viernes, 14 de noviembre de 2014

Capitulo 6: Complicaciones

-Eh. Cuando golpees con el martillo, procura no perforar la madera antes de conseguir clavar el clavo, ¿quieres? –espetó Gally, de mala gana. Ambos se hallaban ante una gran tabla vieja. Jane tenía un martillo en una mano que sujetaba a duras penas, y en la otra un clavo de hierro oxidado y torcido por los repetidos golpes fallidos. Era la décima vez que la muchacha intentaba terminar, y la décima en la que casi se machaca los dedos. Jane resopló, exasperada.

-Si me dieras uno más pequeño a lo mejor podría. Éste cacharro es demasiado grande para mí.

-Discúlpame princesa.  La próxima vez le pediremos a la Caja un martillo más pequeño. Bien acolchado. ¿Deseas una cama rosada y mullida también? Están muy de moda por éstos lares.

Jane apretó el mango del utensilio con fuerza. Odiaba su actitud y su manera de tratarla. En realidad, lo odiaba todo de él. Newt tomó parte en la conversación justo a tiempo de evitar una desgracia.

-Gally, para ya, foder –ordenó-. No nos apetece tener un clariano menos.

Gally se carcajeó.

-¡Ni que la pingaja fuera a salir corriendo al Laberinto por unas pocas malas palabras!

-No lo decía por ella, lo decía por ti. Si sigues humillándola, acabará buscando un lugar mejor y más fácil para colocar ese clavo –señaló-. Y ese lugar podría ser tu fuca cabeza.

El constructor la miró, refunfuñando.

-Me temo que disiento –musitó-. En fin. Cuando acabes, lleva la tabla al cobertizo y vuelve. Hay una cosa que necesitamos que hagas. Tenemos problemas.

A Jane le picó la curiosidad al oírlo.

-¿Qué es?

-Ya lo verás. Tú ve y trae tu culo flaco aquí cuanto antes.

Un poco desconfiada, la muchacha fue a dejar la tabla donde se le había dicho, a pesar de no haber terminado su trabajo. No estaba dispuesta a seguir golpeando en vano. Buscó a Gally hasta que lo encontró rodeado de los otros constructores y de Newt, que poseía una expresión de seriedad absoluta. Se aproximó rápidamente. Se percató de que el chico le sacaba media cabeza y se regocijó al ver que no era tan bajita después de todo.

-Ten cuidado, ¿de acuerdo? –recomendó. Jane oteó la escalera de madera situada en el extremo izquierdo de la Hacienda y ató cabos.

-Precisamos de una persona que suba algunas tablas al tejado. Últimamente hemos sufrido goteras y no dejan dormir a los Clarianos. La mitad de nosotros tiene vértigo, mientras que la otra mitad somos excesivamente grandes para la escalera –explicó Gally.

-¿Y pretendes que yo me suba ahí? Mírame –se repasó con las manos-. Soy de todo menos poca cosa.

-Eres muy delgada. Lo suficiente. Así que haz el favor de cumplir.

A regañadientes, caminó a la escalera y alcanzó un par de peldaños, que crujieron alarmantemente. Jane estiró los brazos para que un chico de melena rubia se los cargara con las tablas. Se tambaleó por el peso, pero se mantuvo firme. Venía el trabajo más difícil: subir. Lo hizo despacio, apoyando las rodillas a modo de soporte ya que sus brazos no servían. Una gota de sudor le resbaló por la sien, continuando por su mejilla hasta llegar la barbilla donde se precipitó al vacío. El esfuerzo ocasionaba que el calor fuera casi insoportable.

-¿Cómo vas por ahí arriba, verducha? ¿Te ves capaz de llegar hasta arriba? –se mofó Gally. Aquello la irritó.

-Imbécil… -susurró para sí.

-¿Cómo dices?

Soltó las tablas en el tejado. Los brazos le parecían mucho más ligeros y un gran alivio la invadió. Dirigió su vista al constructor, molesta.

-¡Que. Eres. Un. Imbécil! –deletreó-. ¡Ya tienes tus  estúpidas vigas ahí, así que mueve tu culo gordo y haz el trabajo que te toca!

Las risas llenaron el lugar a la par que Gally las acallaba con una mirada furtiva. Poderosa por haber motivado todo aquello, empezó a bajar de la escalera. Se detuvo a la mitad, pues un fuerte chirrido le decía que algo no iba bien. Se contempló las manos, firmemente agarradas y luego los pies. No había nada que delatara alguna anomalía. En el momento en que reanudó su marcha, supo que era demasiado tarde. El peldaño debajo de ella venció y a duras penas se sostuvo con las extremidades superiores.

-¡Ayuda! –Chilló, desesperada-. ¡Que alguien me ayude!

-¡Te lo mereces por bocazas! –dijo alguien, no obstante nadie lo coreó. Por encima de su hombro vio que ninguno de los constructores se movía. Newt. ¿Dónde estaba Newt? No aguantaría mucho más allí colgando.

-¡Suéltate, Jane! ¡Suéltate! –Ordenó la persona que más deseaba ver en aquellos momentos-. ¡Chuck y yo te recogeremos!

-¡¿Estáis locos?! –Profirió la muchacha-. ¡Estoy demasiado alta como para que podáis cogerme!

-¡Tú hazlo, foder! ¡Confía en nosotros, maldita sea!

Aunque hubiese querido seguir arriba, sus manos no resistieron más. El viento la atacó en el descenso y ansió gritar, aterrada, pero no salió ni un solo sonido de su garganta. Se preparó para el impacto, temiendo lo peor. Sin embargo, un entramado de brazos la aferró fuertemente al final, evitando la colisión. Un par de gruñidos escaparon de la boca de los chicos mientras la dejaban en el suelo. Jane abrió los ojos, perpleja. Newt le examinó las manos y la cara, en busca de rozaduras.

-Solo tiene las palmas rojas, tranquilos. Está entera.

La chica levantó la cabeza en busca de Chuck, agradecida con su amigo. Pero no era el crío quien había ayudado, sino Minho. Hasta ese momento, no se había percatado de que el atardecer caía en el Claro. Localizó al otro corredor, Ben, a solo unos pasos de ellos, atónito. Faltaría poco más de una hora para que las puertas se cerraran.

-¿Qué hace él aquí? –espetó Jane-. ¿Cuál es el punto de todo esto?

Newt se mojó los labios antes de hablar.

-Bueno, Chuck no habría sido capaz de aguantarte. Mide menos que tú y es más… flojo. Y si desde un principio te hubiese dicho quién era, seguramente aún te tendríamos ahí arriba negándote a saltar.

Minho, mordiéndose el labio inferior les dio la espalda y se largó. Una punzada de culpabilidad hostigó a la joven, que sacudió la cabeza para deshacerse del sentimiento. Newt le dijo lo que le rondaba por la cabeza.

-No deberías ser tan dura con él. El cara fuco es un impulsivo de narices, pero no es mala persona.

-Ya lo veremos –dijo. Caminó hacia Gally y lo empujó por el pecho con fuerza-. Eres el tío más idiota y asqueroso que he conocido en toda mi vida. ¿Querías que me rompiera los sesos? Bien, la próxima vez utiliza a alguien que no sea yo, porque si vuelves a tomarme el pelo de esta forma, te mataré. ¿Me oyes? ¡Te abriré en canal!

-¡Te escogimos precisamente porque pensábamos que no te ocurriría nada! –Gritó el constructor-. ¡Si me sigues insultando, te meteré en el Trullo antes de que cante un gallo!

-¡Inténtalo si te atreves!

-¡Creo que la conversación debe tocar fondo ya! –Newt se interpuso colocando las manos en los hombros de ambos-. Gally, vuelve a provocarla y te juro por Alby que serás tú el que acabe en el Trullo. ¡Jane, para de picarte por todo! Estás arruinando todo buen concepto que tuviera de ti.

La joven de deshizo de su agarre con brusquedad. No dijo nada, pero tampoco hacía falta.

***

-Jane… de verdad te digo que deberías comer algo –aconsejó Chuck-. Mañana te toca con los corredores… y si no estás al cien por cien, el Laberinto se te hará demasiado grande. Y no, no lo digo por que seas una chica. A cualquiera le pasaría.

Ella hizo oídos sordos. Siguió dándole vueltas a la piel que poco a poco iba desprendiéndose del pollo frito. Apenas había tocado su plato y Chuck ya estaba por acabar.

-No tengo hambre.

-Haz por tener, por favor –le quitó el tenedor de las manos y pinchó un poco de su ración-. Ya verás que fácil, di: AH.

La chica ladeó la cabeza con una mueca divertida pintada en el rostro. El niño se había convertido en la única persona que le sacaba una sonrisa de verdad.

-¿Estás de broma? Quítame eso de la cara –dijo, bromeando.

-Bueeeeno, al menos pareces más animada que antes –dejó el tenedor en la bandeja-. Newt me lo ha contado todo.

-Dirás, que has estado escuchando a escondidas en nuestro armario, pingajo –insinuó Jeff. Clint se rió y ambos chocaron los puños, en señal de complicidad. Chuck frunció el ceño.

-Vale, sí, escuché a escondidas. Pero lo escuché al fin y al cabo. El caso es que… Jane, creo que sería genial que parases de enfrentarte al mundo con uñas y dientes.

-¿Quién dice que esté haciendo tal cosa?

Jeff levantó la mano de improviso y la dirigió hacia la joven, deteniéndose a escasos centímetros. Ella saltó hacia atrás y se encogió, impresionada.

-Mírate –indicó-. Te asustas por todo, como si tuvieras miedo de algo.

-O de alguien –añadió Clint. Jane supo que tenían razón. No estaba segura de por qué, pero se había dedicado a escapar del contacto de la gente desde su llegada al Claro.

-Tal vez necesite un poco de ayuda…

-¿Por qué no practicas con Chuck? –Sugirió el guardián de los Mediqueros-. Él no es un hombre, técnicamente. Podrías empezar abrazándolo.

-¡EH! –se quejó-. ¡Sin ofender, cara fucos!

-Acaso es mentira, ¿Chuckie?

-No pero… a ver… argggh, ¡qué más da! –se levantó rápido-. Venga, Jane. Inténtalo.

-¡¿Aquí?! –protestó, echando un vistazo a su alrededor-. ¡¿Ahora?!

-No pasará nada. ¡Venga!

Jane imitó al niño. Abrió los brazos y se acercó a él, insegura. Al principio, cuando Chuck la rodeó por la cintura, no sintió nada. Conforme cerraba los suyos entorno a su cuello y hombros experimentó un cálido cambio: tenía ganas de abrazar y tenía miedo a perderse si no lo hacía. Se apretujó más, temblando ante la nueva sensación. Tras aproximadamente medio minuto, el joven gimió.

-Jaaaneee…-masculló-. Me aplastaaaaas…

-Ay, ¡lo siento! –exclamó, separándose-. Es que…

-Tranquila, estoy bien – fingió, sobándose la nuca. Arrugó la nariz-. Deberías ducharte, hueles a perros muertos.

Jane se ruborizó.

-No me ha dicho dónde puedo hacerlo. No es culpa mía.

Jeff y Clint rieron. Fue el segundo el que habló.

-Tu amigo pingajo te lo enseñará.

Chuck le hizo un breve gesto de cabeza para que la muchacha lo siguiera a la vez que les lanzaba una mirada envenenada a los dos clarianos.

***

Las duchas eran un complejo pequeño y cerrado junto a los lavabos, que parecían de todo menos pulcros. Dejó las mudas de ropa limpia en un taburete situado en el interior y se volvió hacia su compañero. Éste tardó un poco en reaccionar.

-¡Oh, oh! Sí, ya me voy, perdona –profirió una risita nerviosa y salió, cerrando la puerta con llave.

El agua caliente le relajó todos los músculos del cuerpo. Calmaba poco a poco el ligero escozor de las grietas en la piel de las manos y el dolor de las agujetas. Vio, justo al lado de su cadera un moretón amarillento producto de la caída en brazos ajenos de aquella mañana. Si Minho y Newt no la hubiesen ayudado…


Se estremeció. Debería estar más enfadada con el corredor, pero por algún motivo que no llegaba a comprender, el sentimiento de rencor se había esfumado con el viento. Quizá fuera porque le había salvado la vida. Además, reparó en algo luego de abrazar a Chuck: No rehuía el contacto físico por rechazo. Sentía que nadie le había brindado la posibilidad de intimar con las personas y ahora lo precisaba desesperadamente.

martes, 11 de noviembre de 2014

Capitulo 5: El dolor de una mentira

Jane no encontró a Chuck. En su lugar dio con Newt, que tenía una expresión mucho más afable que la vez que ella y el crío fueron a hablar con él. Cuando la avistó, descruzó los brazos que hasta ese momento mantenía contra el pecho y le dedicó un suave gesto de cabeza.

-¿Qué hay? –dijo el chico, aburrido. Jane lo notó.

-¿Qué haces? –preguntó. Intentó sonar lo más desenfadada posible al decirlo. Newt resopló, negando con la cabeza.

-Nada en especial. Supervisar el trabajo de los demás, aunque Winston dijo que necesitaba otro par de manos. Ahora iba hacia la Casa de la Sangre.

Había cierta sequedad en su voz, algo que hizo sentir mal a la muchacha. En el momento en que Newt empezó a caminar, Jane lo detuvo por el brazo.

-Espera –susurró-. Siento lo de a otra vez. Me comporté como una… gilipulla.

El joven suspiró y poco le faltó para poner los ojos en blanco.

-Sí, Jane –contestó-. Te comportaste como una auténtica gilipulla. Pero no eres ni la primera ni serás la última, te lo aseguro. Y por ello no te juzgo, pero me sacaste de quicio ayer.

-Lo sé. Lo siento de veras –pese a que lo decía en serio, se sentía ridícula, furiosa. ¿Por qué debía disculparse? Esperó que el otro no viera la verdad en sus ojos claros. Tras un silencio que a la chica se le hizo eterno, Newt se puso en movimiento.

-Demos un paseo –sugirió-. Winston podrá con el trabajo o buscará a alguien que no sea yo.

-¿A dónde vamos? –inquirió ella.

-A ningún sitio. Un paseo es un paseo.

Sin embargo, la caminata se hizo difícil a más no poder. Jane tragó saliva para deshacer el gran nudo formado en la boca del estómago. Pronto llegaron al inicio del bosque, una extensión fea de color entre verde y marrón que subía por la ladera de las murallas. Newt se apoyó en el tronco de un árbol, serio.

-¿Cómo  te sientes?

La pregunta la tomó desprevenida.

-¿Perdón?

-Qué cómo te sientes ahora mismo –repitió.

Como una mierda, quiso decir, pero no lo expresó en voz alta. Bajó la cabeza y juntó las palmas de las manos, que le sudaban frío.

-Lo normal, teniendo en cuenta la forma de llegar hasta aquí y el trato recibido… que me he buscado yo, soy consciente.

Newt no parecía satisfecho.

-Aún no comprendes por qué me comporto contigo de esta manera, ¿verdad? –señaló. Jane negó con la cabeza. El muchacho se acercó a ella, situándole sus manos en los hombros-. Quiero que llores. Que lo hagas de verdad. Ya está bien de ésta farsa. Cuando llegamos al Claro, todos nosotros lloramos como bebés durante días, me incluyo.

-No necesito llorar –balbuceó, molesta. El nudo creció, dificultándole la respiración.

-No me lo trago –opinó Newt-. No me trago nada de ésa clonc de “soy una tía guay y llorar es de maricas”. La primera noche despertaste a medio Claro con tus gimoteos. Chuck se puso tan nervioso que empezó a llorar porque no sabía qué hacer contigo. Fritanga se levantó y te dio unos golpecitos en el hombro durante más de media hora hasta que te calmaste. Así que no me vengas con que te sientes “normal” porque la próxima vez te daré un sopapo suficientemente fuerte como para que estés llorando una semana completa.

Jane palideció. Aquello no podía ser cierto. La vergüenza la corroyó y tuvo que agarrarse al tronco más cercano.

-¿Quién más…? ¿Quién más me…?

-¿Que quién te escuchó? La lista es larga: Jack, Gally, Frederick, Fritanga, Dave, Alby –pese a estar en la Hacienda-, Zart, Winston, Minho, Chuck, Collin… y yo mismo. Desconozco si alguien se hacía el dormido mientras ocurría, pero los principales fueron los que te he dicho.

-Oh no. Oh no, oh no –dijo, alterada. Desplazó las manos a la cara, abochornada. ¿Cómo miraría a la cara a todos? Y sobre todo, ¿cómo podría mirar a Minho?

-No te preocupes, Jane. Es habitual, pero tendrías que exteriorizar lo que sientes por dentro o te volverás loca.

La chica sacudió la cabeza.

-No puedo, no ahora. No.

Newt volvió a suspirar, rindiéndose.

-Bueno, al menos lo he intentado. Ya llorarás cuando Minho te saque al Laberinto mañana. Será peor que una pesadilla, créeme.

-Pero… Gally dijo que me iniciaría en los constructores…

-Puede decir misa si quiere, aquí el que manda no es él –gruñó.

-Dijo que era orden de Alby.

El semblante de Newt se ensombreció. Abrió la boca para decir algo pero no emitió ningún sonido. Sus ojos bailaron, oscuros, pensativos.

-Alby tendría que haber hablado conmigo –se tamborileó los labios con los largos dedos-. Le dije a Minho que… y él le dijo a Gally…

-¿Vas a hacer algo, no? –exigió, impaciente. No tenía ganas de pasarse un día entero en compañía del idiota que no la tomaba en serio. La observó.

-Ven.

Dirigiéndose a la Hacienda, Jane se preguntó si en realidad era tan “malo” empezar con los constructores. Cruzaron la puerta y fueron buscando al líder de los Clarianos por cada habitación. Jane vio por segunda vez el armario y se estremeció. Recordaba los pequeños botes que según le habían contado, contenían el Suero contra el veneno de los Laceradores.

Se obligó a seguir caminando y a pegarse a Newt, que no se giró ni una vez a comprobar si ella lo seguía. Un rumor al final del pasillo llamó su atención y, dirigiéndose lentamente hacia el sonido de voces, descubrieron que se trataba de una acalorada discusión entre Alby y Minho.

-¿Y qué sugieres entonces? –habló el primero.

-Propondría miles de opciones más sensatas, la verdad. Es como si quisieras que acabara mal. ¡Los constructores tienen menos luces que un martillo, Alby!

-¿Por qué te preocupa tanto, Minho? Si la han enviado aquí y no ocurre nada fuera de lugar, significa que no es tan especial como todos creíamos.

-Claro que lo es, siendo una chica.

Hubo un movimiento de pies al otro lado, hasta que la voz del líder volvió a escucharse.

-¿Insinúas que no será capaz? Minho, es por un motivo similar que metimos a Allen en el Trullo.

-Yo no he dicho…

-En esencia es la misma razón, chaval.

Se instauró un silencio incómodo. Jane apretó los puños clavándose las uñas en las palmas, colérica. El corredor le había dejado claro que no dudaba de ella ni un ápice y con aquello, se daba cuenta de que le había mentido.  Newt abrió la puerta, sobresaltando a los dos Clarianos.

-Siento interrumpir, pero creo que hemos venido por el mismo motivo. Aunque después de oíros, he tomado una decisión.

-Te escuchamos –afirmó Alby. El corredor buscó los ojos de la muchacha con arrepentimiento, como alguien a quien han pillado robando en la cocina después de las doce. No le devolvió la mirada.

-Vigilaré su trabajo con los constructores. Minho podrá volver al Laberinto y todos contentos. Eso es mejor que nada.

Alby meditó la propuesta.

-Bien. Mañana con los constructores. Pasado con los Corredores. No quiero tener ésta conversación otra vez en el futuro u os meteré en el Laberinto de una patada en el culo. NO, Minho –cortó, viendo que se disponía a replicar-. Es mi última palabra. Ahora largaos.

El corredor hinchó el pecho y frunció los labios, disgustado. Se encaminó a la salida pero se detuvo frente a Jane.

-Oye, yo…

-Cállate –espetó ella, fría-. No quiero oír nada que salga de tu maldita boca, embustero.

Incapaz de permanecer en la habitación, desapareció por la puerta. Newt arqueó las cejas, sorprendido.

-Tío, ¿qué has hecho? –inquirió. Minho se encogió de hombros.

-Ser un gilipullo de narices.

***

Al día siguiente, Jane se levantó contracturada. El primer día no lo había notado por el cansancio acumulado en su cuerpo, pero cuando alzó la cabeza notó como si el mundo entero se le viniera encima. Se recostó de nuevo, dolorida. El cielo lucía todavía oscuro y la chica se preguntó si no se habría despertado demasiado temprano. Un movimiento cerca la hizo incorporarse del todo y escrutar a ciegas. Pese a la penumbra, distinguió una figura que recogía su saco. Unos minutos más tarde, la persona regresaba con una mochila echada en el hombro que caminó en dirección a los muros. No tardó en averiguar que se trataba de Minho. Alguien ya lo aguardaba en las puertas, supuso que sería Ben.

Minho observó el Claro a su espalda, grabándose cada parte de él como si fuera la primera vez. Justo cuando sus ojos se posaron en la muchacha, hizo amago de sonreír. Pareció recordar de pronto, y su sonrisa se desvaneció tan rápido como había llegado. Le susurró algo a su compañero y se acercó, arrastrando los pies. Jane no quería que dijera nada por lo que sin mediar palabra se recostó de espaldas al chico. Quizá su comportamiento era meramente infantil, pero no le importó. Notó que Minho se agachaba, las rodillas le crujieron al hacerlo.

-Jane –la nombró-. Por favor, préstame aunque sea un minuto de tu atención.

La joven no se movió. Pudo escuchar una profunda inspiración cargada de paciencia.

-De acuerdo. Si no quieres, no te obligaré. Pero el Laberinto es enorme y vamos a tener mucho tiempo para aclarar las cosas quieras o no.

Se marchó, dejando tras de sí un viento gélido que le erizó el vello de la nuca. Lo más curioso era que no soplaba ni una triste brisa matinal.

-¿Qué ha pasado entre Minho y tú? –habló Chuck, sobresaltándola.

-Nada –tartamudeó. Cualquier cosa a hablarlo con el crío.

-No sé por qué, pero tengo la sensación de que las chicas soléis utilizar bastante ésa palabra –alargó las manos en el aire-. “NADA” lo soluciona todo.

-No hay nada que solucionar, porque no ha pasado nada –dijo y bajó el tono-. Debería buscar mejor las amistades.

-¿Qué dices?


-Eh, no, nada.

martes, 4 de noviembre de 2014

Capitulo 4: Abrazando la realidad

Minho la esperaba delante de la Hacienda, manteniendo la promesa. Jane, incapaz de encontrar algo que se pareciera a unas duchas o a cualquier otra cosa que la hiciera sentirse limpia, se cambió de ropa –que sorprendentemente era de su talla- y aspiró el leve aroma a limpio que la impregnaba. Entre sus pertenencias había camisas blancas a montones y cuatro o cinco pares de pantalones, tanto vaqueros como de chándal. Se decidió por los primeros y calzó unas botas altas y duras.

Al asomarse por la puerta, descubrió al chico sentado con la espalda pegada a la pared. Tenía los ojos cerrados y la respiración acompasada, casi como si estuviese durmiendo. Jane se lo quedó mirando un buen rato. ¿Qué debería hacer? Intuía que ser corredor no era tarea fácil, por lo que Minho estaría agotado. Entonces el muchacho abrió un ojo interrogante.

-¿Vas a quedarte mirándome todo el día o empezamos con el paseo turístico?

La chica enrojeció. No había sido su intención espiarle.

-P-perdona –tartamudeó-. Es que no sabía si debía… yo creía que…

Calló mientras Minho se levantaba y esbozaba una sonrisa traviesa.

-Sé lo que creías –dijo, dándose la vuelta-. Sólo te estaba tomando el pelo.

Jane frunció el ceño y se cruzó de brazos. Lo menos que deseaba en aquellos momentos era que se burlaran de ella. Si Minho se había dado cuenta del cambio de actitud de la chica, no lo demostró ni hizo alusión a ello. Caminaron en silencio un buen trecho hasta detenerse delante de las puertas, que seguían cerradas. Como si hubiesen sido detectados, éstas empezaron a abrirse acompañadas de un chirrido ensordecedor que hizo que la muchacha diera un respingo hacia atrás, topándose con el pecho de Minho.

Éste la agarró de los hombros para mantenerla de pie, temiendo que pudiera caerse.

-Si vas a reaccionar así cada vez que se abran o se cierren, voy a tener que vigilarte más de cerca –dijo. Su aliento le erizó el bello de la nuca y se estremeció. Estaba demasiado cerca para su gusto. Demasiado como para sentirse cómoda.

-Sigamos con la visita –murmuró, apartándose.

-Me parece bien.

Minho le explicó que el Claro se dividía en varias instalaciones: la Hacienda -lugar que conocía ya bastante bien- era el sitio donde los Mediqueros trabajaban cuando los laceradores picaban a los corredores o cuando cualquiera sufría algún que otro accidente laboral. También era donde parte de los Clarianos dormía de noche. No todos lo hacían al raso.

-Tu llevas mucho tiempo aquí, ¿no? –preguntó Jane-. ¿Por qué no duermes dentro?

El chico apretó los labios en actitud pensativa.

-Buena pregunta –reconoció-. Supongo que prefiero el aire libre. Ya sabes, ver las estrellas y preguntarme si estaré vivo al día siguiente para lograr observarlas una vez más. –detectó la triste mirada que le dedicó ella y sonrió-. Era otra broma. Estoy demasiado bueno para morir ahí fuera.

La muchacha tuvo ganas de darse cabezazos contra la pared.

-Soy consciente de que te conozco poco –suspiró-. Pero empiezas a darme vergüenza ajena.

Minho soltó una risotada mientras señalaba otro lugar.

-Vale, sigamos. Eso es la Casa de la Sangre, a cargo de Winston. Es lo equivalente a una granja corriente, salvo por que justo al lado tenemos el matadero.

El nombre tenía su lógica.

-Yo creía que todas las granjas tenían.

-¿Ah sí? –El chico abrió los ojos, interesado-. ¿Tienen? ¿Te acuerdas?

Le sorprendió gratamente la curiosidad del corredor respecto al mundo exterior. Asintió, distraída.

-Más o menos… sé que hay granjas, sé lo que hay en ellas pero todo está borroso, no lo sé.

Minho se mantuvo en silencio y siguió caminando.

-Éstos son los Huertos. El guardián de los recolectores es ese cara fuco que tienes ahí llamado…

-Zart. Recuérdame que te llene de clonc la cena de ésta noche  –comentó sin quitar la vista de la tomatera. El Corredor sonrió, travieso-. ¿De niñera ésta vez?

-Algo así. Yo diría más bien que he conseguido vacaciones.

Zart chistó, burlón.

-Si tú lo dices…

Dejó la frase en el aire. Minho se giró hacia Jane.

-No queda demasiado, vamos –anunció-. Dentro del bosque noroeste tenemos los Muertos, donde enterramos… los muertos, valga la redundancia. ¿Ves como no los liamos en los sacos de dormir, verducha?

A Jane se le desencajó la mandíbula.

-No sé si pensar que te falta un tornillo o es que de veras crees que soy imbécil –espetó, con aspereza. Minho le dedicó una mueca antipática a la que la muchacha le correspondió sacándole la lengua. Estaba a punto de hablar de nuevo cuando otra persona se unió a la conversación. Alguien a quien ninguno de los dos tenía ganas de ver.

-¿Qué hay Minho? –dijo Gally. Entonces dirigió su vista a la chica hablándole de forma altiva-. Supongo que disfrutas de tu paseo, ¿no, verducha? A partir de mañana las cosas serán complicadas para ti.

-Algo me huele mal –criticó Jane, ignorando al otro Clariano-. ¿No hueles a podrido por aquí?

El otro hizo lo imposible por no reírse, sin conseguirlo. Las orejas de Gally se tornaron carmesíes, pero no perdió la compostura.

-Cuidado con lo que dices, pingaja. Mañana empezarás a demostrar lo que vales en los diferentes campos. Da la casualidad de que tu primera parada será conmigo, así que te sugiero que me trates con un poco más de respeto. Puede que lo que huela a podrido sea tu cadáver enterrado en los Muertos.

Jane se puso blanca como el papel y Minho paró de reír de golpe. Un aura siniestra lo rodeaba, substituyendo el regodeo anterior.

-¿Eso era una amenaza? –siseó. El constructor no contestó-. Gally, ¿acabas de amenazar a una Clariana? –puso especial énfasis en la palabra.

-Sí, lo he hecho. Tiene que empezar a respetar a sus mayores y más ahora que las reglas son lo único que nos mantiene unidos.

-Oh, por favor…

-Cierra el fuco pico, Jane –ordenó el joven asiático severamente. La muchacha se encogió, sorprendida-. Pasando por alto una amenaza que gracias a tus queridas reglas no debería cumplirse, ¿qué es eso de que se inicia en los constructores? Le dije a Newt que dado que yo era su guía, lo haría en los corredores.

Gally se colocó las manos en las caderas, cambiando el peso de pierna.

-No es lo que Alby dice.

Minho puso los ojos en blanco. Era más que obvio que la situación lo irritaba de sobremanera.

-De acuerdo. Hablaré con él.

Jane tuvo que reanudar su marcha en sentido contrario y dar varios pasos largos para igualar la velocidad de su compañero. Aun siendo solo un poco más alto, tenía las piernas más largas.

-Espera –dijo-. ¿En los Corredores? ¿Por qué en los Corredores y no en… los Huertos?

El joven se detuvo de nuevo, haciéndola chocar contra su espalda.

-Es tradición que los guías inicien a los verduchos en su especialidad. Normalmente deberías haber trabajado en todos los ámbitos antes de entrar en los corredores, pero tú… -la repasó una vez- tienes unas piernas de infarto.

Jane aspiró el aire de golpe y se atragantó. Su corazón emprendió una carrera desenfrenada y clavó la vista en el suelo, notando como se le coloreaban las mejillas. De nuevo. Esperó oír un “era una broma” que no llegó. Como respuesta, la chica le aporreó la espalda deseando que solo estuviera burlándose. Minho se cubrió teatralmente.

-¡Au! ¿A qué viene eso?

-Eres un… cara fuco –apuntó. No se acostumbraba a las palabras clarianas, y esa en concreto le sonó extraña.

-Dicho por ti no parece un insulto.

-Lo que tú digas –y añadió- idiota.

De nuevo, se instauró otro silencio un poco más corto.

-Verás, necesitamos más personal entre nuestras filas. Nadie quiere convertirse en uno de nosotros. Digamos que lo menos que les apetece es ser comida de laceradores. Normalmente solo suelen salir por la noche cuando las puertas están cerradas, pero a veces…

-Se escapan de día –cortó Jane-. Sí, Chuck me lo ha contado. ¿Cómo es que no entran al Claro si tienen oportunidad?

Minho se encogió de hombros.

-Me imagino que no estarán programados para eso.

-¿Programados? ¿No son animales?

-¿Animales? –Inquirió incrédulo-. Si alguna vez te conviertes en corredora y si alguna vez tienes el placer de toparte con un lacerador –y espero que no-, vuelve a preguntarme si esas cosas pueden ser animales.

Jane tragó saliva ante el odio que desprendía la voz de Minho. No podía ni imaginarse como serían aquellos bichos, aunque tampoco tenía ganas de averiguarlo. Decidió cambiar de tema.

-¿Y ya está? ¿Éste es el Claro?

El chico parpadeó.

-¿Esperabas más? No te desilusiones tan rápido. Lo realmente duro empezará mañana. Eso me recuerda… -miró hacia la Hacienda-… que debo hablar con Alby.

-¿Por lo de ser corredora?

-Esa es una razón. La otra es que si de verdad te inicias con los constructores, necesitarás a alguien más contigo. No me fío un pelo de Gally.

-Ni yo, pero me temo que soy un hueso duro de roer –dijo Jane, orgullosa. Sin embargo, Minho estaba serio.

-Esperemos que no te rompas el cuello “accidentalmente” –comentó. Jane supo que no era una ironía ni pretendía ser gracioso, por lo que no replicó.

-¿Tan peligroso es ese tío?

Minho caviló unos segundos.

-No demasiado, si sabes tratar con él. Se aferra a las normas del Claro como a un hierro candente, y que hayas aparecido tú rompiendo sus esquemas… lo ha alterado. Además de la humillación sufrida antes. No te perdonará tan fácilmente.

-¡Él fue el que se daba aires de grandeza, no yo! –Gritó, roja de rabia-. ¡Él es quien cree que soy débil! -No iba a permitir que semejante individuo le hiciera la vida imposible. Y menos en aquel lugar lleno de desconocidos. Minho colocó una mano en el hombro de la muchacha y se lo apretó.

-Calma –susurró-. Gally es idiota y huele a huevos podridos, pero Alby lo pondrá firme.

Jane arrugó la nariz, en un claro gesto de desagrado. El corredor clavó sus ojos fijamente en los de ella.

-No hagas eso –dijo.

-¿Eh? ¿El qué? –inquirió, desconcertada. Minho zarandeó la mano en el aire.

-Eso de la nariz –gruñó-. Es raro.

¿A qué se refería exactamente? No recordaba qué había hecho. El chico sacudió la cabeza.

-Olvídalo. Volveré pronto. Puedes ir en busca de Chuck, si quieres. Estará preguntándose si todo va bien contigo o si te hemos cortado en trocitos para la cena.

-Muy gracioso –dijo, con ironía. Un pensamiento le cruzó por la mente y se mordió el labio, reflexionando sobre ello. Abrió un poco la boca, hasta que se decidió a hablar-. Minho…

-¿Huh?

-¿Tú también crees que soy débil? –Le pareció estúpido, sobretodo porque él la había defendido con arrojo el Primer Día-. Quiero decir… si alguna vez lo has pensado.

El corredor arqueó las cejas.

-Ni se me había pasado por la cabeza –declaró-. Nunca. Te lo prometo.

Una calidez empezó a extenderse por el pecho de la muchacha, que suspiró. Podía contar con él al igual que con Chuck y eso la animaba a superar su situación. Con fuerzas renovadas corrió en busca de su pequeño amigo, estuviera donde estuviese.

martes, 28 de octubre de 2014

Capitulo 3: Aversión sin fundamento

La noche se cernió sobre ellos más rápido de lo que Jane había pensado. Hablar con Chuck mientras cenaban suponía una distracción afectuosa. El niño parloteaba por los codos y lejos de molestarle, le parecía gracioso que explicara las miles de cosas que sucedían allí.

-Winston quiso degollar a un cerdo hace unos días para la cena. Lo mejor fue que el cerdo se reveló de tal forma que cargó contra él y lo golpeó en su partes –Chuck se rió como si hubiese contado el mejor chiste de su vida. Jane sonrió. Cuando se recobró, se limpió las lágrimas-. Fue lo mejor de la semana, sí señor.

-Es la primera vez que sonríes desde que llegaste, pingaja –hizo notar Jeff. El mediquero había decidido ir a sentarse con ellos, curioso por la guerra que montaba la muchacha y que ya era sabida por toda la aldea. 
Jane se encogió de hombros.

-¿Qué esperas? Todo esto es desconocido para mí. Tendré que clavar estacas a mí alrededor cuando duerma.

-¿Tanto miedo te damos?

Ella suspiró, pero no dijo nada.

-Eh, anímate –alentó el mediquero y le dio unos golpecitos en la espalda-. Esto tampoco está tan mal. Al menos estamos vivos.

-Esto no es vivir –se levantó, abatida-. Esto no puede llamarse vida.

Jeff y Chuck intercambiaron una mirada.

-¿Dónde vas? –inquirió el segundo.

-Tengo sueño –mintió. A disgusto, tuvo que dulcificar su voz. Si quería obtener respuestas, las malas palabras solo causarían el efecto contrario-. ¿Dónde… se duerme?

Chuck se limpió la boca con el dorso de su camiseta y también se alzó.

-Cada vez que aparecemos en la Caja, venimos con un montón de añadidos. Ya sabes, como los huevos kínder.

Jane entrecerró los ojos, en parte por lo absurdo de la comparación, en parte porque no sabía a donde quería ir a parar.

-Así que tienes un saco de dormir para ti sola –continuó-. Creo que alguno lo habrá dejado en la Hacienda, como siempre. Vamos a mirar.

Pero al llegar, no había nada. Revisaron cada habitación de cada piso, pero Jane se dijo que si hubiese habido algo allí ya lo habrían encontrado. Por si acaso, abrió los viejos armarios de la casa, que chirriaron como si estuviesen sufriendo agónicamente. No encontró nada, a excepción de unos botes pequeños llenos de un líquido transparente que no deberían medir más que el dedo pulgar. Sostuvo uno a contraluz de la vela incrustada en la pared, sin embargo, aquello le pareció absurdo. Lo dejó donde estaba y se reunió con Chuck.

Finalmente se dieron por vencidos y desanduvieron el camino.

-No lo entiendo –protestó el niño-. Siempre las dejan cerca…

-Desquiciarse no es la solución. Alguien la habrá cogido pensando que era suya –concluyó Jane. No quería seguir buscando, ni siquiera quería moverse más. No le importaba tener que dormir sobre la hierba, lo único que deseaba era poder cabecear en algún lugar. Donde fuera.

Una figura se fue acercando a ellos, hasta que se definió, revelando a un Minho con cara de pocos amigos. En una mano llevaba algo parecido a una pieza de sábana de color morada, sucia, rota y hecha girones. En la otra, un adolescente se retorcía bajo el poderoso agarre del muchacho asiático, que lo sostenía por la camiseta. Al principio se resistió, pero cuando vio que se acercaban a Jane y a Chuck emprendió una sarta de balbuceos suplicantes. Deteniéndose en frente, Minho soltó la pieza con violencia.

-¿Era esto lo que buscabais? –Inquirió, aunque la chica lo consideró más como una afirmación que como una pregunta-. Os escuché decirlo y vi como Allen salía disparado hacia la Casa de la Sangre. Como comprenderéis, era una actitud sospechosa por lo que decidí seguirlo. Parece que el pingajo cara fuco quería sobre alimentar a los cerdos.

Ella bajó la vista hasta el pedazo roto y descubrió que era su saco. O lo que hubiese sido su saco.

-Mejor aún, matarlos por intoxicación –dijo Chuck-. Allen, macho, ¿por qué lo has hecho?

El interpelado no respondió. A la débil luz de la luna, Jane le detectó un ojo hinchado y un gran tajo en el labio inferior, producto de repetidos golpes sin compasión. Minho se había quedado a gusto. Allen escupió en el suelo algo que debía ser sangre y la chica se apiadó de él.

-Ya te diré yo el por qué –Minho se colocó delante del chico, en actitud amenazadora-. Éste pedazo de clonc quería hacerle la vida difícil a la verducha por el simple hecho de ser mujer. Los otros corredores me han dicho que no te has tomado demasiado bien la noticia de la nueva incorporación. ¿Supones que será débil en los trabajos forzados de por aquí y eso te da derecho a humillarla? Pues escúchame bien, gilipullo machista: te las vas a ver con Alby ahora mismo. ¡Camina!

Lo empujó con tal vehemencia que ambos creyeron que llegaría rodando antes que caminando.

-Perdónale –pidió el niño sin apartar los ojos de los dos que se alejaban-. A Allen lo… picaron hace varios meses. No ha vuelto a ser él desde entonces.

La chica desplazó sus orbes claros hasta encontrar la cara de Chuck.

-¿Lo qué?

-Que lo picaron –repitió, señalando las puertas ahora selladas-. Los laceradores. Por eso se cierran durante la noche, es cuando son más activos y salen. Aunque de vez en cuando se escapa alguno de día y pica a los corredores que se topa. A estos –si sobreviven al encuentro- les administramos el Suero y pasan por el Cambio. No quieras ni imaginar qué se siente al pasar por eso…

Recordó las botellitas de líquido translúcido en el armario y supuso que aquello debía ser el famoso Suero. Se estremeció.

-¿Tú has sufrido el Cambio? –preguntó. Chuck negó con la cabeza.

-Por suerte para mí, no pertenezco a los corredores. Pero no hace falta serlo para saber que la picadura del lacerador es extremadamente dolorosa.

Jane calló. Se le habían revuelto las tripas solo de pensarlo. Minho volvió cuando los dos chicos se hallaban sentados en la hierba, con una expresión mucho más relajada. La chica reconoció que era guapo. Un aura de masculinidad lo envolvía desde las fuertes extremidades hasta los duros y fríos ojos. De pronto, les sonrió victorioso y Jane sintió que algo se agitaba dentro de ella.

-Ya está –dijo-. Alby va a meterlo en el Trullo una temporada. No te ofendas, pero no he hecho lo que he hecho porque seas especial. Si permitiéramos que acciones como éstas se repitieran y quedaran impunes, nuestras reglas no servirían para nada. Aunque sea por una rabieta estúpida.

Chuck asintió, serio.

-Pues yo considero que se ha salido con la suya, ¿no? Me he quedado sin saco en el que dormir.

Minho alzó las cejas enigmáticamente.

-En absoluto. Guardamos más en otro sitio, por si ocurren cosas como lo de hoy.

A Jane le encantó escuchar buenas noticias. Por fin podría dormir, aunque fuera en el duro suelo. Pero de pronto un pensamiento acudió a su mente, no demasiado agradable.

-Pero… Chuck me dijo que cuando envían a una persona al Claro, suele llegar junto a un único saco. ¿Por qué hay…?

Supo la respuesta incluso antes de que Minho la mencionara.

-Porque muchas personas han muerto con el paso del tiempo y causas variadas: laceradores, accidentes laborales, expulsiones… la mayoría son corredores o constructores, nada de lo que se tenga que preocupar una verducha como tú.

Si pretendía tranquilizarla, no lo estaba consiguiendo.

-Me niego a meterme en el saco de un difunto.

-Ni que los embutiéramos ahí después de muertos –se rió el corredor. Sus ojos rasgados apenas eran dos finas rendijas-. Además, los deambulantes como Chuckie se encargan de limpiarlos cada cierto tiempo.

-¡¡Minho!! –gritó el niño. El otro fingió sorpresa ante su repentino nombramiento-. ¡No hables de lo que no te incumbe!

-¿Esas son maneras de hablarle a los mayores, pingajo? –gruñó, alborotándole el pelo con fuerza. Lejos de aparentar enfado, Minho se estaba divirtiendo a costa del chiquillo, quien al darse cuenta, no le hizo ninguna gracia. El joven asiático retrocedió un par de pasos, en dirección a la Hacienda.

-Será mejor que vayáis a buscar los sacos ya. A la gente no le hará ninguna gracia que les piséis la cabeza mientras duermen por haber tardado. Algunos tienen muy mal despertar.

Dicho eso, se dio la vuelta y se marchó. Jane lo contempló lo que parecieron minutos. Le caía bien, más que bien. Solo cuando Chuck la golpeó repetidamente en el codo, comprendió que se había quedado embobada.

-¿En serio? –Dijo el niño, incrédulo-. ¿Con la cantidad de tíos que hay que valen la pena y te fijas en el gilipullo de Minho?

Jane parpadeó, perpleja.

-¿De qué hablas? ¡No tengo tiempo para esas cosas! –exclamó, sintiendo el rostro al rojo vivo. No podía negar que el corredor era atractivo pero, ¿de eso a ir tras él? Ni en broma.

Chuck le lanzó una mirada suspicaz.

-Ya, claro. Pero que sepas que este cuerpo serrano –se palmeó el estómago- ha tardado en cultivarse lo suyo. Tú te lo pierdes.

La chica prorrumpió en carcajadas estridentes que llenaron el ambiente, rompiendo el silencio de la noche. Y por primera vez olvidó cómo había llegado allí, las preguntas que la rondaban y sobretodo, el inmenso y aterrador vacío de su mente.

***

-Chuck… ¿Estás dormido? –preguntó Jane, tímidamente. Ambos estaban estirados, uno al lado del otro en la hierba, con un montón de cuerpos a su alrededor. Era más de media noche quizás, pensó ella, pero al parecer el propio cansancio no la dejaba dormir.

El niño contestó sin abrir los ojos.

-Lo intentaba.

Jane frunció el ceño, y como si sintiera que había sido demasiado seco, se disculpó.

-En realidad, no puedo pegar ojo desde hace unos días –rectificó. Vio como la chica se daba la vuelta-. Oh vamos, no te enfades.

-No estoy enfadada –mintió. Lo cierto es que sí lo estaba, aunque no con Chuck. Su mundo se había ido a la mierda en menos de veinticuatro horas y no lograba atar cabos-. Sólo estoy confusa…

-Es normal –comentó-. Todos nos sentimos igual cuando llegamos aquí. Te despiertas sin recuerdos, rodeado de gente que no conoces y que cuanto más te explican, menos entiendes. La primera semana es la peor. Lloras por los rincones, deseas más que nada volver a donde se supone que deberías estar… Es raro que tú no hayas empezado ya.

La muchacha recordó haber derramado lágrimas en el complejo de los Mediqueros, pero no quiso hablar de ello. El simple hecho de compartir una experiencia con los demás la hacía sentirse un poco mejor. La asaltó una nueva sensación de que algo no estaba bien, y una débil impresión de que quizás el Claro no era tan mal lugar para vivir. Rápidamente se deshizo de aquél augurio sin fundamento.

Volvieron al silencio durante tanto tiempo que Jane creyó que su compañero se habría quedado dormido. No obstante su voz volvió a hacerse oír.

-Deberías dormir –aconsejó-. Si tu guía fuese cualquier otro, contarías con varias horas de descanso. Pero tratándose de Minho… él se levanta antes que los demás. Incluso antes de que salga el sol.

-¿Y eso por qué? –no le apetecía madrugar cuando se sentía tan débil y tan fastidiosamente poco preparada. Solo necesitaba un buen sueño reparador que se llevara algo del miedo que la consumía por dentro.

No pudo verlo, pero advirtió un movimiento por parte del niño al encogerse de hombros.

-Horario de corredores. Mañana te lo explicarán –Chuck se dio la vuelta, dejando en evidencia que la conversación había tocado su fin aquella noche.

Jane cerró los ojos y observó la negrura a través de sus párpados. No quería seguir pensando puesto que sabía que no descansaría si lo hacía. Así que, cuando menos se lo esperaba, su mente se liberó al mundo del inconsciente como si fuera vapor. Solo que no soñó en toda la noche.

***

Unas manos la sacudieron por los hombros, bruscas. Eso la molestó y se giró para dar un manotazo en el aire. Quería seguir durmiendo.

-¡Arriba, verducha! –dijo Minho, volviendo a zarandearla-. Hora de tu paseo. ¿No es lo que querías?

Lentamente recordó que estaba en el Claro y se incorporó de golpe. El cielo empezaba a salir de la oscuridad para dar paso al día, aunque Jane comprobó que aún era temprano. Se restregó los ojos con las manos para quitarse las lagañas y miró a Chuck, que murmuraba en sueños. Luego dirigió la vista a Minho, que estaba de cuclillas a su lado. Al comprobar que estaba despierta, se levantó.

-Te doy cinco minutos para que te cambies –anunció-. Tus ropas están en la Hacienda, junto al armario de la habitación de los Mediqueros. Los creadores piensan en todo, ¿eh? –no sonrió-. Te espero en la puerta.


Le propinó un golpecito en la espalda que no le sacó un pulmón de milagro. Tosió mientras Minho se alejaba y después suspiró. Necesitaba saber cuanto antes.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Capitulo 2: Censura

- Hostia –exclamó Chuck-. Te juro que daría lo que fuera por poder hacerle una foto a tu jeta ahora mismo.
Jane no le hizo caso. Seguía contemplando el Claro, visiblemente pasmada. Recorrió cada centímetro de él: las personas iban moviéndose de un lado a otro, algunos tranquilamente, otros corrían con bolsas en las manos con pinta de tener mucha prisa. La cuestión era moverse, nadie se quedaba quieto. Después desplazó los ojos hacia otro lugar. Alguien sacaba de una choza una gallina cogida por las patas boca abajo. El animal se sacudió asustado y el chico que la sostenía la agarró por el cuello y se lo torció.

Jane se obligó a apartar la vista, pero la imagen se le repetía en la cabeza contra su voluntad. A causa de ello, tomó una decisión: no volvería a comer carne de gallina nunca más.

Descubrió, un poco más hacia la izquierda lo que imaginó que sería la cocina, desierta. Un chaval se paseaba por delante con un delantal de dudoso blanco mientras lanzaba al aire una gran sartén. Cuando volvía a caer, la cogía por el mango con destreza. Sin darle importancia avistó un huerto y a varias personas trabajando en él. No llegó a distinguir que tipo de cultivos eran. Tampoco era un dato relevante. Algo sí llamó su atención: un par de chicos salían del bosque cercano. Iban sudados y arrastraban los pies, como si las piernas les pesaran enormemente.

-Ah, algunos corredores han vuelto –dijo Chuck, lo que provocó una mirada de desconcierto por parte de la muchacha-. Ehhh… Son gente que sale fuera para buscar una salida.

Aquello la desconcertó aún más.

-¿Salida? –no le sonaba nada bien esa palabra. Una creciente inquietud empezaba a llenar sus entrañas, amenazando con explotar de un momento a otro.

-No sé si me corresponde a mí contarte… Oye, ¿estás bien? –preguntó el niño, preocupado al ver que su compañera había perdido todo color.

-Chuck. ¿Qué quieres decir con que salen para buscar una “salida”? ¿Y por qué llevan armas? –inquirió, señalando la empuñadura de un cuchillo sobresaliendo del pantalón de uno de los corredores.

El otro tardó un poco en responder y cuando lo hizo, su voz se había vuelto enigmática.

-Mira, no es personal ¿vale? Pero aquí tenemos reglas que hay que cumplir. No puedo contarte todo de golpe porque lo más seguro es que te volverías loca, y ya somos demasiado pocos como para tener que prescindir de una persona fucada del cerebro por exceso de información. Alby o Newt ya te lo habrán dicho, pero supongo que no está de más recordártelo: Todo llegará a su debido tiempo.

-Nadie me ha dicho nada –espetó en tono severo-. Es más, todos decís cosas como “El Primer Día”, el “Claro” o “Verducha”. No tengo ni idea de qué narices hago aquí, y nadie me explica qué es todo esto. Tan solo… me priváis de saber. Prefiero volverme loca sabiendo la verdad a esperar a que me la cuenten por fascículos como si fuera una estúpida cría.

Dicho aquello, descendió por la pequeña colina. Chuck soltó un quejido resignado y se colocó delante de ella con los brazos agitándose graciosamente.

-¡Eh, para el carro, Cenicienta! –balbuceó-. Hablaré con Newt y quizá te…

-Estoy cansada de tener mediadores. Se lo pienso decir yo misma.

Cuando ésta reinició su marcha, el niño la empujó con toda la delicadeza de la que era capaz. Medía bastante menos que la chica, pero advirtió que trastabillaba hacia atrás.

-¿Pero a ti que foño te pasa? –chilló-. ¡Para de comportarte como si tuvieras derecho a cualquier cosa! Todos somos iguales aquí. Todos pasamos por lo mismo el Primer Día, sin respuestas, sin poder formular preguntas… ¿Por qué no puedes tener un poco de paciencia?

Al ver la clara desesperación y el silencioso ruego en los ojos de Chuck y se relajó un poco. Se estaba comportando como una idiota, pero no soportaba ser la única ignorante a su alrededor. Respiró hondo, tratando inútilmente de serenarse.

-De acuerdo –dijo al fin-. Vamos a ir a hablar los dos. Prometo no abrir la boca si consigues hacer que me explique qué es todo esto.

Chuck suspiró, derrotado.

-Bien –se pasó una mano por el pelo-, pero no te separes de mí. Y por lo que más quieras en este fuco mundo: no te acerques a las aberturas de los muros.

Como si su compañero hubiese estado señalando un punto en concreto, Jane dirigió la vista al frente, donde unas imponentes murallas de piedra se abrían en forma rectangular extendiéndose en torno al Claro. De uno de los extremos emergía una especie de puntas de hierro que al parecer se correspondían con las hendiduras del otro extremo. ¿Cómo no pudo darse cuenta antes?

De esa misma abertura, un joven apareció a la carrera y fue frenando poco a poco hasta quedarse quieto. Después, dobló las rodillas y apoyó las manos en los muslos, tosiendo y jadeando. Jane se lo quedó mirando un rato mientras caminaban y Chuck percibió sus pensamientos.

-Bueno, él es Minho, el Guardián de los corredores. Ya te explicaré qué significa en otro momento.

Ella puso los ojos en blanco, pero no dijo nada. Otra persona se cruzó en su camino tan de repente que cuando sus cuerpos chocaron no tuvo tiempo de formular una disculpa. Por suerte, Jane había posicionado el pie derecho de tal forma que había podido evitar la caída. Se sorprendió por las renovadas fuerzas que una hamburguesa y un vaso de agua le estaban proporcionando. El otro chico la miró desde arriba con una mueca de suficiencia. No se había movido ni un centímetro por la colisión, seguía donde no debería estar: ahí de pie con una tabla de madera cortada sobre el hombro y cara de pocos amigos.

-Ten más cuidado, pingaja –el deje de antipatía patente en su voz la obligó a entrecerrar los ojos. Deseaba contestarle algo, pero fue Chuck el que la defendió.

-Has sido tú el que se ha puesto por medio, Gally.

Gally chasqueó la lengua disgustado y se giró para irse. Jane se acercó al niño.

-Dime que éste es el único imbécil en lo que llamáis Claro.

Chuck se rio sin ganas.

-Ojalá.

***

-De ninguna forma, Chuck –dijo Newt yendo de un lado a otro cargando y descargando cajas sin mirarlos.

-¿Pero por qué? –Insistió el niño, persiguiendo al mayor como un pollito detrás de su madre-. ¿Qué la hace diferente?

El rubio soltó lo que estaba colocando con irritación, encarándose. Señaló a la muchacha, que se sintió ligeramente ofendida. No recordaba nada sobre buenos modales, más sin embargo era consciente de que aquel gesto no lo sería.

-Por si no te has dado cuenta, Chuckie, es una chica. La única en la zona desde que empezó esto. Foder tío, Alby tiene razón. ¿Y si es una espía de los Creadores?

-¿Los Creadores? –inquirió Jane.

-Los que nos metieron aquí y nos envían suministros –aclaró Chuck. Ella se cruzó de brazos.

-Oh, ya veo. ¿Crees que me han enviado para asesinaros brutalmente cuando no miréis? ¡Por el amor de…! 
–cerró los ojos, incapaz de controlarse-. No tengo la más remota idea de por qué estoy aquí, ni por qué soy la única fémina en vuestro Claro. Pero una cosa sí que la tengo clara: Quiero saber.

Newt la contempló con el ceño fruncido. Luego se acercó hasta que su rostro estuvo a pocos centímetros del de ella, que no se movió.

-Escúchame bien, pingaja. Tu puñetera actitud va a cabrear a más de uno si no bajas esos humos. Da gracias a que no te metimos en el Trullo cuando saliste de la Caja. Vas a esperar a que los guardianes hagamos la Reunión, donde se decidirá qué hacer contigo y si mereces que se te revele algo. Mientras tanto, haz el favor de quedarte quietecita y no hacer preguntas. Es mi última palabra.

Les dio la espalda y siguió con lo que estaba haciendo. Jane estaba totalmente irritada. Fue a replicar, pero un ruido ensordecedor ocasionó que se le olvidara lo que iba a decir. El incesante sonido hizo que la muchacha tropezara y quedara sentada en el suelo, atemorizada. Miró en todas direcciones con la respiración acelerada y ni siquiera la mano de Chuck cuando se apoyó en su hombro la tranquilizó.

-Cálmate, solo son las puertas. Cada noche se cierran para evitar que los laceradores de ahí fuera puedan entrar –explicó.

Newt lo fulminó con la mirada y el niño supo que no debería haberlo dicho. Jane no quitó ojo de las grandes oberturas cada vez más estrechas. La parte derecha de ésta se juntaba lentamente con su gemela izquierda, provocando chirridos atronadores que llenaban el ambiente. No obstante nadie parecía afectado por ese hecho, sino que seguían tan tranquilos como siempre.

-¿Qué son los laceradores? –Jane giró la cabeza lentamente puesto que el Claro estaba sellado al completo.

Fue Newt quien contestó.

-Unos bichos que no querrás encontrarte jamás.

***

-Están tardando mucho.

Jane observaba sentada en una de las mesas cómo la gente se ponía en fila para recoger su plato de estofado de pollo con almendras. Para disgusto, sabía cómo se había conseguido el plato pero el hambre la atenazaba tanto que le restó importancia por una vez.

-Relájate, chica –dijo Chuck con media pechuga sobresaliéndole de la comisura. ¿No se cansaba de decir lo mismo una y otra vez? Cálmate, relájate…-. Suelen pasarse horas allí dentro en la Hacienda, es normal. Pero el hecho de que no te hayan enseñado el Claro hoy mismo sí que es raro. No creo que Newt piense que eres peligrosa, no, más bien deduzco que estaba preocupado por ti, por tu salud. Él no suele ser tan borde, tendrá un mal día.

Escuchar como su compañero defendía a alguien a conciencia, la hizo sonreír interiormente. Por lo visto, no todo era negro en aquel lugar.

-No estoy enfadada –confesó en voz baja. Estaba molesta, aunque en cierto modo entendía la situación. Un sitio en el que solo aparecían adolescentes varones de pronto se veía abrumado por la presencia de una chica. Si fuera al revés, Jane estaría alarmada. Entonces tomó consciencia de su situación. Los jóvenes solían tener las hormonas revolucionadas con la pubertad y si ella era la única persona del sexo opuesto…
Trató de no pensar demasiado. Acabaría por dormir con medio ojo abierto y un cuchillo bajo la almohada. Eso… si tenía.

-A Fritanga le has caído bien –comentó Chuck. Según le habían dicho, Fritanga era el guardián de los cocineros. Sin embargo, no podía permitirse abandonar su puesto. Debía alimentar muchas bocas.

-¿Qué te hace pensar eso?

El niño señaló su postre con la barbilla.

-Te ha duplicado la ración de uvas.

Era cierto. Chuck debía tener un racimo de seis o siete piezas, mientras que Jane contaba con dos. La chica le ofreció la mitad, pero su amigo se negó en rotundo. Por el contrario, estiró el cuello por encima de su hombro y dejó de comer.

-Ya vienen –anunció. Jane se giró para distinguir varias figuras aproximándose. Se levantó y caminó hacia Alby y Newt, que encabezaban la marcha. No se había fijado antes, pero el rubio cojeaba. Sacudió la cabeza y esperó una respuesta. Los dos chicos se miraron y un cuarto se acercó a la conversación.

-Has estado a punto de pasar los días venideros en el Trullo, verducha –dijo Alby-. Da gracias a que poco más de la mitad estaba en contra de hacerlo.

-Alby, que no hayan salido los resultados como esperabas no significa que tengas que decírselo así –lo reprendió Newt. Cruzado de brazos aparentaba más masa corporal… y no es que fuera especialmente musculoso. Era de complexión delgada, tanto que parecía enfermizo. El joven suspiró y relajó los hombros-. Minho –especificó con el pulgar al chico asiático detrás de él- sugirió que se te mantuviera vigilada en todo momento, pero que no había problema en contarte las cosas. Como muchos guardianes estuvieron de acuerdo, él será quien te explique, pero solo y exclusivamente mañana.

-¿Y qué pasa con el laberinto? ¿A quién enviaréis en su lugar? –preguntó Chuck. Ninguno se había percatado de su presencia.

-Enviaré a Caleb –dijo Minho y luego fijó la vista en la nueva-. Supongo que no hacen falta las presentaciones. Si me disculpáis, tengo un estómago que llenar desde mediodía.


El muchacho cruzó un par de palabras con sus amigos y se fue a hacer cola. A Jane le sobrevino una oleada de alivio. Por fin obtendría respuestas.