domingo, 18 de mayo de 2014

Hongbin - Capitulo 15

-¡Psss! –chistó Hyuk, en la oscuridad de la habitación-. ¡PSSS!

Exhalé una bocanada de aire, irritada. Me giré sobre el colchón y lo fulminé con la mirada.

-¿Qué quieres? –inquirí. El rubio bajó la cabeza, temeroso de que hablar en voz alta despertara a mi familia. Se llevó un dedo a los labios, indicándome que me callara.

-¿Cuándo nos vamos? –susurró. Puse los ojos en blanco y le lancé mi almohada. Él la esquivó sin dificultad, y eso que estaba tumbado.

-Llevas preguntándome lo mismo dos noches seguidas. Te dije que cuando Hongbin y Leo dejaran de sospechar.

Porque lo hacían. Cada día, Hongbin nos llevaba a la escuela y a la salida, Leo nos recogía. La matriculación de Hyuk era falsa –fruto de control mental genieril como yo lo llamaba-, pero necesitábamos que estuviese lo más cerca posible también. Solo él podía decirme dónde se encontraba mi amigo. Hyuk seguía contemplándome, expectante. El reloj mercaba las tres de la mañana, y calculé el tiempo que quedaba para amanecer.

-Arréglate. Nos vamos ahora. Solo comprobaremos dónde es la prisión, como está defendida y volveremos inmediatamente. Luego ya pensaremos en algo para entrar, más adelante.

-¿Estás segura? Quiero decir, que tu novio nos pille será… horrible –se estremeció. Sonreí, asintiendo. A mí no me haría nada, pero a él…

-No te preocupes, estará vigilando la puerta principal mientras Leo descansa. Hay una puerta trasera que lleva al patio, después una pendientes de tierra que acaba en el parque para niños y desde allí podremos coger la carretera.

Hyuk me observó largamente, algo que me incomodó un poco.

-¿Qué?

-Has estado pensando como escapar, ¿verdad? Y has controlado cada acción de los dos genios al detalle.

Hice una mueca.

-Que sean mi novio y mi amigo no significa que no sepa como burlarlos.

-Ouuuf… eso les dolería si lo escucharan –comentó.

-Sí, pero no lo harán –me quité el llamador de ángeles que resonó en la oscuridad y lo coloqué debajo de la almohada. Si quería que Hongbin no me detectara, tenía que dejarlo ahí para que pensara que seguía durmiendo. Aun así, sentí un vacío al quitármelo, como si me faltara algo…

Nos vestimos a oscuras, tardando el doble de lo previsto. No, la ausencia de luz no ayudaba. Una vez conseguido, quedaba la parte más difícil. Salir sin ser vistos.

-¿Cuál es el plan? –preguntó, detrás de mí mientras abría la puerta con cuidado.

-Primero, cerrar la boca. Tanto tú como yo. Sígueme y no hagas ruido –contesté, tajante. Me costó distinguir que asentía, conforme.

Bajamos las escaleras interiores poco a poco, peldaño a peldaño. ¿Para qué negarlo? Hyuk era mucho más silencioso que yo. Argos levantó las orejas desde el sofá pero no hizo ruido, salvo repiquetear con la cola el cuero de éste, contento. Con la puerta justo delante de nosotros, le indiqué que me adelantaba para abrirla. Tras unos cuantos forcejeos, me percaté de que estaba cerrada y busqué la llave en el sitio que suponía que mi madre la guardaba. ¡Bingo! La encontré en el cajón de la cubertería.

Cuando la abrí, el aire frío me azotó la cara y los brazos, haciéndome temblar. Con una señal, mi compañero se situó a mi lado. Le indiqué el recorrido en silencio y tras unos breves segundos nos lanzamos a la carrera. Bajamos la cuesta derrapando con los pies y cuando ésta se acabó subimos al tobogán de niños pequeños que se encontraba justo en medio de nuestro camino. La carretera estaba próxima y al llegar, seguimos corriendo hasta doblar unas cuantas manzanas. Me detuve para recuperar aire, con la mano apoyada en la pared. Hyuk no parecía cansado en absoluto y envidié su condición de Nefilim.

-Ya está, estamos a salvo –dijo. Si, a salvo… Habíamos salido de la zona segura hacía escasos segundos. Pese a que estaba contenta porque mis amigos no podrían decirme lo que debía hacer, me sentía completamente desprotegida. Tragué saliva y recobré la compostura.

-Vale, vamos. Ahora te sigo yo a ti.

-Es un poco lejos, espero que no te importe… Tu casa es bastante poco concéntrica.

Me encogí de hombros y empezamos a caminar. Perdí la cuenta de las horas que estuvimos dando vueltas, izquierda, derecha, ahora bajamos, ahora volvemos a subir… Hasta que las luces de la calle menguaron. Llegó un punto en que apenas se distinguían las paredes a tres metros.

-Qué oscuro está esto…

-Es la zona abandonada de la ciudad. Obviamente, si no está habitada, no vale la pena tener el lugar iluminado. Y es un sitio perfecto para esconder… esto –su dedo índice apuntó hacia adelante, donde un imponente edificio con ventanas rotas se alzaba en todo su esplendor. Había resquicios de luz que se colaban por la puerta trasera, y se apresuraron a acercarse sin precaución a la prisión abandonada.

-Bien, hay que buscar la dirección… -pero por más que mirábamos, ninguna indicación ni número marcaba las paredes de la calle.

-Creo que será mejor volver, Alice. No me gusta lo que estoy percibiendo… -gimió Hyuk, alejándose poco a poco. Un grito atronador y agónico rasgó la noche y caló en el interior de los dos. Ken. Ken estaba sufriendo. No había tiempo. Ambos nos miramos y Hyuk no reaccionó a tiempo para evitar que abriera la puerta y me colara en el interior. Me siguió pero para cuando logró atraparme ya era demasiado tarde. La salida estaba cerrada y no se abría. No teníamos ninguna posibilidad de salir de esta, todo por mi impulsividad.

-¿¡TE HAS VUELTO LOCA!? ¡Ahora estamos atrapados como alimañas! –me agarró de los hombros y comenzó a sacudirme frenéticamente, desquiciado de miedo.

-Cálmate, ¡cálmate! ¡Me haces daño! –chillé, intentando apartarme de él. Por fin me soltó, y me puse bien la ropa arrugada-. Hyuk, escucha, lo siento. Pero tengo que encontrar a Ken. Tú si quieres, puedes buscar una salida alternativa. No creo que todos los Nefilim sepan que desertaste, por lo que será un punto a nuestro favor. En cuanto salgas, corre a llamar a Hongbin y a Leo. Diles donde estamos.

-No puedo dejarte aquí, se lo prometí a…

-Sé que se lo dijiste a Ken, pero ahora estaré con él. Tienes que hacerlo, por favor… -supliqué. Hyuk vaciló, debatiéndose entre una opción u otra-. ¡VENGA! –lo empujé con todas mis fuerzas y reaccionó. Se alejó, de vez en cuando mirando hacia donde yo estaba hasta que desapareció. Cerré los ojos y respiré hondo. Solo tenía que recordar por donde había ido en el sueño, y daría con mi mejor amigo.

Una luz verde titilante era mi guía por los pasillos interminables. Reconocí diferentes puntos conforme avanzaba, hasta que todo se hizo nítido. Un tramo más, torcer a la derecha… y el gran pasillo de celdas se abrió ante mí. Por un lado recé para que estuviera allí, donde lo había dejado semanas antes. Y por el otro deseé que no estuviera, que se encontrara en otro lugar menos lúgubre. Pero el olor metálico de la sangre confirmó mis peores miedos. Me tapé la nariz, las náuseas me mareaban y mi cerebro me dijo que debería salir de ahí. Pero ya no pude pensarlo más. Sentí un fuerte golpe por la espalda que me tiró al suelo y me hizo ver las estrellas. Intenté arrastrarme fuera del alcance de la persona que me había atacado, mas fue en vano. Otro golpe en la boca del estómago me dejó sin respiración y mientras intentaba recuperarme, esa persona me cogió del cuello, obligándome a, sin descanso, caminar hacia la celda contigua. Forcejeé todo lo que pude, aunque era bastante indiscutible que la otra persona tenía más fuerza que yo.

Rodé sobre mi misma cuando me lanzó al interior, arañándome las rodillas y las palmas al querer frenar. Me giré para verle la cara a mi agresor. No era nadie que conociera, la verdad. Era calvo, con muchos pearcings, tatuajes y los ojos azul claro. Supuse que era un Nefilim. Sonreía lascivamente, como si me hubiese estado esperando.

-¡Cabrón…! –empecé. Luego preferí callarme y guardar todas las fuerzas para más adelante. Soltar berrinches como si fuera una niña pequeña no solucionaría nada-. Vale… a ver… pensemos.

Me presioné el puente de la nariz con los dedos. Una cosa viscosa se me había pegado en ellos, y cuando vi lo que era lancé una exclamación de horror. La sangre estaba por todo el suelo, y era reciente. Seguí con la mirada el reguero y al encontrarlo, me quedé blanca como el papel. Ken. Mi Ken. Mi pobre amigo estaba… bueno, no supe si estaba o…

-¡Jae Hwan! ¡Jae Hwan! –me lancé sobre él, los brazos por delante. No llevaba las cadenas que había visto en el sueño, pero advertí rozaduras profundas en sus muñecas. Apoyado como estaba en la pared, con la cabeza gacha, parecía más muerto que vivo. No sé cuándo había empezado a llorar, pero las lágrimas me empañaban la vista, exigiendo así un parpadeo continuo.

Tenía miedo de moverlo, así que coloqué la palma delante de su cara y me relajé solo un poco al sentir un aliento irregular manar de sus fosas nasales. Aun así, veía que estaba en las últimas y temí por su vida a cada minuto.

-Jae Hwan… despierta vamos… -supliqué. Ken se removió, como saliendo del sopor en el que estaba metido. Lentamente alzó la cabeza y reprimí un gemido aterrado cuando unos ojos fríos, vacíos y sin vida me devolvieron la mirada con indiferencia.

-Supongo que vuelve a ser un sueño… -murmuró. Sonrió (si a eso se le podía llamar sonrisa) y sacudió la cabeza-. Ya no lo repetiré más… siempre vuelves… no vale la pena decirte que te vayas…

-Aunque pudiera, no querría irme. No sin ti. Ken por favor, soy yo de verdad, he venido a buscarte…

-Eso es lo que dicen todas cuando vienen aquí.

Me enfadé. No sé por qué, pero me enfadé. El bofetón que le regalé resonó por todo el lugar. Por un momento, mi amigo se quedó paralizado y acto seguido, sus ojos me enfocaron al fin.

-¿A-A…h?

-¿Te parece esto suficientemente real? Porque puedo sacudirte una buena paliza para despertarte del todo, por si acaso. Espero no matarte demasiadas neuronas con ello.

-No… Alice… -gimoteó mi amigo-. ¿Qué has hecho? –era consciente de que no se refería a haberle pegado-. ¡No deberías estar aquí…! ¡Por Dios! ¡Me había sacrificado para que estuvieras a salvo!

-¿A salvo? ¿Crees que esa vida es estar “a salvo”? ¡Prisionera en casa de Hongbin, con vigilancia las veinticuatro horas del día, sin poder ir  a la escuela, ni ver a mis padres ni a mi perro, y temerosa de poder perderte por que tú te has ofrecido voluntario para ocupar un puesto que no te corresponde! ¡Eso NO es estar a salvo!

-Al menos estarías viva. Vosotros corréis peligro constante desde el primer momento en que nacéis. Sois tan débiles… ¿qué consideras tu que es estar a salvo?

-Estar a salvo es poder estar con mi familia y mis amigos sin necesidad de sobreprotección. No debiste dejar que te atraparan de esa manera. Había mejores formas.

-Si una cosa he aprendido de los humanos, aparte de que es efímera, es que los amigos de verdad están dispuestos incluso a dar su vida por los demás. ¿No es así como funciona vuestro mundo?

Me mordí el labio inferior con tanta fuerza que brotó sangre. Mi amigo resbaló hacia la derecha, sin energía, y yo lo sostuve en mi regazo. Era lo único que podía hacer. Tampoco dejaría que lo torturaran más.

-No debería ser así, Jae Hwan. Ahora saldremos de aquí. Hyuk va a llamar a Hongbin y a Leo y…

-¡NO! ¡SUELTAME BASTARDO! –se oyó gritar una voz conocida que me heló el alma. Lo habían pillado de pleno-. ¡Te he dicho que soy de los vuestros! ¡Solo quería dar un paseo! ¡SUELTAMEEEE PEDAZO DE…!

El mismo Nefilim que me había golpeado, ahora sostenía a SangHyuk en alto, mientras éste pataleaba furiosamente para deshacerse de su agarre, sin resultado. El chico rodó por el suelo de la celda que estaba delante de nosotros y al levantarse, siguió profiriendo una retahíla de insultos que no mencionaré. Golpeó y sacudió los barrotes con vehemencia hasta darse por vencido. Sus pupilas se encontraron con las mías, culpables.

-Lo siento Alice… lo siento… no he podido…

-No pasa nada. Sabía que no acabaría bien. Seguramente Hongbin y Leo nos estarán buscando. Nos van a encontrar.


Pero tenía mis dudas. El miedo amenazaba con apoderarse de mí. No sabía que fuerza sobrehumana evitaba que me derrumbara en ese mismo instante. ¿Qué iba a ser de nosotros?

domingo, 20 de abril de 2014

Ken - Capitulo 7 - Final

Kyung Hee no vino al día siguiente. Ni siquiera al otro. Así que la mañana del tercer día, cuando amaneció, como siempre se encendieron las luces automáticas verdes, revelando una escena bastante desoladora. Hye Rin yacía totalmente quieta contra la pared entre las celdas de Ravi y Ken. Los brazos caían a cada lado de su cuerpo como cuerdas flojas, y el pelo pelirrojo por delante de la cabeza agachada, sucio por el paso de las interminables horas.

Apenas tenía fuerzas para relamerse los deteriorados labios y sin embargo, apretaba con perseverancia la varilla de metal con la mano izquierda hasta el punto de clavarse las uñas en la palma. Mantenía los ojos cerrados para reservar energías, pese a que éstas menguaban a cada minuto. Los chicos seguían tan bien como siempre. No era la primera vez que los olvidaban y no les daban de comer, pero viendo como su amiga iba perdiendo la vida poco a poco, se sentían a punto de desfallecer.

Hyuk no lograba derramar más lágrimas y se había resignado a mirarla hasta que… bueno, hasta que pasara lo que tuviera que pasar con la muchacha. ¿Qué podían hacer ellos estando encerrados como viles ratas?

-Hye Rin… Rinnie… ¿estás consciente? Contéstame por favor… -suplicó Ken. La chica asintió casi imperceptiblemente y suspiró. ¿Es lo que buscaba Kyung Hee? ¿Extenuarla hasta la muerte? ¿Ese era su castigo? ¿O simplemente quería que llegara un punto en el que, cuando la rubia entrara, no supusiera ninguna amenaza? Pues… si ese era su plan, se equivocaba al subestimarla.

Finalmente, la puerta se abrió. Kyung Hee la contempló un instante, con una sonrisa maliciosa en la boca. Paseó lejos de ella tarareando una melodía que no era conocida para nadie. Entonces por fin habló.

-No te habías dado cuenta, ¿verdad? –levantó un dedo. En el lugar señalado, una cámara apenas visible era descubierta por primera vez. La luz roja que emitía daba a entender que estaba grabando lo sucedido. La rubia negó, chistando tres veces-. Muy mal, Rinnie, muy mal… Siento no haber venido antes, pero tenía que revisar las cintas grabadas. Ya sabes, la costumbre. Y no veas la sorpresa que me he llevado de que mi familiar me engañara con tanto descaro. Se puede decir que es la primera vez que alguien logra mentirme así. Mejor dicho, es la primera vez que alguien a quien he confiado mi casa lo logra. Pero… no volverá a pasar más.

“Me distraje, y ahora, debes pagar por ello. ¿Rinnie? ¿Estás viva aún? ¡HA HA HA! –su risa se elevó en el aire, escalofriante-. ¿De verdad te enamoraste de mi mascota? Qué ilusa, cariño… Bueeeno… creo que seré buena contigo, ya que después de todo, no pudiste liberarlos. En cuanto te mate a ti, los mataré a todos, empezando por tu enamorado, ¿qué me dices? ¿Te gusta la idea de congregaros toooodos de nuevo? ¡Dímelo! –estando cerca, le propinó una patada en las costillas que tambaleó a la pelirroja. Ésta tosió y se levantó.

Le temblaban las rodillas, pero se ayudó de la mano de Ravi, que gentilmente la había sacado por si necesitaba ayuda. No, ya no le gruñía. Ya no gritaba. Su mirada era del todo humana, e incluso las marcas oscuras de su cuerpo empezaban a desaparecer.

El gesto no pasó desapercibido para otra mujer, cuyo rostro devino rojo de la rabia.

-¿Por qué lo haces, Kyung Hee? –Susurró Hye Rin, débilmente acercándose a ella-. ¿Qué te he hecho yo? ¿Qué te han hecho estas personas? ¿Qué te ha hecho el mundo para que los odies tanto y guardes tanto rencor?

-¿Que qué me han hecho? –volvió a reírse. No fue agradable-. Todos me odian. Siempre me han odiado. Y por eso los odio. Solo quiero que el mundo pague por el crimen de odiarme. Yo solo quería ser aceptada pero... las brujas no están bien vistas en este mundo. Sucia escoria terrenal... ¡Los odio a todos! ¡Y tú, miserable embustera, tú morirás con la humanidad entera!

Entonces todo sucedió muy rápido. Con un grito, Hye Rin se abalanzó contra la rubia, la varilla afilada por delante. Kyung Hee reaccionó a tiempo, agarrándola de las muñecas y ambas forcejearon por la sala. La pelirroja había estado reservando fuerzas llegado el momento, y no obstante, no fue suficiente. Estaba demasiado endeble como para seguir la pelea.

Y entonces, se decidió ganadora.

La bruja asestó un cabezazo a la débil mujer, que se tambaleó hacia atrás. La varilla cambió de manos y Hye Rin soltó un gemido de dolor cuando el filo puntiagudo la atravesó de parte a parte por el estómago. El tiempo pareció congelarse. La pelirroja bajó la vista, incrédula a lo que veía. Ajena a los gritos desgarradores de sus amigos siguió viendo como la sangre escapaba de su cuerpo en goterones abundantes. Con la visión borrosa se dio cuenta por fin de lo que pasaba: se estaba muriendo.

Cayó de rodillas y se quedó ahí, impotente.

-Espero que hayas aprendido la lección, cariño –siseó la otra, fríamente-. Y espero que te reúnas con tu padre en el más allá. Si no te vas al infierno, por idiota. Ha sido divertido mientras ha durado, ¿sabes? Ojalá pudieras vivir un poco más, pero… creo que no será posible.

Miserable…, pensó Hye Rin. No supo de dónde sacó fuerzas, ni donde estaban alojadas ni por qué no habían salido antes, pero lo cierto es que pudo levantarse y empujar fieramente a su familiar contra la celda de Leo. Después, se desplomó en el suelo y no se volvió a mover.

-Estúpida cría… -espetó la mujer, mirándola con desprecio. Sin embargo, unos brazos la inmovilizaron y sintió la mano derecha de Leo sobre su rostro. Kyung Hee, se sacudió como pez fuera del agua, aterrorizada. La suave y peligrosa voz de Taekwoon fue lo último que escuchó.

-Vete al infierno tú, bruja –le partió el cuello sin miramientos y el cuerpo sin vida de Kyung Hee se dobló hacia un lado. Amortiguadas, las palabras de Hongbin flotaron tétricas:

Criaturita, criaturita, ¿a dónde vas?
A la tela de araña directa caerás,
Si tienes miedo, ojitos cerrarás.
Tu cuello pronto de un hilo penderá
¡Y la criaturita, sufrir ya no sufrirá!

Ocurrió lo que todos habían estado esperando. Volvieron a ser humanos en su totalidad. Los cristales desaparecieron como por arte de magia. Las cuerdas que mordían la piel se rompieron. Las verjas de metal reventaron. Y el muñeco Voodoo, que tanto mal les había causado se incendió junto a la varilla alojada en el cuerpo de Hye Rin, volatilizándose. En las paredes y el techo de la estancia empezaron a aparecer unas muescas que cada vez se iban haciendo más grandes y profundas.

El poder de Kyung Hee mantenía el lugar en perfecto estado pero, una vez muerta, estaba retornando a su forma original.

-¡¡HYE RIN!!

Ken se lanzó a por la mujer, que seguía inmóvil boca abajo. La giró con aflicción, el corazón roto. Quiso evitar mirar la herida, sabiendo con lo que se toparía. Por el contrario, le palmeó las mejillas hasta que parpadeó paulatinamente.

-¿Jae Hwan…?

-Estoy aquí, pequeña. Estoy aquí. No te duermas aún –intentó levantarla, pero no pudo-. ¡Hakyeon, hay que sacarla! ¡Esto se va a venir abajo!

-¡En mi espalda! ¡En mi espalda! –repetía el nombrado, agachándose. Una vez fue subida, las siete personas salieron por las escaleras que conducían al exterior, anhelantes de respirar libertad. Hasta que… la última puerta se abrió y les recibió la luz.

***

Nunca pensé que volver a ver el sol hiciera tanto daño como en ese momento. Cerré los ojos por inercia, y aún así podía distinguir los suaves destellos amarillos a través de los párpados. El cálido viento azotó mis mejillas, como dándome la bienvenida de nuevo. Qué agradable… casi había olvidado lo que era el viento… 

Entrecerré los ojos y observé los colores del campo delante nuestro, el vaivén de las hojas de los árboles por la brisa, y sobre todo, el sonido de los pájaros cantando. Quería gritar de júbilo. Me sentía vivo, capaz de nuevo. Era libre, nadie me retendría jamás. Busqué la mirada de mis compañeros, que al parecer, sentían lo mismo que yo.

Hyuk hizo lo que yo no había hecho. Chilló. Chilló de alegría desbordante. No pude más que corearle, y continuar observándolos a todos. Pero de pronto… la vi a ella. Me miró con una sonrisa cansada. Sus brazos dejaron de rodear el cuello de Hakyeon, abandonando definitivamente. Leo la sujetó por detrás de los hombros, estirándola en el césped marrón. Todos se reunieron entorno a Hye Rin. Su piel estaba pálida, casi cadavérica. Y todo lo que me había parecido gozoso, había perdido su color. Ya nada era bello, pues lo único que realmente me importaba, estaba a punto de extinguirse.

***

Ken se agachó al lado de su enamorada, sujetándole una de las extremidades. Estaba tan sumamente fría… Respiraba con pesadez, esforzándose en no perder el ritmo.

-Kyung… Hee…

-Está muerta. No hará daño a nadie nunca más –contestó. Taponó la herida con la mano, llenándose de sangre que no cesaba en derramarse. Se iba poco a poco formando un charco tiñendo la hierba-. Te vas a poner bien, Rinnie. Podemos llevarte a un hospital y…

-¿Jae Hwan…? –sollozó-. ¿Estás… aquí…? ¿Puedo tocarte… puedo hacerlo…?

Le acarició la mejilla, y él rozó la delicada palma con los labios mientras empezaba a llorar.

-Sí, pequeña… -se le quebró la voz-. Ahora ya podemos estar juntos. Compraremos la casa que nos prometimos, en medio del campo con chimenea y mantas, ¿recuerdas? Donde nadie nos molestará…

La pelirroja asintió, sonriente. Se inclinó para besarla e incluso en aquella situación, a ambos les pareció el mejor regalo de todos. No fue un beso pasional como tantos otros, sino que estaba cargado de amor puro e inocente, de dulzura sin precedentes. Daba igual quien los mirara, daba igual si a alguien le importaba. Solo existían ellos dos en ese momento. Cuando se separaron, la chica susurró:

-Jae Hwan, te quiero. Muchísimo.

Ken abrió la boca pero de ella solo salió un leve gimoteo angustiado.

-Hye Rin… yo también te quiero… te quiero demasiado…

Cuando buscó sus ojos, no le devolvieron la mirada. Éstos contemplaban un punto fijo en el horizonte, allí por donde el sol se alzaba en su máximo esplendor. Con las manos temblando le tocó la cara y la llamó una y otra vez, mas no obtuvo respuesta alguna. Hye Rin se había ido para siempre. Ken nunca supo si la muchacha había sido consciente de sus últimas palabras, pero quiso pensar que sí, porque de lo contrario, sería muy triste.

Duerme, pequeña… duerme hasta que nos volvamos a encontrar…

***

Las brumas se disiparon por fin, y Hye Rin se encontró frente a una casa demasiado familiar para ella. Cerca había un columpio que se mecía solo. ¿Qué hacía ella allí? Fue recordando y frunció el ceño, compungida. Estaba muerta. Si, lo estaba. ¿Y entonces? ¿Qué tenía que hacer? Echaba tanto de menos a Jae Hwan…

Una figura oscura fue solidificándose a cierta distancia. Otra cosa que le resultaba familiar. Se acercó, dando primero un paso, y luego otro. Cuanto más se acercaba, más lo reconocía. Su padre.

“Papá…”, habló, y le sorprendió su propia voz infantil. Era de nuevo una niña de exactamente la misma edad en la que su padre falleció. Corrió a sus brazos recibiendo el abrazo que había ansiado siempre de él. A pesar de estaba contenta, recordó a su amado y bajó la cabeza. Su padre la miró, preocupado.

“Papá”, repitió, “¿Crees que he hecho bien, marchándome?  Jae Hwan estará tan solo…”

Él negó y Hye Rin supo la respuesta a sus dudas.

“Estará bien. Tiene una vida que vivir. Será feliz, algún día no muy lejano con alguien a quien ame más que a mí”.

Y los dos, padre e hija fuero a jugar al columpio, riendo radiantes por toda la eternidad.


Hasta que nos volvamos a encontrar…

viernes, 18 de abril de 2014

Ken - Captulo 6

-Está aquí –siseó Hongbin, alzando la cabeza. Su cara tenía una horrible mueca macabra que hacía muchas semanas que nadie había visto. Hye Rin se levantó como movida por un resorte, paralizada. Dejó de pelar la manzana que tenía entre las manos y la dejó en la mesa. Hyuk se tragó un gajo de mandarina que le quedaba y se hizo un ovillo en el suelo, balanceándose de adelante hacia atrás.

-Estamos perdidos… estamos perdidos… estamos perdidos…  -decía una y otra vez. El corazón de la chica empezó a latir a un ritmo desenfrenado, temiéndose lo peor de aquella situación. Y en efecto, así era. Cuanto más se acercaba Kyung Hee, más rápido volvían a su estado inicial. Como un retroceso al pasado, como si nada de lo que había hecho la pelirroja hubiese servido para nada.

-¡Chicos…! ¡Chicos, no…!

-No te acerques –la advirtió N, el rostro crispado y un brazo estirado en su dirección. Un golpe la asustó de sobremanera y posó los ojos en el causante, en este caso, Ravi. Se lanzaba con fiereza contra el cristal, que emitía dolorosos crujidos como si se fuera a romper. Entonces la muchacha corrió hacia Ken y pegó la cara en el vidrio.

-¡Ken! ¡KEN! –gimió con desesperación a una persona que parecía no escucharla. Su expresión era de total desconcierto y afabilidad, pero era una afabilidad distante. Hye Rin supo entonces que se había cavado un largo y hondo abismo entre los dos.

Escuchó sus propios sollozos por encima de los miles de gruñidos que flotaban en el aire. Intentó retener las lágrimas que se formaban en sus ojos, sin éxito.

-¡Jae Hwan! –lo llamó por el nombre. El nombrado clavó sus orbes castaños en ella, abriéndolos desmesuradamente.

-¿Acabas de… llamarme por mi nombre real? –tras unos segundos exhaló el aire, recordando-. ¡AH! ¡Hye Rin! ¡He estado a punto de olvidarte…! Hye Rin… -tragó saliva-. Está demasiado cerca.

-Siéntate –ordenó Leo-. Actúa con normalidad. No todos estamos sumidos en el sopor de la magia negra.

-Taekwoon… -dijo la chica. Leo entreabrió los labios en un silencioso jadeo.

-Sienta bien escuchar tu nombre real sobre todo cuando estás a punto de olvidarlo y convertirte en una marioneta de nuevo. Ahora, haz lo que te he dicho, cierra la boca y límpiate las lágrimas de las mejillas.

***

La llave abrió la gran puerta de acero con el usual chirrido punzante que la caracterizaba. Lo hizo hacia dentro, dejando ver desde la celda de Hongbin hasta, una vez abierta, la de Ravi y todo lo que había. La rubia entrecerró los ojos para acostumbrarse a la penumbra verdosa que celaba el lugar ubicando en el centro a su pariente con el muñeco en las manos. Se quedó ahí, contemplándola con serenidad fingida, mientras veía como sacudía el muñeco de trapo grácilmente, sin prisa pero contundentemente. Acarició la idea de acercarse sigilosamente, apartar ese abundante pelo pelirrojo hacia un costado. Sabía que su pariente se estremecería. Nadie la soportaba. Ni siquiera sus queridas mascotitas. Entonces rodearía el blanco cuello como porcelana fina con las manos, casi del mismo tono que éstas y apretaría, primero suavemente y luego con fuerza. Quizás intentaría patear un poco, gritaría ahogadamente, pero no podría hacerlo del todo, porque estaría inmovilizada por la magia. Y el brillo del iris se le apagaría, muriendo poco a poco sin oxígeno.

Sería otra víctima más de su devastador poder. Sin embargo, Kyung Hee no hizo nada de lo que en menos de tres segundos había planeado.

-Hola Hye Rin –habló. Seis pares de ojos se volvieron hacia la persona que había hablado, y la pelirroja se enderezó. Ladeó la cabeza, dejando el muñeco sobre la mesa.

-Bienvenida de nuevo, Kyung Hee.

Una de las comisuras de la rubia se curvó, mientras pasaba los dedos por el cristal de Hongbin. Éste empezó a reírse descontroladamente.

-Hasssss vuelto…. –graznó-. Sssssucia bruja…

-Controla esa lengua, cariño –advirtió Kyung Hee-. Podría arrancártela sin querer.

Se mantuvo en silencio, pero el odio que le procesaba se hacía palpable. Casi podía escucharse el siseo de su voz diciendo “Tripas por doquier… cubrirán la habitación de rooooosaaa”.

-¿Has estado bien? –inquirió de pronto, sin mirarla.

-Perfectamente –y añadió-. He tenido bastantes problemas, en realidad. Me descuidé en algunas cosas.

-No importa. ¿Qué les has dado de comer?

Hye Rin no había pensado en esa pregunta. Ni siquiera tenía en mente qué podía contestarle. Pero reaccionó rápido tras el pequeño lapsus.

-Sobras. Restos. Y un poco de agua.

Kyung Hee fue asintiendo a cada palabra.

-Es curioso. Diría que incluso los veo más rellenitos… y con más color.

La otra se tensó.

-Más rellenitos dice… -gruñó N, con los ojos fijos en Hye Rin-. Esa repugnante furcia es exactamente como tú. ¿Os viene de familia quizás? Odio cada ración de asquerosa comida que me ha dado, cada bocado frio e insulso.

-Así… -murmuró la pelirroja, siguiéndole el juego-. ¿Así me pagas que os haya dado una porción de lo que yo comía? Tendrías que dar gracias a que al menos os he alimentado todos los días.

-¡Miserable…! -chilló el moreno.

-Vale, parad –intervino Kyung Hee, divertida-. Es muy entretenido veros discutir, e imagino que esto ha pasado a menudo durante las semanas, ¿me equivoco?

Su pariente negó con la cabeza.

-Prácticamente, todos los días. A veces me cansaba y los dejaba sin comer el día entero. Ya sabes –bajó la voz-. Como me dijiste.

La rubia aplaudió efusivamente, dando saltitos por la habitación.

-Muy bien. ¡Muy bien! –exclamó-. Me gusta esa actitud. Sí, me gusta mucho. ¿Has utilizado el muñeco?

Hye Rin intentó hacer un gesto despreocupado y a la vez, malvado. Pese a que la otra estaba de espaldas, Ken vio el gesto y se aguantó las ganas de reír. Al parecer no había salido como ella había querido desde el principio, por lo que dio gracias a que no se había girado.

-Por supuesto que lo he hecho.

Kyung Hee la observó dubitativamente, tamborileando el dedo índice con la uña negra sobre los pequeños labios rojos como fresas.

-Quiero verlo.

La pelirroja creyó no haberlo entendido bien.

-¿Pe-Perdón?

-Que quiero que cojas el muñeco y los hagas sufrir –se lo dio junto con la aguja-. ¿No lo has hecho muchas veces? Por una vez, quiero ser una mera espectadora. ¿Me harás ese favor?

Las manos de la muchacha temblaron cuando sostuvieron el juguete y la varilla puntiaguda. Su respiración se aceleró. Sentía la sangre bombear en las sienes, sin saber qué hacer. Buscó la mirada de Ken, y este sacudió la cabeza de un lado a otro, derrotado. Lo vio articular un “hazlo”. Se volvió hacia N y obtuvo la misma respuesta.

“Estaremos bien”

Con todo el dolor del mundo, alzó el objeto y lo clavó en el monigote. Se hizo silencio. Un silencio vacío que fue ocupado por los gritos agónicos de sus amigos. Volvió a clavarlo. Una. Dos. Tres. Cuatro. Hasta cinco veces mientras las lágrimas empañaban su visión.

No había querido hacer daño a nadie. Lo había prometido. Y esa promesa estaba hecha añicos junto a su corazón.

-Suficiente –la detuvo la bruja-. Creo que ya has tenido suficiente.

Su voz estaba cargada de una mezcla de emociones negativas que ponían los pelos de punta. Odio, rencor, frialdad glacial, crueldad, desprecio…

-Dime una cosa, Hye Rin. ¿De verdad piensas que soy tan estúpida como para creerme que has tocado ese muñeco para algo más que para limpiar el polvo? Eres bastante idiota –la agarró del pelo. La pelirroja reprimió un quejido-. Espero que hayas aprendido la lección. Conmigo no se juega, cariño.

La lanzó bruscamente y cuando intentó frenar la caída, Hye Rin se golpeó el codo en el frio suelo. Escuchó un crujido y se oprimió el brazo con la otra mano temiendo habérselo roto. Pero el dolor no era comparable al que sentía en el pecho, a la culpa que la corroía por dentro.

-Te quedarás aquí hasta que yo decida qué castigo imponerte por tus mentiras. Pásalo bien con tus amigos mientras puedas, que no será demasiado tiempo.

Kyung Hee cerró la pesada puerta tras ella, y el suave “clic” indicó que la estancia estaba cerrada bajo llave. La pobre muchacha no se levantó. Si siguiera quería moverse mientras lloraba. ¿Dónde se había metido? ¿Por qué sucedía todo esto? Y lo más importante: ¿Cómo podría ayudarlos, ahora que se había perdido toda esperanza? No podía mirarlos a la cara…

-Hye Rin –la llamó Ken-. ¡Hye Rin, arriba!

Ella negó, derrotada.

-Hye Rin –volvió a nombrarla, esta vez N-. Estamos bien. Ni siquiera nos has hecho daño.

Parpadeó. ¿Qué?

-¿Como que…? ¡Es imposible… yo…!

-Tampoco sabemos que ha pasado –continuó Hyuk-. Cuando clavaste la aguja y no percibimos nada, nos vimos en la obligación de fingir el dolor. Por tu propio bien, y por el nuestro.

-¿Cómo es posible? –hipó la chica. Pese a estar de pie, continuaba aguantándose el brazo-. Parecía tan real…

-Tantos años de dolor, es lógico que sepamos cómo se grita –rió Hongbin. No seseaba en absoluto, lo que hizo llegar a la conclusión que también estaba fingiendo.

Ken puso mala cara.

-No tiene gracia –murmuró.

-Pero apuesto a que es así, ¿o no? Ahhhh……. –el de los ojos en cruz golpeó el vidrio con la frente-. La explicación más lógica a lo que acaba de pasar es que el muñeco se nutre de las voluntades de quienes lo poseen. Si tu deseas torturar a alguien, el muñeco te obedecerá. Pero si haces algo en contra de tus propios sentimientos, es lógico que eso te haga caso a ti y no a lo que te obligan a hacer. Por eso, tenemos que pensar en algo para salir de aquí antes de que se de cuenta.

-Solo queda esperar a que baje y que Hye Rin acabe con ella –sentenció Ravi, reafirmando sus palabras, golpeando el puño en la palma abierta.

La mujer ya no se negó a ello. Había tomado una decisión, y era lo más correcto que jamás había deliberado. Asintió, perdida en sus cavilaciones.

-Rinnie… -dijo Ken-. Se fuerte. Pronto acabará todo.

Temblando, saltó dentro de la jaula de N para sentarse en el sofá. El chico la acompañó, contemplándola sin emitir ningún sonido.

-Tengo miedo –suspiró ella.

-Todos tenemos miedo –aclaró el moreno-. Miedo por ti. No queremos que te ocurra nada.

Hye Rin lo examinó por unos instantes.

-Has cambiado, Hakyeon.

Se encogió de hombros.

-Todos hemos cambiado, gracias a ti –se levantó-. Ahora descansa bien. Mañana será un día duro. Debes estar despejada y alerta.

sábado, 15 de marzo de 2014

Ken - Capitulo 5

-Esto es demasiado aburrido –gimió Hyuk, con la cabeza contra los barrotes. Se había cansado de dar vueltas por su celda y ahora estaba quieto, los brazos colgando por fuera. Una pelota volaba de una punta a otra, de las manos de N a las de Hye Rin. Ambos jugaban para matar el tiempo, que pasaba tan lentamente que exasperaba.

-Hakyeon –lo nombró, después de la revelación de su verdadero nombre unos días antes, la chica aprovechaba cualquier pretexto para hacer uso de él-. ¿Puedo preguntarte algo?

-Hmm… -asintió, con la vista fija en el juguete.

-¿Cómo era tu hermana? –preguntó. Lejos de ofenderse o sentirse herido, N sostuvo la bola entre las palmas y miró a la muchacha.

-Aún la tengo un poco borrosa pero… recuerdo que tenía una larga cabellera negra como el carbón. Sus ojos eran redondos y oscuros cuales pozos, mientras que sus labios, rojos como cerezas. Era preciosa, a mi parecer. No llegaría a los 15 años.

Luego lanzó de vuelta la pelota contra Hye Rin, de una manera tan torpe que ésta salió rodando hasta la celda de Leo. Antes de acercarse, la chica lo miró con recelo, pero desechando cualquier pensamiento negativo caminó hasta allí. Taekwoon recogió la pelota con una mano y se la entregó sin hacer ruido. Pero antes de que se fuera, habló.

-¿Tú no tienes familia?

Se detuvo a medio camino.

-Bueno… sí. Algo así –contestó ella.

-¿Cómo que “algo así”? –Inquirió N-. O la tienes o no la tienes. No hay término intermedio.

-Vale, vale. La tengo. Solo qué… la mitad no lo es –apretó la bola contra el estómago, para intentar deshacer el nudo que tenía-. Mi madre se volvió a casar cuando mi padre murió hace dos años. No quise aceptarlo. No. No quiero aceptarlo. Se casó tan felizmente, mientras yo seguía llorando la perdida de mi figura paterna. Lo peor fueron los niños que él trajo a nuestra casa –puso claro énfasis en las últimas palabras-. Rompían cosas, tiraban de la cola al perro, me insultaban constantemente… es bastante deprimente que chiquillos de 14 años estén tan poco formalizados, ¿verdad? –rio amargamente-. Quería tener cualquier pretexto para salir de aquella jauría de palomas que no hacían más que gritar y gritar y…

-Basta –ordenó Ken, de pronto. Todos se fijaron en él, como si hubiera hecho algo fuera de lo normal-. No quiero escucharte más.

Hye Rin tragó saliva, compungida.

-Siento ser tan desagradable, pero solo…

-¡He dicho que te calles! –exclamó él, y la muchacha dio un salto hacia atrás-. ¿Crees que tienes derecho a quejarte? ¿Crees que eres la que peor ha vivido? ¡Yo era huérfano! Sabes lo que es compartir la comida con otras personas, ¿no? Pues deberías saber cómo me sentía yo cuando solo tenía un mendrugo de pan y tenía que dar la mitad a otras diez personas que pasaban hambre igual que yo. Y cuando crecí, tuve que salir del Orfanato y vivir en las calles. Ahora… ahora creo que prefiero estar aquí.

Hye Rin contuvo las lágrimas que se formaban por inercia. Quería decirle que todo estaba bien, que cuando todo terminara, los dos vivirían juntos en una casa lejos de todo el mundo. No habría frío que calara en sus cuerpos delante de la chimenea envueltos en mantas, muy cerca el uno del otro. Querría añadir que, con el tiempo, ella misma borraría su pasado de la mente y crearían uno nuevo. Pero las palabras no le salían de la boca y alargó el brazo para introducirlo dentro de la jaula y quizás, darle un apretón de apoyo.

Notó que la trampilla que conectaba el exterior con Ken estaba bloqueada, y vio como éste era el causante, porque había colocado la mano de forma que era casi imposible abrirla. La chica lo miró, pero Ken desvió la vista, entristecido. Con la vergüenza sobre sus hombros, enterró la cara entre las manos y salió de la estancia hipando, sabiendo que el abismo que los separaba se iba agrandando por momentos.

***

Cuando se acercó la hora del almuerzo, Hye Rin no tuvo otro remedio que bajar a alimentar a los chicos. No quería mirarlos a la cara después de recapacitar seriamente y darse cuenta de que su estupidez no tenía límites. Ella que conservaba la familia… cuando muchos de ellos ni siquiera tenían todos los miembros de ésta completos. Tan necia…

Entró en la estancia con la bandeja en los brazos, abatida. Después de servir en algunas celdas, se percató de que tanto Ken como Hyuk estaban profundamente dormidos. No se lo reprochó, ya que los pobres chicos no tenían otra cosa que hacer en el reducido espacio. Pasó por la “habitación” de N para darle un plato de tarta, cuando inesperadamente se acercó a la muchacha y señaló su sofá. No sabía qué quería, pero tras evitar el vidrio que se situaba en el suelo, punzante, dando un saltito, llegó hasta el gran sofá y se sentó en un extremo. N llegó a hacer lo mismo, hundiendo el tenedor en el trozo de pastel, llevándoselo a la boca y saboreándolo con parsimonia.

-No te preocupes por mí. No voy a hacerte nada –dijo Hakyeon, en voz baja. Hye Rin se percató de que estaba tensa, y trató de relajarse-. Ya no puedo sentir ese deseo de saltar y matar a nadie.

-¿En serio? –la curiosidad hacía mella en su persona. Antes de contestar, volvió a llevarse un trozo de tarta a la boca.

-No solo yo –explicó-. Hyuk es cada vez menos pesimista, ahora utiliza el término “Y sí…”. Hongbin está menos loco que antes, aunque aún razona sobre cosas extrañas. Leo contesta cuando le hablan. Incluso Ravi ni siquiera se altera cuando le dejas la comida y metes el brazo en su celda. Y bueno, Ken… -miró al adormilado hombre cuya respiración seguía siendo regular-. Ken está de mal humor. Él nunca está de mal humor. Siempre lo he visto con la mirada perdida, y nada más que flores en la cabeza. Vivía, como comúnmente se dice, en el mundo de Yupi.

La mujer resiguió con los ojos la espalda del castaño y reprimió un suspiro. Le dolía el pecho de turbación e inclinó la cabeza.

-No quiero que me odie –confesó con la voz rota-. No soportaría que me mirara con resentimiento.

-¿Tanto lo quieres?

Hye Rin se encogió de hombros.

-Más de lo que crees. Y ni siquiera puedo tocarlo… quiero decir, puedo, pero no tanto como querría –se sonrojó hasta las orejas al decirlo y enterró el rostro en las rodillas. N soltó una carcajada entre dientes.

-Ya he entendido a qué te referías –dijo-. Fue bastante insensato decir aquello cuando Ken había recuperado retazos de su memoria. Aunque no lo sabías, claro.

-Me arrepiento profundamente, Hakyeon. He comprendido lo equivocada que estaba. Hace unas horas, llamé a mi familia para preguntar sobre su salud. Se alegraron de oírme, y tuve la sensación que todo el odio que les tenía se había evaporado. Pero no cambiará nada, no cuando he sido tan idiota de despotricar como una cría delante de él. Bueno, y de vosotros –agregó.

-¿Algo más que añadir en tu disculpa? Si no te disculpas con él, al menos, hazlo delante de mí.

Repentinamente, los ojos de la pelirroja se llenaron de lágrimas que caían por sus mejillas. Le temblaba el labio inferior al pronunciar lo siguiente:

-Nunca había sentido lo que siento por Ken. En lo único que pienso es en sacarlo de ahí y llevármelo lejos, donde no haya Kyung Hees que puedan separarnos. Quiero una casita junto a un arroyo en un pueblo pequeño dejado de la mano de Dios y vivir allí con él. Deseo ser su familia. No podré reemplazar a la que nunca existió, pero sí mitigar el dolor que siente por su ausencia. Quiero borrarle la soledad con una simple caricia o con un abrazo por las mañanas y ahuyentar sus pesadillas en un beso de buenas noches antes de dormir. Pero todo lo veo tan improbable con Kyung Hee… y duele… duele tanto ver que es posible que no se cumpla…

 N, en silencio, contemplaba su plato vacío con expresión inescrutable, dejando que Hye Rin desahogara su tristeza contra su hombro derecho. Cuando terminó, se enderezó en el sofá y los largos dedos desterraron los últimos rastros de lágrimas que le quedaban.

-Vale –murmuró al fin el bipolar chico-. Por mí, todo olvidado. ¡Eh, Ken! Lo has oído, ¿no? ¿La perdonas ya?

Hye Rin se puso rígida como un palo y casi que no quiso ver cómo lentamente, el nombrado se iba levantando del suelo hasta clavar los iris castaños en ella. Ruborizada violentamente, pensó en saltar detrás del sofá y esconderse. Lo oyó soltar el aire y alzó la cabeza.

La miraba, pero era un mirar dulce, lleno de amor, diferente a como normalmente lo hacía. Aun así, no dijo nada, y eso hacía dudar a la muchacha hasta que hizo una señal para que se acercara. Caminando como una autómata, llegó hasta él. Volvió a indicarle que metiera la mano por la trampilla de la celda. Hye Rin meditó unos segundos e hizo lo que le pedía. Las manos de Ken apresaron la de ella y se cerraron entorno. Sintió en el dorso de ésta unas gotas líquidas que iban escurriéndose a los lados, y supo que Ken estaba llorando. Le dio un beso húmedo por las lágrimas en la piel, tan delicado como una pluma.

-A mí también me hubiese gustado compartir mi vida contigo, Hye Rin. Cada día que pasa me doy más cuenta de lo enamorado que estoy de ti. Y comparto ese dolor… Diablos… haría cualquier cosa por un roce de tus labios… o por estrecharte entre mis brazos y no dejarte ir…

La chica no pudo retener su llanto por más tiempo. Desató toda su impotencia, todo su dolor y angustia de golpe. Se retiró, agarró la silla y la elevó por encima de su cabeza. Antes de que ninguno pudiera decir nada por la sorpresa, aporreó repetidamente la prisión de cristal de Ken, sin éxito en romperlo. En cierto momento, la silla rebotó y golpeó la frente de Hye Rin, que, por el aturdimiento, cayó al suelo. Hizo caso omiso a la llamada de los chicos para que no hiciera cosas estúpidas, y acertó tener unas tijeras en el vestido. Redujo la distancia con Leo y se dispuso a partir los cables que mordían su piel. Más de nuevo, las manos le fallaron y se cortó el dedo índice. Ignorando el dolor, siguió intentándolo hasta que la mano que tenía posada en los barrotes fue cubierta por la de Taekwoon.

-Hye Rin –pronunció él-. No. No hay nada que puedas hacer.


Entonces la pelirroja soltó las tijeras, que hicieron un ruido sordo al tocar el suelo y se derrumbó entre amargos sollozos desesperados. Nadie fue capaz de consolarla de su tristeza en todo lo que restaba de día, porque era la misma desolación que albergaban los demás y que exteriorizaban a través de la delicada muchacha.

******

Siento haber hecho éste capitulo tan triste y a la vez tan corto. Deseo que esperéis el próximo capitulo con ilusión, por que ya queda poco para terminar (uno o dos capítulos a los sumo más el epílogo). ¡Gracias por leer, hasta el próximo capítulo!

sábado, 1 de marzo de 2014

Han Sang Hyuk: El Nefilim


"Han Sang Hyuk es un chico nacido Nefilim. Su padre, un hombre coreano corriente que trabajaba en las industrias de carbón de la época de los setenta se enamoró de una joven de cabellos plata, que en ese momento residía como la "sobrina" del duque del país. Cual fue su sorpresa al descubrir, que la bella doncella de la que se había enamorado era nada mas y nada menos que uno de los tres arcángeles que se nombran en los textos bíblicos: Gabriel.

Gabriel tambien quedó hipnotizada por la naturaleza del humano. Había visto muchos a lo largo de los siglos, desde los primeros primates y sus vociferaciones como neandertales hasta ese momento. Descubrió una inteligencia casi semejante en él. Se prometieron, se casaron y tuvieron dos hijos. Cuando Gabriel los vio, recordó que su vida era finita, y la de ella, infinita. Con todo el dolor del mundo, un dia desapareció. Fueron vanas las busquedas de su marido que, compungido, crió a los niños como pudo.


Hyuk y su hermano crecieron, y el primero empezó a manifestar signos de Nefilim a la edad de 16, mientras que su hermano seguía siendo una persona normal. Asustado, también los abandonó. Después de 20 años por las calles, Jae Hwan, en medio-ángel lo encontró. Le explicó qué era, ayudándolo en papeleos, le encontró casa propia y un trabajo de medio tiempo. A cambio, Hyuk  y Ken mostraban una complicidad y compartian unos secretos que ni Leo, ni Hongbin, ni Alice podrían comprender jamás..."

domingo, 23 de febrero de 2014

Hongbin - Capitulo 14

Cerré los ojos un segundo y por décima vez, me dejé embargar por el silencio que me invade. Estaba en un viejo y gigantesco garaje de paredes de chapa, como esos que salen en las pelis de policías, sentada en un desgastado tractor que, por su aspecto, parecía olvidado para siempre por su dueño.

Miré los faros delanteros, creyendo ver en ellos un atisbo de tristeza y soledad y en consecuencia se me revolvió el estómago. ¿Pensará Ken que lo hemos abandonado? ¿O por el contrario, sabrá que estamos haciendo todo lo posible por rescatarlo? Aunque el peor de mis miedos es que lo sepa, pero le dé igual.

Fruncí el ceño, preocupada. Me da la impresión de que cada vez nos alejamos más de nuestro objetivo y eso es algo que me incomoda y me pone nerviosa. Observé sin interés el amplio recinto oscurecido por la noche pero tenuemente iluminado por unas lámparas colgantes de luces amarillentas. Me habían dicho que los esperara allí ante mi negativa de quedarme sin hacer nada en casa. Ahora que lo pensaba, ¿qué podía hacer yo en un juego de titanes siendo solo un minúsculo insecto ante sus ojos?

Desplacé la vista hasta la silla posicionada en el radio luminoso de una de las lámparas. Una silla que, muy pronto, ocuparía alguien a quien habían ido a buscar los dos genios. Nunca preguntaré de cual fuente sacan su información porque tengo el presentimiento de que la respuesta no me gustará.

Hacía fresco, y di gracias al haber pensado en traer una chaqueta de más. Estaba a punto de abrochármela, cuando la puerta del garaje se abrió sonoramente y una figura se lanzó a gran velocidad contra el suelo hasta quedar casi bajo mis pies. Al momento entraron Hongbin y Leo. Adiviné que éste último había sido el que había lanzado al individuo con vehemencia y sin cuidado. Ambos parecían serenos, pero solo en apariencia.

Cuando la persona delante de mí se levantó, reprimí una exclamación de sorpresa. Era joven, no debía tener más de dieciocho años. Facciones angulosas, pómulos salidos y una fea herida en la ceja. Como respondiendo a mi pregunta silenciosa, Hongbin me contestó:

-No se estaba quieto, y he tenido que utilizar mis habilidades.

Con habilidades, se refería precisamente a sus puños. Puse los ojos en blanco a modo de contestación. El muchacho miró el lugar, perturbado, hasta clavar los ojos en mí. Se dio cuenta de que había otra persona más en la sala. Por eso, se escabulló hasta quedar escondido detrás. Pensé que me pillaría de rehén o algo por el estilo, pero simplemente se agarró de mi chaqueta, temblando violentamente.

Es solo un niño.

-Hongbin. Leo. ¿Qué habéis hecho? Es solo…

-Apártate de él –ordenó Taekwoon, tenso. Estaba esperando alguna reacción malintencionada por parte del chico que escondía, sobretodo, la cabeza en mis omóplatos.

-No es humano, Alice –le apoyó mi genio por vez primera, cosa que me sorprendió-. Es un Nefilim.

Pese a lo colegas que parecían ser, sabía que por dentro están deseando patear algún trasero. Y no solo el del Nefil. Me giré lentamente a la cabeza rubia, lo único que llegué a ver. Siendo un ser tan fuerte como él, ¿por qué se ocultaba de esa manera?

-¿Cómo te llamas? –pregunté. No esperé que me contestara, pero lo hizo igualmente.

-SangHyuk –y luego corrigió-. Hyuk.

Unos nudillos crujieron dolorosamente, notando la impaciencia de los dos seres sobrenaturales. Lo conduje a la silla, diciéndole que no pasaría nada, pero en mi voz advertí un timbre de indecisión. Ni siquiera yo sabía lo que tenían planeado para él.

-Empecemos, pues –habló el Djinn, acercándose. Colocó las manos en el reposabrazos de la silla, mirando directamente al Nefil-. ¿Qué sabes de Hyuna, Jessica y un medio ángel llamado Ken?

-Nada –contestó, temeroso. Hongbin se levantó, medio caminando medio flotando y se dio la vuelta.

-Dicen que si le arrancas las uñas a un Nefil, no le vuelven a crecer nunca jamás. Es la única parte de los de tu especie que no se regenera sola. ¿Deberíamos comprobarlo? Ya veo que no tienes curiosidad. Voy a reformularte la pregunta. ¿Qué sabes de Hyuna, Jessica, Ken y la llave del infierno?

Hyuk se mordió el labio, vacilante. Sabe algo, pero no quiere soltar prenda. Tras unos segundos de calma, el Nefil alzó los ojos con más decisión que antes.

-Yo no sé nada.

¡Plas! Un sonoro bofetón marcó la blanca cara de SangHyuk, que se quedó atónito. No fue Hongbin, si no Leo el que le golpeó el rostro con la palma abierta. El Marid lo aferró de la camisa y tiró hasta casi ponerlo en pie. Un crujido por parte de la tela me dijo que el Nefil no podía sostenerse sobre nada y la camiseta se iba rajando poco a poco.

-Escúchame, idiota –siseó Taekwoon, con una voz tan cargada de odio que se me heló la sangre-. Dinos donde está Jae Hwan en estos momentos. La Efreet nos dijo que se encontraba en una cárcel, pero en el centro de la ciudad hay aproximadamente cuatro diferentes. No podemos darnos el lujo de ser descubiertos a la primera, porque sabemos perfectamente que la Genio no es tonta.

-Habrá apostado centinelas Nefilim en cada rincón. No suponen un peligro para nosotros, pero si dan la alarma, se pueden cargar al mestizo sin miramientos –señaló Hongbin. Aquello me sentó como una jarra de agua fría. Si los Nefil los presienten, game over. Si tardamos, el resultado será el mismo. Hagamos lo que hagamos, perdemos. A menos que…

-Cambiemos de pregunta –dijo el Djinn-. ¿Por qué le preparasteis una emboscada al Marid?

Hyuk miró a Leo largamente, tragando saliva. Éste lo soltó pero no se apartó demasiado.

-Ya os dije antes que yo no estaba allí para hacer eso. Mis motivos eran otros.

-¿Como cuáles? –pregunté yo, curiosa. No había hablado en todo el rato, pero necesitaba despegar los labios. El Nefil ladeó la cabeza en mi dirección.

-Buscaba algo. Un mensaje –concluyó.

-¿Mensaje? –inquirimos los tres a la vez. Hyuk asintió.

-Me he infiltrado en territorio enemigo para sacar información, ganándome la confianza de la Efreet. Lee Jae Hwan y yo nos hemos visto varias veces y nos conocemos de muchas más. La última, me dijo que recogiera un mensaje que debía entregarle la próxima vez que lo viera, fuera la situación que fuera. Dijo que era una llamada a… -se calló-. No importa.

-Oh, sí que importa –aseguró Hongbin, amenazante-. ¿Qué mensaje? ¿Qué llamada?

-Jae Hwan me hizo jurar que no se lo diría a nadie. Ni siquiera al Marid. Pero por el contrario me pidió que si le pasaba algo, dijera a sus amigos –pronunció “amigos” de forma despectiva- que protegierais a la chica. Si ella abre la puerta del Infierno, estamos perdidos.

No me lo podía creer. ¿Ken sabía que lo cazarían? ¿Cómo?

-Es absurdo –dije, sacudiendo la cabeza-. ¿Cómo voy a abrir la puerta de infierno si no tengo una llave? No puedo meter el dedo en una cerradura y…

Me detuve, porque de pronto lo entendía todo. Y por las caras de mis compañeros, ellos también. No había llave física. La llave era yo misma. Y tenían a Ken para chantajearme llegado el momento.

-SangHyuk… Hyuk –dije, poniéndome de cuclillas a su lado-. Por favor, cuéntanos dónde tienen a nuestro amigo.

El muchacho clavó la vista en mí. Algo en mi cerebro, un pensamiento, se alzó imponiéndose por encima del resto. Un número de calle, una puerta trasera. Un pasillo solitario la seguían y finalmente, un corredizo de celdas con barrotes de metal. Idéntico a mí sueño.

-Alice –me nombró Hongbin-. Eh. Te has quedado embobada.

Volví a la realidad, como si me hubieran velado los ojos momentáneamente. Me levanté demasiado deprisa, pero ya era consciente de lo que debía saber. Hyuk y yo nos intercambiamos una mirada de complicidad, dándole a entender que lo había captado. Aun así, en mi mente resonaron unas frases claras y concisas “No vayas, pese a que te lo he enseñado. Es un gran laberinto de muerte. Jae Hwan quería, por encima de todo, que estuvieras a salvo. Si vas, significará que su sacrificio no ha servido para nada. Le habrás defraudado”.

-“Entonces, ¿para qué me lo has enseñado?” –Pienso, confusa y con el corazón en un puño. No estaba al corriente de que los Nefilim tuvieran la capacidad de comunicarse telepáticamente-. “Puedes notar que su vida se apaga, ¿verdad? Es mi amigo, y tú sabes que nadie más puede entrar en ese lugar salvo yo. Porque no soy un ser sobrenatural y nadie repararía en mi presencia. Él te importa, no puedes negarlo.”

Vi que se encogía de hombros, un gesto que todos advertimos pero solo yo sabía a quién iba dirigido.

-“Ha sido mi amigo durante bastantes décadas. Me ayudó cuando estaba perdido, haciéndome ver que no era un monstruo. Los que son como yo, suelen acabar de delincuentes y la policía con expediente abierto por que no pueden encontrar una explicación lógica a lo que sucede. Solo yo tengo dos dedos de frente. Y se lo debo a Jae Hwan.”

Saber que Ken ha tendido su mano a alguien como Hyuk, me produjo un sentimiento de orgullo por mi mejor amigo. Es un alocado, a veces se comporta como un imbécil de campeonato, pero en el fondo es un trozo de pan. Igual que el Nefil.

-“Sé dónde me envías. Pero necesito a alguien lo bastante fuerte para echarme un cable si no puedo sacar sola a Ken.”

-“Quieres que te acompañe porque mi presencia es igual que la de los demás Nefilim”, no es una pregunta, y espero a que prosiga, “De acuerdo. Pero tienes que sacarme de aquí. Tus amigos me dan miedo.”

Si tenía alguna duda de su temor por los genios, después de la conversación telepática me quedó bastante claro. Prefería adentrarse en las entrañas del peligro antes que seguir viéndoles la cara de cabreados.

***

-No puede quedarse en mi casa –negó Hongbin, de brazos cruzados. Estábamos fuera del garaje que hacía las veces de almacén, y Leo sujetaba a Hyuk por la nuca para evitar que escapara. Yo, por el contrario, tomaba sin demasiada presión el brazo del Nefil y de vez en cuando le daba un apretón en el hombro para infundirle valor, contrarrestando la presencia del Marid. Este cambió de peso, aburrido.

-Hasta que averigüemos donde esconden a Jae Hwan –dijo. Su tono no admitía réplica.

-Puede alojarse en mi casa –intervine. Los tres me miraron como si me hubiera vuelto loca.

-Fingiré que no te he oído –comentó Leo. Le di un golpe en el pecho que no tuvo ningún efecto, ni varió su inescrutable expresión. Me giré hacia Hongbin.

-Solamente debéis hacerles algunos trucos mentales a mis padres y creerán que Hyuk es un miembro más de la familia. No serán demasiados días, lo prometo. Hasta que sepamos…

-No es de ti de quien desconfiamos –explicó el Djinn, acercándose a mí-. Si no de él. ¿Estás segura de que podemos fiarnos?

Asentí efusivamente. Nunca he estado más segura de algo.

-¡Qué se le va a hacer! –Exclamó mi genio-. Haremos turnos y os mantendremos vigilados. Si haces cualquier movimiento sospechoso –se dirigió al chico- morir no será la mayor de tus preocupaciones.

El ultimátum caló en el Nefil, cuya rigidez era patente. Nos encaminamos hacia mi casa. Mi mejor amigo hizo que dejara el brazo del muchacho y ambos se adelantaron por el camino hacia la casa, que se veía ya cercana.

-Alice –me llamó Hongbin-. Necesito hablar contigo.

Di la vuelta sobre mis talones para mirarlo a la cara. Me dio la impresión que había crecido, o yo me había vuelto más pequeña en comparación. Lo cierto es que intimidaba bastante, pero a la vez era reconfortante que estuviese conmigo. Sin embargo, sus ojos tenían un aire cansado. O quizás era ansiedad. No podía saberlo del cierto.

-Te diría que tuvieras cuidado con el Nefilim, pero supongo que eres suficientemente inteligente para que nadie te diga nada –dijo.

-Supones bien –respondí. Una de mis manos se desplazó hasta su mejilla, en busca de algo que solo podría darme inclinándose. El Djinn no se quedó atrás y pronto volví a disfrutar de sus suaves labios contra los míos. El beso se profundizó, y mi labio inferior fue atrapado por su boca. Ese gesto era simplemente sensual. Me costó horrores no deshacerme en aquel momento, y por si fuera poco, Hongbin me sujetó de la cintura contra su figura. No fui yo quien detuvo el arrebato pasional que nos absorbía, si no él mismo. Cuando se separó, solté un gemido de contrariedad. Mi genio sonrió, travieso.

-Ya habrá tiempo para nosotros –reveló. Me ardía la cara, y mi corazón latía desenfrenado. Sus brillantes pupilas emitían un brillo especial, reflejando el sentimiento de deseo febril que difícilmente contenía-. Espero que cuando te vayas a dormir, pienses en mí tanto como yo en ti.

No podría evitar hacerlo ni queriendo. Una punzada de culpa me recorrió y apreté los dientes. Me decía esas cosas cuando yo estaba a punto de traicionar su cariño y confianza. No era merecedora de su afecto.


-Ya lo hago, Hongbin –confesé-. Todos los días.

***

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