ha vivido? ¡Yo era huérfano! Sabes lo que es compartir la comida con otras personas, ¿no? Pues deberías saber cómo me sentía yo cuando solo tenía un mendrugo de pan y tenía que dar la mitad a otras diez personas que pasaban hambre igual que yo. Y cuando crecí, tuve que salir del Orfanato y vivir en las calles. Ahora… ahora creo que prefiero estar aquí.

Hye Rin contuvo las lágrimas que se formaban por inercia. Quería decirle que todo estaba bien, que cuando todo terminara, los dos vivirían juntos en una casa lejos de todo el mundo. No habría frío que calara en sus cuerpos delante de la chimenea envueltos en mantas, muy cerca el uno del otro. Querría añadir que, con el tiempo, ella misma borraría su pasado de la mente y crearían uno nuevo. Pero las palabras no le salían de la boca y alargó el brazo para introducirlo dentro de la jaula y quizás, darle un apretón de apoyo.

Notó que la trampilla que conectaba el exterior con Ken estaba bloqueada, y vio como éste era el causante, porque había colocado la mano de forma que era casi imposible abrirla. La chica lo miró, pero Ken desvió la vista, entristecido. Con la vergüenza sobre sus hombros, enterró la cara entre las manos y salió de la estancia hipando, sabiendo que el abismo que los separaba se iba agrandando por momentos.

***

Cuando se acercó la hora del almuerzo, Hye Rin no tuvo otro remedio que bajar a alimentar a los chicos. No quería mirarlos a la cara después de recapacitar seriamente y darse cuenta de que su estupidez no tenía límites. Ella que conservaba la familia… cuando muchos de ellos ni siquiera tenían todos los miembros de ésta completos. Tan necia…

Entró en la estancia con la bandeja en los brazos, abatida. Después de servir en algunas celdas, se percató de que tanto Ken como Hyuk estaban profundamente dormidos. No se lo reprochó, ya que los pobres chicos no tenían otra cosa que hacer en el reducido espacio. Pasó por la “habitación” de N para darle un plato de tarta, cuando inesperadamente se acercó a la muchacha y señaló su sofá. No sabía qué quería, pero tras evitar el vidrio que se situaba en el suelo, punzante, dando un saltito, llegó hasta el gran sofá y se sentó en un extremo. N llegó a hacer lo mismo, hundiendo el tenedor en el trozo de pastel, llevándoselo a la boca y saboreándolo con parsimonia.

-No te preocupes por mí. No voy a hacerte nada –dijo Hakyeon, en voz baja. Hye Rin se percató de que estaba tensa, y trató de relajarse-. Ya no puedo sentir ese deseo de saltar y matar a nadie.

-¿En serio? –la curiosidad hacía mella en su persona. Antes de contestar, volvió a llevarse un trozo de tarta a la boca.

-No solo yo –explicó-. Hyuk es cada vez menos pesimista, ahora utiliza el término “Y sí…”. Hongbin está menos loco que antes, aunque aún razona sobre cosas extrañas. Leo contesta cuando le hablan. Incluso Ravi ni siquiera se altera cuando le dejas la comida y metes el brazo en su celda. Y bueno, Ken… -miró al adormilado hombre cuya respiración seguía siendo regular-. Ken está de mal humor. Él nunca está de mal humor. Siempre lo he visto con la mirada perdida, y nada más que flores en la cabeza. Vivía, como comúnmente se dice, en el mundo de Yupi.

La mujer resiguió con los ojos la espalda del castaño y reprimió un suspiro. Le dolía el pecho de turbación e inclinó la cabeza.

-No quiero que me odie –confesó con la voz rota-. No soportaría que me mirara con resentimiento.

-¿Tanto lo quieres?

Hye Rin se encogió de hombros.

-Más de lo que crees. Y ni siquiera puedo tocarlo… quiero decir, puedo, pero no tanto como querría –se sonrojó hasta las orejas al decirlo y enterró el rostro en las rodillas. N soltó una carcajada entre dientes.

-Ya he entendido a qué te referías –dijo-. Fue bastante insensato decir aquello cuando Ken había recuperado retazos de su memoria. Aunque no lo sabías, claro.

-Me arrepiento profundamente, Hakyeon. He comprendido lo equivocada que estaba. Hace unas horas, llamé a mi familia para preguntar sobre su salud. Se alegraron de oírme, y tuve la sensación que todo el odio que les tenía se había evaporado. Pero no cambiará nada, no cuando he sido tan idiota de despotricar como una cría delante de él. Bueno, y de vosotros –agregó.

-¿Algo más que añadir en tu disculpa? Si no te disculpas con él, al menos, hazlo delante de mí.

Repentinamente, los ojos de la pelirroja se llenaron de lágrimas que caían por sus mejillas. Le temblaba el labio inferior al pronunciar lo siguiente:

-Nunca había sentido lo que siento por Ken. En lo único que pienso es en sacarlo de ahí y llevármelo lejos, donde no haya Kyung Hees que puedan separarnos. Quiero una casita junto a un arroyo en un pueblo pequeño dejado de la mano de Dios y vivir allí con él. Deseo ser su familia. No podré reemplazar a la que nunca existió, pero sí mitigar el dolor que siente por su ausencia. Quiero borrarle la soledad con una simple caricia o con un abrazo por las mañanas y ahuyentar sus pesadillas en un beso de buenas noches antes de dormir. Pero todo lo veo tan improbable con Kyung Hee… y duele… duele tanto ver que es posible que no se cumpla…

 N, en silencio, contemplaba su plato vacío con expresión inescrutable, dejando que Hye Rin desahogara su tristeza contra su hombro derecho. Cuando terminó, se enderezó en el sofá y los largos dedos desterraron los últimos rastros de lágrimas que le quedaban.

-Vale –murmuró al fin el bipolar chico-. Por mí, todo olvidado. ¡Eh, Ken! Lo has oído, ¿no? ¿La perdonas ya?

Hye Rin se puso rígida como un palo y casi que no quiso ver cómo lentamente, el nombrado se iba levantando del suelo hasta clavar los iris castaños en ella. Ruborizada violentamente, pensó en saltar detrás del sofá y esconderse. Lo oyó soltar el aire y alzó la cabeza.

La miraba, pero era un mirar dulce, lleno de amor, diferente a como normalmente lo hacía. Aun así, no dijo nada, y eso hacía dudar a la muchacha hasta que hizo una señal para que se acercara. Caminando como una autómata, llegó hasta él. Volvió a indicarle que metiera la mano por la trampilla de la celda. Hye Rin meditó unos segundos e hizo lo que le pedía. Las manos de Ken apresaron la de ella y se cerraron entorno. Sintió en el dorso de ésta unas gotas líquidas que iban escurriéndose a los lados, y supo que Ken estaba llorando. Le dio un beso húmedo por las lágrimas en la piel, tan delicado como una pluma.

-A mí también me hubiese gustado compartir mi vida contigo, Hye Rin. Cada día que pasa me doy más cuenta de lo enamorado que estoy de ti. Y comparto ese dolor… Diablos… haría cualquier cosa por un roce de tus labios… o por estrecharte entre mis brazos y no dejarte ir…

La chica no pudo retener su llanto por más tiempo. Desató toda su impotencia, todo su dolor y angustia de golpe. Se retiró, agarró la silla y la elevó por encima de su cabeza. Antes de que ninguno pudiera decir nada por la sorpresa, aporreó repetidamente la prisión de cristal de Ken, sin éxito en romperlo. En cierto momento, la silla rebotó y golpeó la frente de Hye Rin, que, por el aturdimiento, cayó al suelo. Hizo caso omiso a la llamada de los chicos para que no hiciera cosas estúpidas, y acertó tener unas tijeras en el vestido. Redujo la distancia con Leo y se dispuso a partir los cables que mordían su piel. Más de nuevo, las manos le fallaron y se cortó el dedo índice. Ignorando el dolor, siguió intentándolo hasta que la mano que tenía posada en los barrotes fue cubierta por la de Taekwoon.

-Hye Rin –pronunció él-. No. No hay nada que puedas hacer.


Entonces la pelirroja soltó las tijeras, que hicieron un ruido sordo al tocar el suelo y se derrumbó entre amargos sollozos desesperados. Nadie fue capaz de consolarla de su tristeza en todo lo que restaba de día, porque era la misma desolación que albergaban los demás y que exteriorizaban a través de la delicada muchacha.

******

Siento haber hecho éste capitulo tan triste y a la vez tan corto. Deseo que esperéis el próximo capitulo con ilusión, por que ya queda poco para terminar (uno o dos capítulos a los sumo más el epílogo). ¡Gracias por leer, hasta el próximo capítulo!

sábado, 1 de marzo de 2014

Han Sang Hyuk: El Nefilim


"Han Sang Hyuk es un chico nacido Nefilim. Su padre, un hombre coreano corriente que trabajaba en las industrias de carbón de la época de los setenta se enamoró de una joven de cabellos plata, que en ese momento residía como la "sobrina" del duque del país. Cual fue su sorpresa al descubrir, que la bella doncella de la que se había enamorado era nada mas y nada menos que uno de los tres arcángeles que se nombran en los textos bíblicos: Gabriel.

Gabriel tambien quedó hipnotizada por la naturaleza del humano. Había visto muchos a lo largo de los siglos, desde los primeros primates y sus vociferaciones como neandertales hasta ese momento. Descubrió una inteligencia casi semejante en él. Se prometieron, se casaron y tuvieron dos hijos. Cuando Gabriel los vio, recordó que su vida era finita, y la de ella, infinita. Con todo el dolor del mundo, un dia desapareció. Fueron vanas las busquedas de su marido que, compungido, crió a los niños como pudo.


Hyuk y su hermano crecieron, y el primero empezó a manifestar signos de Nefilim a la edad de 16, mientras que su hermano seguía siendo una persona normal. Asustado, también los abandonó. Después de 20 años por las calles, Jae Hwan, en medio-ángel lo encontró. Le explicó qué era, ayudándolo en papeleos, le encontró casa propia y un trabajo de medio tiempo. A cambio, Hyuk  y Ken mostraban una complicidad y compartian unos secretos que ni Leo, ni Hongbin, ni Alice podrían comprender jamás..."

domingo, 23 de febrero de 2014

Hongbin - Capitulo 14

Cerré los ojos un segundo y por décima vez, me dejé embargar por el silencio que me invade. Estaba en un viejo y gigantesco garaje de paredes de chapa, como esos que salen en las pelis de policías, sentada en un desgastado tractor que, por su aspecto, parecía olvidado para siempre por su dueño.

Miré los faros delanteros, creyendo ver en ellos un atisbo de tristeza y soledad y en consecuencia se me revolvió el estómago. ¿Pensará Ken que lo hemos abandonado? ¿O por el contrario, sabrá que estamos haciendo todo lo posible por rescatarlo? Aunque el peor de mis miedos es que lo sepa, pero le dé igual.

Fruncí el ceño, preocupada. Me da la impresión de que cada vez nos alejamos más de nuestro objetivo y eso es algo que me incomoda y me pone nerviosa. Observé sin interés el amplio recinto oscurecido por la noche pero tenuemente iluminado por unas lámparas colgantes de luces amarillentas. Me habían dicho que los esperara allí ante mi negativa de quedarme sin hacer nada en casa. Ahora que lo pensaba, ¿qué podía hacer yo en un juego de titanes siendo solo un minúsculo insecto ante sus ojos?

Desplacé la vista hasta la silla posicionada en el radio luminoso de una de las lámparas. Una silla que, muy pronto, ocuparía alguien a quien habían ido a buscar los dos genios. Nunca preguntaré de cual fuente sacan su información porque tengo el presentimiento de que la respuesta no me gustará.

Hacía fresco, y di gracias al haber pensado en traer una chaqueta de más. Estaba a punto de abrochármela, cuando la puerta del garaje se abrió sonoramente y una figura se lanzó a gran velocidad contra el suelo hasta quedar casi bajo mis pies. Al momento entraron Hongbin y Leo. Adiviné que éste último había sido el que había lanzado al individuo con vehemencia y sin cuidado. Ambos parecían serenos, pero solo en apariencia.

Cuando la persona delante de mí se levantó, reprimí una exclamación de sorpresa. Era joven, no debía tener más de dieciocho años. Facciones angulosas, pómulos salidos y una fea herida en la ceja. Como respondiendo a mi pregunta silenciosa, Hongbin me contestó:

-No se estaba quieto, y he tenido que utilizar mis habilidades.

Con habilidades, se refería precisamente a sus puños. Puse los ojos en blanco a modo de contestación. El muchacho miró el lugar, perturbado, hasta clavar los ojos en mí. Se dio cuenta de que había otra persona más en la sala. Por eso, se escabulló hasta quedar escondido detrás. Pensé que me pillaría de rehén o algo por el estilo, pero simplemente se agarró de mi chaqueta, temblando violentamente.

Es solo un niño.

-Hongbin. Leo. ¿Qué habéis hecho? Es solo…

-Apártate de él –ordenó Taekwoon, tenso. Estaba esperando alguna reacción malintencionada por parte del chico que escondía, sobretodo, la cabeza en mis omóplatos.

-No es humano, Alice –le apoyó mi genio por vez primera, cosa que me sorprendió-. Es un Nefilim.

Pese a lo colegas que parecían ser, sabía que por dentro están deseando patear algún trasero. Y no solo el del Nefil. Me giré lentamente a la cabeza rubia, lo único que llegué a ver. Siendo un ser tan fuerte como él, ¿por qué se ocultaba de esa manera?

-¿Cómo te llamas? –pregunté. No esperé que me contestara, pero lo hizo igualmente.

-SangHyuk –y luego corrigió-. Hyuk.

Unos nudillos crujieron dolorosamente, notando la impaciencia de los dos seres sobrenaturales. Lo conduje a la silla, diciéndole que no pasaría nada, pero en mi voz advertí un timbre de indecisión. Ni siquiera yo sabía lo que tenían planeado para él.

-Empecemos, pues –habló el Djinn, acercándose. Colocó las manos en el reposabrazos de la silla, mirando directamente al Nefil-. ¿Qué sabes de Hyuna, Jessica y un medio ángel llamado Ken?

-Nada –contestó, temeroso. Hongbin se levantó, medio caminando medio flotando y se dio la vuelta.

-Dicen que si le arrancas las uñas a un Nefil, no le vuelven a crecer nunca jamás. Es la única parte de los de tu especie que no se regenera sola. ¿Deberíamos comprobarlo? Ya veo que no tienes curiosidad. Voy a reformularte la pregunta. ¿Qué sabes de Hyuna, Jessica, Ken y la llave del infierno?

Hyuk se mordió el labio, vacilante. Sabe algo, pero no quiere soltar prenda. Tras unos segundos de calma, el Nefil alzó los ojos con más decisión que antes.

-Yo no sé nada.

¡Plas! Un sonoro bofetón marcó la blanca cara de SangHyuk, que se quedó atónito. No fue Hongbin, si no Leo el que le golpeó el rostro con la palma abierta. El Marid lo aferró de la camisa y tiró hasta casi ponerlo en pie. Un crujido por parte de la tela me dijo que el Nefil no podía sostenerse sobre nada y la camiseta se iba rajando poco a poco.

-Escúchame, idiota –siseó Taekwoon, con una voz tan cargada de odio que se me heló la sangre-. Dinos donde está Jae Hwan en estos momentos. La Efreet nos dijo que se encontraba en una cárcel, pero en el centro de la ciudad hay aproximadamente cuatro diferentes. No podemos darnos el lujo de ser descubiertos a la primera, porque sabemos perfectamente que la Genio no es tonta.

-Habrá apostado centinelas Nefilim en cada rincón. No suponen un peligro para nosotros, pero si dan la alarma, se pueden cargar al mestizo sin miramientos –señaló Hongbin. Aquello me sentó como una jarra de agua fría. Si los Nefil los presienten, game over. Si tardamos, el resultado será el mismo. Hagamos lo que hagamos, perdemos. A menos que…

-Cambiemos de pregunta –dijo el Djinn-. ¿Por qué le preparasteis una emboscada al Marid?

Hyuk miró a Leo largamente, tragando saliva. Éste lo soltó pero no se apartó demasiado.

-Ya os dije antes que yo no estaba allí para hacer eso. Mis motivos eran otros.

-¿Como cuáles? –pregunté yo, curiosa. No había hablado en todo el rato, pero necesitaba despegar los labios. El Nefil ladeó la cabeza en mi dirección.

-Buscaba algo. Un mensaje –concluyó.

-¿Mensaje? –inquirimos los tres a la vez. Hyuk asintió.

-Me he infiltrado en territorio enemigo para sacar información, ganándome la confianza de la Efreet. Lee Jae Hwan y yo nos hemos visto varias veces y nos conocemos de muchas más. La última, me dijo que recogiera un mensaje que debía entregarle la próxima vez que lo viera, fuera la situación que fuera. Dijo que era una llamada a… -se calló-. No importa.

-Oh, sí que importa –aseguró Hongbin, amenazante-. ¿Qué mensaje? ¿Qué llamada?

-Jae Hwan me hizo jurar que no se lo diría a nadie. Ni siquiera al Marid. Pero por el contrario me pidió que si le pasaba algo, dijera a sus amigos –pronunció “amigos” de forma despectiva- que protegierais a la chica. Si ella abre la puerta del Infierno, estamos perdidos.

No me lo podía creer. ¿Ken sabía que lo cazarían? ¿Cómo?

-Es absurdo –dije, sacudiendo la cabeza-. ¿Cómo voy a abrir la puerta de infierno si no tengo una llave? No puedo meter el dedo en una cerradura y…

Me detuve, porque de pronto lo entendía todo. Y por las caras de mis compañeros, ellos también. No había llave física. La llave era yo misma. Y tenían a Ken para chantajearme llegado el momento.

-SangHyuk… Hyuk –dije, poniéndome de cuclillas a su lado-. Por favor, cuéntanos dónde tienen a nuestro amigo.

El muchacho clavó la vista en mí. Algo en mi cerebro, un pensamiento, se alzó imponiéndose por encima del resto. Un número de calle, una puerta trasera. Un pasillo solitario la seguían y finalmente, un corredizo de celdas con barrotes de metal. Idéntico a mí sueño.

-Alice –me nombró Hongbin-. Eh. Te has quedado embobada.

Volví a la realidad, como si me hubieran velado los ojos momentáneamente. Me levanté demasiado deprisa, pero ya era consciente de lo que debía saber. Hyuk y yo nos intercambiamos una mirada de complicidad, dándole a entender que lo había captado. Aun así, en mi mente resonaron unas frases claras y concisas “No vayas, pese a que te lo he enseñado. Es un gran laberinto de muerte. Jae Hwan quería, por encima de todo, que estuvieras a salvo. Si vas, significará que su sacrificio no ha servido para nada. Le habrás defraudado”.

-“Entonces, ¿para qué me lo has enseñado?” –Pienso, confusa y con el corazón en un puño. No estaba al corriente de que los Nefilim tuvieran la capacidad de comunicarse telepáticamente-. “Puedes notar que su vida se apaga, ¿verdad? Es mi amigo, y tú sabes que nadie más puede entrar en ese lugar salvo yo. Porque no soy un ser sobrenatural y nadie repararía en mi presencia. Él te importa, no puedes negarlo.”

Vi que se encogía de hombros, un gesto que todos advertimos pero solo yo sabía a quién iba dirigido.

-“Ha sido mi amigo durante bastantes décadas. Me ayudó cuando estaba perdido, haciéndome ver que no era un monstruo. Los que son como yo, suelen acabar de delincuentes y la policía con expediente abierto por que no pueden encontrar una explicación lógica a lo que sucede. Solo yo tengo dos dedos de frente. Y se lo debo a Jae Hwan.”

Saber que Ken ha tendido su mano a alguien como Hyuk, me produjo un sentimiento de orgullo por mi mejor amigo. Es un alocado, a veces se comporta como un imbécil de campeonato, pero en el fondo es un trozo de pan. Igual que el Nefil.

-“Sé dónde me envías. Pero necesito a alguien lo bastante fuerte para echarme un cable si no puedo sacar sola a Ken.”

-“Quieres que te acompañe porque mi presencia es igual que la de los demás Nefilim”, no es una pregunta, y espero a que prosiga, “De acuerdo. Pero tienes que sacarme de aquí. Tus amigos me dan miedo.”

Si tenía alguna duda de su temor por los genios, después de la conversación telepática me quedó bastante claro. Prefería adentrarse en las entrañas del peligro antes que seguir viéndoles la cara de cabreados.

***

-No puede quedarse en mi casa –negó Hongbin, de brazos cruzados. Estábamos fuera del garaje que hacía las veces de almacén, y Leo sujetaba a Hyuk por la nuca para evitar que escapara. Yo, por el contrario, tomaba sin demasiada presión el brazo del Nefil y de vez en cuando le daba un apretón en el hombro para infundirle valor, contrarrestando la presencia del Marid. Este cambió de peso, aburrido.

-Hasta que averigüemos donde esconden a Jae Hwan –dijo. Su tono no admitía réplica.

-Puede alojarse en mi casa –intervine. Los tres me miraron como si me hubiera vuelto loca.

-Fingiré que no te he oído –comentó Leo. Le di un golpe en el pecho que no tuvo ningún efecto, ni varió su inescrutable expresión. Me giré hacia Hongbin.

-Solamente debéis hacerles algunos trucos mentales a mis padres y creerán que Hyuk es un miembro más de la familia. No serán demasiados días, lo prometo. Hasta que sepamos…

-No es de ti de quien desconfiamos –explicó el Djinn, acercándose a mí-. Si no de él. ¿Estás segura de que podemos fiarnos?

Asentí efusivamente. Nunca he estado más segura de algo.

-¡Qué se le va a hacer! –Exclamó mi genio-. Haremos turnos y os mantendremos vigilados. Si haces cualquier movimiento sospechoso –se dirigió al chico- morir no será la mayor de tus preocupaciones.

El ultimátum caló en el Nefil, cuya rigidez era patente. Nos encaminamos hacia mi casa. Mi mejor amigo hizo que dejara el brazo del muchacho y ambos se adelantaron por el camino hacia la casa, que se veía ya cercana.

-Alice –me llamó Hongbin-. Necesito hablar contigo.

Di la vuelta sobre mis talones para mirarlo a la cara. Me dio la impresión que había crecido, o yo me había vuelto más pequeña en comparación. Lo cierto es que intimidaba bastante, pero a la vez era reconfortante que estuviese conmigo. Sin embargo, sus ojos tenían un aire cansado. O quizás era ansiedad. No podía saberlo del cierto.

-Te diría que tuvieras cuidado con el Nefilim, pero supongo que eres suficientemente inteligente para que nadie te diga nada –dijo.

-Supones bien –respondí. Una de mis manos se desplazó hasta su mejilla, en busca de algo que solo podría darme inclinándose. El Djinn no se quedó atrás y pronto volví a disfrutar de sus suaves labios contra los míos. El beso se profundizó, y mi labio inferior fue atrapado por su boca. Ese gesto era simplemente sensual. Me costó horrores no deshacerme en aquel momento, y por si fuera poco, Hongbin me sujetó de la cintura contra su figura. No fui yo quien detuvo el arrebato pasional que nos absorbía, si no él mismo. Cuando se separó, solté un gemido de contrariedad. Mi genio sonrió, travieso.

-Ya habrá tiempo para nosotros –reveló. Me ardía la cara, y mi corazón latía desenfrenado. Sus brillantes pupilas emitían un brillo especial, reflejando el sentimiento de deseo febril que difícilmente contenía-. Espero que cuando te vayas a dormir, pienses en mí tanto como yo en ti.

No podría evitar hacerlo ni queriendo. Una punzada de culpa me recorrió y apreté los dientes. Me decía esas cosas cuando yo estaba a punto de traicionar su cariño y confianza. No era merecedora de su afecto.


-Ya lo hago, Hongbin –confesé-. Todos los días.

***

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The Caller Of Angels - Antagonistas

Hyuna, la genio Efreet del Fuego


"Hyuna pertenece a los Efreet, los genios del plano elemental de fuego, hechos de basalto, bronce y llamas. En general suelen ser de carácter neutro, pero una serie de situaciones provocaron que Hyuna recorriera a la violencia y el rencor. Los Efreet se llevan bastante mal con los Djinn. Un Efreet capturado debe servir durante 1001 días o hasta conceder 3 deseos.

Su magia le permite transformarse en forma gaseosa, polimorfizarse, crear muros de fuego, producir llamas y otros efectos pirotécnicos. Odia a los ángeles y aunque prefiere estar lejos de los demonios, los soporta ya que ambas razas se crearon a partir del mismo elemento."


Jessica, la genio Dao de la Tierra


"Jessica es la genio del plano elemental de la tierra, los Dao. Éstos genios son malvados y de una inteligencia media. Les gusta presentarse en el plano material primario -el mundo humano- para hacer el mal. Su magia les permite hacerse invisibles, adoptar forma gaseosa, crear una fuerza espectral, crear muros de piedra y causar errores en la orientación de sus víctimas. 

Los Dao, y en especial, Jessica, tienen un profundo odio por los genios Marid y por los humanos. Se alía con Hyuna para ayudarla en su venganza, aunque parece ser que tiene otro propósito menos noble aún..." 


Ravi, el Duque del Infierno




"Ravi ha poseído muchos nombres a lo largo de su vida, pero el mas significativo y por el cual se conoce en todo el mundo, es Astaroth. Éste demonio pertenece a la primera jerarquía demoníaca, junto a Belcebú y Lucifer, siendo el tesorero del Infierno, por lo que seduce a los humanos por medio de la vanidad y la pereza. También es capaz de poseer a cualquier mortal y manejarlo a voluntad.

Se cree que su nombre antes de caer era Asrael. Fue desterrado por Rafael, padre del medio-ángel Jae Hwan. Ravi guarda un rencor hacia los ángeles inigualable, y por tanto, a Ken, pues la madre de éste era la que una vez fue la esposa del Gran Duque, Astartea."

Hak Yeon, Arcángel príncipe de los Espíritus Celestiales




"Como Ravi, Hak Yeon ha recibido muchos nombres a lo largo de su existencia. El mas común era N, aunque la iglesia católica lo nombra como "Arcángel Miguel". Es uno de los siete arcángeles, y está entre los tres cuyos nombres aparecen en la bíblia: Gabriel y Rafael. La Santa Iglesia le da a San Miguel el más alto lugar entre los arcángeles y le llama "Príncipe de los Espíritus Celestiales". Se supone que éste arcángel derrotó a Satanás y echó a los rebeldes del cielo con su espada de fuego.

Es el ángel custodio de la paz, y es muy fiel a las reglas del cielo. Intransigente, cruel y algo egoísta a veces, quiere que todo vuelva a la normalidad cuanto antes en el mundo humano. Desprecia a los demonios y a los genios casi por igual, por que ambos traicionaron las leyes. No siente simpatía por los humanos, por que ese es el trabajo de Gabriel. Hará lo que sea para suprimir la llave del infierno, por que sabe que si se desata el apocalipsis demoníaco, la paz nunca será posible. Ello no quiere decir, que no desee la extinción humana."

miércoles, 19 de febrero de 2014

Hongbin - Capitulo 13

Hongbin abrió los ojos lentamente. Me miró, pero no hizo ningún movimiento, salvo grabarse mi cara durante un rato tan largo que me pareció una eternidad. Abrió la boca, únicamente para soltar aire que retenía. En el enfrentamiento con Hyuna y tras la huida de ésta, Hongbin colapsó. No solo por la impresión que el fuego parecía ejercer sobre él, sino que atribuí su desfallecimiento al cansancio de haber estado recaudando información por todos lados para saber sobre el paradero de uno de mis mejores amigos. Sin, quizás, apenas dormir más de unas pocas horas, y sin comer otras tantas. Todo lo hacía por mí.

Apreté la sabana que cubría mi cuerpo con la mano. No me había cambiado de ropa desde que Leo se había cargado al Djinn en el hombro a regañadientes y se lo había llevado al apartamento. Me convenció, no obstante, de quitarme los zapatos y velarle el sueño. Justo como días atrás, Hongbin había sugerido con Taekwoon.

¿Tan mala persona era que no había notado las profundas ojeras que marcaban los hermosos ojos castaños de mi genio? ¿Tan estúpida… que ni podía percatarme de que, inmortal o no, se iba consumiendo poco a poco como una varilla de incienso encendida? Esfumándose como el humo… No. Había dejado que tanto Leo como Hongbin hicieran todo el trabajo, rezagándome como una vil cobarde, poniéndolos en peligro constante, saliendo no muy bien parados en consecuencia. Y eso era algo que no volvería a pasar jamás.

No podía permitir perderlo también a él.

-Hongbin… -empecé, y lo vi entornar los ojos. Su mano buscó la mía, que seguía aferrada a la tela como si de un salvavidas se tratase. Obligó a mis dedos a desasirse del agarre, mientras se entrecruzaban con los suyos. Solo entonces vi que tenía el dorso magullado. Reprimí una mueca que no pasó desapercibida.

-¿Cómo te has hecho eso? –preguntó monótonamente, repasando las heridas con las yemas.

-Cuando te… desmayaste, solo me dio tiempo a poner la mano para evitar que golpearas el cemento con la cabeza.

Suspiró, hundiendo más la cara en el cojín y cerrando los ojos. Acto seguido los volvió a abrir, clavándolos en mí. Sentí una oleada de calor por la presión de su mirada, que me atravesaba de parte a parte cual hierro candente y pensé en destaparme. Aunque posiblemente no iba a servir de mucho.

-Es patético –dijo, devolviéndome a la realidad.

-¿Qué?

-Es realmente patética la manera en que el concepto “fuego” y todo lo que tiene que ver con él hace mella en mí. Debería tenerlo superado, y sin embargo…

-Hongbin –lo nombré, seria-. Cuando tenía siete años, la escuela organizó una excursión a la playa. Era la primera vez que iba a un espacio acuático, y creí poder hacer lo mismo que los demás niños. Correr por la arena, hacer castillos, nadar en el mar… Pero esto último, era lo único que no sabía hacer. Confiada, me metí en el océano hasta que el agua me cubrió por completo. Cuando me quise dar cuenta, me había alejado muchísimo. Entré en pánico, sintiendo como las fuerzas me abandonaban mientras braceaba desesperada. Lo poco que sabía de nadar, se evaporó y me hundí. Jae Hwan me sacó y supongo que utilizó su magia para evitar una desgracia porque según mis profesores, estuve oficialmente muerta durante cinco minutos y medio. -Hongbin se estremeció-. Desde entonces, no he vuelto a pisar ni lagos, ni ríos ni ningún lugar que contuviera agua. Lo que quiero decirte con todo esto, es que hay traumas que nunca podrás superar, por mucho tiempo que pase. Siempre quedará alguna parte de ti a la que le horrorice el ver o pensar en una determinada cosa. No puedes evitarlo, pero sí convivir con ello y hacerle frente si se presenta la ocasión. No debes pararte a pensar en lo que eso significa para tu estabilidad emocional, porque entonces te perseguirá el resto de tu vida.

-¿Y si te perdiera a ti? ¿También debería asumirlo y pasar página?

No supe qué responderle. Parecía obsesionado con esa posibilidad. Él continuó hablando.

-Llevo la muerte encima, Alice. A cada paso que doy se acerca más y me arrebata seres queridos. Lo siento como si fuera una maldición de la que no puedo escapar.

-No estás maldito –dije. Mi mano libre se desplazó hacia su mejilla, y lo vi temblar ante el contacto. Me besó la palma delicadamente, haciéndome cosquillas en la piel-. Las maldiciones no existen.

-Dirías lo contrario si hubieses visto lo que yo he visto. No todas las brujas están en Hogwarts y no todas son buenas.

Sonrió. Creí entonces, que nada de la noche anterior había pasado. Que todo había sido un sueño, un mal sueño, y que delante de mí seguía existiendo parte de aquel genio arrogante y vivaz que yo conocía. Pero cuando dejó de sonreír, supe lo equivocada que estaba. Estirando de mi brazo me acercó hasta él y, abrazándome, descansó el mentón sobre mi clavícula. El vello del cuello se me erizaba con cada exhalación por su parte mientras mi pulso se aceleraba considerablemente.

-No debería haber salido de la discoteca sola. Lo siento mucho –dije. Hongbin se tensó a mi lado y levantó la cabeza.

-No, no debiste hacerlo.

-Pero no podía dejar que supiera nuestras verdaderas intenciones… Si Hyuna lo supusiera desde un principio, no podríamos ni haber entrado y quizás lo habría reducido todo a cenizas. ¡Tenía que seguirle la corriente como fuera! Pero al final… no era tan tonta como creía.

-Creíamos –rectificó-. Y eso es lo que evita que me enfade por tu insensatez. Pensaste en evitar una tragedia, muertes innecesarias. Porque, como sabes, no es la primera vez que Hyuna hace arder algo sin parpadear.

Asentí, dándole a entender que era consciente de ello.

-Lo siento… -repetí, sincera. Mi genio emitió un gemido que interpreté como una risa contenida.

-No hace falta que te disculpes a cada momento.

-No, no es por eso.

-¿Ah no? –sus cejas se curvaron y su rostro cambió a la incredulidad más pura.

-Os estoy poniendo en peligro a vosotros por mi egoísmo. Mira como acabó Leo. ¡Mira cómo estás tú! –lo señalé-. Casi te doy un infarto. Si solo fuera más fuerte… si no fuera un saco de carne innecesaria y blanda… ¡Diablos! ¡No sirvo para nada! Solo soy una enclenque que no…

Me detuve bruscamente al sentir sus labios sobre los míos llenos de urgencia, anhelantes. Fue tal su impulso que mi cabeza rebotó contra la almohada y apenas tuve tiempo de corresponderlo. Mis manos se movieron solas hasta los costados, cerrándose en la camisa. Los labios de él se desviaron y bajaron por el cuello hasta la clavícula. Hizo descender uno de los tirantes del vestido, siendo reemplazado por la boca de Hongbin.

-Quiero que olvides la palabra “inútil” que tienes grabada en tu atolondrada cabeza. No eres una floja. Eres una de las personas más valientes que he conocido, sin exagerar. Cualquier otra se tomaría todo lo que está pasando como un sueño o una locura…

-“Es” una locura –puntualicé, logrando encontrar la voz. En la semi oscuridad y contra mi hombro izquierdo, pude notar que las comisuras del Djinn se curvaban hacia arriba.

-Lo que quiero decir es que, o eres muy valerosa o te falta un tornillo.

Le di un golpe en el pecho a modo de advertencia.

-Pensaba que la mejor manera de llevar a una chica a la cama era enviándole rosas e invitándola a cenar.

-Esas son tus costumbres, no las mías. ¿Crees que lo estoy consiguiendo? –dijo, pícaramente. Respiré hondo mientras reflexionaba seriamente sobre ello.

-Hoy no, Hongbin. Hay que ponerse en marcha.

***

El muchacho paseó los ojos por el descampado, nervioso a más no poder. No aparentaba más de diecinueve años, aunque la verdad es que poseía más de cuarenta. Sin embargo, en su fuero interno, aún creía ser un adolescente que no había traspasado las fronteras de la mocedad. Por ello, se sentía como un peón de ajedrez sobre el tablero, a punto de ser devorado por la reina. El frío arreciaba, pero no lo sentía. Ya no.

Porque era un Nefilim.

Su condición despertó a la edad de dieciséis años, volviéndose extremadamente rápido en educación física, desarrollando grandes reflejos y agudizando sus sentidos. En ese entonces, imaginó tener algo mal en su interior por lo que se alejó de los seres humanos que lo habían visto crecer. No obstante, nada oscuro ocurrió, salvo que solo había envejecido tres años en cuatro décadas. Y entonces, llegó a la conclusión de que era inmortal.

Acarició la posibilidad de hacer cosas prohibidas socialmente. Robar, matar, beber… pero la parte humana lloraba ante esas ideas descabelladas. Sacudió la cabeza. Ya volvía a pensar en su pasado. Su inquietud iba incrementando por momentos, así que abrió el bolsillo de su chaqueta morada y sacó una cajetilla de chicles de menta. Al menos estaría entretenido durante un buen rato.

Un perro aulló a lo lejos, sobresaltándolo. ¿Dónde estaría? El punto de encuentro había sido aquél, y la misteriosa Genio de la Tierra seguía sin aparecer. ¿Qué tramaba?

“Dame la información que necesito, y te concederé lo que siempre has anhelado…”, había dicho. Él no tenía esa información. No había sido capaz de conseguirla, con esos dos genios de por medio.

Se desató una tormenta, bastante fuera de lo normal. Anunciaba la llegada de alguien y el muchacho sospechaba que no era quien creía ser. Dio un paso atrás, tragando saliva para empezar a correr. El cielo oscuro parecía a punto de tragárselo, un remolino de maldad tenebrosa. La lluvia lo alcanzó antes de llegar a un lugar cubierto y una figura de ojos verdes y relucientes le cerró el paso.

-¿Estás seguro de que es él? –dijo el ser sobrenatural. Sintió una presencia detrás suyo, una mano cerrándose sobre su hombro y las náuseas del chiquillo incrementaron por el miedo. Cuando se giró, al principio solo distinguió dos destellos azul marinos, pertenecientes a un hombre de complexión atlética de una altura superior al que segundos antes se había topado.

-Desde luego que es él –el Marid centró la mirada en el Nefil-. Es uno de los que salió corriendo de casa de Ken, preparándome una emboscada con sus secuaces.

El chico, sobrecogido, negó con la cabeza frenéticamente.

-¡Os equivocáis…! ¡Aquello no fue…! ¡Yo no estaba allí para eso! –Tenía las ropas empapadas, y el sudor se mezclaba con las gotas de lluvia que resbalaban por su rostro-. ¡Por favor, dejadme marchar…!

-Me temo que eso no va a ser posible –comentó Hongbin-. Tienes que responder a algunas preguntas. Y más te vale ser sincero, porque si no lo vas a lamentar el resto de tu perpetua existencia.

El joven se echó a temblar, el pánico reflejado en sus orbes.

-Po-por favor, no me hagáis daño.

-Eso depende solo de ti y de lo colaborador que estés dispuesto a ser –el Djinn lo observó, y le pareció que solo era un niño asustado. No se dejó engañar-. ¿Cómo te llamas?

El interrogado tardó un poco en responder. Le temblaba la mandíbula.


-Hyuk. Han Sang Hyuk.