martes, 17 de septiembre de 2013

HongBin - Capítulo 1

Hay personas que llegan a nuestra vida de forma realmente extraña. Algunos los hemos conocido en un supermercado, a lo mejor de rebajas en alguna tienda de moda, o simplemente, coincidiendo en la hora de bajar al perro. Todo está destinado a ser de una manera. Todos estamos destinados a coincidir, a veces solo de vista y otras, convirtiéndonos en personas muy importantes para las vidas de los demás y viceversa. Lo que no esperaba, es que ésa persona llegara a mi de la forma mas extraña que se pueda imaginar, prácticamente rozando lo absurdo.

Soy Alice, y ésta es mi historia.

***

Mi vida siempre ha sido completamente normal. Mis padres están casados desde hace mas de quince años, tengo un pastor alemán cruzado con belga llamado Argos y un canario que empieza a cantar a las seis de la mañana. Voy a una escuela concertada y no soy ni la más lista de la clase, ni tampoco la que peor notas saca. De vez en cuando salgo con mis mejores amigos, Lee Jae Hwan y Jung Taek Woon, a quienes conozco desde la infancia. Somos un trío peculiar. Cada uno, es un mundo diferente. Jae Hwan, o Ken -como pide ser llamado- es un chico que no entiende el significado de la frase “callarse un rato”. Es divertido e intrépido, y en más de una ocasión nos ha metido en problemas a los demás. Taek Woon, o Leo, es la viva imagen de la inexpresividad. Si no lo conociera, diría que es una persona fría y distante que prefiere no mezclarse con la gente. Pero Ken y yo sabemos que eso no es verdad.

¿Y yo? Bueno... yo soy yo. La única que soporta el carácter explosivo de uno y la indiferencia del otro. Y ellos cargan conmigo como si de su hermana pequeña se tratase. Algunos me catalogarían como “Mary Sue”, alguien con un carácter cercano al de Bella Swan de Crepúsculo. Pero seamos sinceros: Mi carácter está muy por encima del de ese personaje tan sumamente aburrido y pesado. Y lo estaba demostrando ese mismo día en las gradas de la sala de natación, con un pie encima del respaldo del asiento de la persona delante de mí, sumándome a los gritos de apoyo que Jae Hwan vociferaba a un serio Taek Woon. Éste, se preparaba para sumergirse en cuanto el entrenador diera la orden. Sin embargo, un segundo antes nos miró con su usual cara de póker y nos guiñó un ojo.

El instructor hizo sonar el silbato y mi amigo saltó. Todos ellos eran especialmente rápidos y se veían confiados de su victoria… hasta que llegó Leo, cuya fuerza y velocidad superaba al resto con creces. Y mientras Ken y yo misma nos desgañitábamos rugiendo su nombre, ganó. Brincamos como nunca y por poco no pasamos por encima a los compañeros de al lado que a duras penas se apartaban a tiempo para dejarnos pasar. Llegamos al borde de la inmensa piscina en el preciso instante en que Leo salía del agua.

Como siempre, lo abrazamos a pesar de que mojaba nuestras ropas. Eso era lo de menos.

-         ¿Cuantas veces llevas ganando? –Preguntó Ken- ¿Diez? ¿Veinte veces?

-  No exageres –dijo Taek Woon, revolviéndose el pelo, que acabó en puntas desordenadas. Luego pasó sus grandes brazos alrededor de nuestros cuellos, sonriendo y los tres caminamos hacia los vestuarios.

Obviamente, mi persona tuvo que esperar fuera para no ver nada indebido. Era ridículo, pensaba yo. Estábamos juntos desde que tengo memoria y cada vez que se lo hacían encima los ayudaba a cambiarse de ropa interior. Claro que eso ocurrió cuando teníamos… cinco años.

- Ha Ri me ha enviado un mensaje –anuncié apoyada en la pared-, Felicita a Leo por su victoria.

- Ésa chica… Está coladísima por Taek –suspiró Ken-. No me extrañaría que se hubiera hecho amiga tuya solo para poder estar cerca de él.

Me encogí de hombros aunque no podían notarlo. No era algo que me preocupara demasiado, tampoco tenía una relación tan estrecha con ella. Había asumido que solo podía contar sinceramente con dos personas, aquellas que ahora mismo se encontraban al otro lado de la puerta de los vestuarios.

- Dile que gracias –murmuró Taek Woon. Salieron del lugar en el momento en que apretaba la tecla de enviar con la frase “Dice que gracias”, tal cual. Bloqueé el móvil y me lo metí en el bolsillo.

-         ¿Vamos a comer algo? Tengo hambre –me quejé. Leo resopló y Ken soltó una carcajada sonora-. ¿Qué?

-         Has desayunado hace media hora, Alice –recordó el serio mirándola a los ojos.

-         ¿Y? Son casi las doce y media…

-         Yo también tengo hambre, la verdad –comentó Jae Hwan-. No he desayunado. Podemos ir a un restaurante de comida rápida y luego pasarnos por la tienda de antigüedades, si hay alguna. Tengo que regalarle algo a mi abuela.

-         ¿Le regalas antiguallas a tu familia? –inquirí, sorprendida y añadí de broma-. Ahora me lo pensaré dos veces antes de aceptar lo que me regales por mi cumpleaños.

-         Ali, tonta. ¿Qué quieres, que le regale un Iphone 5 a una señora de noventa años? Le daré algo que sea de su tiempo y que se pueda poner.

Le saqué la lengua. Mis hombros vibraban de la risa y entonces se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo.

-         Con que esas tenemos… -fingió remangarse pese a que llevaba una camiseta de manga corta blanca ajustada-. Leo, si fueras tan amable de…

-         A mi no me metas en esto –advirtió. Empezó a sacar los auriculares de su bolsillo vaquero desgastado y desconectó del mundo exterior. Pero sabíamos que seguía con un oído para nosotros por si acaso. A esas alturas, habíamos empezado a subir la cuesta de la carretera que llevaba al restaurante de comida rápida. Ken y yo nos miramos, y recordamos que teníamos algo pendiente.

Salí por patas siendo perseguida por mi mejor amigo. Mis chillidos resonaron por todas las calles mientras temía por mi vida. Bueno, mas bien, por mis costillas, que sufrirían la “ira” de Jae Hwan si me alcanzaba. La gente que pasaba nos miraba como si fuéramos unos gamberros, pero estaba más concentrada en mí fuga, por lo tanto no le di importancia.

“…”

Escuché a lo lejos una voz que no era conocida y como si alguien me estirara de la camiseta, por detrás.

“…aquí…”

Me detuve en seco, con los pelos de punta. No me gustaba esa sensación, me sentía desnuda mentalmente, como si alguien pudiera leérmela cual libro abierto. El dolor agudo del cemento bajo mis codos hizo que me diera cuenta de que Ken había tropezado conmigo. Me llevé las manos a la cabeza, que también había sufrido el contacto con la barbilla de éste. En el suelo, pude ver como Leo, alarmado, corría hacia nosotros prácticamente arrancándose los auriculares de las orejas.

-         Sabía que esto acabaría así –suspiró. Colocó sus manos debajo de mis brazos y me levantó con facilidad. Ken se puso en pie con cierta dificultad.

-      Gracias por ayudarme a mí también, Taek Woon –dijo amargamente. El otro sólo le dedicó una mirada inexpresiva antes de centrar su atención en mí de nuevo.

- ¿Qué te ocurre? –preguntó. Sacudí la cabeza, sin saber qué contestar exactamente. Repasé la calle una y otra vez, hasta que di con lo que de forma inconsciente buscaba.

Una pequeña casa de tejado rojo y paredes color salmón cuyas ventanas no dejaban entrever nada al otro lado, se alzaba majestuosa detrás de un muro de piedra blanca con un cartel que decía “Tienda de antigüedades”. Los dos chicos siguieron la dirección de mi mirada. Me pareció ver una sombra cruzar los ojos oscuros de Leo, pero no podía estar segura del todo. En cambio, Ken aplaudió y saltó, emocionado.

-         ¡Ahora sí podré hacer el regalo de cumpleaños a mi abuela! –exclamó, contento.

***

Un cascabel repiqueteó cuando la puerta se abrió, anunciando la llegada de nuevos clientes, que, en este caso, pasaban tímidamente al interior.

-         No toques, Jae Hwan –le dije con un hilo de voz, al ver que mi amigo alargaba el brazo para palpar una figurita de una princesa de porcelana. No sabíamos el precio, por lo tanto no podíamos permitirnos romper nada excesivamente caro. La tienda era peculiar y olía a viejo. Las estanterías, repletas de reliquias de color oro viejo parecían a punto de caer. Detrás de recepción, un hombre de espesa barba gris blanquecina no despegaba la vista del libro que tenía entre las manos.

“Caliente, caliente”

Otra vez, la voz hizo acto de presencia en mi mente y el escalofrío que hacía pocos minutos me había recorrido volvió. Carraspeé, incómoda. Todo era producto de mi imaginación, estaba segura. Ladeé la cabeza, curiosa. Ken no me había hecho caso y sostenía varios colgantes sopesando la posibilidad de comprar un par o dos. El otro chico me seguía de cerca, como una sombra, también escudriñando los extraños objetos. Cuando levantó una copa plateada con incrustaciones de rubíes, el dependiente cerró el libro secamente, provocando la sorpresa de Leo, a quien le tembló la mano que sujetaba el objeto.

-         Data de 1450, y es rubí auténtico –informó, con voz áspera-. Los dibujos que la adorna fueron hechos por los árabes más virtuosos de la época. Es una pieza única.

-         Hmm… -fue lo que logró decir. Colocó aquello de nuevo en su sitio y fue a mirar otras cosas.

El hombre llamó mi atención.

-         ¿Y tú? ¿Qué buscas?

No supe que responder hasta que la voz volvió a zumbar en mis oídos, como si me lo susurraran.

“El llamador…”

-         El llamador –repetí como una autómata. No sabía ni por qué lo había dicho.

El hombre sonrió, dejando ver varios dientes de oro y desapareció en la trastienda. Momentos mas tarde, reapareció con una cajita alargada y bastante desgastada en las manos y me la dio.

-         ¡Espere! –proferí, mas alto de lo que hubiese querido. Volví a bajar el tono-. ¿Cuánto es?

El dependiente volvió a sonreír. No fue agradable.

-         Cuídalo –dijo solamente. Mi desconcierto incrementó. No entendía nada. Me daba un tesoro de a saber cuantos años… ¿gratis?

Cuando salimos de allí, los tres suspiramos a la vez. Jae Hwan había comprado un collar con un símbolo parecido a un sol, con una perla en cada destello. Pese a parecer delicado, el dependiente se lo había envuelto sin ningún tipo de cuidado. Vi a Leo patear una piedra, pensativo. Luego se giró hacia mí.

-         ¿Qué te ha dado? –preguntó, mirando la cajita que llevaba en las manos. Me alteré un poco sin saber por qué. Debería estar acostumbrada a la perspicacia de Leo, al que nunca se le escapaba detalle.

-         Un llamador de ángeles –dije y añadí-. Creo.

-         ¿Te lo ha dado así? ¿Sin mas? – interrogó Ken, con voz ofendida-. Ya podría haberme dado esto gratis también.

Me encogí de hombros. Vería el interior de la cajita tranquilamente en mi casa. No pasó desapercibida, sin embargo, la mirada entrecerrada de Leo quien observaba la cajita sin demasiada confianza. Como si lo que hubiera en el interior no fuera a aportar nada bueno… para nadie.

***

La puerta principal chirrió al abrirse. Desprendí las llaves del cerrojo y cerré con suavidad. Mi perro, negro con alguna mancha marrón oscura, vino a mi encuentro meneando su peluda cola como un torbellino. Argos me echó las patas en los brazos y se estiró cuan largo era para darme un par de lametazos en las mejillas, dejándomelas babeadas. Una vez recibido el saludo, volvió hacia el interior y aproveché para limpiarme la cara con el dorso de la mano. Pasé el salón y antes de enfilar escaleras arriba grité:

-         ¡Ya estoy en casa!

La contestación de mi madre me llegó amortiguada pero firme. Sabía que acababa de llegar de trabajar cuando la vi aparecer un una pila de ropa en las manos y su traje de americana aún puesta. El empleo de mi madre consistía en la compra-venta de objetos en una subasta, y de vez en cuando desaparecía dos o tres días para organizar una en otro país. Mi padre, que no tardaría en llegar, era uno de los bajos cargos de una empresa de móviles. No era un empleado cualquiera, pero tampoco podía decirse que fuera un jefe imprescindible.

-         ¿Qué tal hoy en la escuela? –me preguntó ella, saliendo a la terraza para tender. Me acerqué y me apoyé en el marco.

-         De fábula –comenté-. Leo ha vuelto a ganar la carrera de natación.

Me miró incrédula, deteniéndose durante unos segundos antes de volver a ocuparse de lo que estaba haciendo.

-         ¿En serio? Lleva dos años seguidos ganando, ¿no?

-         En realidad… lleva algo más de medio año –corregí. ¿Por qué todo el mundo creía que mi amigo se llevaba siempre las victorias?-. Las dos  anteriores antes de ésta quedó tercero y segundo. Cuando empezó, apenas llegaba a hacer tres largos. El otro día, Ken y yo le contamos 17 seguidos.

-         ¡Cielo santo! –exclamó, sorprendida-. ¿Es humano?

Sonreí.

-         Lo es, a pesar de que no lo parece –cambié el peso de pierna y me despedí. Tenía una extraña necesidad de refugiarme en mi cuarto, algo que no había sentido nunca-. Voy a hacer los deberes. Si no he acabado para la cena, llámame.

Sin más, corrí por las escaleras y me adentré en la habitación, encajando la puerta con el pie. Dejé la mochila tirada y me senté en la cama. La cajita del llamador estaba arrugada, producto de la fuerza con la que la sujetaba. La estuve observando un buen rato hasta que me di cuenta que era absurda la inquietud interior que tenía. Sin más, la abrí.

Si, era un llamador. Pero era el llamador más extraño, pulcro y hermoso que había visto en mi vida. Parecía completamente de plata, y los dibujos intrincados que adornaban el exterior le daban al objeto un aire antiguo pero precioso. Dos diminutas alas formaban una especie de gorro, a ambos lados de la cadena que, al igual que el resto de la pieza, brillaba con luz propia.

No pensé que existiera algo así, pero por si acaso fuera una mala pasada de mi mente agarré con sumo cuidado la cadenilla y soplé. No tenía ni una mota de polvo. Al no ser prueba suficiente de su limpieza para mí, coloqué el llamador entre las manos y lo sacudí en ellas. El ruido hueco de la bolita me sobresaltó, volviendo a tomar consciencia que lo que tenía era un llamador de ángeles, no una piedra preciosa. Lo alcé e hice sonar el cascabel. El suave tintineo me maravilló, y decidí llevarlo puesto.

Una vez aquello pendía de mi cuello, me levanté dirigiéndome al baño para asearme. Me di una ducha de agua templada durante aproximadamente diez minutos. Me olvidé de quitarme el colgante. Más tarde, con el pijama puesto y los dientes lavados, me dispuse a salir y hacer lo que minutos antes le había dicho a mi madre: los deberes.

Pero cuando entré en el dormitorio, vi que no estaba sola. Un chico, de aproximadamente veinte años, pelo castaño y ojos oscuros se entretenía leyendo un libro de mi estantería. Mi primera reacción fue verlo pasearse con el tomo de Memorias de Idhún por mi habitación. Cuando cerró el libro para aguantarme la mirada, mi segunda reacción fue chillar. Y a pesar de que lo intenté, no lo logré. Me vi teletransportada a mi cama, con una mano en la boca y un peso cernido sobre mí. Jadeé contra su piel, por la impresión que eso me causó. Mi tercera y última reacción fue pensar que iba a morir. Tras estar en silencio, él habló.

-         No grites. No voy a hacerte daño –su voz era pasmosamente grave en contraste con su agraciado rostro. Aunque pensar eso debía ser la última de mis prioridades-. Voy a quitar la mano. Solo… escúchame.

Hizo lo que había dicho. Mi mente me decía que saliera de allí, corriera escaleras abajo y abrazara a mi madre. Que le contara lo que había pasado y que, con un poco de suerte, todo fuera una vil pesadilla. Pero lo que mi cuerpo hizo fue acurrucarse en el lado más alejado del chico, sujetando la almohada contra mi pecho, temblando. Él se pasó una mano por la cara, intentando encontrar las palabras adecuadas.


-         Soy Lee Hongbin –empezó-. Soy un genio.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Capítulo 3

Los equipos fueron formados en poco tiempo. Al ser siete, se dispuso uno de tres, Leo, Ravi y Ken, y por otro lado, Hongbin, Hyuk, N y yo misma en uno de cuatro. El partido empezó bien. Mi equipo era el más numeroso, aunque no el más fuerte. Hongbin placó a Leo, Hyuk a Ravi y N a Ken. Me dejaron el camino libre completamente, y yo aproveché la estrategia para meter canasta dos o tres veces.

Pero todo se volvió contra nosotros. Hyuk anunció que iría a buscar unas botellas de agua porque estaba sediento, y nos quedamos tres contra tres. El partido se retomó, veía que Ravi se centraba en mí, como queriendo embestirme si me atrevía a pasar su defensa. No me acobardé y lo intenté fintar, con tan mala suerte que tropecé con su pie, cayendo de bruces contra el suelo. Se escucharon exclamaciones de horror, pero yo me centraba más en mi nariz. En el inmenso dolor y las goteras de sangre que dejaba en el suelo. Negué con la cabeza, conteniendo las lágrimas, agarré la pelota y la metí en el aro.

-Hemos ganado –dije, apenas un susurro en medio del silencio instaurado. No los quería mirar. Estaba haciendo el mayor ridículo de toda mi vida. Y me lo había buscado yo misma. Delante de VIXX. Delante de Leo… era decepcionante. ¿Pero por qué me importaba lo que podía pensar Leo?

La nariz me dolía a horrores y las lágrimas brotaban libres de cualquier resistencia que pudiera ofrecer. A lo lejos escuché a Ken gritando nervioso "OOoootokkajiiiii!!!", pero no me resultó gracioso ésta vez. Una mano se posó sobre mi hombro y la voz que menos quería oír resonó en mis oídos.

-Ven –dijo Leo. Fue más una petición que una orden, y yo no tenía fuerzas para negarme. Estaba tan avergonzada que ni siquiera alcé la cabeza cuando empezamos a caminar. Respirando con la boca porque mi mano derecha sellaba mis fosas nasales para evitar que la sangre siguiera saliendo, suspiré entrecortadamente.

-La madre que me… -empezó Hyuk, que volvía, antes de que empezara a proferir sonidos extraños después de que Leo colocara la otra mano en su cara y lo apartara de en medio. Me hubiera reído, si no me encontrara en… condiciones complicadas.

No me di cuenta de cuando entré en la compañía ni en qué momento llegué a una pequeña habitación que olía a enfermería. Leo cerró la puerta cuando pasé, y me condujo del brazo hasta la camilla. Me estaba poniendo nerviosa.

-Levanta la cabeza –dijo, sobresaltándome. No quise hacerlo, me daba demasiada vergüenza-. No me obligues a hacerlo yo.

Aquello bastó para hacerme entrar en razón. Lo miré, con temor y me apartó la mano de la nariz. En su lugar, colocó unos algodoncitos. Se inclinó hacia mí para estar a mi altura y con un pequeño pañuelo limpió los restos de sangre de los alrededores. Me daba tanto corte que gradualmente iba tirando el cuerpo hacia atrás.

-Si no te estás quieta… -advirtió y me volví a poner recta.
No me cuadraba nada, no entendía nada.

-L-Leo…

-Hmm? –dijo, solamente.

-¿Por qué me ayudas… precisamente tú?

Pensé que la pregunta lo ofendería o lo molestaría, pero no fue así.

-Hmm –dijo de nuevo, instaurando un silencio incómodo. Al final, se dignó a contestar-. Eres como un crío pequeño.

Parpadeé, sin atar cabos.

-¿Eh? –musité. Tardó algunos minutos en contestar, el tiempo suficiente para colocarme una tirita encima de la nariz.

-Un crío. Es exagerado. Provoca a los adultos. Ríe. Se cae. Llora.

Hice un puchero.

-No me conoces…

-Se enrabieta –señaló, y con su mano me empujó de la frente, tirándome la cabeza hacia atrás. Era molesto.

-¡Eh! –me quejé. Se giró en ese momento, pero juraría haber visto como sus comisuras se curvaban hacia arriba. Respiré hondo.

-Gracias –susurré, incómoda.

El asintió y salió por la puerta. Definitivamente, éste hombre quería matarme. Y yo pensaba que todos rehuían el contacto físico o extremadamente cercano… Y la persona que menos cabía esperar, había…

Resoplé, bajándome de la camilla. Cuando estuve fuera, mi manager vino a mi encuentro.

-¿Has arreglado todo? –preguntó y asentí-. Bien… deberás recoger tus cosas de la escuela, los papeles, expediente y todo lo que se te ocurra. Te trasladaremos a la misma escuela que Hyuk y las otras trainees. Aún vas al instituto, ¿no? ¿Cuántos años tienes?

-19. Pero no asistí a un curso.

-¡Válgame el cielo! ¿Y eso a qué se debe?

No contesté. No quería hablar de ello.

-Lo siento… no puedo decirlo –contesté, lo mas respetuosamente posible. El manager Kim quedó desconcertado, pero no insistió.

-En fin… que deberías ir. Al menos antes de que empiece el curso –sugirió. Asentí, pese a mi discordancia. Tenía miedo de volver. Mucho miedo.

***

Encontré un sitio perfecto para estar a solas. El tejado poseía un sitio medio plano donde el calor nocturno no hacía acto de presencia. Se estaba muy bien. Antes de ir a dormir, subí un rato a ese lugar que era solo mío. Pese a estar en una ciudad, las estrellas se veían con bastante claridad y las contemplé con admiración. Las chicharras de los árboles y las voces de dentro de la compañía era lo único que se escuchaba.

La puerta de la JellyFish se abrió, y diferentes voces se desearon buenas noches. Todo volvió a estar en calma, hasta que unos pies empezaron a subir por la escalera y una cabeza familiar asomó por el tejado.

-Con que estabas aquí, ¿eh? –Habló Hyuk-. Vaya, has descubierto nuestro secreto.

-¿Secreto? –inquirí.

-Cuando los miembros están estresados o tienen mucho en qué pensar, suben aquí –aclaró-. ¿Puedo sentarme?

-Por supuesto –me desplacé un poco a la izquierda y se sentó, los ojos fijos en las estrellas.

-En el centro no se ven como aquí. Este lugar parece estratégicamente colocado. No es el sitio más grande, ni la compañía más poderosa, pero ver esto y sentirse pequeño y en paz… no lo consigue ninguna otra.

Asentí, conforme.


-Y cual es tu preocupación, ¿Hyuk? –curioseé. El maknae me miró y agachó la cabeza.

-Bueno… siempre es lo mismo. Tengo miedo de no llegar al mínimo que me exigen. De meter la pata… de ser un estorbo para el grupo. Y eso realmente… me angustia. Me esfuerzo, pero no parece ser suficiente.

-¿No crees que puede ser una sugestión, eso? Quiero decir, a lo mejor ya estas dando todo y lo haces bien, pero tienes el miedo por que en el pasado fuiste un poco más… tardón en aprender las cosas. Pero mírate, Hyuk. Eres de VIXX, eres el maknae, y cada poco sacáis un disco nuevo. Sin contar la innumerable cantidad de lives y programas de televisión que hacéis. ¿No crees que te exiges más de lo que ya haces?

Hyuk se quedó en silencio, asimilando las palabras.

-Puede… puede que tengas razón –se levantó-. Gracias… de verdad. Nos vemos mañana, buenas noches.

-Descansa –dije, y me planteé irme a dormir también. Tras un cuarto de hora mas, fue lo que hice.

Capítulo 2

Cuando fuimos a mi casa, no había nadie. No era novedad, así que rápidamente ordené las cosas y pedí que empaquetaran otras tantas, cargándolas en el coche. Antes de salir, me giré una última vez hacia el interior. Observé cuidadosamente desde la pintura aguamarina de las paredes, descascarada, hasta el curioso reloj de cuco que hacía años que se había detenido. Todo ello había sido mi hogar durante muchos años, desde que tengo memoria. Y ahora… estaba a punto de abandonarlo. Y esperaba que para siempre.

-Park Hana –me llamó la atención uno de los de seguridad. Asentí, atravesando el lugar, intentando ignorar las tremendas ganas de llorar que tenía.

***

Recogí la pesada caja de cartón -que portaba mis cosas más preciadas- del coche y me dirigí a la puerta de la JellyFish, subiendo las escaleras que conducían a mi habitación provisional. Una vez dejado fui a buscar la segunda caja. Ésta me costó más alzarla pero acabó cediendo. Iba tan ensimismada que al girarme no advertí a Leo delante de mí. La impresión me hizo tragar el aire de golpe y soltar la caja, que hizo un ruido seco contra el frío cemento, para después acabar despedazada. Todas mis cosas se repartieron por el suelo.

-Oh, mier… -me callé, consciente de que había estado a punto de decir una grosería y me incliné al suelo-. No te había visto, lo siento…

-Culpa mía –dijo él, con esa voz monótona que lo caracterizaba. Ignoré el profundo escalofrío que me recorrió entera y carraspeé sin dejar de recoger las cosas-. Me he acercado sin avisar.

-No pasa nada –le resté importancia. Percibí que se agachaba delante de mí y para mi sorpresa… me ayudó a amontonar las cosas-. No hace falta que lo hagas, solo ha sido un accidente, puedo yo sola…
No me contestó y siguió con lo suyo. Suspiré. Parecía inútil tratar de razonar. No en vano, era Leo.

-¿Tus padres? –preguntó súbitamente, sacándome de mis pensamientos. Alcé la vista y mis alarmas se dispararon. Estaba sujetando un retrato de cuando yo era más pequeña, en la boda de unos amigos de mi madre. Yo iba de blanco, un vestido de volantes y el pelo del mismo color. Mis padres se abrazaban, sus sonrisas cálidas me encogían el corazón hasta hacerlo sangrar. Cerré los ojos para retener las lágrimas y le arranqué de las manos la fotografía.

-Sí –contesté, lo más secamente que pude. Aprecié que me estaba mirando sin parpadear ante mi exagerada reacción y que no comprendía el motivo. Pero… no podía decirle nada. No a un desconocido, por muy idol que fuera. Intenté cerrar la caja de nuevo y la alcé como pude, con cuidado de que no se saliera nada del interior. Pero algo se deslizó fuera de mi vista, y cuando Leo lo cogió no le di importancia.

-¿Puedes tirarlo por mí? Era mío, de cuando era pequeña. Ya no lo necesito. Ah, y gracias por ayudarme –mis comisuras se curvaron en una suave sonrisa triste, antes de desaparecer escaleras arriba.

***

Leo la observó subir antes de devolver su vista al pequeño peluche de conejito rosa, recogido del suelo. Parecía ser parte de un llavero o algo similar, porque aún poseía la tira de cuerda blanca que lo sujetaba a algo.

Suspiró y se hizo visera con la mano para protegerse del sol. Cerró el puño y entró en la compañía.

***

Mi habitación no era nada del otro mundo. Es decir, parecía más un almacén de otra cosa. Lleno de cajas, con una sola cama y a oscuras. Abrí la ventana para dejar paso a la luz del sol. No me sentía segura sin luz, me aterrorizaba. Era un trauma infantil.
Leo era una persona… extraña. Su personalidad calmada era misteriosa e interesante. Rememoré sus rasgos suaves, sus labios rosados y carnosos entreabiertos, sus ojos oblicuos mirándome sin parpadear… y un cosquilleo me recorrió entera. Sacudí la cabeza. No debía pensar de esa forma, ni en broma.

Al mirar por la ventana, descubrí a Hyuk y a Hongbin jugando a básquet. Apoyé los codos en el marco, observándolos. De la nada, se unió Ken, alegando ir en el mismo equipo que Hyuk. Cuando empezaron a jugar, el vocal agarró por la espalda al Visual, gritándole al maknae que aprovechara la oportunidad.

-¡Suéltame Ken! –berreaba Hongbin, medio riéndose-. ¡Así no se juega!

-¡En la guerra y en el juego, todo vale! –se defendió el otro.

-¡No deformes la frase, tío! ¡Es en el amor y en la guerra!

-Bueno, pero me has entendido igual, ¿verdad? ¡Pues no te quejes! –esperó un momento y lo soltó-. ¡Punto!

Chocó de manos con Hyuk y se abrazaron, victoriosos. Sentí una punzada de celos. No de ellos en sí, sino de verlos jugar. Yo también anhelaba divertirme de esa manera. No lo pensé más y salí de allí. Me daba mucha vergüenza preguntar si podía unirme, pero mi naturaleza me lo pedía. Sabía que aquello no era Australia, pero…

Mi decepción incrementó cuando, al llegar, no había nadie. Por un momento pensé que había sido una mala pasada de mi mente, pero sabía cien por cien que hacía nada los chicos habían estado jugando aquí. El único testigo de que aquello era cierto, era la pelota cerca de la canasta. Al parecer la habían olvidado. Me agaché para recogerla y me propuse entretenerme yo sola.

La hice botar unas cuantas veces, comprobando que estuviera suficientemente dura y me centré en la canasta.

-¡Y Hana se prepara…! –dije, siendo mi propia comentarista. Corrí y ejecuté un zigzag-. ¡Pasa la primera defensa! –La cambié de mano por debajo de mis piernas-. ¡Ha burlado al último jugador contrario! –La sostuve, di tres pasos y la metí en el aro limpiamente-.¡¡¡¡Sí!!!! ¡El equipo de Hana pasa a semifinales contra el Liverpool!

Me encantaba jugar a estos juegos, me sentía libre y podía sacar toda la fuerza que tenía. Cogí la pelota de nuevo para volver a empezar, pero cuando giré sobre mis talones quise que la tierra me tragara. De pie, seis pares de ojos me miraban atónitos. Solté la pelota sin darme cuenta, petrificada. Ken fue el primero en reaccionar… a carcajadas estridentes, seguido por N y más tarde por Ravi. Mi cara se tornó carmesí y bajé la cabeza.

-Yo solo… pensé que no vendría nadie… que os habíais ido… y-yo… -no sabía qué excusa darles. Me habían visto hablar sola y ponerme en ridículo. Ay dios mío… Miré a Leo, en busca de su típica indiferencia… pero estaba con los labios fruncidos, como si estuviera al borde de un ataque de risa. Los únicos que me miraban con algo parecido a la admiración eran Hongbin y Hyuk.

-Nos fuimos a buscar a los demás –dijo el primero-. ¿Dónde has…?

-¿Dónde has aprendido a jugar así? –interrumpió el maknae.

-En… en Australia… los chicos y yo solíamos jugar a este tipo de cosas.

-¿Chicos? –inquirió Ravi. Suspiré.

-Chicos y chicas –aclaré.

-¿Os dejaban jugar siendo chicas? –preguntó entonces N, interesado. Y por ahí sí que no pasé. Cogí la pelota y se la lancé al líder con todas mis fuerzas. Apenas pudo ocultar la sorpresa cuando ésta le rebotó en el pecho y lo hizo trastabillar hacia atrás. Leo fue quien guardó fuera del alcance de todos, la dolorosa bola de plástico.

-¿Has perdido la cabeza? –vociferó Ravi. Me acerqué y algunos se tiraron hacia atrás-. ¿Sabes… cuánto valemos? ¡Discúlpate!
Enarqué las cejas sin poderlo creer y puse los ojos en blanco. Cuando fui a hablar, N alzó una mano para pedir turno.

-Lo siento –dijo él-. Mi pregunta ha sonado algo… ofensiva. No pretendía provocar una discusión. Debes comprendernos, aquí las chicas no suelen dejarse llevar por el mundo de los deportes. Y tú tienes rasgos de nuestra raza, por eso nos ha chocado un poco.
Lo miré, pero él rehuyó mi mirada. Sin embargo, se le veía avergonzado y sincero por sus palabras, así que asentí.

-No pasa nada. Lo entiendo –y añadí-. Siento el pelotazo.

-Ah, no ha sido nada, un cosquilleo –se colocó las manos en la cintura y fingió reírse. Me hizo gracia y también estallé en carcajadas. Eso hizo sonreír a todos los presentes, menos, obviamente, a Leo, que se lo veía calmado en ese momento y a un Ravi aún enfadado. Resoplé ante su completa inmadurez.

-Oh vamos… -exclamé, sin poder creerlo-. ¿Tan mal llevas que una chica pueda ser más fuerte que tú?

-Yo no he…

-Vamos a hacer una cosa –lo interrumpí, colocándome un dedo en los labios, pensando-. Juguemos a Básquet por equipos, pero tú y yo no podemos ir juntos. Si tú ganas, podrás decir que una chica no sabe jugar y tirármelo en cara. Pero si yo gano, no estarás enfadado conmigo por haberte ganado, ni volverás a hacer alusión a vuestra “valiosa existencia”. Pero a cambio, no te humillaré de ninguna manera. Creo que con ambas cosas, sales ganando.

Intentó mirarme, pero como su líder, el rapero no sostuvo mis orbes azules demasiado tiempo.

-Olvídalo –murmuró, dudoso. Respiré hondo.

-Muy bien. La conversación queda olvidada –comuniqué-. Encantada de conoceros, en serio. Me alegra saber que no todos los ídolos se creen más que nadie –lo decía de verdad, pero con cierta ironía hacia Ravi. Cuando pasé por su lado, alguien me detuvo poniendo la pelota entre mi salida y yo.

-Juega –ordenó Leo. Mis ojos se encontraron con los de él. No bajó la vista ni se amedrentó. Parecía observarme con una mezcla de fascinación y diversión contenida. Al final, fui yo quien desvió la mirada, pues su iris me quemaba como el fuego y mi pulso se había acelerado considerablemente.


-De acuerdo. Formemos equipos –anuncié.

Capítulo 1



El sol se encontraba ya en su cenit y transmitía un calor casi insoportable mezclado con la humedad del ambiente. Era insufrible para mí, y no me dejaba pensar en claro. No cuando llevaba más de 8 horas buscando la JellyFish, una de las pequeñas compañías de música de la que había, por fin, ingresado como trainee gracias a una audición callejera. Sin comer ni beber desde las 10 de la mañana y con un plano de Seúl, la gente me había llevado de un lado al otro con direcciones equivocadas. Ahora, por fin, parecía estar yendo por el camino correcto.

Me detuve un instante para recuperar el aliento y limpiarme el sudor que perlaba mi frente y saqué la carta de presentación que me habían dado para entregársela a la primera persona que encontrara en la compañía. No estaba segura de cuanto quedaba para llegar, pero sería mejor tenerla a mano. Di gracias de no haber traído la pesada mochila, y solo un bolso, porque pese a no llevar demasiado encima, me pesaba como un muerto.

Una última cuesta me dejó sin aliento y con el corazón acelerado, sin embargo vislumbré una casa blanca con varios coches. En mi foro interno recé para que aquello no fuera lo que pensaba que era. Pero una vez más, di en el clavo. La imagen de la Jellyfish adornaba una de las columnas de la casa, y la marca de VIXX se encontraba pegada a un coche… muy cutre.

Escuché entonces, el sonido de un grifo abierto y el agua estrellándose contra algo. Jadeando, giré la cabeza para encontrarme un par de ojos oscuros y rasgados observándome con seriedad y sorpresa mezclada. Los labios del chico se entreabrieron como para decir algo pero se cerraron, mientras su mirada me examinaba. Lo conocía. El chico que estaba limpiando el coche de ventanas tintadas era Leo, vocalista e integrante de VIXX.

Casi sin poder respirar, me acerqué a él. Leo al principio no se movió, atento a mis intenciones, pero luego retrocedió un pie y disimuladamente miró la puerta. No lo juzgué por ello. Era normal.

-Soy… -mi voz estaba áspera y al tragar saliva hice una mueca de dolor-. Soy… trainee… -eso lo detuvo, pero siguió sin decir nada-. Me llamo Park Hana. La carta… la carta es de… mírala… -se la di, y pese que al principio parecía receloso, apagó la manguera y con sumo cuidado recogió mi carta, abriéndola y leyendo detenidamente el escrito.

Me sentía mareada, sedienta y famélica. Mientras Leo se entretenía observé el lugar, algo decepcionada. Me esperaba algo más grande, como la SM o la JYP. ¿Pero qué se puede esperar de una pequeña compañía? La Jellyfish estaba rodeada de árboles que dificultaban su búsqueda a extraños. Sonreí sin ganas. Estaba a punto de ponerme a llorar, horas atrás. Temía no llegar a tiempo o llegar atrasada. Y así había sido, pero no era culpa mía, sino de las direcciones equivocadas que el jefe de la audición me había dado.

Me froté los ojos, cansada de tanto caminar. Un golpe de aire repentino me empujó y respiré profundamente el frescor. Estaba demasiado mareada para nada más. Un movimiento por parte de la persona delante de mí me sacó de mi ensoñación y parpadeé observándolo meter el escrito en el sobre.

-Sígueme –musitó, escuchando por primera vez su voz. Se dio la vuelta y en el momento en que di un paso adelante todo se me vino encima. Caí de rodillas contra el suelo, la cabeza latiéndome fuertemente. Leo se dio cuenta de que no estaba detrás de él y se alarmó, inclinándose hacia mí.

-¿Estás bien? –preguntó, pero lo sentí como algo lejano. Asentí, pero estaba mintiendo.

-Creo que debería haber comido… en el McDonalds –dije con un hilo de voz, y me desmayé.

***

En las profundidades del sueño, escuché un conjunto de voces. Ambos géneros, más hombres que mujeres parloteaban sin cesar. No me ubicaba, creía estar aun en mi casa, y me sentí molesta por el ruido.

-¿Qué dijo, Leo? De donde venía? –inquirió alguien.

-“Creo que debería haber comido en el McDonalds” –contestó una voz monótona-. Luego se desmayó.

-¿Y ya está? ¿Nada más? –se sumó otra persona. Hubo un silencio y se escuchó un intercambio de papeles, un sobre abierto y una hoja desplegada-. Ah… Park Hana… El manager Kim habrá vuelto a hacer una audición. Es el único manager sin trainees. Deberíamos avisarlo para decir que ella está aquí.

-N, ¿tu sabías que iba a venir? –una voz diferente irrumpió en el lugar.

-No, ni idea. Lo que pasa es que nuestro manager me comentó lo del manager Kim. No le di demasiada importancia, igualmente. No es la primera vez. SoRa, toma la carta y ve a dársela, por favor.

-De acuerdo –la chica, SoRa, se alejó con pasos rápidos.

-Eh, Ken. No te acerques tanto a Hana –advirtió N.

-Es que… le noto algo diferente… Es como si no fuera del todo… no sé… –la voz de Ken me sorprendió al estar tan cerca y que me di cuenta de que no estaba soñando. Abrí los ojos y me incorporé bruscamente, chocando de forma dolorosa con alguien. Ambos proferimos un quejido lastimero.

-¡Mi nariz! ¡¡Mi nariz!! –chillaba Ken, el tono de voz subido unos cuantos decibelios.

-¡Mi frente…! –gemí yo, agarrándomela-. Auu…

-Déjame ver –ordenó N apartándome las manos. Fue entonces cuando realmente abrí los ojos. Y deseé no haberlo hecho, pues él estaba demasiado cerca. Cuando observó mis orbes grandes y almendrados, su primera reacción fue tirarse hacia atrás. No de forma violenta, pero si notoria. Una vez rehecho de la primera impresión se acercó otra vez, evitando mirarme en todo momento.

-No tienes nada. No ha pasado nada, un poco rojo pero… -se levantó y se giró- nada.

-Hyung –habló Hyuk entonces-. Por qué antes te has… -pero se quedó callado observándome el rostro-. Ah… -fue lo único que dijo. Pero no me entretuve demasiado a pensar por qué se comportaban así. Giré mi rostro hacia Ken, quien en ese momento llevaba un pañuelo en la nariz y la cabeza echada hacia atrás.

-Esto… -susurré, avergonzada por haberle causado algún mal-. Siento lo ocurrido… yo no… perdona…

Él bajo la cabeza.

-No es nada, pero ten más… -se quedó en silencio-. ¡Ay madre! ¿Qué eres?

La pregunta repentina me provocó sentimientos negativos. ¿Tan desagradable era? Debieron notar la aflicción en mi cara, pues muchas manos le chocaron los cinco a la boca de Ken.
Ravi sacudió la cabeza, llamándome la atención.

-No malinterpretes sus palabras, él…

-¿Tan… fea soy? –suspiré.

-¿Que…? ¡No, NO!¡Ken lo decía por tus ojos!

-¿Llevas lentillas? –preguntó HongBin. Negué con la cabeza-. ¿Por qué son azules entonces…?

-Mi madre era australiana… Y albina –informé-. Mi cabello es blanco, pero me lo teñí. Lo único que no puedo esconder son los ojos.

Todos los presentes soltaron un “aaaaaaaaah……” de comprensión.

-Eres mitad y mitad –concluyó el visual. Asentí. Ken me tocó el hombro con un dedo, levemente.

-Siento haberte ofendido –se sinceró. Agité la cabeza.

-Nada de eso, no pasa nada –sonreí. Y entonces me percaté. ¡Estaba ante uno de mis grupos favoritos de música y ni siquiera me había dado cuenta! No me dio tiempo a ponerme nerviosa, por que un hombre penetró en la estancia y aplaudió sonoramente.

-¡Bravo! –rió-. ¡Has encontrado la compañía!
Esa alegría despreocupada me molestó bastante.

-¿Qué le costaba darme un plano o una dirección? ¡¿Usted sabe lo que me ha costado encontrarla…?!

-Lo sé, pequeña gritona –me cortó-, utiliza esa potencia de voz para mejorar en canto. Lo importante es que estás aquí. Mañana por la mañana enviaremos un coche a buscar tus cosas. Es recomendable que vayas con ellos para saber… que llevarse y qué no.

Me resigné y asentí.

-¿Y mientras, donde voy a dormir, manager Kim? –pregunté. Él se tamborileó el mentón con los dedos.


-Hay una habitación libre arriba. Te tendremos que habilitar un piso como a todos los trainees, cerca de aquí. En general, todas comparten pero… tú eres la impar. Por lo tanto… Mientras te quedas por aquí… te sugiero que te familiarices con la compañía a fondo. Empezarás a entrenarte pasado mañana.