La noche se cernió sobre ellos
más rápido de lo que Jane había pensado. Hablar con Chuck mientras cenaban
suponía una distracción afectuosa. El niño parloteaba por los codos y lejos de molestarle,
le parecía gracioso que explicara las miles de cosas que sucedían allí.
-Winston quiso degollar a un
cerdo hace unos días para la cena. Lo mejor fue que el cerdo se reveló de tal
forma que cargó contra él y lo golpeó en su partes –Chuck se rió como si
hubiese contado el mejor chiste de su vida. Jane sonrió. Cuando se recobró, se
limpió las lágrimas-. Fue lo mejor de la semana, sí señor.
-Es la primera vez que sonríes
desde que llegaste, pingaja –hizo notar Jeff. El mediquero había decidido ir a
sentarse con ellos, curioso por la guerra que montaba la muchacha y que ya era
sabida por toda la aldea.
Jane se encogió de hombros.
-¿Qué esperas? Todo esto es
desconocido para mí. Tendré que clavar estacas a mí alrededor cuando duerma.
-¿Tanto miedo te damos?
Ella suspiró, pero no dijo nada.
-Eh, anímate –alentó el mediquero
y le dio unos golpecitos en la espalda-. Esto tampoco está tan mal. Al menos
estamos vivos.
-Esto no es vivir –se levantó, abatida-.
Esto no puede llamarse vida.
Jeff y Chuck intercambiaron una
mirada.
-¿Dónde vas? –inquirió el
segundo.
-Tengo sueño –mintió. A disgusto,
tuvo que dulcificar su voz. Si quería obtener respuestas, las malas palabras
solo causarían el efecto contrario-. ¿Dónde… se duerme?
Chuck se limpió la boca con el
dorso de su camiseta y también se alzó.
-Cada vez que aparecemos en la
Caja, venimos con un montón de añadidos. Ya sabes, como los huevos kínder.
Jane entrecerró los ojos, en
parte por lo absurdo de la comparación, en parte porque no sabía a donde quería
ir a parar.
-Así que tienes un saco de dormir
para ti sola –continuó-. Creo que alguno lo habrá dejado en la Hacienda, como
siempre. Vamos a mirar.
Pero al llegar, no había nada.
Revisaron cada habitación de cada piso, pero Jane se dijo que si hubiese habido
algo allí ya lo habrían encontrado. Por si acaso, abrió los viejos armarios de
la casa, que chirriaron como si estuviesen sufriendo agónicamente. No encontró
nada, a excepción de unos botes pequeños llenos de un líquido transparente que no
deberían medir más que el dedo pulgar. Sostuvo uno a contraluz de la vela incrustada
en la pared, sin embargo, aquello le pareció absurdo. Lo dejó donde estaba y se
reunió con Chuck.
Finalmente se dieron por vencidos
y desanduvieron el camino.
-No lo entiendo –protestó el
niño-. Siempre las dejan cerca…
-Desquiciarse no es la solución.
Alguien la habrá cogido pensando que era suya –concluyó Jane. No quería seguir
buscando, ni siquiera quería moverse más. No le importaba tener que dormir
sobre la hierba, lo único que deseaba era poder cabecear en algún lugar. Donde
fuera.
Una figura se fue acercando a
ellos, hasta que se definió, revelando a un Minho con cara de pocos amigos. En
una mano llevaba algo parecido a una pieza de sábana de color morada, sucia,
rota y hecha girones. En la otra, un adolescente se retorcía bajo el poderoso
agarre del muchacho asiático, que lo sostenía por la camiseta. Al principio se
resistió, pero cuando vio que se acercaban a Jane y a Chuck emprendió una sarta
de balbuceos suplicantes. Deteniéndose en frente, Minho soltó la pieza con violencia.
-¿Era esto lo que buscabais? –Inquirió,
aunque la chica lo consideró más como una afirmación que como una pregunta-. Os
escuché decirlo y vi como Allen salía disparado hacia la Casa de la Sangre.
Como comprenderéis, era una actitud sospechosa por lo que decidí seguirlo.
Parece que el pingajo cara fuco quería sobre alimentar a los cerdos.
Ella bajó la vista hasta el pedazo
roto y descubrió que era su saco. O lo que hubiese sido su saco.
-Mejor aún, matarlos por intoxicación
–dijo Chuck-. Allen, macho, ¿por qué lo has hecho?
El interpelado no respondió. A la
débil luz de la luna, Jane le detectó un ojo hinchado y un gran tajo en el
labio inferior, producto de repetidos golpes sin compasión. Minho se había
quedado a gusto. Allen escupió en el suelo algo que debía ser sangre y la chica
se apiadó de él.
-Ya te diré yo el por qué –Minho se
colocó delante del chico, en actitud amenazadora-. Éste pedazo de clonc quería
hacerle la vida difícil a la verducha por el simple hecho de ser mujer. Los
otros corredores me han dicho que no te has tomado demasiado bien la noticia de
la nueva incorporación. ¿Supones que será débil en los trabajos forzados de por
aquí y eso te da derecho a humillarla? Pues escúchame bien, gilipullo machista:
te las vas a ver con Alby ahora mismo. ¡Camina!
Lo empujó con tal vehemencia que
ambos creyeron que llegaría rodando antes que caminando.
-Perdónale –pidió el niño sin
apartar los ojos de los dos que se alejaban-. A Allen lo… picaron hace varios
meses. No ha vuelto a ser él desde entonces.
La chica desplazó sus orbes
claros hasta encontrar la cara de Chuck.
-¿Lo qué?
-Que lo picaron –repitió, señalando
las puertas ahora selladas-. Los laceradores. Por eso se cierran durante la
noche, es cuando son más activos y salen. Aunque de vez en cuando se escapa
alguno de día y pica a los corredores que se topa. A estos –si sobreviven al
encuentro- les administramos el Suero y pasan por el Cambio. No quieras ni
imaginar qué se siente al pasar por eso…
Recordó las botellitas de líquido
translúcido en el armario y supuso que aquello debía ser el famoso Suero. Se
estremeció.
-¿Tú has sufrido el Cambio? –preguntó.
Chuck negó con la cabeza.
-Por suerte para mí, no
pertenezco a los corredores. Pero no hace falta serlo para saber que la
picadura del lacerador es extremadamente dolorosa.
Jane calló. Se le habían revuelto
las tripas solo de pensarlo. Minho volvió cuando los dos chicos se hallaban
sentados en la hierba, con una expresión mucho más relajada. La chica reconoció
que era guapo. Un aura de masculinidad lo envolvía desde las fuertes
extremidades hasta los duros y fríos ojos. De pronto, les sonrió victorioso y
Jane sintió que algo se agitaba dentro de ella.
-Ya está –dijo-. Alby va a
meterlo en el Trullo una temporada. No te ofendas, pero no he hecho lo que he
hecho porque seas especial. Si permitiéramos que acciones como éstas se
repitieran y quedaran impunes, nuestras reglas no servirían para nada. Aunque sea
por una rabieta estúpida.
Chuck asintió, serio.
-Pues yo considero que se ha
salido con la suya, ¿no? Me he quedado sin saco en el que dormir.
Minho alzó las cejas
enigmáticamente.
-En absoluto. Guardamos más en
otro sitio, por si ocurren cosas como lo de hoy.
A Jane le encantó escuchar buenas
noticias. Por fin podría dormir, aunque fuera en el duro suelo. Pero de pronto
un pensamiento acudió a su mente, no demasiado agradable.
-Pero… Chuck me dijo que cuando
envían a una persona al Claro, suele llegar junto a un único saco. ¿Por qué
hay…?
Supo la respuesta incluso antes
de que Minho la mencionara.
-Porque muchas personas han
muerto con el paso del tiempo y causas variadas: laceradores, accidentes
laborales, expulsiones… la mayoría son corredores o constructores, nada de lo
que se tenga que preocupar una verducha como tú.
Si pretendía tranquilizarla, no
lo estaba consiguiendo.
-Me niego a meterme en el saco de
un difunto.
-Ni que los embutiéramos ahí después
de muertos –se rió el corredor. Sus ojos rasgados apenas eran dos finas
rendijas-. Además, los deambulantes como Chuckie se encargan de limpiarlos cada
cierto tiempo.
-¡¡Minho!! –gritó el niño. El
otro fingió sorpresa ante su repentino nombramiento-. ¡No hables de lo que no
te incumbe!
-¿Esas son maneras de hablarle a
los mayores, pingajo? –gruñó, alborotándole el pelo con fuerza. Lejos de
aparentar enfado, Minho se estaba divirtiendo a costa del chiquillo, quien al
darse cuenta, no le hizo ninguna gracia. El joven asiático retrocedió un par de
pasos, en dirección a la Hacienda.
-Será mejor que vayáis a buscar
los sacos ya. A la gente no le hará ninguna gracia que les piséis la cabeza
mientras duermen por haber tardado. Algunos tienen muy mal despertar.
Dicho eso, se dio la vuelta y se
marchó. Jane lo contempló lo que parecieron minutos. Le caía bien, más que
bien. Solo cuando Chuck la golpeó repetidamente en el codo, comprendió que se
había quedado embobada.
-¿En serio? –Dijo el niño,
incrédulo-. ¿Con la cantidad de tíos que hay que valen la pena y te fijas en el
gilipullo de Minho?
Jane parpadeó, perpleja.
-¿De qué hablas? ¡No tengo tiempo
para esas cosas! –exclamó, sintiendo el rostro al rojo vivo. No podía negar que
el corredor era atractivo pero, ¿de eso a ir tras él? Ni en broma.
Chuck le lanzó una mirada
suspicaz.
-Ya, claro. Pero que sepas que
este cuerpo serrano –se palmeó el estómago- ha tardado en cultivarse lo suyo.
Tú te lo pierdes.
La chica prorrumpió en carcajadas
estridentes que llenaron el ambiente, rompiendo el silencio de la noche. Y por
primera vez olvidó cómo había llegado allí, las preguntas que la rondaban y
sobretodo, el inmenso y aterrador vacío de su mente.
***
-Chuck… ¿Estás dormido? –preguntó
Jane, tímidamente. Ambos estaban estirados, uno al lado del otro en la hierba,
con un montón de cuerpos a su alrededor. Era más de media noche quizás, pensó
ella, pero al parecer el propio cansancio no la dejaba dormir.
El niño contestó sin abrir los
ojos.
-Lo intentaba.
Jane frunció el ceño, y como si
sintiera que había sido demasiado seco, se disculpó.
-En realidad, no puedo pegar ojo
desde hace unos días –rectificó. Vio como la chica se daba la vuelta-. Oh
vamos, no te enfades.
-No estoy enfadada –mintió. Lo
cierto es que sí lo estaba, aunque no con Chuck. Su mundo se había ido a la
mierda en menos de veinticuatro horas y no lograba atar cabos-. Sólo estoy
confusa…
-Es normal –comentó-. Todos nos
sentimos igual cuando llegamos aquí. Te despiertas sin recuerdos, rodeado de
gente que no conoces y que cuanto más te explican, menos entiendes. La primera
semana es la peor. Lloras por los rincones, deseas más que nada volver a donde se
supone que deberías estar… Es raro que tú no hayas empezado ya.
La muchacha recordó haber
derramado lágrimas en el complejo de los Mediqueros, pero no quiso hablar de
ello. El simple hecho de compartir una experiencia con los demás la hacía
sentirse un poco mejor. La asaltó una nueva sensación de que algo no estaba
bien, y una débil impresión de que quizás el Claro no era tan mal lugar para vivir. Rápidamente se deshizo de
aquél augurio sin fundamento.
Volvieron al silencio durante
tanto tiempo que Jane creyó que su compañero se habría quedado dormido. No
obstante su voz volvió a hacerse oír.
-Deberías dormir –aconsejó-. Si
tu guía fuese cualquier otro, contarías con varias horas de descanso. Pero
tratándose de Minho… él se levanta antes que los demás. Incluso antes de que
salga el sol.
-¿Y eso por qué? –no le apetecía
madrugar cuando se sentía tan débil y tan fastidiosamente poco preparada. Solo
necesitaba un buen sueño reparador que se llevara algo del miedo que la
consumía por dentro.
No pudo verlo, pero advirtió un movimiento por parte del niño al
encogerse de hombros.
-Horario de corredores. Mañana te
lo explicarán –Chuck se dio la vuelta, dejando en evidencia que la conversación
había tocado su fin aquella noche.
Jane cerró los ojos y observó la
negrura a través de sus párpados. No quería seguir pensando puesto que sabía que
no descansaría si lo hacía. Así que, cuando menos se lo esperaba, su mente se
liberó al mundo del inconsciente como si fuera vapor. Solo que no soñó en toda
la noche.
***
Unas manos la sacudieron por los
hombros, bruscas. Eso la molestó y se giró para dar un manotazo en el aire.
Quería seguir durmiendo.
-¡Arriba, verducha! –dijo Minho,
volviendo a zarandearla-. Hora de tu paseo. ¿No es lo que querías?
Lentamente recordó que estaba en
el Claro y se incorporó de golpe. El
cielo empezaba a salir de la oscuridad para dar paso al día, aunque Jane
comprobó que aún era temprano. Se restregó los ojos con las manos para quitarse
las lagañas y miró a Chuck, que murmuraba en sueños. Luego dirigió la vista a
Minho, que estaba de cuclillas a su lado. Al comprobar que estaba despierta,
se levantó.
-Te doy cinco minutos para que te
cambies –anunció-. Tus ropas están en la Hacienda, junto al armario de la
habitación de los Mediqueros. Los creadores piensan en todo, ¿eh? –no sonrió-.
Te espero en la puerta.
Le propinó un golpecito en la
espalda que no le sacó un pulmón de milagro. Tosió mientras Minho se alejaba y
después suspiró. Necesitaba saber cuanto antes.
Hasta ahora que puedo leer, no he entrado al ordenador y quería leer relajada, ahora que me largo a dormir ^^
ResponderEliminarPues qué decir, bastante duras las normas pero normal, no sé, no creo que puedan andarse con chiquitas. Tengo ganas de ver cómo son los bichejos esos. Lo de la picadura me ha dejado un pelín pillada jeje
Bueno, de Minho qué decir lol parece un camión, no para quieto. Estoy deseando verlos en acción y enterarme un poco más en ese mundo.
Me está gustando mucho y cada día me adentro más en la historia. Venga, el siguiente YA xDDD